La movilización turística en eventos como las Olimpiadas o los Mundiales de Futbol, propician además del ambiente festivo natural de estos deportes, también aumento de la trata de personas especialmente entre la población con mayor vulnerabilidad por edad, condición de pobreza, disfunción o abandono familiar, promesas falsas de trabajo o migración irregular. También descuido de la familia.
Por eso diversas organizaciones exigen a la autoridad principalmente, a la población y a los organizadores de estos eventos, mayor vigilancia para prevenir estos delitos.
Las autoridades de cada país, junto con organizaciones como la FIFA, ONU, UNICEF y ECPAT entre otras, han venido promoviendo compromisos para que se capacite a las corporaciones policiales para enfrentar con rigor estos ilícitos. Entre otras acciones, se comprometa a dueños y al personal de los hoteles a detectar hombres adultos con niñas o niños que no traigan pasaporte y no se conste son sus hijas e hijos, o se contrate por una noche la habitación, las y los menores de edad muestren timidez o signos de maltrato, o algún otra cuestión que no deje claro que se trata de una familia.
Debemos tener presente que la trata con fines de explotación sexual es uno de los delitos de la delincuencia organizada que ha crecido en un 31 % a nivel global entre 2014 y 2022 según datos de la ONU, y un tercio de estas cifras por desgracia son menores de edad. A su vez el INM y la FGR señalan que del 2023 al 2024 el rango por edad de las víctimas fue de 12 a 17 años; aunque hubo víctimas entre los 8 y 10 años. 7 de cada 10 víctimas son niñas; el 60% del reclutamiento es mexicano. Los estados con más reportes son los de la frontera norte, Quintana Roo, Ciudad de México, Estado de México y Jalisco.
Otro elemento que ha influido para el enganchamiento de la trata, es el aumento del uso de dispositivos de tabletas, celulares, laptos y el acceso a redes sociales, youtube, tik tok, instagram y juegos online. Hoy no se necesita secuestrar a adolescentes en las calles, simplemente les prometen ser modelos o ganar dinero fácil para atender a turistas; la situación de pobreza influye incluso para que las propias familias permitan o promuevan estas “contrataciones” sin medir los riesgos para sus hijas e hijos.
Reitero que siempre es mejor prevenir que niñas y niños no sufran estos crímenes que les impactará al desarrollo normal de su personalidad; el daño y trauma que sufrirán es físico, emocional y psicológico; es irreversible y trastocará su vida.
Por lo tanto, invocamos al fomento de la construcción de una mejor sociedad, y actuar en consecuencia siempre. Si se sabe o se sospecha de que hay una situación rara, es necesario denunciar. No olvidar que es primordial proteger de cualquier riesgo a quienes son menores de edad en función del Interés Superior de la Niñez. Ninguna persona adulta puede olvidar la obligación irrestricta e ineludible de protegerles: autoridad y sociedad.
Por eso saludo a Cesar Costa, Tania Rincón, Leonel García, Ángel Correa, Charro González, Paloma Tajonar y a Ashley Frangie, quienes han lanzado un video que alerta contra la trata de niñas y niños y enfatizan este delito no puede ser parte del turismo ni del entretenimiento. Disfrutemos del Mundial y cero tolerancia a la explotación sexual infantil. Para cualquier denuncia se debe recurrir al 911. (Angélica de la Peña, El Sol de México, Análisis, p. 18)
El gobierno de México se ha endurecido frente al de Estados Unidos por razones políticas, no éticas. Más que perder la soberanía le preocupa perder el poder. La 4T se sabe vulnerable por los ostensibles vínculos de varios de sus representantes con el crimen organizado, y está decidida a protegerlos para protegerse. No habrá depuración porque eso implicaría embarrar a su fundador y al movimiento: se salvan todos, empezando por los embarrados, o no se salva nadie.
Andrés Manuel López Obrador no esgrimió el soberanismo cuando Donald Trump le exigió hacerle el trabajo sucio: acató indignamente sus designios. Fue indigno ceder soberanía para complacerlo con el despliegue en nuestro territorio de un muro militar que detuviera por la fuerza a los migrantes, como lo fue convertirnos en los hechos en tercer país seguro; eso fue más indigno que extraditar políticos mexicanos para ser procesados por la justicia estadunidense. También fue indigno que el presidente de México aceptara ir a la Casa Blanca a hacerle un acto de campaña electoral al presidente de Estados Unidos que había insultado y maltratado a nuestros paisanos; fue más indigno que aceptar injerencias recíprocas. Pero AMLO no tuvo reconcomios patrióticos cuando concedió todo eso; lo hizo con el pragmatismo en ristre y la moral arrumbada en el bolsillo donde llevaba su pañuelito blanco.
