El gobierno de México destinará cada año cien millones de dólares a programas productivos en Centroamérica para frenar la migración. Aquí en México las empresas despiden trabajadores a raudales porque la economía está parada y el sector público no invierte y recorta personal que se va literalmente a la calle, sin sueldo y sin expectativas.
¿No que la mejor política exterior era la interior?
El gobierno se tropieza con sus palabras porque su accionar es una constante producción de ocurrencias que buscan tapar hoyos que él mismo va haciendo.
¿Cuál es la razón por la cual se van a dar cien millones de dólares al año a países centroamericanos? (Pablo Hiriart, El Financiero, Opinión, p.40)
Han pasado más de 20 años desde que Carlos Fuentes publicó su Frontera de Cristal, en la que narra la compleja realidad en la línea luego de la firma del Tratado de Libre Comercio y la promesa de tiempos mejores en la espinosa relación entre ambas naciones. En el libro, Fuentes advierte que la frontera es una oportunidad extraordinaria en la que fomentar una cultura de mutuo entendimiento o condenarnos unos a otros a la sospecha, la violencia, la xenofobia y el genocidio.
El sábado pasado, la ciudad estadunidense de El Paso, Texas, se enfrentó cara a cara con los peores miedos de Fuentes cuando un terrorista inspirado en grupos supremacistas blancos entró a una tienda Walmart para matar al mayor número posible de mexicanos. (Enrique Acevedo, Milenio, Opinión, p.3)
Dos días antes de la masacre en El Paso, esta columna observó la fascinación por las armas de algunos estadunidenses, y advirtió: “Mientras que en Estados Unidos, las matanzas las cometen sicópatas y racistas, en México, narcotraficantes y criminales.
Sin duda, es racista Patrick Crusius, responsable del tiroteo que causó la muerte y heridas de varios mexicanos, quien antes del crimen manifestó su repudio a la “invasión hispánica”. Será acusado de “terrorismo doméstico”, delito que conlleva la pena de muerte en ese estado.
Resultaría paradójico que México pida la extradición de un criminal que en los hechos lo salvaría de la pena capital, aplicable en Texas, pero no en nuestro país. Sería difícil que México pudiera establecer un fundamento jurídico para lograr la extradición. Parece remoto que Estados Unidos determine que nuestro país cumple con alguno de los dos supuestos establecidos en el Artículo 2 del Tratado de Extradición, vigente entre ambos países: (Agustín Gutiérrez Canet, Milenio, Opinión, p.13)
Después de los ataques del fin de semana en Estados Unidos, que provocaron la muerte de 35 personas, el Presidente estadounidense, Donald Trump, presentó sus condolencias al mandatario López Obrador por la muerte de ocho mexicanos en el tiroteo de El Paso. Y condenó el odio racista y supremacismo blanco, que él mismo ha alentado con sus discursos xenófobos y antiinmigrantes en estos dos años y medio.
Estos hechos cada vez son más frecuentes, y hay tiroteos mortales en los que participan jóvenes norteamericanos que pueden comprar armas legalmente hasta por Internet, lo que ha provocado por lo menos 30 mil muertes al año.
Sin embargo, la masacre reciente nos remite a una grave problemática que nos afecta a los mexicanos y que está en el resorte de la relación bilateral. El tráfico de armas de los Estados Unidos a nuestro país ha generado miles de homicidios en los últimos años y una ola de violencia heredada de administración en administración. (Dolores Colín, 24 Horas, Opinión, p.5)
En octubre de 2016, William Johnson, presidente de la organización nacionalista American Freedom Party, le dio una entrevista a la periodista Julie Connan, de Le Figaro. Le dijo varias cosas interesantes, la primera era que no le gustaba que le llamaran “supremacista blanco”, que él prefería “nacionalista blanco”, decía que llamarlo racista o supremacista era negativo y perjudicaba al movimiento. Después se soltó: “Estoy a favor de un Estado blanco y de la balcanización de Estados Unidos. La inmigración en los países blancos ha dejado, durante años, la puerta abierta a los inmigrantes; y los refugiados han cambiado nuestras normas por las suyas (…). No tengo ningún problema viviendo en Los Ángeles. Me siento más amenazado en los pueblos donde llegan los inmigrantes”. No lo llamen racista, llámenlo “nacionalista blanco”, insistía.
En aquella entrevista, una de las pocas que dio, dijo algo que nunca voy a olvidar: “Aunque no salga elegido, Trump ha despertado al gigante adormecido de la América blanca”. Nadie pensaba que Donald Trump iba a ganar la presidencia, ni siquiera su más grande seguidor. (Javier Risco, El Financiero, Opinión, p.45)
¿Nos hemos convertido en un país de mierda?
Uruguay parece pensar que sí. Su Ministerio de Relaciones Exteriores emitió una alerta a sus ciudadanos para que se cuiden en EU después de los ataques de El Paso y Dayton, Ohio.
El gobierno uruguayo aconseja que “tomen precauciones extremas ante la creciente violencia indiscriminada, en su mayoría delitos de odio, incluido el racismo y la discriminación, ya que fueron las causas que mataron a más de 250 personas en los primeros siete meses de este año”.
