Las horas y los días comenzaron a correr desde el lunes pasado, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum obtuvo una prórroga de 30 días para evitar un daño irreversible en la economía mexicana. En las próximas semanas se abrirán diálogos y, con suerte, cooperación entre ambos gobiernos.
Las enormes asimetrías entre Estados Unidos y México no son solo económicas, sino también institucionales, Donald Trump las ha sabido explotar para imponer condiciones, amenazando con aranceles del 25% y logrando, más que una negociación, una imposición en temas de seguridad y migración, temas que no tienen relación directa con la economía.
Más allá de los mensajes oficiales, los silencios fueron más elocuentes que las palabras. Sheinbaum no mencionó que los 10 mil militares enviados a la frontera norte no solo combatirán el tráfico de fentanilo, sino que también detendrán migrantes. Por su parte, Trump no hizo referencia a medidas concretas para frenar el flujo de armas hacia México, a pesar de que la mandataria mexicana aseguró que esto estuvo sobre la mesa en la llamada que sostuvieron.
Tampoco se habló del tema más incómodo: la acusación de la Casa Blanca de que México es un narco-Estado. En una atropellada respuesta en su conferencia, la Presidenta dijo que en la conversación ella le había mencionado que no estaba de acuerdo con esta aseveración, pero el gobierno de Trump no se ha retractado.
No es que los mexicanos no supiéramos de cómo el crimen organizado ha ido acaparando espacios políticos, la novedad es que es la primera vez que Washington lo consigna en un documento oficial y público. Trump apuntó directamente al gobierno anterior, es obvio que no se refería a la nueva administración, aunque el problema sigue vigente. En contraste, Sheinbaum intentó desviar la discusión al gobierno de Felipe Calderón, cuando en su sexenio el fentanilo no era una prioridad para Estados Unidos. El crecimiento exponencial del crimen organizado bajo el gobierno de López Obrador le ha pasado factura a su sucesora.
Además, es incierto qué significa para Trump que “México demuestre que está haciendo su parte”. El despliegue de 10 mil militares para “fortalecer la seguridad” es ambiguo. Si la medición se centrará en la reducción del tráfico de fentanilo, el gobierno mexicano ya ha tomado medidas, desmantelando laboratorios; si se trata de investigar la complicidad de políticos y militares con el narcotráfico, la militarización de la frontera es irrelevante. Una negociación real implicaría destapar la red de corrupción que vincula al crimen organizado con el poder político, lo que muy probablemente llegaría hasta el creador de la política de “abrazos, no balazos”.
La militarización de la frontera solo podría resolver dos problemas: frenar el ingreso de armas ilegales y contener la migración. Sin embargo, las fuerzas armadas tienen control marítimo, terrestre y aéreo del país desde 2020 y el tráfico de armas sigue en aumento. En cuanto a la migración, México ha usado a los militares en la frontera sur desde 2019 para frenar el flujo de personas, con resultados en detenciones masivas, pero con graves violaciones a los derechos humanos y paradojicamente un incremento del crimen organizado y la violencia en Chiapas. El envío de más militares al norte sugiere una estrategia similar, alineada con la brutal política antimigrante de Trump.
A pesar de los discursos oficiales, el gobierno mexicano tampoco prioriza la dignidad de los migrantes. La permanencia en el cargo de Francisco Garduño, director del INAMI y responsable del incendio en una estación migratoria de Ciudad Juárez donde murieron más de 40 migrantes, es prueba de ello. Como señaló Amnistía Internacional, esta tragedia es consecuencia directa de las políticas restrictivas y crueles compartidas por México y Estados Unidos.
Negociar con Estados Unidos en este contexto de violencia extrema, crisis humanitaria en la frontera y la acusación formal de que el narcotráfico tiene una “alianza intolerable” con el gobierno mexicano, solo fortalece la retórica de Trump y le da más herramientas para presionar económicamente a México. (Colaboró Fernando Escobar Ayala). (María Elena Morera, El Universal, Opinión, A16)
Que en este inicio de año, varios ex funcionarios panistas ligados al ex candidato César Verástegui han tocado la puerta del gobierno morenista a fin de tener una oportunidad laboral, por aquello de los cambios en dependencias en plena mitad de gestión de Américo Villarreal Anaya. Solo los tienen ahí, en espera.
Que le hicieron una piñata al alcalde de Reynosa Carlos Peña, al calor de la protesta de comerciantes informales contra los cobros del Ayuntamiento y no faltó quien chuscamente le preguntara si “exigirán regalías” al negocio Ramírez por usar su imagen. Así respondieron: “qué bueno les vaya bien con mi imagen, con este muñecón, ¿cómo no les va a ir bien?”.