Que la 4Thaya decidido plantarse ante Trump, con la consigna de AMLO notificada en su carta del 3 de junio, se explica por su aferramiento al poder. La retórica del soberanismo es un ardid para legitimar la decisión pragmática de pelear con uñas y dientes —digamos que defender con los dientes lo que se obtuvo con las uñas— su permanencia en el gobierno. Sus jefes están dispuestos, ahora sí, a confrontar a la super potencia a costa de poner en riesgo la revisión del T-MEC porque saben que si se devela la corrupción y la complicidad criminal de los suyos se derrumbará su hegemonía. No es una reacción contra el intervencionismo, que fue mayor en las exigencias trumpianas que derivaron en concesiones obradoristas; es que en esta ocasión está en juego el control del aparato gubernamental, no los derechos humanos de los migrantes, y caray, hay de causas a causas para envolverse en la bandera.
No, Donald Trump no ha cambiado, como dice la carta de marras. Es el mismo con el que lidió AMLO, el que enjauló niños migrantes y los separó de sus padres, solo que en su segunda presidencia enfrenta menos contrapesos —esos enemigos del populismo— puesto que ha ensanchado su margen de maniobra autoritaria casi tanto como lo hizo su colega populista en México. Eso de que Trump perdió su antigua bonhomía es una sandez o, mejor dicho, una coartada para lavarse la cara. AMLO lo defendió hasta la ignominia porque a cambio de sumisión logró algunas ventajas —para él, más que para los mexicanos— y nos quiere vender el cuento de que elogiaba a un hombre bueno al que sus perversos asesores volvieron malo. ¡Por Dios! Ayer defendió a un personaje indefendible que se hizo de la vista gorda ante sus tropelías; hoy cuestiona al mismo personaje porque la nueva realidad lo llevó a exhibir la narcocorrupción de sus operadores.
Es la soberanía entendida como el supremo poder de un proyecto transexenal. La soberana perpetuidad. (Agustín Basave, Milenio, Política, p. 13)
El jueves empieza el Mundial de Futbol más grande de la historia. También empieza un show familiar de tres países que llegan sonriendo, aunque se estaban agarrando del chongo antes de que los vecinos abrieran la puerta y se asomaran.
México, Estados Unidos y Canadá compartiremos la organización de un torneo descomunal: 48 selecciones, 104 partidos, 16 ciudades sede y más de cinco millones de aficionados esperados en los estadios. La FIFA presume que miles de millones seguirán el evento en alguna pantalla. Es la vieja promesa de los eventos deportivos a escala global: durante unas semanas, el mundo se ordenará alrededor del deporte y los países anfitriones se podrán presentar como modernos, eficientes y hospitalarios.
El problema es que America del Norte llega al Mundial como una familia, pero una bastante disfuncional. México y Estados Unidos atraviesan una relación marcada por amenazas, presiones de seguridad y sospechas cruzadas. Canadá observa con su tradicional cara de vecino prudente, aunque tampoco está fuera de las tensiones comerciales y políticas que han vuelto más difícil la convivencia regional. Aun así, el jueves en México habrá ceremonia, himnos, sonrisas y discursos sobre cooperación. Aunque cada país hará su propia inauguración del Mundial, nada de andarse mezclando.
La mayor paradoja estará en Estados Unidos. La economía más grande del mundo será el anfitrión principal, pero ahí el futbol no ocupa el lugar que tiene en cualquier país donde un Mundial todavía altera horarios, conversaciones y ánimos familiares. Según una encuesta reciente de YouGov, más de la mitad de los estadounidenses dice no tener ningún interés en el torneo y casi seis de cada 10 no espera ver un sólo partido. No es que el futbol no exista, su popularidad viene creciendo entre jóvenes, hispanos e inmigrantes. Pero sigue siendo un idioma que muchos escuchan desde lejos.
Los inmigrantes en Estados Unidos son más del doble de propensos que los nacidos ahí a seguir el Mundial. También los hispanos muestran mucho más interés que la población blanca no hispana. En otras palabras, el Mundial estadounidense será empujado, en buena medida, por el país que la política migratoria suele tratar como problema. La fiesta se escenificará a la par del miedo a las redadas de ICE, a perder la VISA o a la exacerbada polarización y discriminación que marcará a muchos aficionados.
México vivirá otra película. Aquí sí habrá fiebre mundialista, aunque mezclada con tráfico, lluvias, operativos, protestas, calles cerradas, precios imposibles y la esperanza gubernamental de que todo salga suficientemente bien. La inauguración en el Estadio Azteca tendrá una carga simbólica enorme: el mismo recinto de 1970 y 1986 volverá a ser escenario de una historia que nos gusta contar como grandeza compartida, aunque afuera del estadio persistan los problemas de siempre.
Canadá quedará en medio. Será sede seria, limpia, probablemente ordenada, pero no necesariamente poseída por la pasión futbolera. Su papel parece el del pariente sensato que ayuda a que la reunión no termine en pleito.
Por eso este Mundial puede ser más interesante fuera de la cancha que dentro de ella. No porque el futbol importe poco, sino porque importa demasiado. Durante un mes, América del Norte intentará vender la imagen de una región integrada. Tal vez lo logre en la transmisión (y eso quién sabe). Pero cuando se apaguen las luces quedará la pregunta incómoda: ¿qué tan real puede ser una comunidad que sólo pretende llevarse bien ante las cámaras? (Leonardo Núñez González, La Razón, Mundo, p. 22)
Mark Carney, Donald Trump y Claudia Sheinbaum se sientan alrededor de la mesa que la FIFA preparó para la degustación de un menú especial a pocos metros del palco presidencial del Estadio Azteca.
