Opinión Migración 110226

Desde el Biopoder / Impuesto contra remesas

A partir de este 2026, los migrantes poblanos deberán luchar contra un nuevo enemigo en el envío de remesas a sus familias, un impuesto del uno por ciento cuando se envía en efectivo, money orders y cheque de caja.

Las remesas a las que no se les cobrará impuesto desde Estados Unidos, son aquellas que se originan desde una cuenta bancaria y desde tarjetas de crédito y débito, es decir, el dinero electrónico.

De acuerdo con la Fundación Pies Secos, organización de apoyo a los migrantes que este 10 de febrero abrió nuevas oficinas en Tehuacán con el objetivo de mantener un contacto directo con las familias, destacó que más del 80 por ciento de los connacionales cuentan con la posibilidad de realizar envíos electrónicos de remesas.

Al mismo tiempo, uno de cada cinco migrantes se encuentra de forma ilegal o con otro nombre y sin la posibilidad de utilizar tarjetas para enviar sus dólares a sus familias que viven en zonas expulsoras.

Aunque el nuevo impuesto no representa un riesgo, sí se traduce en la posibilidad de una reducción de envío de recursos. El impuesto pudo ser un factor para que los migrantes poblanos hayan adelantado el envío de sus dólares en el cierre del año pasado.

Durante el año 2025, los migrantes poblanos mandaron a sus familias más de tres mil 426.4 millones de dólares, unos 61 mil 675 millones de pesos por concepto de remesas, monto histórico en 22 años y que rompió registros en el periodo de una década.

Los poblanos mandaron 59.7 millones de dólares más, lo que representa un aumento de 1.8 por ciento más dólares, en comparación con 2024. El aumento se pudo presentar, de acuerdo con la Fundación Pies Secos, por la incertidumbre que se vive.

Al mismo tiempo, hacia el cierre de 2025, una gran cantidad de migrantes mandaron sus ahorros a sus familias, situación que impactó de manera directa en el monto total de remesas. Puebla se ubicó entre el tercio de las entidades del país en las que se registraron aumentos en la recepción de dólares; mientras que, a nivel nacional, se presentó una caída.

Para este año y en medio de complicaciones, se espera que los migrantes poblanos puedan conseguir una doble victoria y vuelvan a establecer un máximo histórico. (Jaime Zambrano, Milenio Puebla, Online)

Cuba no es una amenaza

Hace unos días, México envió a Cuba dos embarcaciones con unas 800 toneladas de artículos de primera necesidad. En una de ellas iban 277 toneladas de leche en polvo, lo que nos da una idea de quiénes son los afectados por el bloqueo de Estados Unidos.

Al enviar víveres a una pequeña nación que vive bajo asedio, México honra una tradición histórica, de país solidario, y expresa la hermandad que nos une con la isla.

Galletas, productos cárnicos, frijol, atún, aceite y productos de higiene personal completaron el envío, a cargo de la Secretaría de Marina.

Hay ahí una respuesta a la decisión del gobierno de EU, una nación poderosa hoy gobernada por una pandilla para la cual el derecho internacional existe para violarlo, de apretar tuercas contra un pequeño país que sólo ha cometido el pecado de rechazar el dominio neocolonial que sintetiza la llamada doctrina Donroe, el manifiesto intervencionista que ha sido renovado por Donald Trump.

Cuba no representa ninguna amenaza para Estados Unidos. La renovada agresión contra la isla busca solo satisfacer a algunos de los sectores más radicales de la base de MAGA, el movimiento supremacista que respalda a Trump.

La “amenaza” es una mentira insostenible, pues, en realidad, las decisiones recientes de Trump en el escenario internacional están marcadas por su imperiosa necesidad de desviar la atención respecto de los archivos Epstein y otros escándalos que involucran su presidencia, en un afán de no seguir perdiendo el respaldo de los electores ante la proximidad de las elecciones de noviembre.

Trump aprieta las tuercas de una maquinaria que agrede a Cuba desde hace más de seis décadas, y ha colocado a esa pequeña nación hermana en una situación cercana a una catástrofe humanitaria.

En el más reciente episodio, Washington ha amenazado con imponer aranceles a los países que suministren petróleo a Cuba. Se busca con ello propiciar la caída del gobierno cubano y, al mismo tiempo, enviar un mensaje al resto del continente: quien se salga de las líneas dictadas por el imperio será castigado.

