Donald Trump lo ha vuelto a hacer, como lo ha hecho en toda su carrera empresarial y política (y como, seguramente, lo seguirá haciendo los próximos cuatro años): amenazar para luego negociar.
Los últimos días, el presidente de los Estados Unidos ha anunciado aranceles a diestra y siniestra, sin importar si son sus principales socios comerciales como Canadá y México, o si son sus más grandes competidores como el gigante asiático China. Sus amenazas van dirigidas a todo aquel que se interponga en sus intereses, aunque, paradójicamente, afecte de manera directa a las personas que han ayudado a cimentar la grandeza de la Unión Americana: los migrantes.
Todos los pueblos del mundo tenemos algo en común: la migración. En mayor o menor medida, todos los países tienen en su origen y en su presente a personas originarias de otras naciones. Por eso, llama mucho la atención que, en los tiempos actuales que vivimos, en los que se destacan por terribles guerras (bélicas y comerciales), sigamos viendo que no se tome en cuenta a las diásporas como impulsoras en materia económica, cultural y social.
En este sentido, hablar de la India, por ejemplo, es analizar una referencia obligada para entender el gran impacto que pueden tener las diásporas. De entrada, sabemos que la India es el país más poblado del orbe, pero, además, es la nación número uno en expulsión de migrantes, siendo los Emiratos Árabes y los Estados Unidos los destinos con mayor afluencia.
Ahora bien, algo tienen en común los migrantes de la India y de México: son las dos comunidades extranjeras más numerosas que radican en los Estados Unidos. De igual forma, las poblaciones india y mexicana que habitan en territorio estadounidense se destacan por hacer del emprendimiento una cultura que llevan de sus comunidades de origen a cualquier ciudad de la Unión Americana. Esto lo vemos reflejado en las remesas que envían a sus países, tan sólo en el 2024 fueron el primero y segundo lugar, respectivamente, de los países con mayor recepción de remesas.
Como lo he venido diciendo desde hace algunos años, las diásporas no son un problema para atender, al contrario, son una fuente de soluciones a las diversas complejidades que enfrentamos hoy en día en el mundo. En la actualidad, a los migrantes se les cataloga en varias partes del mundo (incluido en Estados Unidos, aunque Trump se empecine en criminalizarlos) como héroes nacionales, catalizadores de desarrollo y piezas clave de la vida política.
Ejemplos de cómo, quienes integran las diásporas, son motores de desarrollo personal, económico y social hay por millones en los Estados Unidos. Mario César Ramírez es un migrante de origen mexicano que, desde hace más de dos décadas, comenzó con su primer negocio en Texas: una panadearía. Después, se expandió en los negocios de comida y emprendió una taquería (hoy tiene más de cinco). Posteriormente, escribió un primer libro sobre cómo emprender un negocio en Estados Unidos, el cual se convirtió en un taller con el que ayuda a la comunidad hispana a iniciar sus propios emprendimientos.
Para los especialistas, personas como Mario César son la prueba de que las diásporas son una mejor opción que las guerras comerciales que hoy se detonan por todas partes del mundo con una simple amenaza de Trump. La relación entre estado-diáspora es una cuenta por pagar que todos los gobiernos del mundo, sobre todo los que tienen mayores índices de migración, deben saldar acercándose y trabajando juntos. ¿Sheinbaum volteará al norte para realizar un plan histórico que consolide a la gran nación transnacionales que podemos ser con nuestra diáspora? (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 12)