NOTAS INDISCRETAS…
La reunión virtual entre el presidente López Obrador y la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, preparatoria para la próxima llegada a México de la segunda al mando en la Casa Blanca, fue “cordial y en muy buen tono” y duró poco menos de una hora, de acuerdo con fuentes gubernamentales.
Tanto el grupo mexicano como el estadounidense evitaron tocar temas donde hay cierta fricción o diferencias, como la cuestión energética o la carta diplomática que ayer mismo envió la Secretaría de Relaciones Exteriores a la Embajada de Estados Unidos en nuestro país para preguntar si hay financiamiento de su gobierno a la organización Mexicanos contra la Corrupción y pedir que sean canceladas esas transferencias por considerarlas un tema de “injerencia política” de Washington al apoyar a opositores al gobierno de México.
Los cuatro temas que sí se abordaron fueron: cooperación frente a la pandemia, migración, diálogo económico y la frontera. En materia migratoria, López Obrador y el canciller Marcelo Ebrard insistieron en su propuesta de hacer un “plan Marshall” para Centroamérica e invertir recursos económicos al sur de México y los países centroamericanos para crear empleos, porque con muros y guardias nacionales no se va a resolver el tema.
En los temas económicos se acordó reactivar el diálogo “de alto nivel” en asuntos de economía, que del lado mexicano coordinará la secretaria de Economía, Tatiana Clouthier, con miras a reactivar la actividad económica por la crisis de la pandemia. En los asuntos fronterizos, el Presidente y su equipo expusieron que del lado mexicano “estamos pagando un costo” y que se tiene que encontrar la manera de flexibilizar el cierre e ir pensando en la reapertura de los pasos fronterizos. Y finalmente en cuanto a las vacunas contra el Covid,
México insistió en pedir cooperación y apoyo de Estados Unidos a lo que Kamala Harris respondió que en ese tema iban a trabajar conjuntamente para “acercar posiciones” y que pronto pudiera haber noticias al respecto. La reunión preparatoria para la próxima visita de la Vicepresidenta el 8 de junio, para la que el Presidente le encargó a Marcelo Ebrard darle seguimiento a todos los temas de tal modo que durante la estancia de la señora Harris ya se puedan concretar acuerdos puntuales en cada uno de esos temas.
“Kamala sí compró la idea de que hay que hacer un plan para apoyar económicamente a Centroamérica, aunque no necesariamente aceptó el plan de México, pero sí reconoció la urgencia del tema”, dijo una fuente que participó en el encuentro virtual en Palacio Nacional… (Salvador García Soto, El Universal, Opinión, p.7)
*No fue un buen día para AMLO. Poco antes de su reunión virtual con Kamala Harris, vicepresidenta de EU, el Presidente calificó de “injerencia” el financiamiento de los vecinos del norte a organizaciones como Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad. El “ridículo diplomático” —como lo califica el consultor Luis Carlos Ugalde— no paró allí.
El gobierno mexicano también envió una nota de protesta a la embajada de Estados Unidos por el mismo motivo. Dice:
“Un gobierno extranjero no puede entregar dinero a grupos políticos de otro país, la Constitución nuestra lo prohíbe, no se puede recibir dinero de otro país para propósitos políticos, es traición a la patria”. Y le pide a la embajada que confirme si ha apoyado a la organización citada, cuyos miembros, asegura, “han sido explícitos en su militancia política en contra del gobierno de México”.
Ya encarrerado, solicitó que la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) considere suspender ese apoyo a MCCI. “Va en contra de relaciones de respeto mutuo y no intervención”, argumenta.
USAID y NED son las organizaciones aludidas. Están fondeadas por el Congreso de Estados Unidos para apoyar proyectos de derechos humanos, democracia, y transparencia alrededor del mundo, dice Ugalde.
Artículo 19 reaccionó a la nota diplomática. En un comunicado sostiene que suspender el financiamiento a MCCI es “un claro revés autoritario contra el derecho de asociación y la defensa de los derechos humanos”.
A pesar de todo, la reunión virtual con Kamala Harris se desarrolló en un tono “cordial, propositivo, de buen humor”, según la Cancillería. El tema del financiamiento a MCCI no fue tocado. Nada de controversia. Migración, cierre de la frontera, economía y vacunas conformaron la agenda de la charla.