Jueves 11 de junio. Una hora antes de que inicie el partido y 55 minutos antes de la inauguración oficial, donde Carney, Trump y Sheinbaum tendrán cada uno 30 segundos para dirigir algunas palabras, los tres recuerdan la importancia que jugaron Gianni Infantino, Marco Rubio, Anita Anand y Roberto Velasco para concretar lo que pareció ser una reunión natural motivada por la organización conjunta del Mundial FIFA 2026.
No es el momento de hablar de migración, aranceles o terrorismo. Es el momento del uso del poder blando para fortalecer la alianza de América del Norte a través del balón. ¿Alguien recuerda la Cumbre de América del Norte? Los tres han decidido relanzar la Cumbre de los Tres Amigos.
Trump reconoce que gracias a Barack Obama la imagen de la FIFA recibió su merecido luego de la compra de votos por parte de rusos y cataríes para organizar sus respectivos mundiales en 2018 y 2022, respectivamente.
Carney y Sheinbaum agradecen a Trump la integración de Canadá y México a la Alianza de América del Norte ante la FIFA para organizar este Mundial.
El escenario imaginario anterior tendría que ocurrir el jueves, pero hoy es utópico. Es muy probable que al primer ministro de Canadá le hubiera gustado viajar a México y también haberlos recibido, a Trump y a Sheinbaum, un día después en Toronto.
La presidenta mexicana quiere montar una verbena mundialista gratuita desde el zócalo generando empatía con el segmento popular y siguiendo lo que los “genios” de la mercadotecnia de AMLO llamarían “narrativa”. La narrativa es más importante que la realidad, nos dirían.
La presidenta tampoco quisiera revivir lo que sintió Miguel de la Madrid en la inauguración del Mundial 86: abucheos que parecían interminables. Otro factor a considerar en el legado de AMLO es: no hay que gobernar para todos. La división es la fuente del rating y del odio. Al Azteca acudirá una demografía con elevado poder adquisitivo, un segmento no prioritario por los gobiernos de la Cuarta Transformación. La narrativa de los fifís.
La política exterior mexicana es dogmática y no de Estado. México perdió a Ecuador y a Perú; hizo “pausas diplomáticas” con España y con Estados Unidos (a través del embajador Ken Salazar) y no mantiene diálogo político con Argentina, El Salvador y Bolivia, entre otros.
El Gobierno de México perderá la oportunidad de catapultar acciones de política exterior durante el Mundial por su visión etnocentrista de las relaciones internacionales.
La relación con Estados Unidos quedó en “pausa” desde el 29 de abril, fecha en la que vieron luz pública las 10 extradiciones solicitadas por el Departamento de Justicia estadounidense a la Secretaría de Relaciones Exteriores: la respuesta de esta, de manera inmediata fue “sin pruebas”.
En la llamada “defensa de la soberanía” todo es permitido para realizar una especie de apagón: se cierran de facto las fronteras diplomáticas y mediáticas para evitar “actos injerencistas” y se suspende la aplicación de la ley por así convenir a las autoridades. Bajo estas condiciones el Gobierno mexicano daría luz verde a las relaciones entre políticos con el crimen organizado.
Es la “narrativa”, nos dirían los genios.
El proceso de descomposición en la relación bilateral México-Estados Unidos ha sido súbito desde el 29 de abril. ¿Quién o quiénes lo revertirán?
Sin diplomacia quedará la versión cursi del Mundial: la ola más grande del mundo y la competencia entre un ajolote contra un jaguar.
El diseño de una estrategia global de poder blando de Palacio Nacional tuvo que haber sido delegado a la SRE, en la Unidad de Alfonso Zegbe. Al parecer, no se hizo.
Otra oportunidad perdida. (Fausto Pretelin Muñoz de Cote, El Economista, Geopolítica, p. 45)
Como Mumm-Ra arropado por los espíritus del mal decidió AMLO sacar su cuerpo decrépito del autoexilio en Palenque. Sólo una vez lo había hecho antes en defensa del delincuente de Nicolás Maduro tras poner sus barbas a remojar después de la incursión de los Estados Unidos en Miraflores.
Doscientos mil mexicanos fueron asesinados durante su sexenio, producto de una política gubernamental que él denomino “abrazos, no balazos”, sustentada en la creencia estúpida de que, al pactar el gobierno con el narco, se acabaría la violencia. Se equivocó. La ‘pax narca’ siempre trae más violencia, y el empoderamiento del crimen a costa del debilitamiento de las autoridades. Ese es el México que nos dejó AMLO.
Sale en su mezquindad a acorralar a Sheinbaum y a encarecerle el costo de colaborar con Trump en el combate a los cárteles del narcotráfico, la pinta como un Judas que traiciona al Mesías si decide extraditarlos para que enfrenten sus delitos en las cortes de ese país.