Que se supo en la capital del estado, hay más notarías públicas en la mira del gobierno y algunas son de la zona conurbada del sur de Tamaulipas, donde podría haber revocaciones a fedatarios porque, presuntamente, se detectaron irregularidades. Se estará pendiente del tema y confirmar los nombres de quienes están en capilla.
Que en la supervisión de albergues para indocumentados por parte de la Secretaria de Gobernación Rosa Icela Rodríguez, desentonó Francisco Garduño porque moralmente no se puede sacudir la tragedia en Chihuahua del sexenio pasado y no es precisamente el servidor público más humanista. ¿Y su relevo Sergio Salomón Céspedes?
Que los regidores de Tampico Diana Sánchez Salas y Rogelio Pérez se quejaron en la Sesión de Cabildo sobre algunos directores por hacerse los omisos al pedir información, entre ellos Tránsito. Afirmaron hacer todo por obtener datos de ciertas dependencias, sin embargo, los titulares desobedecen y ya se molestaron por esa actitud.
Que por cierto, varios ediles se quedaron viendo entre ellos con la propuesta de la panista Carmen Díaz de elaborar un reglamento para los integrantes de la comuna, aunque primero el secretario del Ayuntamiento Carlos García le aclaró es un proceso largo y “no son enchiladas”. Cuando recibieron la respuesta, hubo quienes respiraron de alivio (Milenio, Online)
A la CNDH no le preocupan los migrantes
En el gobierno federal hay asombro porque la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, a cargo de Rosario Piedra Ibarra, no ha tenido acercamiento para estar al tanto de las operaciones para recibir a la oleada de migrantes deportados desde Estados Unidos. Nos dicen que incluso ante los señalamientos que hizo la gobernadora de Morelos, Margarita González, de que llegaron migrantes esposados, no han atendido las quejas. Es tal la inacción de la comisión que el que debe ser vigilado, es decir el gobierno, es el que pide al vigilante que haga su labor. Nos comentan que la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, ha ido a supervisar cada uno de los campamentos y coordinar la recepción de personas de otras nacionalidades, pero de la CNDH, ni sus luces. Es un honor… (Bajo Reserva, El Universal, p. A2)
En su libro How to Hide an Empire (2021), el historiador Daniel Immerwahr sostiene que, desde el siglo XIX, la posesión de territorios de ultramar y, específicamente, de bases navales o estaciones militares, ha sustentado la condición imperial de Estados Unidos. La bahía de Guantánamo, en la costa suroriental de Cuba, es uno de esos sitios, que en estos días comienza a vivir su enésima metamorfosis.
Guantánamo se incorporó a la jurisdicción de Estados Unidos en 1903, a un año de fundada la primera república cubana. Aquella república, nacida tras cuatro años de ocupación militar y gobierno interventor de Estados Unidos, tuvo un apéndice constitucional conocido como Enmienda Platt, que concedía a Washington derecho a invadir la isla.
Esa Enmienda, promovida en 1901, es decir, antes de que Cuba fuese independiente, contemplaba la instalación de bases navales y carboneras de Estados Unidos en territorio insular. El Convenio de 1903, por el cual aquella república cubana autorizaba el arrendamiento de zonas de tierra y agua de Guantánamo —y también de Bahía Honda— para la construcción de la base, tuvo un origen colonial.
En aquel documento, firmado por el Secretario de Hacienda de Cuba, José M. García Montes, y el enviado plenipotenciario de Teddy Roosevelt, Herbert G. Squiers, se estipulaba que Estados Unidos pagaría a Cuba 2000 dólares al año. Un acuerdo previo de los presidentes Estrada Palma y Roosevelt, convino que Estados Unidos reconocía la “soberanía última” de Cuba sobre la base, pero ejercía “jurisdicción y control” mientras durase el arrendamiento.
Como en otros dominios de Estados Unidos, el arrendamiento fue planteado “mientras fuese necesario”, pero nunca se descartó una revocación por acuerdo mutuo. Tras el triunfo de la Revolución de 1959, el gobierno cubano dejó de cobrar la renta, cuyo monto hoy está por encima de 4000 dólares al año. Alguna vez Fidel Castro señaló que en 1959 se cobró “por error”, pero luego dejó de hacerse.
La confrontación entre Estados Unidos y Cuba ha impedido una cancelación o renegociación de los términos del convenio de 1903. En 1962, cuando la Crisis de los Misiles, Cuba incluyó dentro de las cinco condiciones para una negociación con Estados Unidos, la recuperación de la plena soberanía sobre Guantánamo, además del cese del embargo comercial.
