Las discretas llamadas entre Sheinbaum y Trump
Nos señalan que la presidenta Claudia Sheinbaum ha hablado con el mandatario estadounidense Donald Trump mucho más de lo que se ha informado oficialmente. Mientras de manera pública se han reconocido alrededor de nueve conversaciones, nos aseguran que en realidad se han sostenido 14 llamadas, cinco más de las reportadas. En su reciente visita a Washington, la propia Presidenta dijo a un grupo de migrantes que la comunicación con su homólogo ha sido permanente y los temas han sido variados, pero uno de los puntos recurrentes ha sido el comercio, justo en el momento en que la Casa Blanca ha endurecido su postura arancelaria hacia nuestro país. Nos comentan que, aunque estas charlas se han manejado con bajo perfil, en Palacio Nacional aseguran que estas han ayudado a mantener abierta una línea directa clave que ha evitado que el conflicto escale. (Bajo Reserva, El Universal, p. A2)
LA CIFRA es impactante: en lo que va del año, el gobierno de Donald Trump ha deportado a ¡151 mil personas de origen mexicano! Mujeres, hombres, familias enteras, familias divididas… los operativos del ICE están arrasando con las comunidades de migrantes.
LA CANTIDAD de deportaciones ya supera a las registradas en años anteriores, como en 2024 que se calcula fueron deportadas 147 mil personas. Vaya invierno les espera de regreso a los paisanos. (F. Bartolomé, Reforma, Opinión, p. 8)
En los portales de Tlapa es donde José se acuesta a dormir al final de la jornada de trabajo. Cada 15 días viaja aproximadamente tres horas a esta ciudad para vender semilla y sobrellevar los gastos de su hogar en la comunidad náhuatl de Tlacotepec. Entre toda esta rutina, don José vive con una pena muy en el fondo, pues desde agosto de 2025 no tiene certeza de lo que le sucedió a su hijo Miguel; él, como muchos jóvenes de la Montaña, migró a Estados Unidos para darle una mejor vida a los suyos. Sin embargo, en el verano pasado, un amigo de la familia notificó que Miguel había sufrido un aparatoso accidente en carretera, incendiándose su automóvil tan sólo unos minutos después.
De Miguel no había muchas noticias, es por esto que se buscó en hospitales y en prisiones, pero no había información alguna. Gracias al consulado de Atlanta, se supo que una persona en el forense del condado de Knox correspondía con las características de Miguel. A pesar de esto, la identificación no ha sido fácil, pues existen protocolos en aquel país para el reconocimiento de cuerpos. Al saber esto, don José no lo dudó, y a pesar de no conocer más lugares que su comunidad y Tlapa, decidió irse a Puebla para realizar los estudios de ADN en las oficinas de Relaciones Exteriores. Actualmente, don José y su familia se encuentran en espera de los resultados forenses para comenzar con la repatriación del cuerpo.
Un sentimiento similar vive Wendy, una mujer de raíces poblanas, pero nacida en Estados Unidos, que se encuentra peleando la liberación de su padre Juan, un líder comunitario que fue detenido por el ICE el pasado 9 de noviembre en el condado de Staten Island en Nueva York. Juan se encontraba esperando ser contratado para realizar algún trabajo en el lugar conocido como la “Esquina”. Los videos muestran cómo Juan es sostenido por varios agentes del ICE mientras lo bajan de su camioneta. Fuera de cámara, se escucha cómo su hija Wendy le grita a su padre “que no diga nada y que ella lo sacará”.
Desde entonces, Wendy ha emprendido una lucha por la liberación de su padre. Buscó apoyo del sacerdote Fabián Arias –el padre luterano que ha liderado la batalla por las detenciones en Federal Plaza–; abrió una colecta en GoFundMe para pagar los gastos legales de su padre y el posterior pago de la fianza, que en muchas ocasiones es de miles de dólares. Wendy sabe que esto es de resistencia y que necesita poner lo mejor de sí, para que su padre vuelva a estar con sus hermanitos. Su mayor deseo es que esta Navidad la pasen todos juntos en su hogar como familia.
La situación de la comunidad migrante es apremiante. Las detenciones están a la orden del día, a lo largo y ancho de Estados Unidos. La gente tiene miedo de salir. Los hijos e hijas de migrantes se preocupan por sus padres. No quieren que nada malo les pase, viven con estrés y, a pesar de que algunos tienen una corta edad, piensan cómo pueden protegerlos de las redadas. En las pláticas informales, generalmente se escuchan las frases de que vieron “al hielo” en tal calle y que se llevaron a tantas personas.
