Cualquier vaticinio sobre el futuro de los refugiados y migrantes venezolanos ha quedado en suspenso; por lo pronto, no se espera un retorno masivo y tampoco el exilio de los cuadros políticos chavistas.
Cerca de ocho millones de venezolanos refugiados o migrantes han empezado el año 2026 con una gran interrogante y una mayor confusión. El secuestro de Nicolás Maduro, hecho a punta de sobornos y traiciones, dejó prácticamente íntegro al estamento político, administrativo y militar del chavismo.
La posibilidad de que los venezolanos regresen a su tierra sigue siendo tan remota como antes. Con la posibilidad de que cada año adicional vivido en el exilio o en la aventura migratoria se hace más difícil el retorno, sobre todo el definitivo. Ya son centenas de miles de matrimonios mixtos y de niños binacionales.
De los ocho millones de migrantes y exilados venezolanos, unos siete están distribuidos en América Latina. El otro millón restante se concentra en España, Estados Unidos y otros pocos países. La crisis migratoria venezolana, desde un comienzo y hasta la actualidad, la sobrelleva una América Latina, pobre, limitada y solidaria.
Sólo en los últimos años, los venezolanos arribaron a México y a Estados Unidos. Los más afortunados, con recursos y con visa, llegaron primero a Miami, pero después llegaron los más pobres y desprotegidos, que tuvieron que atravesar el Tapón del Darién y aventurarse en los turbulentos caminos que llevan a la frontera norte y al Río Bravo.
En el otro lado no fueron muy bien recibidos. De Texas los deportaban a Chicago, Los Ángeles o Nueva York, ciudades santuario, que tuvieron que acomodarlos como pudieran. Luego fueron estigmatizados por Trump, además del tratamiento normal de criminales, por el hecho de ser migrantes, los acusó de ser doblemente criminales por haber sido liberados de las cárceles y manicomios por Maduro. Para remate los acusaron, a muchos, de pertenecer al Tren de Aragua y con ese pretexto los deportaron a las cárceles de Bukele en El Salvador. Tampoco eran bien recibidos de regreso en su tierra, cuando eran deportados y esposados como criminales en aviones chárter.
Se podría decir que la vida de los exilados y migrantes venezolanos no tiene nada extraordinario, les pasa igual a los guatemaltecos, ecuatorianos o mexicanos. Pero la salvedad de que puedan unos regresar o no a su tierra, no es un asunto menor. La migración venezolana es un caso muy especial, por su carácter explosivo, es decir: muchas personas en muy poco tiempo; un fenómeno similar sólo se ve en casos de guerra civil. Se estima que 23 por ciento de la población de Venezuela está fuera del país.
Es una migración transversal que compromete a diversos sectores socioeconómicos, muy diferente a las migraciones preponderantemente laborales, de mano de obra barata. Por lo mismo, suele ser una migración familiar en el sentido de que permanezcan juntos o, por el contrario, la familia está dispersa en varios países.
Por otra parte, hay diversas fases en su proceso migratorio: primero fue una migración económica y de sectores altos y medios; luego se generalizó a otros sectores sociales, especialmente en un período de escasez, hiperinflación y hambre; también hay que destacar períodos de represión y migración por motivos políticos y conflictos fronterizos de población colombo-venezolana. Es un fenómeno muy complejo, pero que concentra fundamentalmente en el periodo de Maduro.
Finalmente, es una migración que tiene un carácter itinerante, dependiendo de opciones personales, familiares o laborales, pero también de políticas migratorias en el los países de destino. En Chile, las amenazas del actual presidente electo de derecha, José Antonio Kast, generó la huida de muchos migrantes hacia Perú.
En términos generales, se podría decir que la acogida a los “chamos” en distintos países de América Latina ha sido buena; cuando no, eran considerados como “venecos”. En algunos lugares, los malandros y los vinculados al Tren de Aragua, han entrado a controlar espacios y nichos laborales y a competir con los locales. Pero hay malandros mafias y mañas en todos lados. Lamentablemente, resulta muy fácil y recurrente estigmatizar a partir de casos particulares.