¿Cuál Trump quiere ver AMLO de regreso? ¿El que en 2016 le dijo que los mexicanos llevaban a Estados Unidos crimen, drogas y eran violadores? ¿El que en 2017 implementó la política “tolerancia cero” en la frontera, para separar a miles de niños de sus padres, metiéndolos en jaulas? ¿El que alardeó sobre cómo forzó al gobierno de AMLO en 2019 para aceptar el programa migratorio “quédate en México” y desplegar 28 mil militares en la frontera para frenar la migración y así para evitar aranceles del 25%, y luego remató diciendo “nunca he visto a nadie doblarse así”?
Que Trump disfrute humillando a jefes de Estado, no es novedad. Pero lo que sí fue novedad, fue ver al humillado AMLO ir a Estados Unidos de porrista de Trump en su campaña a la reelección en julio 2020. Literalmente, fue a aplaudirle, y a decirle: “estoy aquí, para expresar al pueblo de Estados Unidos que su Presidente se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto”. Aquel día, formalmente Obrador se convirtió en el único presidente en la historia de México que se ha ido a arrodillar a Washington.
Pero ahí no terminó la humillación del presidente de México frente a Trump. Antes de dejar el cargo, en julio de 2024, Obrador le escribió otra carta a Trump, quien estaba en campaña, en la que le dijo: “me inspira confianza el haber sabido de mi amigo Trump como candidato y el haberlo tratado después como presidente; me consta que en su papel como gobernante fue partidario del T-MEC y, lo más importante, que siempre fue respetuoso de la soberanía de nuestra nación y cuidadoso de la amistad entre nuestros pueblos”. Y para rematar aquella carta, AMLO adicionó una posdata: “por favor, amigo, no me ande mandando a la ‘Chingada’ antes de tiempo. Aunque se ría y siempre le parezca extraño, ahí le va de nuevo otro abrazo”.
Y si AMLO vivió humillado a Trump durante su gobierno, ¿por qué decidió volver a humillarse de nuevo frente a Trump en junio de 2026? Porque está aterrorizado. Sabe bien –como lo sabe Sheinbaum y todo su gabinete de seguridad– que seguirán cayendo acusaciones de Estados Unidos en contra de prominentes morenistas. No fue casualidad que la nueva carta de AMLO haya salido justo el día que nos enteramos de que a los gobernadores morenistas de Sonora y Tamaulipas les fue cancelada la visa.
La defensa a ultranza del Cártel De Morena a Rocha Moya, se debe a que era él quien llevaba las maletas de dinero del narco para las campañas de MORENA, por lo que, si Rocha termina detenido en Estados Unidos, su testimonio se sumará y coincidirá con el del Mayo y los Chapitos; entonces el rompecabezas estará completo, y el gobierno norteamericano exigirá Sheinbaum más detenciones de políticos morenistas de mayor nivel. El cerco se sigue cerrando, y más pronto que tarde las acusaciones llegaran a la familia de AMLO y a él mismo.
Que políticos morenistas aliados al narco terminen encarcelados en Estados Unidos (aquí los dejaría libres Ernestina Godoy) es lo justo; millones de mexicanos deseamos que suceda pronto, y ese deseo no nos vuelve traidores a la patria. Pero lo más lamentable de esta historia de corrupción guinda, es que el narco-pacto obradorista, en este momento, sigue poniendo en riesgo los términos del nuevo tratado comercial norteamericano. Entre más se mueva AMLO, tratando de defender a su familia y a él mismo, para no terminar en la cárcel, más difícil será para el gobierno de Sheinbaum la negociación de los términos de nuevo tratado. Millones de empleos en México podrían perderse porque AMLO decidió hace tiempo pactar con el crimen organizado. Cuánto daño le hizo y le sigue haciendo Obrador a nuestra nación. (Federico Döring, El Sol de México, Análisis, p. 17)
Es una tendencia histórica y normal, es que conforme pasan las generaciones, que las dinámicas mundiales se tornan interdependientes, se influyen entre sí y sobre todo, se condicionan los resultados de corto plazo.
Esto lo podemos comprobar en el proceso de organización para el Campeonato Mundial de futbol. Los ambientes internos y externos de los países anfitriones, por ejemplo, se ven condicionados e influidos por factores externos como la revisión del Tratado de Comercio México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) o ahora, la muy grave situación desatada por lo que parece –ojalá y no, un nueva y extendida guerra en Medio Oriente.
En el caso específico de México, el enfrentamiento y neutralización del cabecilla más importante de la organización criminal nueva generación, el pasado 22 de febrero el Tapalpa, Jalisco, ha colocado a la sucesión en el mando como un aspecto crítico de la Seguridad Pública en varias entidades del país. Reacomodos que de manera inercial se presentan en ese tipo de empresas criminales; probables nuevas alianzas regionales y con ello, un repunte de la violencia armada justo para reelaborar el mapa de influencia de cada organización. En esos términos y con razón, la preocupación que gravita en las autoridades mexicanas, federales y estatales sobre hipotéticas reacciones criminales, tiene evidente justificación.