Al culpar a la “posesión indiscriminada de armas de fuego por parte de la población”, recomienda a todos, pero especialmente a los niños, evitar los centros comerciales y parques temáticos. Califica a Detroit, Baltimore y Albuquerque, “entre las 20 más peligrosas del mundo”. (Dana Milbank Dana Milbank, El Economista, Opinión, p.43)
Marcadamente desde el atentando contra las torres gemelas en 2001, Estados Unidos y sus aliados se han concentrado en atacar el terrorismo islámico. Al Qaeda primero. ISIS después.
Pero han desdeñado el crecimiento exponencial del terrorismo supremacista blanco. Si al estudio de éste y prevención de sus ataques, se le hubieran dedicado los recursos de inteligencia civil y militar, las horas de trabajo y el capital político que se han dedicado al terrorismo islámico, quizá hoy no estaríamos lamentando las muertes de El Paso… y tantas, tantas otras.
El grueso del dinero se usa para combatir a los terroristas de piel morena. Pero nada se hace contra los de tez blanca, a los que el gobierno estadounidense define sencillamente como “lobos solitarios”, mentalmente inestables a los que hay que atender desde el departamento de Salud, no desde la CIA. (Carlos Loret de Mola, El Universal, Opinión, p.2)
En días pasados se perpetró un multihomicidio en un restaurante de una concurrida plaza comercial del sur de la ciudad, a muy pocos metros de las instalaciones de la nueva Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. El ataque armado contra dos israelíes, fue ejecutado con toda precisión por al menos cinco delincuentes, quienes siguieron un elaborado plan. Los ejecutores no eran improvisados, demostraron adiestramiento y disciplina, utilizaron distractores y señuelos, dispararon armas calibre reservado, neutralizaron y evadieron a la policía local con facilidad.
La noticia del ataque empezó a circular en las redes sociales, y la policía de la ciudad informó de la detención de una mujer atribuyendo los hechos a un crimen pasional, versión que fue descartada luego de la información difundida en los medios de comunicación respecto de la identidad y antecedentes criminales de los dos ejecutados. Previamente a que se difundiera en México, un medio en Israel informó que se trataba de Ben Sutchi y Alon Azulay, quienes tenían antecedentes criminales, que estaban vinculados con la mafia internacional y que aparentemente tenían formación militar. Ahora, sabemos que trabajaron en operaciones de narcotráfico y lavado de dinero con el grupo de los Beltrán Leyva y alguna vinculación tuvieron con otro delincuente israelí de nombre Akrishevsk, prófugo de su país desde el 2001, casualmente detenido y deportado desde Cancún días antes del homicidio de Sutchi y Azulay. Mucho se tendrá que investigar sobre el ingreso, permanencia y protección a esta clase delincuentes. (Daniel Cabeza de Vaca, El Universal, Opinión, p.17)
Para el presidente de los Estados Unidos, la masacre de El Paso fue producto de una mente torcida, la acción de un loco solitario que se contagió en las redes sociales de los peores argumentos racistas.
Para el gobierno mexicano, en cambio, se trató de un acto terrorista: un evento violento cargado de intención política con propósitos de escalamiento e inestabilidad.
Dependiendo cómo se nombre la tragedia, habrá o no participación del gobierno mexicano en la investigación de la masacre perpetrada por el joven texano Patrick Crusius. (Ricardo Raphael, El Universal, Opinión, p.2)
Ya va siendo hora de que los presidentes de México y Estados Unidos tengan un encuentro de trabajo bien planeado y con visión de futuro. Hoy día, la agenda bilateral poco tiene de bilateral; estamos en presencia de dos diplomacias desconectadas y crecientemente antagónicas, en las que la buena vecindad y la cooperación brillan por su ausencia. México está en modo reactivo, intentando apaciguar los vientos del norte y el gobierno de Estados Unidos con una agenda nacionalista en la que no hay reglas o pactos internacionales que valgan. A ello se suma la meta inmediata de Trump de ganar la reelección.
México ya no puede poner más parches a la relación, ni seguir dando concesiones con la única finalidad de que Washington prometa no castigarnos, como es el caso de los aranceles. A la Casa Blanca cada vez le conviene menos vapulear a placer la imagen de México y de los mexicanos porque a querer o no, México está inserto dentro de Estados Unidos, es parte de su cultura, de su política y de su economía. Así que, tarde o temprano tendrán que cambiar de rumbo y de discurso, atendiendo a las tensiones internas que pueden desatarse. La matanza de El Paso ofreció una mirada de lo que puede ser el futuro desde la postura de los blancos nacionalistas. Ahora falta ver la reacción que seguramente vendrá de las organizaciones latinas y mexicano-americanas. (Enrique Berruga Filloy, El Universal, Opinión, p.17)
El tema de la migración ha resultado siempre un talón de Aquiles para las naciones. Mientras habitantes de países en conflicto y/o de bajos ingresos buscan abandonar su patria con la esperanza de encontrar mejores oportunidades y protegerse, los países de destino se ven inmersos en una serie de transformaciones que les representa costos sociales, económicos, políticos e, incluso, culturales, a causa de la llegada de migrantes. Lo ideal sería que todas las personas encontraran en su país de origen las oportunidades de empleo, seguridad y calidad de vida que requieren para no tener que recurrir al abandono de sus naciones, pero lo real es que el fenómeno de la migración es un asunto de índole global y, si en verdad se pretenden soluciones de fondo, se requiere una política internacional que considere el contexto, los alcances y las necesidades de todos los países involucrados.