La ambivalencia jurídica de Guantánamo, como “no lugar” de la geopolítica contemporánea, ha permitido a Estados Unidos experimentar con los usos de la base. Si durante la Guerra Fría, el enclave sirvió a las labores de contrainsurgencia regional y de hostilización del gobierno cubano, a partir de 2001, en tiempos del gobierno de George W. Bush, cambió de rol, habilitándose como cárcel y centro de torturas de prisioneros de la llamada “guerra contra el terror”.
Ese limbo jurídico, de un territorio extranjero bajo jurisdicción militar, permitió a asesores jurídicos del gobierno de Bush Jr., como John Yoo y Patrick Philbin, justificar el estado de excepción de la cárcel antiterrorista. Sin embargo, entre 2004 y 2008, el caso de la prisión de Guantánamo llegó a la Suprema Corte de Estados Unidos, decidiéndose que la base se regía por la justicia federal.
Los presidentes Barack Obama y Joe Biden prometieron cerrar la cárcel y el primero, que se opuso a las guerras de Irak y Afganistán, llegó a firmar una orden ejecutiva en ese sentido. Ninguno de los dos lo logró, en buena medida, por la oposición de legisladores como Marco Rubio, hoy Secretario de Estado, y el propio presidente Donald Trump en su primer mandato.
A partir de ahora, con el encarcelamiento de migrantes latinoamericanos deportados de Estados Unidos, podría repetirse el estado de excepción en Guantánamo. Miles de migrantes criminalizados, que no acceden a alguna vía de repatriación, serían recluidos en esa cárcel ubicada en una suerte de purgatorio de la justicia estadounidense. (Rafael Rojas, La Razón, Informativa, p. 4)
El tema migratorio acompañará a la relación Estados Unidos-México toda la vida. Es inevitable y, me atrevo a decir, que necesario. No obstante, para muchos especialistas la clave para que este tema se vea como algo positivo para ambas naciones radica en cómo nos vemos los mexicanos hoy en día como país.
Me explico. A partir de la reforma constitucional del 2021, se considera mexicano a todas las personas que hayan nacido en el extranjero y que tengan padres o abuelos mexicanos. Es decir, ya se considera a la segunda y tercera generación, lo que nos convierte en una gran nacional transnacional. ¿A qué me refiero? Hablo de que nuestro país está formado por 170 millones de mexicanos, 130 millones que viven en territorio nacional y 40 millones que radican más allá de nuestras fronteras (97% en Estados Unidos).
Si bien unos de los factores más importantes para las dos victorias electorales que ha tenido Donald Trump es precisamente atacar a los millones de migrantes que radican en su país, muchos líderes migrantes mexicanos sorpresivamente ven con buenas expectativas lo que pueda hacer Trump en su segunda oportunidad como presidente de los Estados Unidos. Algunos de ellos, incluso, piensan que, en la guerra contra el narcotráfico, por ejemplo, Trump pudiera tener mejores resultados que el gobierno federal de nuestro país, sobre todo si realiza alguna intervención en estados como Sinaloa o Tamaulipas. (No olvidemos que muchos de los migrantes indocumentados que radican en la Unión Americana han escapado de sus lugares de origen en México, precisamente por la violencia del crimen organizado.)
Ahora bien, existe un antecedente de las acciones que podría emprender Trump en contra del crimen organizado. Hace tiempo, el senador republicano, Lindsey Graham (con quien trabajé en la campaña de John McCain), presentó una iniciativa denominada la “Ley Narco”, la cual buscaba combatir a los cárteles mexicanos, sobre todo a los que trafican con fentanilo, ya que su consumo mata a más de 100 mil personas al año en Estados Unidos. La propuesta de Graham no logró consolidarse, sin embargo, hoy vemos que el tema del fentanilo fue una de las cartas que se pusieron sobre la mesa el día que Trump y Claudia Sheinbaum hablaron por teléfono para detener los temidos aranceles del 25% que se aplicarían a nuestras exportaciones.
Entonces, ¿qué debería hacer Sheinbaum ante los embates que seguirá propinando Donald Trump contra México? La respuesta es no reaccionar a las amenazas del presidente estadounidense y, más bien, trabajar con los latinos más influyentes como Tony Rivero, pero hacerlo como la gran nación transnacional que somos y de la que les hablé al inicio de este artículo. Lo primero que debería hacer Sheinbaum es, en la “mañanera” del próximo lunes, invitar al Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, a cenar en Palacio Nacional. ¡Podrían hablar del PIB que producen los latinos en la Unión Americana, incluido obviamente el de los mexicanos migrantes! O también podrían entenderse en el tema migratorio, del cual Marco Rubio ha dicho que no existiría crisis si no existieran problemas con Cuba, Venezuela y Nicaragua; es decir, no ve a nuestro país como el origen del problema.