Como apunté, también coincide cronológicamente, los acercamientos formales e informales, para la revisión del T-MEC. Además de las notorias y públicas presiones de la Casa Blanca sobre México, están las también públicas diferencias entre el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney y el Presidente Donald Trump. Esto provoca tensiones adicionales para la organización del mundial de fútbol. En la semana anterior, la Jefa del Departamento de Seguridad de la Patria, Pamela Bondi, expresó abiertamente, que Estados Unidos no se encontraba en condiciones para organizar el campeonato. No es una exageración señalar, que la revisión del Tratado será difícil y el resultado, de ninguna manera puede adelantarse.
Ahora con la grave situación militar, comercial y diplomática, desatada por las acciones propiamente militares que tienen como principales protagonistas a Irán, Israel y Estados Unidos, ha resurgido con fuerza en la agenda de seguridad internacional, el antagonismo de los actos terroristas cometidos por personas y organizaciones afines o identificados con Irán. Dada la ubicación geográfica de México con los Estados Unidos, teniendo como antecedente las caravanas migratorias procedentes de Centroamérica, también ha surgido como un tema a considerar en las condiciones de Seguridad Regional. El mundial de futbol, eventualmente, se convierte en un auténtico escaparate para la captar la atención de los sistemas de Seguridad de los tres países sede.
Por lo que hace a la dinámica interna en nuestro país, sobre todo en cuanto a las protestas, movilizaciones y bloqueos en diversas infraestructuras de comunicación (aeropuertos, carreteras, vías de ferrocarril), será un escenario que puede prestarse sin mucha especulación, para presionar a los gobiernos estatales y federal, para obtención de prebendas o ventajas. Por ejemplo, eso ya lo ha hecho, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, pues detuvo el traslado de la Presidenta Sheinbaum Pardo, para hacer la advertencia de boicotear el mundial así como distintas organizaciones estudiantiles, que se manifestaron en el mismo sentido. Por supuesto, que la gran mayoría de la población nos importa y conviene que la “marca México” salga fortalecida y con proyección internacional. (Javier Oliva Posada, El Sol de México, Análisis, p. 18)
Nos dijeron que López Obrador estaba retirado. Que se había ido a La Chingada, literalmente y políticamente. Que cumpliría su promesa de desaparecer de la vida pública para no opacar a la Presidenta ni intervenir en el nuevo gobierno. Pero la promesa de AMLO expira en cuanto el legado empieza a tambalearse. Por eso reaparece. No sólo para defender su obra; también para defenderse a sí mismo. Su carta pública es una reaparición desafiante, pero también una confesión involuntaria. Detrás de cada elogio al pasado hay preocupación por el futuro. Detrás de cada recuerdo de su relación con Trump hay ansiedad ante lo que viene. AMLO se hace presente porque la narcopolítica que toleró persigue hoy a Morena. Vuelve porque Estados Unidos ha comenzado a hacer las preguntas que en México nadie quiso formular. Y regresa, sobre todo, porque tiene miedo.
Y por ello escribe una carta donde intenta presentar una relación excepcional con Trump. Una historia de entendimiento mutuo, amistad política y respeto recíproco. Una narrativa donde ambos mandatarios navegaron las diferencias gracias a la buena voluntad. El problema es que los hechos cuentan otra historia. En su primera iteración, Trump nunca fue particularmente amable con México. Convirtió a los mexicanos en villanos convenientes para movilizar a su base electoral. Nos usó como símbolo del desorden fronterizo. Aprovechó la dependencia económica para presionar la renegociación del T-MEC. Alimentó el miedo al migrante y utilizó a México como piñata política permanente. No fue una relación entre iguales; fue una relación marcada por la presión.
Pero quizá el problema más revelador de la carta no es su reconstrucción fantasiosa del pasado, sino su incapacidad para entender el presente. López Obrador está convencido de que Trump es un hombre razonable rodeado de malos asesores. Que el problema son quienes lo rodean y no él mismo. Que las amenazas provienen de consejeros extremistas y no de convicciones profundamente arraigadas. Es una lectura sorprendentemente ingenua para alguien que presume conocer tan bien a su interlocutor. Porque el Trump de hoy no es el de ayer. Es más poderoso, más radical y más obsesionado con la migración, el fentanilo y la seguridad fronteriza. Pero, sobre todo, es un Trump para quien la narcopolítica mexicana se ha convertido en un tema central.
Washington ya no discute únicamente caravanas o aranceles. Discute organizaciones criminales y redes de protección política. Comienza juicios y quita visas. Insiste en lo que durante años se negó, se minimizó o se encubrió desde Palacio Nacional. Y López Obrador escribe como quien ignora que su propia narrativa choca con expedientes, investigaciones y acusaciones que ya cruzaron la frontera. AMLO sigue creyendo que la política funciona como una mañanera interminable donde basta repetir una versión para convertirla en verdad. Sigue imaginando que controla la conversación. Mientras tanto, el mundo cambió. Estados Unidos cambió. Trump cambió.