En la Cancillería nos aseguran que pronto habrá buenas noticias sobre las vacunas. Veremos… (Francisco Garfias, Excélsior, Opinión,p.4)
Debido a la pandemia, llevaba más de un año sin ver a mi mamá. Desde marzo del año pasado no había venido a México. No me hubiera perdonado nunca el contagiarla accidentalmente de coronavirus. Así que esperé hasta que ella tuviera sus dos dosis de la vacuna contra el Covid-19 y yo también, dejamos que pasaran dos semanas más para estar bien protegidos y me trepé al primer avión desde Miami.
Yuyú, le dicen los que la quieren. Jechu, le decimos mis hermanos y yo, por aquello de ser la jefa de la casa. Tiene 87 años de edad, apenas pasa del metro y medio y, según su propia descripción, “excepto por lo de vieja estoy muy bien”. Y lo está, con un intacto sentido del humor y las inevitables peleas con la memoria.
Ella es la primera rebelde que conocí. Un día le dijo a mi papá que no le prepararía nunca más su chocolate caliente y, así, con un gesto tan sencillo y contundente, comenzó su liberación. Tomó cursos en la misma universidad que yo iba, viajamos juntos a China y a la India, y fue con ella con quien tuve mi primera plática filosófica sobre lo que era la felicidad. “La felicidad nunca es permanente, Jorgito”, me dijo apoyándose en la puerta de la cocina y con la mirada atorada en algún momento de dolor.
De niño nunca le dije: “Mamá, de grande quiero ser un inmigrante”. Yo quería ser futbolista o rockero. Uno no se convierte en inmigrante porque quiere sino porque no te queda otra opción. Ella entendió perfectamente cuando le dije que había quemado las naves y que me tenía que ir de México.
En mis casi cuatro décadas en Estados Unidos siempre había regresado a visitarla varias veces al año. Era un ritual en el que yo recuperaba un poquito del México que perdí y los años que me faltaron con ella, con mi familia y amigos. Los que nos fuimos vivimos en una angustia permanente de que alguien se enferme, sufra un accidente o se contagie de Covid y no podamos regresar a tiempo.
Además, tenemos que enfrentar los retos a nuestra identidad binacional; en México algunos me dicen que soy un traidor por haberme ido y que ya no soy mexicano, mientras que en Estados Unidos otros no acaban de aceptarme en el país y me dicen que me regrese de donde vine.
Ese necesario, y a veces doloroso ritual, se rompió con la pandemia.
México es el cuarto país del mundo con más muertos por coronavirus, después de Estados Unidos, Brasil y la India. La campaña de vacunación contra el Covid-19 en México va muy lenta. Solo unas 13 millones de personas han sido vacunadas. Pero, a pesar de las críticas, ¿cómo no agradecer que entre los que ya recibieron sus dos dosis esté mi mamá?
En un módulo médico cerca de su apartamento y con perfecta organización, la Jechu recibió sus dos vacunas de Pfizer. Por coincidencia, casi al mismo tiempo yo me puse las de Moderna en Miami. Así ya casi estábamos listos para vernos. Por fin se acabarían esas videollamadas que nos mantuvieron a flote emocionalmente por tanto tiempo.
Un amigo de la universidad, quien no pudo abrazar a su mamá antes de perderla por el coronavirus, me lo advirtió en un correo electrónico: no dejes de abrazarla. Mucho. Y ese era mi plan.
Me hice una prueba de PCR en Miami un día antes de viajar y otra de antígenos horas antes de verla ya en México. Las dos salieron negativas. Luego de aterrizar me fui a un restaurante vacío a comer unos taquitos al pastor con agua de Jamaica -para no olvidar el ritual- y pasé rápidamente al hotel para bañarme como niño chiquito, hasta por debajo de las uñas.
Me dirigí hacia su apartamento, nervioso como si fuera una primera cita, me puse dos mascarillas -una era N95-, subí al elevador y toqué el timbre. Y suavemente, una figura todavía más pequeña de la que yo me imaginaba jaló la puerta y abrió grandes sus ojos. Nos quedamos viéndonos, inmóviles. Sin tocarla, le pedí que se pusiera una mascarilla. Dio unos pasitos hacia atrás, tomó de una repisa un lindo cubrebocas con motivos mexicanos -verde, blanco y colorado- y se lo puso con dificultad.
Y luego, por fin, la abracé. Largo. Sin soltarnos. Había llegado a tiempo. Sentí su cuerpo, casi temblando. Pasó sus dos brazos sobre mi cuello y me dijo detrás del oído: “Ay, mi niño”. Y me rompí a llorar. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión,p.8)