El temor se siente. Mientras tanto, en México, los impactos de estas detenciones no se han hecho esperar; según la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación, de enero a octubre de este año se han devuelto 128 mil 881 personas de Estados Unidos. Octubre fue el mes con más devoluciones, arrojando una cifra de 16 mil 621 personas. Esto es catastrófico porque representan sueños y esperanzas de mucha gente que buscaba una mejor vida para sus familias. Sin duda alguna, todo esto tendrá un gran impacto en las economías de pueblos como el de don José, pues al no existir ninguna fuente de ingreso que venga del norte, las familias entrarán en crisis. Tendrán que seguir saliendo ya sea para Estados Unidos o alguna otra parte de México, porque aquellas regiones están en el olvido.
En estos lugares no existen proyectos, ni planes de emergencia que las considere; las acciones que realiza el gobierno de México en respuesta a las deportaciones masivas de Trump se concentran en los centros urbanos. Dejan de lado poblaciones indígenas cuya única sobrevivencia ha sido migrar. Es por eso que en las calles de Nueva York o Tennessee se encuentran miles de poblaciones indígenas de Guerrero que, por hambre o por violencia, han dejado sus pueblos atrás. Para ellos, esta Navidad estará marcada por el miedo a ser detenido, por la falta de trabajo y la persecución de un pueblo que estamos siendo el centro del odio del gobierno de Donald Trump. (Fabiola Mancilla Castillo, La Jornada, Opinión, p. 17)
Hay que vivir la vida como si fuera el primer día.
Florestán
La corrupción siempre ha parecido ser una exclusiva de los políticos y funcionarios, sin los cuales, es cierto, sería imposible.
Pero se evita mencionar el otro elemento esencial sin la que sería irrealizable: los empresarios.
Juntos agarran la pata de la vaca y la matan, complicidad sin la que la muerte del bovino, como la corrupción, sería imposible. Son la conjunción perversa y perfecta de esa podredumbre.
Los privados buscan lavarse la cara y acusar a los políticos sin que estos acusen a sus cómplices empresariales, porque eso los llevaría a la delación de esa complicidad criminal.
A lo largo de los años hemos conocido esa asociación delincuencial en la que los políticos buscan el poder económico y los ricos el poder político. Es el intercambio siniestro en el que todos se empoderan: unos con el dinero y los otros con el poder para no entrar a esa asociación corrupta del crimen organizado, donde todos son malos: unos endrogan y matan y los otros lavan y enriquecen a los asociados.
Esto me lleva al caso más reciente del heredero del imperio de una de las empresas icónicas del país, Transportes Unidos de México, TUM, cuyo principal legatario, Mauricio Quintanilla, fue detenido la semana pasada en California por agentes del ICE por permanecer ilegalmente en aquel país.
Quintanilla tiene seis órdenes de aprehensión en México y se encuentra ingresado en un centro de detención migratoria en San Bernardino, California por vivir allí con una visa vencida, escapando de la justicia mexicana.
Sus abogados buscan evitar que sea deportado a México, donde sería detenido en la misma frontera por agentes federales, lo que será inevitable y una prueba para la nueva fiscal federal, Ernestina Godoy.
RETALES
Nos vemos mañana, pero en privado. (Joaquín López-Dóriga, Milenio, Al Frente, p. 3)
Hace unos días se hizo público el documento “National Security Strategy” de Estados Unidos, un documento de 33 cuartillas en donde se aborda la estrategia de seguridad para el segundo mandato del presidente Donald Trump.
Lo que más me llamó la atención es que realmente es muy poco lo que menciona de México, su principal socio comercial y con quien compartimos kilómetros de frontera.
El documento arranca con una crítica dura a las élites políticas estadounidenses de los últimos 30 años. Según el documento, después de la Guerra Fría, Estados Unidos se obsesionó con dirigir el orden mundial a través de bases militares, globalización económica y organismos internacionales. Pero ese modelo, dice Trump en la introducción, debilitó al país, destruyó empleos industriales y dejó a China crecer gracias a esa misma apertura.
Y es que es evidente que la preocupación de Estados Unidos hoy está puesta en China, su verdadera competencia.
Quizá lo más relevante de este documento es que Trump busca que nuestro continente trabaje con Estados Unidos y no con China.
Es lo que Trump llama como America First, “América primero”, y pretende regresar a la Doctrina Monroe, ahora renombrada internamente como el Trump Corollary. La idea es la misma que en 1823, pero con aplicaciones modernas: América para los americanos.
En términos prácticos, el documento advierte que Washington trabajará activamente para impedir la expansión de actores externos como China, Rusia o Irán en sectores considerados clave: puertos, telecomunicaciones, energía, infraestructura, minería y tecnología. Y esto es un claro mensaje para México.