Finalmente, muchos líderes migrantes mexicanos ven un futuro promisorio y compartido en Estados Unidos. Y lo ven de esa manera porque sus hijos o nietos que radican en la Unión Americana han avanzado en su educación, así como en su entorno laboral y social. Los migrantes mexicanos ya no son únicamente trabajadores agrícolas, también son jefes de flotillas en la industria de la construcción, gerentes de restaurantes en las principales ciudades estadounidenses, o grandes promesas deportivas en importantes universidades. Quizás, es hora de que el gobierno federal, empresarios y fuerzas políticas de México confiemos más en trabajar con diputados estadounidenses como Tony Rivero de Arizona y Elizabeth Velazco de Colorado (nacida en Guanajuato, por cierto). O bien, con George P. Bush, nieto del expresidente Bush y de madre mexicana, o con empresarios latinos como Jimmy Garza. Esto sería mucho mejor que caer en la telaraña de amenazas de Donald Trump y perdernos en un limbo del que nadie ha salido vivo hasta el momento. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, 12)
Le apodábamos “El Caballo” y le teníamos pavor. Durante varios años en mi escuela primaria y secundaria en la Ciudad de México, “El Caballo” dominaba el patio durante el recreo. Nos sacaba a todos una cabeza, varios kilos y un año más. Era el bully aunque nadie le llamaba así y no existía la conciencia que ahora tenemos sobre los estudiantes que hostigan y atormentan a otros más vulnerables. Ningún maestro vigilaba el patio y “El Caballo” daba rienda suelta a sus violentos impulsos. Nos golpeaba en la cabeza, nos daba cachetadas y patadas, nos gritaba hasta sentir su aliento y sus babas sobre nuestra cara, nos arrebataba los dulces y nadie se atrevía a enfrentarlo.
Recuerdo agarrarme de la puerta del salón, antes de salir al patio del recreo, para asegurarme que “El Caballo”, quien iba en otro grupo, no estuviera cerca. Mis recreos y los de mis compañeros dependían de lo que quisiera “El Caballo”. Si nos quitaba la pelota se acababa el juego de futbol y si le daba una madriza a alguien, todos salíamos huyendo para no ser el próximo. Hasta que apareció “El Perro”.
No era tan alto ni tan fuerte como “El Caballo”. Pero “El Perro”, quien por mucho tiempo se mantuvo al margen de lo que ocurría en el patio, decidió ponerle un alto al “Caballo”. Defendió valientemente a uno de mis compañeros cuando “El Caballo” lo estaba pateando en el piso. Aunque tenía los puños curtidos y listos, “El Perro” no tuvo que tirar ni un golpe. Solo se le acercó a la cara y le dijo al “Caballo” que parara. Desconcertado y asustado, el abusador se fue del lugar de la pelea. Desde ese momento “El Perro” -de grandes cachetes y mirada intensa- se convirtió en nuestro salvador.
“El Caballo”, humillado y retado, nunca más volvió a molestar a nadie y poco después se cambió de escuela.
Lo que está haciendo Donald Trump en sus primeros días como Presidente me recuerda tanto al bully de mi escuela en el recreo. Con todo el poder a su disposición, con el apoyo del Congreso, de la mayoría en la Corte Suprema y del voto popular, y con un ego que se revienta, Trump se expande. Quiere Groenlandia. Quiere el Canal de Panamá. Quiere convertir a Canadá en el estado 51. Y esta semana anunció que también quiere tomarse la franja de Gaza para convertirla en una riviera mediterránea. ¿Y qué piensan los palestinos, los canadienses, los panameños y los groenlandeses de todo esto? A Trump no le importa.
Por eso llama tanto la atención que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, haya logrado detener -al menos por un mes- las intenciones trumpistas de imponer aranceles del 25 por ciento. México, como ya lo fue con López Obrador, tendrá que convertirse en la policía migratoria de Estados Unidos y en el refugio de sus deportados. Por eso el ofrecimiento de 10 mil guardias nacionales de México a su frontera norte. Pero parar a Trump, aunque sea temporalmente, no es poca cosa.
