Opinión Migración 101119

Migraciones globales

A pesar de las distancias y los diferentes contextos, los procesos migratorios muestran regularidades sorprendentes. Los de carácter explosivo suelen ser detonados en situaciones de guerra o crisis política, como sería el caso de Siria en Medio Oriente y Venezuela en Sudamérica. Millones de personas huyen en periodos muy cortos de tiempo; escapan de una crisis y suelen generar otra en la nación de destino.

En Alemania, por ejemplo, los migrantes sirios y de otros países superaron el millón de personas y pusieron en problemas al gobierno de Angela Merkel. En nuestra región el éxodo hondureño desbarató los controles migratorios de Estados Unidos y puso en peligro la relección de Donald Trump y de rebote en jaque al gobierno de México, que ingenuamente había abierto sus puertas a los migrantes centroamericanos. El año pasado transitaron por el país cerca de un millón de migrantes y 800 mil fueron capturados por la migra. Y lo peor de todo es que los están regresando a México y no a sus naciones de origen, por un mal acuerdo llamado de protección a migrantes por supuestas razones humanitarias.

Donde no hay acuerdos formales entre naciones es sobre la migración en tránsito. Por lo general los países dejan pasar a los migrantes y se hacen de la vista gorda porque su ingreso fue irregular. El problema radica en la última nación de tránsito, como sería el caso de México, donde la presión se concentra en la frontera norte y en la relación con Estados Unidos que viene a ser el país de destino al que todos quieren llegar. Por eso Washington presiona para que México acepte la condición de tercer país seguro.

En el siglo XXI se puede caracterizar por la presión migratoria contenida a escala global por los controles y limitaciones que imponen los estados-nación. Los migrantes, por su parte, no sólo exigen sus derechos, sino que tienen un potencial disruptivo que pone en cuestión al Estado-nación al que quieren llegar.

Es el caso de los cientos de migrantes africanos y extracontinentales confinados en Tapachula, Chiapas, o los miles que esperan en Pas de Calais, en Francia y otros campamentos. Unos quieren llegar a Estados Unidos y otros al Reino Unido. Pero permanecen en un limbo legal. No quieren quedarse ni en México, ni en Francia, pero no pueden entrar a Estados Unidos o a Inglaterra. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 14)

La caída del muro

Cuando uno decía “El Muro”, hablaba del Muro de Berlín, no había otro. Por desgracia hoy en día hay otros Muros y el presidente del país vecino no ceja en su intención de completar el muro entre Estados Unidos y México.

El Muro cayó en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, hace justo treinta años. Cayó como las murallas de Jericó, sin batalla ni asalto, cayó al sonido de unas trompetas. Dos hombres son los que tocaron la diana decisiva, un polaco, Karol Woytila, “a” Juan Pablo II; un ruso, Mijaíl Gorbachov, que, en sus memorias (1996) se atribuyó el mérito. A la hora de su renuncia, el 25 de diciembre de 1991, Gorbachov se despidió con un noble discurso. Entresacó unas frases: “Una obra de importancia histórica se realizó. El sistema totalitario que privó al país de la posibilidad que hubiera tenido hace mucho de ser feliz y próspero, ha sido liquidado. Se abrió la vía de las transformaciones democráticas. Las elecciones libres, la libertad de la prensa, las libertades religiosas y el multipartidismo se han vuelto realidad. Los derechos del hombre son reconocidos como el principio supremo”. (Jean Meyer, El Universal, Opinión, p. 12)

Cartón

Muro

(Frik, La Crónica de Hoy, Opinión, p. 3)