Y llega entonces la verdadera razón de la carta. El miedo. Miedo al Trump que viene, no al Trump que conoció. Miedo a un presidente estadounidense que ya no necesita a López Obrador, ya no negocia con él y ya no está dispuesto a tratar a México como un expediente administrable. Por eso la carta suena menos a memoria y más a súplica. Cada línea intenta convencer a Trump de que hubo respeto mutuo; cada párrafo busca recordarle favores que nunca existieron; cada adjetivo delata la ansiedad de quien prefiere no mencionar la narcopolítica, la colusión criminal y las responsabilidades que su gobierno prefirió tapar. Entre líneas la carta parece una petición preventiva; un salvoconducto disfrazado de recuerdo.
Trump 2.0 es una amenaza que AMLO no termina de entender. Y quizá por eso la carta resulta tan reveladora: un expresidente que quiso moldear la realidad a su antojo descubre que la realidad ya no le obedece. Mientras imagina romances trumpistas, sucesiones controladas, herederos políticos y hasta futuros presidenciales para su hijo “Andy”, el mundo que se avecina se parece cada vez menos a las fantasías de Palenque. En el México que existe más allá de su cabeza, la lista de narcopolíticos crece y se acerca cada vez más a López Obrador. Y por eso, la carta no retrata a un líder seguro de sí mismo. Retrata a un hombre preocupado. Un hombre acorralado. Un hombre con miedo. (Denise Dresser, Reforma, Opinión, p. 9)
Al bifurcarse su camino, la presidentA (con A) tuvo que optar por el interés nacional o por el de su cofradía de narcopolíticos. Decidió por lo segundo, alegando que solamente defiende en grado heroico la soberanía de los mexicanos.
La llamada 4T ha sido ante Washington más sumisa que las pasadas administraciones, pero llegó el momento en el que la referida mandataria tuvo que decirle al yanqui: con la pena, güero, pero a los míos no te los puedo entregar porque México es un país libre, independiente y soberano.
Recordemos que por órdenes de Trump, Tartufo envió 30 mil militares a la frontera sur para obstruir el paso de migrantes a EU, y Sheinbaum mandó otros tantos a la del norte con el mismo propósito. Pero el caso más ominoso y sin precedentes fue la entrega de 96 mexicanos a los tribunales del vecino país, atropellando nuestras leyes y los derechos fundamentales de quienes fueron llevados como animales en aviones militares.
¿A qué se debió el violento viraje presidencial? A lo dicho: es que ahora los reclamados son parte del peligroso grupo de rufianes que la llevaron a Palacio Nacional y la mantienen ahí. Consciente de la realidad dijo temblando: “vienen por ellos y por otros más”. Esa mujer está atrapada por los criminales a quienes les debe todo y le saben todo. Comprende que como aliados son insustituibles pero que si los traiciona harán valer su poder. Los delincuentes que ya declararon ante las fiscalías y jueces del país vecino encueraron al impoluto movimiento (seudo) regenerador y echaron al drenaje las banderas con las que a tantos engañó. Ahora imaginemos lo que vomitarán los que faltan por hablar y que también querrán salvar sus pestíferos pellejos.
Ciertamente, lo patriótico sería que, conforme al Tratado vigente, nuestras autoridades ejecutaran sin pretextos las detenciones provisionales solicitadas por las autoridades de EU, pero el horror las paraliza.
Es menester considerar que el gobierno de México pudo simplemente notificar a su contraparte que no obsequiaría su petición y que esos 10 mexicanos serán investigados y juzgados aquí, pero la repuesta fue falaz y desafiante: la señora negó que haya pruebas, se envolvió en la Bandera Nacional y acusó de injerencista a su vecino, quien sólo pidió una detención provisional sustentada en el supradicho Tratado; y las pruebas que le exigen debe aportarlas hasta que solicite formalmente la extradición.
Ahora bien, sin entregar a esos rufianes aumentarán las presiones yanquis y se confirma que nuestro gobierno está coludido con el narcoterrorismo internacional.
Por eso, gocemos la caída de un régimen que nació, vivió y murió podrido, pero emprendamos con alegría y valor la reconstrucción de nuestra patria, recordando que México es carbón que ha sido lumbre y con facilidad se enciende. (Diego Fernández de Cevallos, Milenio, Al Frente, p. 3)
Con cifras preliminares para este 1er trimestre, y corregidas para los de años anteriores, el Banco de México recién publicó la Balanza de Pagos trimestral, la cual se saldó como sigue: un déficit en Cuenta Corriente de -15,878 millones de dólares (mdd) que fue financiado por un ingreso neto de capital extranjero (pasivos para México) por (-) 13,145 mdd en la Cuenta Financiera, más un saldo superavitario de 4 mdd en la Cuenta de Capital y un ajuste superavitario de 2,728 mdd en Errores y Omisiones (gráfico 1).
A este déficit Corriente también se llega por la diferencia entre ingresos totales de 215,129 millones y egresos de 231,006 m, y es inferior a los de 2023 y 2024, pero superior al de 2025 (gráfico 2).