¿Y por qué funcionó la estrategia mexicana? Porque Trump es un ser transaccional, convenenciero, y la presidenta Sheinbaum le dio algo a cambio. Así él se sintió como ganador aunque perdiera la partida.
Algo parecido hizo el dictador venezolano Nicolás Maduro. A cambio de que Estados Unidos lo dejara en paz, liberó a seis rehenes estadounidenses y permitirá el regreso de miles de venezolanos deportados. Y como si fuera poco, Maduro pone los aviones. El terrible mensaje de toda esa negociación entre Trump y Maduro es que la democracia en Venezuela puede esperar.
Todos están aprendiendo de esto. Tú le das algo a Trump y él deja de apretar por un ratito. Panamá es el que sigue. Su gobierno seguramente aceptará la llegada de deportados de varios países y le quitará a China -o limitará- el control de dos puertos sobre el Canal de Panamá a cambio de mantener la soberanía de su territorio.
Con Trump se acabó el soft power. Esta es la época de los trancazos y de amistades rotas.
Apenas estamos empezando. Nos quedan tres años y 11 meses de sobresaltos y amenazas.
Ahora quiero terminar mi cuento sobre los horrores que se viven en un patio escolar. Nunca más volví a ver al “Perro”. Pero tengo mucho que agradecerle. Su lección fue impecable: ante un bully, no te puedes quedar callado ni mostrar miedo. Hoy esa lección es tan válida como hace medio siglo. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)
Llegó febrero y con él todas las presiones que ya había adelantado Donald Trump en campaña empiezan a cumplirse. Cosas inimaginables y que se creían superadas por años vuelven a tomar relevancia en esta nueva administración, no sólo contra nuestro país, sino también para el resto de Latinoamérica y, en especial, para la región centroamericana.
No en vano, Panamá, El Salvador, Costa Rica, Guatemala y República Dominicana fueron elegidos como parte del primer viaje internacional del secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, para confirmar el interés de recuperar y sumar aliados en la región dentro de la nueva estrategia geopolítica de Trump, en la que no hay medias tintas, China debe quedar fuera.
El país asiático ha intensificado su presencia en acuerdos de cooperación con más de 150 países a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lanzada en 2013. En los países centroamericanos y de El Caribe no fue la excepción y numerosos proyectos de infraestructura que incluyen la construcción o mejora de carreteras, puertos, ferrocarriles, sistemas de tratamiento de aguas, oleoductos y demás han sido incluidos dentro del plan que China implementa por doquier estratégicamente.
Ante ello, la administración de Donald Trump decidió operar en el hemisferio y fue precisamente en el primer país de la zona que accedió a colaborar con los chinos, Panamá, en donde decidió contrarrestarlos.
El jaloneo con el país centroamericano sobre una posible recuperación del Canal de Panamá por los estadunidenses es cosa sería, tanto así que para seguir evitando la escalada de tensión sobre el tema, los panameños ya externaron que permitirán que expire su participación en la Iniciativa de la Franja y la Ruta; y, sobre todo, revisar la concesión de operación de las terminales portuarias en ambos extremos del canal por la empresa Hutchison Ports, con sede en Hong Kong, la cual recientemente había conseguido una extensión por 25 años sin licitación.
Pero el gobierno estadunidense intenta obtener algo todavía más generoso y ya lo hizo saber vía la reciente declaración de su Departamento de Estado que aseguró haber obtenido de Panamá la eliminación de tarifas para sus buques de guerra que transiten por la ruta, algo que las autoridades del canal rápidamente rechazaron que se haya concedido. Será cuestión de días para que se cumpla si o si este capricho.
En la suma de aliados con Estados Unidos, el gobierno salvadoreño de Nayib Bukele se unió sin chistar las estrategias planteadas por Rubio para contrarrestar la influencia del Partido Comunista Chino en la región y logró todavía más, un acuerdo para trasladar hacia El Salvador a criminales condenados desde Estados Unidos para recluirlos en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot). Así es, los americanos cuentan con otro tercer país seguro.
Guatemala fue otro de los países que recibió con los brazos abiertos a Marco Rubio, aunque el presidente socialdemócrata Bernardo Arévalo, no es nada afín ideológicamente con Trump, ha evitado las fricciones con él y hasta se ha mostrado colaborativo en temas de migración, aceptando varios vuelos militares con cientos de guatemaltecos deportados. Algo que complace todavía más a los americanos es que Guatemala reconoce a Taiwán como una isla independiente de China.