La estrategia que busca el gobierno de Trump es trabajar con aliados regionales para frenar la migración, combatir a los cárteles y controlar el flujo de drogas, así como expandir la influencia estadounidense para evitar que gobiernos latinoamericanos busquen apoyo o inversión de potencias rivales, en particular China.
Según dice el documento, a los socios obedientes se les promete acceso a tecnología, financiamiento y acuerdos. A los que se alíen con sus rivales, se les advierte que perderán apoyo.
Aunque el documento menciona poco a México por nombre, aparece en casi todos los temas clave: migración, seguridad, narcotráfico y comercio.
Para Estados Unidos una de sus principales preocupaciones es que México se desestabilice, pero la verdadera razón es que quiere un México estable para no tener que lidiar con mexicanos migrando a Estados Unidos.
Y el texto es muy claro: México debe contener a los migrantes antes de que lleguen a Estados Unidos.
Y el principal tema de preocupación de Estados Unidos con México es que nuestro país también es parte de la guerra económica con China.
Hoy Estados Unidos ha reducido importaciones directas desde China, por su parte, el país asiático ha instaladado plantas en países como México para exportar productos al mercado estadounidense con otras etiquetas, beneficiándose del tratado comercial que tiene Estados Unidos con México.
El gobierno de Trump siente que esta estrategia está ayudando a China para su expansión económica. Éste puede ser un problema clave para México en la renegociación del T-MEC.
La estrategia del gobierno de Trump es clara: o México coopera con Estados Unidos a cambio de protección, inversión y acceso al mercado, o nuestro país recibe inversión de China y entonces enfrentará presiones políticas, comerciales y estratégicas, como son los aranceles que el gobierno de Estados Unidos ha querido imponer, y eso traería consecuencias graves para nuestro vecino país, pero, sobre todo, para México.
Si México coopera con Estados Unidos tendrá protección, inversión y acceso al mercado.
México está justo en la línea donde chocan los intereses de Estados Unidos y China.
Y es que, sin duda, Estados Unidos enfrenta muchos retos en el mundo, pero ninguno le preocupa tanto como China.
Para Washington, el verdadero desafío económico, tecnológico, militar y geopolítico viene de Beijing, y es que China quiere liderar el mundo en el siglo XXI. Para entenderlo, hay que mirar de dónde viene China y qué representa hoy.
Hace 150 años era un imperio debilitado, derrotado en las guerras del opio, saqueado por potencias extranjeras y marcado por lo que ellos llaman el “siglo de la humillación”. Esa memoria histórica sigue viva y alimenta su proyecto actual: recuperar el lugar que sienten que les pertenece.
Durante la Segunda Guerra Mundial, China fue aliada de Estados Unidos y Reino Unido. Pero menos de dos décadas después, la revolución comunista transformó por completo su sistema político. China aprendió del mundo occidental, pero nunca quiso parecerse a él.
China tiene un modelo autoritario, el cual pasó de ser una economía agrícola empobrecida a convertirse en la segunda economía más grande del mundo. Produce desde celulares y autos eléctricos hasta satélites, barcos militares y supercomputadoras.
Ya no se conforma con copiar; ahora innova. En inteligencia artificial, energías limpias, telecomunicaciones y robótica, China avanza a una velocidad que Estados Unidos observa con preocupación.
La competencia ya no es sólo comercial. Es tecnológica, militar y cultural. China está construyendo barcos de guerra a una escala que ningún otro país puede igualar.
Y ahora China busca ampliar su influencia en África, Medio Oriente, AsiaCentral y América Latina. Esto es lo que realmente le tiene preocupado a Estados Unidos.
Lo que hoy vemos es el choque de dos proyectos históricos: por un lado, la potencia dominante que quiere conservar su lugar; del otro, una civilización milenaria decidida a recuperarlo. Estados Unidos no teme que China sea distinta: teme que pueda reemplazarlo. Por eso, en Washington ya no se habla sólo de competencia, sino de contención.
El escenario que viene no es una Guerra Fría clásica; es algo más complejo: una carrera por el control tecnológico, comercial, militar y narrativo del mundo.
Y aunque nadie sabe cómo terminará, algo es seguro: la historia del siglo XXI no podrá escribirse sin China y sin Estados Unidos.
Y la presión para que China no trate de acaparar espacios en México será muy fuerte por parte de Estados Unidos.
El gobierno de México tiene que jugar muy bien sus piezas, porque Estados Unidos es, con diferencia, el principal comprador de productos mexicanos.