De sus balanzas parciales, la comercial o de mercancías muestra que su celebrado superávit de hace un año (1.029 mdd) fue en realidad un déficit de -337 mdd, y que en este año se amplía a -1,040 mdd (gráfico 3) resultante de exportaciones por 175,741 m (17.9% más) e importaciones por 176,781 m (18.3% más).
La balanza de servicios, siempre en déficit injustificable – que hace un año daba la sorpresa de un ligero superávit (510 mdd) ahora ajustado a un pequeño déficit de -95 m – en este primer trimestre amplía dicho déficit a -1,367 mdd (gráfico 4).
La balanza de renta (intereses por deuda, utilidades y dividendos de la inversión extranjera directa IED) también en crónico y creciente déficit, en este trimestre sumó -28,063 mdd (gráfico 5).
La balanza de transferencias –siempre superavitaria por las remesas de los migrantes mexicanos a sus familias– en este trimestre presenta un saldo positivo récord de 14,592 millones de dólares, siendo las remesas familiares de 14,918 mdd, también récord (gráfico 1).
La salida (registrada) de capital mexicano al exterior continúo en altos niveles este trimestre (gráfico 6). Salieron 10,016 mdd, de los cuales 3,741 m fueron a inversión directa y 6,275 m a inversión financiera.
En sentido contrario, inversionistas no residentes elevaron a 94,532 mdd su tenencia de valores gubernamentales internos (bonos y cetes) por su mejor rendimiento (gráfico 7). Capital volátil, especulativo y de alto costo para México cuyo monto deberíamos reducir, no aumentar. (David Márquez Ayala, La Jornada, Economía, p. 22)
Nueva York, como la Ciudad de México, está al borde del Mundial –el primer partido aquí será el próximo sábado entre Brasil y Marruecos–, pero la ciudad está por ahora distraída con algo más: tal vez el primer campeonato del equipo profesional de basquetbol los Knicks desde 1973, y esta torre de Babel festeja en todos sus colores e idiomas, algo que por sí mismo asusta al régimen en Washington y sus aliados.
Las fiestas en las afueras del Madison Square Garden, como en una sección del Central Park donde el gobierno municipal colocó pantallas, en bares y restaurantes por toda la ciudad que acompañan cada triunfo por los Knicks, primero en semifinales y ahora en los primeros dos partidos del campeonato (se tienen que ganar cuatro partidos) que están disputando con los Spurs de San Antonio, ofrecen escenas magníficas de felicidad colectiva expresada en cientos de acentos coreando y en bailes colectivos. De repente aparecen unos hare krishna bailando con unos jóvenes afroestadunidenses, o consignas como “mi bagel es judío, mi alcalde es musulmán mi Cristian(o) Dior, los Knicks en cuatro”, estrellas fanáticas del equipo como el director de cine Spike Lee paseándose por su viejo barrio de Brooklyn como parte de la fiesta, y un alcalde joven, socialista democrático y musulmán sumándose de repente al festejo callejero.
Los dueños del equipo son trumpistas, pero el público y el equipo no. Además, es un plantel sin superestrellas, y su líder es uno de los jugadores más chaparros en ese deporte de rascacielos humanos. O sea, van ganando por jugar de manera colectiva.
Pero la fiesta se aguará este lunes porque el mandatario estadunidense decidió que quería venir a ver el tercer juego de los Knicks en casa, el Madison Square Garden, lo cual obligó a la ciudad a anular el permiso por la fiesta en las calles alrededor de la famosa arena por cuestiones de seguridad. Tal vez es a propósito, o porque el mandatario no aguanta que alguien más tenga los reflectores sin que él esté en medio, pero algunos suponen que no escuchará gritos de bienvenida por la gran mayoría de los 20 mil espectadores en esa arena.
“Generosos en su juego e impávidos (los Knicks), están realizado un espectáculo magnífico. Así se siente la alegría ¿Recuerdan la alegría, o no?”, escribió David Remnick, director de The New Yorker.
Mientras tanto, ya está preparada la ciudad para su papel como una de las 11 sedes de la Copa Mundial en Estados Unidos, y será anfitrión del partido Brasil Marruecos el próximo sábado, y de la gran final. Ese evento global llega a tal vez la ciudad más global del planeta –con sus 800 idiomas y su mosaico de todos los continentes–, donde casi toda selección que juegue aquí tendrá una comunidad residente donde es el equipo de casa. La abrumadora mayoría que no podrá llegar al estadio Metlife –el cual no sólo no está en esta ciudad, sino que está en otro estado, Nueva Jersey– por los precios de los boletos, ya se prepara para ver a sus equipos en las diferentes colonias de sus diásporas como en espacios colectivos, entre ellos, el parque en la base del puente de Brooklyn, entre otros. Y es que en Nueva York el equipo estadunidense no necesariamente es el de la casa, sino que gran parte de las selecciones estarán jugando en ésta, su casa global.