En Costa Rica, el secretario Rubio habló de “la política exterior americana que brinda apoyo y recompensa a nuestros amigos”, con lo que evidenció una vez más el llamamiento a sumar adeptos de la región a la estrategia estadunidense. Como prueba de esa amistad, concedió, por ejemplo, al gobierno de República Dominicana, su respaldo frente a las acciones migratorias que ese país lleva a cabo frente Haití y no le pidió que acepte inmigrantes haitianos en su territorio tras ser detenidos en Estados Unidos.
En tanto la tensión comercial y geopolítica entre Estados Unidos y China continue aumentando, estos países centroamericanos se frotan también las manos para aprovechar el nearshoring. No hay duda de que la doctrina Monroe revive con Trump y el “América para para los americanos”, sigue muy presente. (Fernando Aguirre, Excélsior, Nacional, p. 10)
Migrar y casarse a temprana edad es el destino de las niñas y niños de comunidades indígenas de la Montaña de Guerrero. Desde pequeños juegan y duermen en terrenos agrestes mientras sus padres preparan tlacolol. Sus primeros aprendizajes los adquieren en el campo porque en sus localidades no hay aulas ni maestros. El derecho a la educación es letra muerta, los padres y madres de familia lo conquistan bloqueando carreteras.
En los municipios de Metlatónoc y Cochoapa el Grande, hay niños y niñas que no cuentan con actas de nacimiento, cartillas de vacunación ni certificados de educación básica. Son los indocumentados de la Montaña que crecen con el estigma de su indianidad y engrosan las filas de la población analfabeta. Se preparan para el peonaje sin tener oportunidad de desarrollar sus capacidades cognitivas, tecnológicas y artísticas. Las faenas en el cerro forjan su acero para enrolarse desde los 12 años en campos agrícolas. Sus vidas van de surco en surco: limpiando terrenos, sembrando semillas y recolectando vegetales y frutas. Siempre lejos de sus comunidades.
Muy temprano preparan su itacate para aguantar la pesada carga de las arpillas de 30 kilos. Soportan los rayos del sol y el peso sobre sus hombros mientras esperan su turno para descargar chiles en los camiones del patrón. Obtener un pago de 400 pesos implica una jornada extenuante. Sacrifican su descanso y comen a prisa para alcanzar la meta. Padres e hijos se guarecen en casas derruidas porque los techos sin agua ni luz también son caros.
Los niños y niñas que tuvieron el privilegio de terminar la secundaria en las cabeceras municipales se dispersan por las ciudades en busca de trabajo. Varios se han aventurado a cruzar la frontera, pocos libran los peligros y amenazas de la delincuencia. Quienes resisten la travesía por el desierto son los afortunados de la Montaña. Beato Ortiz, indígena na savi de Metlatónoc, perdió a su hermano en el trayecto a Phoenix, Arizona. Ya no le dio tiempo llegar al coche que los esperaba para apretujarse en la cajuela.
Arribó a Estados Unidos sin saber qué hacer ni a dónde ir ante la pérdida de su hermano.
Por su corta edad no pudo conseguir trabajo.
Aprovechó su estancia para aprender inglés y estudiar la secundaria en Richmond, Virginia.
Logró ingresar al noveno grado. El estudio le abrió otros horizontes, constató lo difícil que es ser aceptado como ciudadano de otro país. Pronto encontró trabajo en una fábrica de carritos para supermercado. Probó suerte en una empacadora de cigarros, deambuló por varios restaurantes y hoteles, hasta que tuvo la idea de vender artesanías mexicanas y playeras en el mercado de la pulga. Con sus ahorros viajó a Puebla para comprar una tortillería. Extrañaba, como muchos paisanos, el sabor de las tortillas recién salidas del comal.
A la vuelta de 10 años, Beato cuenta con cuatro tortillerías y un restaurante de comida mexicana. Más de 35 personas latinas trabajan en sus negocios. Ha crecido en él su amor por su tierra, su gusto por hablar el tu un savi y su compromiso por defender a sus paisanos. Sin pretenderlo ha liderado la lucha de los pueblos indígenas en Richmond, Virginia. Con la llegada de Trump se ha encargado de difundir en su lengua materna los derechos que tienen como personas migrantes. A sus paisanos les ha dado pautas para tomar medidas preventivas y les sugiere que no se aíslen. Como parte del pueblo ñuu savi aprendió a respetar la cultura de cada individuo, a reconocer que somos diversos y que las identidades de cada ciudadano nos hermanan en la lucha por nuestros derechos.