Mientras Estados Unidos le compra a México más de 500 mil millones de dólares al año, China, en cambio, compra poco y vende mucho en nuestro país. México le exporta cerca de 10 mil millones, pero importa más de 120 mil millones, generando una relación comercial profundamente desigual.
Ése será sin duda uno de los grandes desafíos en la relación bilateral entre México y Estados Unidos. (Bibiana Belsasso, La Razón, México, p. 15)
Estados Unidos envía un mensaje inequívoco y contundente: el comercio internacional dejó de ser un asunto económico para convertirse en un instrumento de seguridad nacional.
La nueva National Security Strategy, documento firmado por Trump, de 29 páginas, lo deja claro. El texto es una hoja de ruta que considera que el interés nacional estadounidense se impone sobre cualquier otra consideración.
Para México, la lectura es indispensable y urgente, pues no se trata de un exabrupto presidencial arrojado a las redes sociales, sino de un documento oficial.
El texto anticipa que la revisión del T-MEC en 2026 ocurrirá bajo una óptica diferente: ya no se tratará de mejorar reglas de comercio, sino de garantizar que Norteamérica funcione como un bastión económico y geopolítico frente a China. El libre comercio que conocimos ya no existe.
Uno de los pasajes más delicados del documento es la acusación explícita de que China utiliza a terceros países —México incluido— para triangular exportaciones hacia Estados Unidos.
La sospecha no es nueva; en diversas ocasiones, funcionarios norteamericanos han señalado que una parte de la inversión china en México tiene como objetivo eludir aranceles. Pero ahora la acusación está en el documento madre de la seguridad nacional estadounidense, ni más ni menos.
Si Washington considera que el T-MEC tiene “lagunas” que permiten esa triangulación, la reacción será endurecer las reglas de origen hasta niveles draconianos. El precedente está a la vista: el panel del T-MEC por reglas de origen automotrices. En este caso, Estados Unidos ya había mostrado su inclinación a interpretar las normas de la forma más restrictiva posible. El fallo favorable a México y Canadá, publicado desde el 11 de enero de 2023, ha sido ignorado al menos parcialmente por Estados Unidos.
Pensar que el gobierno de Trump será más flexible sería ingenuo.
A ello se suma un elemento que varios analistas han subrayado: la creciente “monroización” del enfoque comercial estadounidense. La nueva estrategia es clara al advertir que no se tolerará la presencia de potencias rivales, especialmente China, en sectores estratégicos del hemisferio. Telecomunicaciones, infraestructura portuaria, energía o minerales críticos entran en esa categoría.
El hecho tiene implicaciones enormes para países como Brasil o Chile, en donde China tiene una presencia dominante.
Para México, esto implica una redefinición del nearshoring. Dejó de ser una oportunidad exclusivamente económica para convertirse en una obligación geopolítica.
Las empresas que operan en México deberán probar, quizá con una trazabilidad casi forense, que no incorporan en sus procesos productivos insumos chinos considerados sensibles.
La estrategia también introduce un ingrediente que complica las cosas: la vinculación directa entre política migratoria y comercio. El mensaje es transparente: si México no contribuye de manera “efectiva” —en los términos de Washington— a detener los flujos migratorios, podría enfrentar sanciones económicas o incluso cierres fronterizos temporales. Es decir, lo más probable es que la estrategia migratoria de Trump quede plasmada de alguna forma en el Tratado.
Pero quizá la señal más disruptiva que indica el documento es la propuesta de permitir “despliegues dirigidos” contra cárteles, incluso con uso de fuerza letal en el extranjero. Más allá de su inviabilidad jurídica, esta idea genera incertidumbre política e incluso operativa para la inversión. Cuando la seguridad física se mezcla con la ecuación comercial, las decisiones empresariales se frenan.
De frente a la revisión del T-MEC, México debe asumir que ya no participa en una negociación económica tradicional. Forma parte de un rediseño estratégico en el que Estados Unidos busca aliados que se alineen plenamente con su visión industrial y de seguridad. Las reglas serán más estrictas; la neutralidad, insostenible.
El desafío es claro: México necesita demostrar que es un socio confiable en términos geopolíticos y no solo un territorio de ensamblaje. Deberá fortalecer sus propias capacidades regulatorias, mejorar la supervisión de cadenas de valor y definir una postura coherente ante la competencia entre Estados Unidos y China.