Los que están dividiendo esta casa en esta coyuntura no son los fanáticos, sino el gobierno anfitrión, con su discurso antimigrante y racista, el cual aún no ha garantizado que sus agentes de la migra no estarán en los estadios y sus alrededores durante el Mundial, que no están otorgando visas para algunos integrantes de las selecciones, como el caso de Irán y cuyos lideres estarán tratando de usar estos eventos y festejos deportivos para sus propios intereses bajo consignas y símbolos excluyentes disfrazados como “patrióticos”. Aquí, en esta cancha, están fuera de lugar.
Esta ciudad está mostrando que, con sus fricciones e historias conflictivas, la humanidad sí puede lograr superar diferencias, convivir a pesar de todo y hasta bailar en las calles, juntos. (David Brooks, La Jornada, Mundo, p. 27)
El reportaje de Los Angeles Times sobre el supuesto retiro de visas a los gobernadores de Sonora y Tamaulipas —que ambos negaron— volvió a encender un viejo terror mexicano: perder el permiso para entrar a Estados Unidos. La presidenta Claudia Sheinbaum lo nombró sin rodeos al pedir a los legisladores que no se autocensuren por miedo a quedarse sin visa. Tenía razón, y conviene entender por qué.
Washington descubrió hace tiempo un arma barata y eficaz: amenazar con quitar visas o, simplemente, filtrar que las quitó. No cuesta un dólar, no exige tropas ni aranceles, y produce pánico inmediato en la clase política mexicana. Se calcula que Washington ha cancelado visas a medio centenar de políticos mexicanos, la mayoría de Morena. ¿Por qué funciona tan bien? No por lo que la visa es —un trámite migratorio—, sino por lo que la visa significa entre nosotros.
El sociólogo Pierre Bourdieu lo explicó con una idea precisa: el poder simbólico. Es, escribió, “ese poder invisible que sólo puede ejercerse con la complicidad de quienes no quieren saber que lo sufren”. Un símbolo no manda por su fuerza material, sino porque quienes lo padecen creen en él y lo reconocen. La visa no tiene poder propio; tiene el que le otorgamos. Funciona como el dinero: un billete vale porque todos acordamos que vale, y el día que nadie lo cree es apenas papel. La visa es estatus, pertenencia al “primer mundo”, señal de respetabilidad. Por eso perderla se vive como una condena moral y no como un inconveniente logístico.
Hace casi cinco siglos, Étienne de La Boétie escribió algo aún más radical sobre los tiranos: no hace falta derribarlos, basta con dejar de sostenerlos. “No le pongáis las manos encima —decía—; dejad de apoyarlo y lo veréis, como un coloso al que se le quita la base, caer por su propio peso”. El “quitavisas” es ese coloso. Vive del miedo aspiracionista que le tenemos. El día que ese miedo se retira, el arma se desactiva sola.
De ahí la paradoja del título. La visa se exhibe como un arma nuclear: capaz de demoler reputaciones y carreras con una sola filtración. Pero es nuclear sólo mientras la tratemos así. Su carga no está en el papel, sino en la reverencia que le ponemos enfrente. Quitarle el miedo no es bravuconería: es desarme.
El propio caso lo ilustra. Según el reportaje, a los gobernadores se les habría retirado la visa, pero se les concedió un permiso especial para seguir entrando: uno viaja por tratamiento médico, al otro lo escoltan funcionarios estadunidenses. El acceso, en los hechos, no se cortó. Lo que se activó fue el estigma. La sanción no era migratoria, era reputacional. Es decir, puro símbolo.
Conviene no confundir ese desarme con impunidad. Que la visa deje de aterrar no significa que no existan funcionarios con cuentas pendientes. Significa que esas cuentas deben saldarse en tribunales mexicanos, no en un consulado estadunidense. El verdadero antídoto contra el chantaje de la visa es que la justicia propia llegue antes que el castigo ajeno. Si México investiga y procesa, el retiro de una visa se vuelve un dato, no un veredicto. Si México no lo hace, la visa seguirá ocupando el lugar que dejó vacío nuestra justicia.
Ahí está el matiz incómodo para todos. El poder de la visa también mide la debilidad de nuestras instituciones. La filtración injerencista pega fuerte cuando sospechamos que, aquí, no va a pasar nada. Restarle poder al símbolo obliga, entonces, a una tarea interna: hacer creíble que en México las conductas criminales sí enfrentan consecuencias. Quitarse el miedo y rendir cuentas no son contrarios; son la misma estrategia vista desde ambos lados.
Los símbolos tienen el poder que les damos, y sólo ese. La visa manda mientras le tengamos miedo y se vuelve papel cuando dejamos de tenerlo. Estados Unidos lo sabe: por eso amenaza con ella en lugar de probar sus acusaciones. Nosotros también deberíamos saberlo. Quitarle esa arma no requiere un solo decreto ni una sola represalia. Requiere, apenas, dejar de temerla –y sí, asumir la responsabilidad de Estado de investigar y sancionar a las y los criminales, sean quienes sean–. (Gustavo rivera, Excélsior, Nacional, p. 16)