Para Beato la investidura del presidente Trump no le da la autoridad para denigrar a los migrantes cual criminales, menos para tratarlos como seres sin dignidad y sin derechos. Los policías tampoco encarnan la ley, sus armas no son para agredir a las personas ni para introducirse a los domicilios. Es reprobable y ofensivo que encadenen a los migrantes. El presidente sabe que todos lo somos: sus padres y su esposa fueron migrantes. No debe olvidar que migrantes somos y en el camino andamos.
Para la comunidad ñuu savi de El Platanar la postura antimigrante de Trump es para infundir miedo. Con su lenguaje beligerante trata de intimidarnos. Quiere más guerra. Trata de enemigos a quienes no somos blancos. Desprecia a los jóvenes pobres que llegan de otros países.
Por ser señor rico se comporta como patrón déspota. No sabe que en este mundo todos nos necesitamos, por eso debemos respetarnos.
Las autoridades de El Platanar cada año cumplen con la costumbre de elegir a los nuevos mayordomos de la Virgen de Guadalupe y de San Francisco. Con la persecución a los migrantes, varios padres de familia se negaron a desempeñar estos cargos. Los jóvenes que están en Nueva York comentan que no trabajan por temor a que la migra los detenga. La incertidumbre que impera preocupa a los pobladores porque las fiestas se cancelarían. Ante la amenaza de Trump, la comunidad se prepara.
La costumbre es que cada cinco años salga un grupo de jóvenes a Nueva York con la encomienda de apoyar a sus familias y juntar dinero para las mayordomías. Son cargos imprescindibles que los padres tienen obligación de hacer en representación de sus hijos. El prestigio de la comunidad y de los mayordomos depende del éxito que tengan las fiestas. Para los habitantes de El Platanar la comunidad puede sucumbir si las fiestas se cancelan, por eso, la encomienda de los jóvenes es juntar dinero para la comunidad. En el último trimestre de 2024 los migrantes enviaron a la Montaña 145 millones 991 mil dólares, la cifra más alta del estado. Este esfuerzo extraordinario se puede resquebrajar con las decisiones impredecibles de Donald Trump. (Abel Barrera Hernández, La Jornada, Opinión, p. 13)
Los reportes sobre la presencia de aviones de espionaje y barcos de la Armada estadounidense en aguas internacionales del Mar de Cortés provocaron el martes y miércoles temores sobre la posibilidad de que el gobierno del presidente Donald Trump se alistara a cumplir su amenaza de atacar militarmente a los cárteles mexicanos de la droga.
De acuerdo con un reporte, “las actividades militares (estadounidenses) muestran claros esfuerzos para recopilar inteligencia que podría usarse para combatir a los cárteles, aunque no indican que un ataque estadounidense en suelo mexicano sea inminente”.
Pese a la especulación sobre las posibilidades de un ataque con misiles contra objetivos en Sinaloa y afirmaciones sobre las presuntas violaciones de aguas territoriales y espacio aéreo, la reacción del gobierno mexicano fue tranquila.
Después de todo, ya el fin de semana hubo llamadas telefónicas del nuevo Secretario de Defensa, Peter Hegseth, con sus contrapartes mexicanos de Defensa y Marina.
Según las autoridades mexicanas, en el pasado se han llevado a cabo actividades de reconocimiento similares, que se ajustan a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Washington desplegó aviones RC-135 Rivet Joint y P-8 Poseidón, diseñados para realizar vuelos de inteligencia, vigilancia y reconocimiento.
La preocupación creada habla, sin embargo, de la sensibilidad en la situación de las relaciones bilaterales desde la llegada de Donald Trump al poder y sus amenazas en torno a temas como el combate al narcotráfico y la colaboración para detener flujos migratorios.
Uno de los primeros actos de Trump fue firmar una orden ejecutiva (decreto presidencial) que define a los cárteles del narcotráfico como “organizaciones terroristas”, que según la ley estadounidense le daría la autoridad para combatirlos por medios violentos sin necesidad del permiso del Congreso.
El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum está obligado a sopesar cada respuesta y medir cada reacción, tanto por la asimetría de poder como por la importancia para México de la relación comercial con Estados Unidos.
Es una formulación pragmática. Aunque, por un lado, hay un grado de inquietud respecto a las intenciones del gobierno de Trump y sus necesidades de política doméstica, la única opción viable para el lado mexicano es mantener la cabeza fría y no caer en actitudes que al final resultan políticamente desastrosas, como ocurrió al presidente colombiano Gustavo Petro en su choque con Trump.