En realidad, la diáspora de “chamos” en América Latina, se suma a la de paraguas, charrúas y boliches en Argentina; a los peruchos en Chile, Brasil, Bolivia y Argentina; a los nicas en Costa Rica y ticos en Nicaragua; a los chapines en el sur de México y a los ches y boludos en la CDMX; a longos y ñaños ecuatorianos en Colombia; todos compas, aseres, manos, patas, causas, panas, parces…
La Patria Grande, como la llamaron en Argentina, es algo que tenemos que construir y que la migración nos ayuda a hacer realidad, a cimentarla día a día, no sólo como discurso sino en momentos, como el actual, donde se nos agrede a todos. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 13)
Estamos iniciando un nuevo año, 2026. Para algunos, quedan sólo recuerdos de sus andanzas durante las vacaciones pasadas. Nada de replantearse propósitos para ser mejores; sólo esperar los siguientes días festivos y planear nuevos destinos.
Nada les importan los demás, los que nunca tienen vacaciones, los que permanentemente pasan muchas carencias. ¿Los pobres? Que los atienda el gobierno… ¡Esa es su justificación! Un nuevo año plagado de egoísmos e injusticias, ¿será mejor?
Para quienes queremos vivir a plenitud este y todos nuestros años, Jesús nos enseña que no podemos desentendernos de los demás, empezando por nuestra familia, sino que debemos ampliar nuestro corazón hacia los pobres, los enfermos, los ancianos, los presos, los migrantes, los subempleados, etc. ¡Sólo dando vida a los que sufren es que tenemos vida y este año será mejor! Disculpen que vuelva a insistir en este punto; es que, en esto, se juega también la plenitud de este nuevo año. (Felipe Arizmendi, El Sol de México, Análisis, p. 14)
La injerencia en Venezuela ha sacudido a América Latina. La sustracción de un supuesto líder narcoterrorista recuerda al pasado. Entre las acusaciones contra Nicolás Maduro en Nueva York, tras ser extraído de una soberanía, fuera de un marco legal internacional consensuado en Naciones Unidas, está el encabezar narcotráfico y terrorismo dirigido a Estados Unidos con un aparato gubernamental y castrense.
Dicen que el derecho internacional es la doctrina de los débiles, en palabras de los realistas. Ahora no hablamos de las guerras del Peloponeso sino del espacio vital de Estados Unidos, dónde podrían caber México o Colombia.
Y es que el Lebensraum estadounidense podría comprender a sus vecinos territoriales, el Caribe y hasta Groenlandia. Esta zona de influencia no es un precepto legal y no está en la Constitución americana. Mas es un concepto en la cabeza de políticos y militares que puede convertirse en políticas públicas, en política exterior de EU.
En el contexto legal, Washington ha instrumentado una serie de disposiciones que le permiten intervenir en el exterior sin autorización previa de su Congreso. Parten de la Casa Blanca y los departamentos de Estado y del Tesoro. Los países latinoamericanos podrían litigar en Sistema de la ONU, pero las disputas legales son más lentas que las acciones militares. Para cuando se maduraran los reclamos de los afectados, ya habría violaciones y nuevas intromisiones en naciones independientes. Por eso, el asalto para detener al entonces “Presidente Maduro” sacudió a toda la región. Con cualquier argumento de narcotráfico, fentanilo o gobiernos financiados por cárteles, se podría invadir.
A nivel bélico, poco pueden hacer los países aludidos por la Unión Americana. Sus fuerzas armadas son muy superiores a las de Colombia, México o las islas caribeñas y ello se demostró en el caso venezolano. Entonces, la fuerza de países como México está en su poder suave y no en su poder bélico.
Cualquier política pública de EU tiene un gran sustento en la opinión pública estadounidense y ahí es donde la imagen mexicana puede mejorarse. Ahí es donde se discutió el problema venezolano y su relación con el tráfico de drogas y la seguridad internacional. Hubo una retroalimentación entre el poder político y la ciudadanía; y la expresión de la mayoría de los estadounidenses, fueran republicanos o demócratas, sustentó una intromisión y un cambio de gobierno en Venezuela.
La solución mexicana no es militar, ni legal, es discursiva. Es una batalla que se gana en las conciencias, pero en las de Estados Unidos. 340 millones de habitantes escuchan diario que los migrantes mexicanos son delincuentes, que hay violencia y narco-gobierno. Ese gran discurso no tiene una narrativa masiva que lo equilibre. Además, partimos de que la opinión pública estadounidense favorece las injerencias en este momento.
Un primer paso para prevenir intervenciones es mejorar drásticamente la imagen de México en EU. (Horacio Saavedra, El Universal, Opinión, A 15)
Vista de águila

(Jerge, La Jornada, Política, p. 8)
Presos políticos

(Boiligan, El Universal, Opinión, p. 14)