México no pagó ni pagará la construcción del muro en la frontera con Estados Unidos. Pero más allá de la necedad que Donald Trump tiene en cumplir con esa promesa de campaña –ofrecimiento que conforme pasa el tiempo se rebela con más nitidez como un salto al vacío– su persistencia en la absurda pretensión de construir el mentado muro pareciera cada vez más un delirio que linda en enfermedad mental. La más reciente ocurrencia del presidente estadunidense para cumplir con su capricho fue sustraer $3.5 billones del presupuesto del ejército para destinarlo a levantar “su muro”, violando incluso las normas establecidas para ejercer el presupuesto.
Al parecer, Trump y quien está detrás de su “política migratoria”, o lo que se entienda por ese engendro, no han caído en cuenta que la mayoría de los estadunidenses está en desacuerdo con ella, y que ha sido la causante, entre otros desastres, de la crisis humanitaria en la frontera. Ese desacuerdo ha llegado incluso a los más altos estratos de las oficinas responsables de ejecutarla. Un ejemplo de ello es que la secretaria de seguridad interna, conocida por sus excesos y agresiva actitud en contra de los migrantes, fue obligada a renunciar por conside-rar que su agresividad está por debajo de la exigida por Trump. (Arturo Balderas Rodríguez , La Jornada, Opinión, p.16)
Mucho se ha presumido recientemente, en especial en el monocorde e infinito discurso presidencial de fin de semana o de temprano por la mañana, sobre los méritos éticos o la preeminencia moral de la “IV-T”, o mejor dicho, de quienes promueven este “slogan”, como el inevitable destino de la regeneradora administración y, por consecuencia, el destino mismo de la patria enriquecida con tales aportaciones.
Y una las muchas formas de corrupción cuya práctica se anuncia terminada en estos afanes, es el uso indebido del servicio público, el veto a toda forma de aprovechamiento de los bienes gubernamentales para beneficio personal de los funcionarios; el mal provecho de equipos de oficina, automóviles o dineros bajo su custodia o administración, así como el trabajo fuera de orden del personal bajo su coordinación.
Es decir; no usar ni la oficina ni el cargo para propósitos ajenos a la función y tampoco hacer trabajar a los de abajo, en asuntos del interés personal del de arriba. (Rafael Cardona, La Crónica de Hoy, Opinión, p.3)
Son pobres, visten semiharapos muchos de ellos porque no tienen otra forma, digamos, decente, de aparentar su realidad para poder entrar a los Estados Unidos, el país cuyo presidente actual, Donald Trump, es el líder de los supremacistas blancos…
Son centroamericanos que preferirían proferir sólo alabanzas y cantarle glorias a sus países, si sus potentados no hubieran asaltado el poder político para administrarlo en su particular y total beneficio, según las viejas reglas estadunidenses de manejar sus colonias y contar con ellos como sus capataces.
Donald Trump es, seguramente, el presidente estadunidense que más disfruta esa forma de gobierno en Centroamérica. Lo que seguramente provocó su ira fue el descuido en el control de las decenas de millares de inmigrantes que integraron la inmensa caravana trinacional para llevarlos, cruzando el territorio mexicano, hasta las puertas del paraíso estadunidense, que no todos pero sí muchos de ellos lograron cruzar, para fortuna de Trump, quien ya tiene proyectada su tercera precampaña presidencial —ésta nueva, de reelección— mostrando un total desinterés de “poner fin a la crisis migratoria que vive la frontera con México…” (Leopoldo Mendívil, La Crónica de Hoy, Opinión, p.4)
El doble asesinato que se perpetuó en Plaza Artz, el crimen que cimbró a todos los que habitamos en la Ciudad de México, empieza a esclarecerse. Mauricio “N”, alias “El Mawicho” o “El Mauri”, fue detenido después de una compleja investigación.
Eran las 17:19 horas cuando al interior del restaurante Hunan, ubicado en Plaza Artz, un hombre y una mujer se levantaron de sus sillas para acercarse a una mesa en la que convivían dos hombres y una mujer.
En menos de 20 segundos, la pareja homicida disparó en varias ocasiones contra dos ciudadanos israelíes: Benjamín Yeshurun Sutchi y Alon Azulay. (Bibiana Belsasso, La Razón, Opinión, p.11)
Para cambiar la conducta de los criminales, más eficiente que los adjetivos y los llamados morales, es disminuir o desaparecer la oportunidad de cometer delitos.
En repetidas ocasiones, el presidente López Obrador, ha mostrado compasión con los integrantes de las bandas criminales. La última fue el viernes pasado: “Están mal, así no es la cosa. Yo los llamo a que recapaciten, que piensen en ellos, pero sobre todo que piensen en sus familias, que piensen en sus madres, sus mamacitas”, señaló el Presidente. La equivocación no radica en dirigirse a ellos compasivamente sino en imaginar que no piensan en sus mamacitas. Por el contrario, la imagen de ellas es una de las razones de su pacto con el crimen. No ellas, sino la imagen internalizada de la madre, de la injusticia social ensañada con ellas, del deseo de cumplirles como buenos hijos. Los delincuentes importan todo el bagaje familiar mexicano a sus nuevas actividades: machos, supersticiosos, pseudo guadalupanos. “Virgencita, ayúdame en ésta y te prometo que te hago una capilla. Hazme el paro”. Siempre con déficit de la figura paterna, trabajan para retribuir a la madre los sacrificios que hizo para sacar adelante a la prole. En la economía del crimen organizado, la ilusión del sicario es poder construirle la casa soñada a su jefa, como la casa espaciosa y aireada de la madre de El Chapo Guzmán. O darle el gusto a la mujer de comprar la ropa de marca. Reivindicarse socialmente.
Pienso en los hombres que el 18 de marzo de 2011, llegaron a bordo de cuarenta y tantos vehículo a Allende, Coahuila y secuestraron a más de 300 habitantes. En un día: mujeres, niños, bebés, jóvenes, adultos, visitas que estuvieron en el lugar equivocado a la hora equivocada. Todos secuestrados, torturados, asesinados, disueltos en ácido. Pienso en los sicarios que mataron por la espalda a los más de 190 migrantes en San Fernando, Tamaulipas: niños, niñas, madres jóvenes, hombres jóvenes. Pienso en quienes incineraron los cuerpos de varios de los estudiantes adolescentes de Ayotzinapa. A los hombres que cerraron las puertas y prendieron fuego al Casino Royal en Monterrey con 52 personas adentro. A los que ametrallaron a 30 en Coatzacoalcos. Y la lista resulta interminable. Pienso en cómo regresaron a sus casas, a ver a sus madrecitas o a la madre de sus hijos: “toma aquí tienes el gasto para la semana”. (Cecilia soto, Excélsior, Opinión, p.16)