El llamado de las madres buscadoras
SI PARA UNA madre mexicana la búsqueda de un familiar desaparecido es una carrera de obstáculos llena de dolor e incertidumbre, para los familiares de un migrante desaparecido en territorio mexicano se multiplican las trabas al no tener, en muchos casos, ni siquiera una visa que les permita recorrer las huellas de su hijo o hija en los estados en los que perdieron comunicación. Por eso nació la Red Nacional de Familias Migrantes, que este año llevó a cabo la Tercera Brigada Internacional de Búsqueda Tejiendo Rutas. (Gloria Muñoz Ramírez, La Jornada, Política, p. 8)
Apenas se anunció el nombre del nuevo Papa, doña Licha –una migrante mexicana que vende tamales en Pilsen, el barrio latino de Chicago– levantó la vista de su vaporera y dijo emocionada: “¿Escuchaste, mijo? ¡El nuevo Papa se llama Martínez! Como nosotros. Y nació aquí, en Chicago. A lo mejor entiende nuestro sufrimiento”.
No se equivoca. El nuevo pontífice, León XIV, es el primer Papa estadounidense en la historia de la Iglesia Católica. Su nombre completo: Robert Francis Prevost Martínez. Hijo de madre de origen español y nacido en 1955 en Chicago, ciudad que ha sido hogar de millones de migrantes, especialmente latinos. Aunque gran parte de su labor pastoral la hizo en Perú –donde se naturalizó ciudadano y fue obispo–, su elección ha despertado orgullo, esperanza… y también debate.
La semana pasada, en este mismo espacio, escribí sobre la enorme diferencia entre Donald Trump y el papa Francisco: mientras uno criminaliza a los migrantes, el otro dijo que veía en ellos “el rostro de Cristo”. Esa misma línea parece seguir ahora León XIV. En febrero, publicó un mensaje muy claro contra las políticas migratorias del vicepresidente J.D. Vance: “Jesús no enseña a clasificar el amor por los demás”.
Aun así, Trump reaccionó con entusiasmo en su red Truth Social: “Es un gran honor para nuestro país tener un papa estadounidense”. Desde México, la presidenta Claudia Sheinbaum fue más reservada: “Lo que decida el Vaticano, lo respetamos”.
En Chicago, donde nació el nuevo papa y donde viven miles de migrantes, muchos se sintieron identificados. Un joven salvadoreño, voluntario en una parroquia del sur de la ciudad, comentó: “Aquí en Chicago trabajamos duro y rezamos aún más. Que el papa sea uno de nosotros… eso da fuerza”.
De regreso en Pilsen, doña Licha sonreía: “Con que no se olvide de nosotros allá en Roma… Con eso me doy por bien servida”. Y luego, mirando su vaporera como si fuera un altar, añadió: “Tal vez este papa no solo tenga nuestro apellido, sino también nuestro corazón”.
¿Qué piensas del nuevo papa? (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)
La ascensión de Robert Francis Prevost al solio pontificio como León XIV —primer pontífice estadunidense en la historia bimilenaria de la Iglesia— ha generado un fenómeno de polarización simbólica que trasciende la mera coincidencia nacional con Donald Trump. Esta yuxtaposición de compatriotas en posiciones de influencia global no representa, como podría suponerse superficialmente, una convergencia ideológica, sino más bien una antítesis paradigmática de visiones morales y antropológicas.
El entusiasmo prematuro de Trump, quien se apresuró a proclamar el “gran honor” de la nacionalidad compartida, queda desarticulado ante la trayectoria vital e intelectual de León XIV: formado en Chicago pero templado pastoralmente en las periferias existenciales del Perú, Prevost encarna una cosmovisión eclesiástica marcada por la opción preferencial por los vulnerables, en directa contraposición con la retórica exclusivista de la administración trumpista.
La relación entre ambas figuras se perfila, inevitablemente, como un ejercicio de tensión dialéctica. León XIV ha manifestado, con precisión escolástica y contundencia profética, su disenso frente a las políticas migratorias trumpistas y, particularmente, frente a la instrumentalización teológica intentada por JD Vance —vicepresidente y converso al catolicismo— quien pretende circunscribir la caridad cristiana dentro de los confines del estado-nación. Para el pontífice, tal reduccionismo representa una adulteración hermenéutica del mensaje evangélico, una contradicción in terminis con la universalidad inherente al concepto de amor cristiano.
Trump, por su parte, ha desplegado la previsible diplomacia protocolar, sin que esto signifique una auténtica comunión de principios. La relación histórica entre el Vaticano y la administración republicana, particularmente durante el pontificado de Francisco, ha estado caracterizada por disonancias fundamentales respecto a la dignidad del migrante y la criminalización de la movilidad humana. León XIV, lejos de representar una ruptura con esta línea, parece determinado a profundizarla desde la cátedra petrina.
La reacción de los sectores ultraconservadores estadunidenses no se ha hecho esperar: figuras mediáticas como Laura Loomer han articulado narrativas de deslegitimación, calificando las posiciones del pontífice como “antiamericanas”, prefigurando así un escenario de confrontación discursiva que trasciende lo estrictamente político para adentrarse en lo teológico-cultural.
Esta configuración de fuerzas complica significativamente el proyecto retórico de JD Vance, quien ha intentado apropiarse selectivamente del corpus doctrinario católico para legitimar políticas de aislacionismo y exclusión. León XIV, con su experiencia en las periferias latinoamericanas y su sensibilidad hacia la cuestión migratoria, representa la antítesis de tal proyecto: una interpretación eclesiológica que deconstruye muros en lugar de erigirlos.
La colisión entre estas dos concepciones antitéticas del orden moral —la universalista de León XIV y la nacionalista de Trump— no configura meramente una disyuntiva político-religiosa coyuntural, sino que cristaliza un conflicto axiológico fundamental sobre la naturaleza misma de la dignidad humana en el siglo XXI. Mientras la administración Trump opera una visión del mundo en la que el valor humano queda supeditado a la contingencia geográfica del nacimiento, el pontificado de León XIV emerge como un baluarte de resistencia intelectual y espiritual, recordando a la superpotencia estadunidense —y por extensión, a la civilización occidental— que toda antropología que pretenda compatibilizar la exclusión sistemática con los principios cristianos incurre no sólo en una contradicción teológica, sino en una perversión del proyecto humanista que constituye el fundamento mismo de la tradición que dice defender. En esta encrucijada histórica, el papado estadunidense no representa un triunfo del excepcionalismo norteamericano, sino un inquietante espejo donde la nación más poderosa del mundo podría verse obligada a confrontar sus propias contradicciones morales. (Yuriria Sierra, Excélsior, Nacional, p. 13)
CARTONES
México Te Abraza

(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 10)
Pájaros en el Alambre

(Jerge, La Jornada, Política, p. 10)