El T-MEC de 2026 no será una actualización técnica. Será un examen de lealtad estratégica. Y México no puede llegar improvisando. (Enrique Quintana, El Financiero, Página Dos, p. 2)
Trump, enemigo del mundo // Refrenda “supremacía” gringa // Índice de confianza en el suelo
A su muy precario entender, el desquiciado Donald Trump asegura que ningún imperialismo es válido, salvo el estadunidense, y por eso decidió “revivir” una agresiva política exterior muy a la gringa que en los hechos nunca desapareció (hay muestras suficientes): la Doctrina Monroe, puesta en marcha hace 202 años por el presidente de Estados Unidos que llevó ese apellido, y a partir de entonces cuánta sangre latinoamericana se ha derramado y cuánta soberanía han cedido los “gobiernos” cipayos de la región. Pero el magnate naranja, con el pretexto de la “seguridad nacional” de su país (históricamente utilizado para cometer todo tipo de tropelías), anuncia que la volverá a aplicar, como si algún día Washington la hubiera abandonado.
“Después de años de negligencia, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preminencia americana (estadunidense) en el hemisferio occidental, y para proteger a nuestra patria y nuestro acceso a sus geografías a través de la región”, afirma el documento oficial de la estrategia de seguridad de Estados Unidos, emitido el viernes pasado por la Casa Blanca. “Negaremos a competidores no hemisféricos la habilidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de adueñarse o estratégicamente controlar bienes vitales en nuestro hemisferio”, indica la “estrategia”. En la introducción del documento oficial, fechado en noviembre de 2024, pero difundido ahora, Trump escribe que en sus primeros nueve meses “hemos salvado a nuestra nación y al mundo del precipicio de la catástrofe y el desastre”, y esta estrategia es “una ruta para asegurar que Estados Unidos permanezca como la nación más poderosa y exitosa en la historia humana” ( La Jornada, David Brooks y Jim Cason).
Obviamente, asegura que repartirá caramelos a quien doble las corvas: “se premiarán a gobiernos, partidos y movimientos en la región que ‘estén alineados con nuestros principios y estrategia’ y propone un ‘reajuste’ de la presencia militar estadunidense en la región para enfrentar ‘amenazas urgentes’ en este hemisferio, dedicada a controlar la migración y el narcotráfico. Más aún, propone ‘despliegues enfocados para asegurar la frontera y derrotar a cárteles’, incluyendo el uso de fuerza letal cuando sea necesario. Estados Unidos tiene que ser preminente en el hemisferio occidental como condición de nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permite afirmarnos con confianza donde y cuando necesitamos hacerlo en la región”. También establece promover el retiro de lo que llama ‘influencia del exterior’ del hemisferio y “mantener como prioridad los negocios e intereses empresariales estadunidenses por toda la región” (ídem).
Y Trump se avienta al ruedo en un momento en el que “sólo 17 por ciento de los estadunidenses dice ahora que confía en que el gobierno de Washington hará lo correcto (“casi siempre”, 2 por ciento. “La mayor parte del tiempo”, 15 por ciento). Si bien la confianza en el gobierno ha sido baja durante décadas, la medida actual (con el magnate naranja en la Casa Blanca) es una de las más bajas en las casi siete décadas desde que el Estudio Nacional de Elecciones hizo la pregunta por primera vez, y es más baja que la del año pasado (22 por ciento)”, de acuerdo con el reciente informe del Pew Research Center (PRC), el cual subraya que dicho índice de “confianza” es el menor en los últimos 67 años.
Ningún presidente estadunidense, de Dwight Eisenhower a la fecha, registró una caída tan pronunciada en la “confianza” de los estadunidenses como en el periodo de la autodenominada “era Trump”, y el desplome se mantiene.
El PRC señala que en 1958 (primer Estudio Electoral Nacional), 73 por ciento de los estadunidenses confiaba en que su gobierno “haría lo correcto casi siempre o la mayor parte del tiempo”. En las décadas de los 60 y 70 esa “confianza” se erosionó por la guerra de Vietnam y siguió en picada por el escándalo Watergate y la crisis económica. Para 1980, sólo alrededor de una cuarta parte de los estadunidenses expresaba un alto nivel de confianza.
Tras los sucesos del 11 de septiembre de 2001, el citado índice alcanzó su nivel más alto en tres décadas, pero volvió a caer rápidamente a raíz de la guerra de Irak y la crisis financiera. De 2007 en adelante, nunca ha superado 30 por ciento, pero con Trump de plano se ha ido al caño, y así quiere “convencer” de la “supremacía estadunidense”.
Las rebanadas del pastel
Bien por Zohran Mamdani: “todos podemos enfrentarnos al (fuck) ICE si conocemos nuestros derechos”, y se compromete a proteger a los 3 millones de inmigrantes en Nueva York. (Carlos Fernández-Vega, La Jornada, Economía, p. 24)

(Rictus, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 34)