El punto es importante porque evitar la imposición de tarifas comerciales, ahora en suspenso como “Espada de Damocles”, es de importancia primordial para México, las cuestiones de migración y drogas son las que mueven a la opinión pública estadounidense y llevan a presiones que los funcionarios de ese país trasladan al gobierno mexicano en forma de demandas como la de “entregar cabezas” de funcionarios vinculados con los cárteles. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 25)
Arrebatarle Groenlandia a Dinamarca y el Canal a Panamá. Insistir en que Canadá debería convertirse en el estado 51 de la Unión. Prometer la mayor deportación de migrantes de la historia y no dudar en llamarlos animales. Reservarles un lugar en el limbo de Guantánamo, emblema del desdén absoluto hacia los derechos humanos. Tratar de eliminar el jus soli consagrado en la Constitución. Abandonar el Acuerdo de París y la Organización Mundial de la Salud.
Amenazar a sus dos principales socios comerciales con unos aranceles desmedidos solo para luego colocar sobre sus cabezas una espada de Damocles si no se pliegan a sus caprichos: diez mil elementos de la Guardia Nacional mexicana en la frontera o un zar canadiense contra el fentanilo. Disolver la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Acusar a las políticas de diversidad del accidente aéreo en Washington.
Despedir a miles de funcionarios por no comulgar con sus ideas, perseguir a quienes lo juzgaron por la asonada del 6 de enero de 2021 y amenazar a quien colabore con el Tribunal Penal Internacional. Eliminar los programas federales de inclusión. Intentar enviar a las mujeres trans en prisión a cárceles masculinas y querer fijar el sexo biológico como único parámetro social. Proponer el desplazamiento forzoso de dos millones de gazatíes y la toma de la Franja para transformarla en un complejo turístico de lujo en el Mediterráneo. Más lo que se acumule en los siguientes días u horas.
¿Un loco en la Casa Blanca? Cada una de estas algaradas parecería confirmarlo: vistas en conjunto, lucen como el más disparatado y errático esfuerzo por quebrantar las reglas escritas y no escritas de la convivencia internacional desde el fin de la Segunda Guerra. Una batería discursiva -y también de acciones directas, no hay que olvidarlo- que lo mismo pretenden desmantelar el sistema de libre comercio internacional que el consenso mínimo sobre derechos humanos, darle la vuelta a la globalización, disolver las recientes políticas de identidad o género y hasta el último resabio del pensamiento woke, destruyendo en el camino el papel que desempeñó Estados Unidos -así fuera siempre contradictorio- como referente de la democracia liberal en el planeta.
Examinadas de cerca, sin embargo, no dibujan solo el proceder de un demente o un idiota, sino una estrategia coordinada que en efecto busca producir el reordenamiento del mundo a partir de una visión autoritaria. Hacia adentro y hacia afuera, para con sus socios tanto como para sus propios ciudadanos, Trump ha optado por una suerte de terapia de choque no muy distinta de las preconizadas por los gurús del neoliberalismo: una andanada de amenazas creíbles que buscan amedrentar y paralizar no tanto a los enemigos históricos de su patria, como cualquier resistencia en su propio campo de influencia.
La operación no podría calificarse sino de terrorista. Valiéndose de sus propios métodos empresariales, pretende reducir al margen el campo de acción de todos aquellos que podrían resistirlo: de sus propios funcionarios públicos a sus socios en América o Europa. Que en efecto Estados Unidos se apodere de Groenlandia, Canadá, el Canal y Gaza o que perturbe el conjunto del comercio global parece poco probable -aunque, insisto, no hay que descartar nada-, pero el solo hecho de enunciarlo produce consecuencias palpables. Nunca como ahora las palabras de un líder global resultaron tan performativas: aun si no producen lo que anuncian, sus efectos reales se volverán inevitables en los próximos años.
Lo mismo ocurre con su guerra contra los derechos humanos, los contrapesos institucionales o la diversidad: no es que vaya a conseguir expulsar a todos los migrantes sin papeles o aplastar toda oposición interna, pero la sola posibilidad de enunciarlo -de convertirlo en el centro del discurso- es ya una forma de empezar a hacerlo: un disparo de salida a ese nuevo orden global en el que, como en la Alemania nazi, todos los valores se invierten.
Con cada orden ejecutiva, lo perverso se vuelve deseable y lo aborrecible la norma. Si no queremos caer en el siniestro juego trumpiano, debemos empezar por salir de él: no aceptar sus nuevas reglas y desafiar uno a uno sus dichos. Eso -y no la sola contención- será la única forma de sobrevivirlo y derrotarlo. (Jorge Volpi, Reforma, Opinión, p. 9)

(Boligán, El Universal, Opinión, A16)

(Rubén, El Sol de México, Análisis, p. 13)