El poderoso vecino del norte es gobernado por una cúpula que ha hecho de la crueldad un negocio, como lo muestran las cárceles y vuelos para migrantes, que manejan empresas privadas con recursos de los contribuyentes.

Año con año, Estados Unidos y unos cuantos de sus aliados votan contra el fin del embargo en la Organización de Naciones Unidas, donde una sólida mayoría apoya a la isla. Desde hace décadas, nuestro país y EU mantienen diferencias respecto a Cuba, pero estas nunca habían afectado la relación bilateral.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha afrontado la nueva circunstancia con la entereza y prudencia con la que ha conducido el trato con el volátil vecino, y ha insistido en que mantendremos el apoyo a la isla.

Frente a la renovada agresión imperial, es preciso que se multipliquen las acciones de solidaridad desde todas las trincheras posibles, como hemos hecho siempre cuando las hermanas y hermanos de otros países lo requieren.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en que, por la vía diplomática, se buscará reanudar los envíos de petróleo, vitales para un país que depende de ellos para generar energía eléctrica, para que sus escuelas y hospitales funcionen. (Dolores Padierna, El Financiero, Opinión, p. 30)

Viñetas latinoamericanas / Daniel Ortega se solidariza con Donald Trump

Son tiempos de solidaridades encontradas en el Caribe. Los dos últimos bastiones del bloque bolivariano, Cuba y Nicaragua, protagonizan en estos días una de esas escenas contradictorias, que luego los poderes acomodaticios intentan escamotear para proteger sus símbolos. Decisiones tomadas bajo presión, como la suspensión de suministros petroleros de México a Cuba, se presentan como “soberanas”. Y decisiones soberanas, como colaborar con el control migratorio de Estados Unidos, desde La Habana, se esgrimen como gestos de negociación y diálogo con Washington.

En 2021, año del estallido social en Cuba, cuando decenas de miles de cubanos salieron a las calles de la isla a protestar pacíficamente contra el gobierno habanero, Daniel Ortega y Rosario Murillo eliminaron el requisito de visado para los emigrantes cubanos. La decisión, como otra similar tomada por el presidente Rafael Correa en Ecuador, buscaba ofrecer a los ciudadanos inconformes de la isla una ruta de escape hacia Estados Unidos, a través de la peligrosa peregrinación por Centroamérica y México, hasta la frontera con Estados Unidos.

En aquel momento, Joe Biden gobernaba EU y las caravanas de migrantes caribeños y centroamericanos eran tanto un mecanismo de descompresión de las dictaduras bolivarianas como un desafío a la seguridad fronteriza estadounidense. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador, poco dado a una política exterior activa, tuvo que tomar cartas en el asunto y entre 2022 y 2023 promovió iniciativas diplomáticas para contener el flujo migratorio desde esas regiones.

Ahora Cuba sufre un cerco energético por parte de Estados Unidos, luego de la orden ejecutiva de Donald Trump el pasado 29 de enero, que provocará un agravamiento de las condiciones de vida en la isla. Ante la posibilidad de un nuevo éxodo masivo desde el Caribe, el mismo gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo decide revertir su política de puertas abiertas de 2021 e impone visas de ingreso a los cubanos.

La medida no sólo favorece a Donald Trump y a Marco Rubio, quien desde mucho antes de ser Secretario de Estado ha mostrado una especial antipatía por las nuevas diásporas cubanas —a las que considera, en sintonía con el gobierno de Miguel Díaz-Canel, grupos de “emigrantes económicos”—, sino a otros gobiernos vecinos, como los de Laura Fernández en Costa Rica, Bernardo Arévalo en Guatemala y Claudia Sheinbaum en México, que tendrían que hacerse cargo de esas oleadas de migrantes cubanos en su travesía hacia Estados Unidos.

Aunque en la práctica se solidaricen con Trump, como Sheinbaum al suspender los envíos de petróleo a la isla, Ortega y Murillo escenificarán en los próximos días una de esas coreografías de demagogia antiimperialista, estilo Maduro, en la que no faltarán vivas a Cuba y a sus dirigentes. Así de solidaridades ambivalentes va el asunto en el gran Caribe, en este rearme geopolítico de la región. (Rafael Rojas, La Razón, México, p. 6)

Bajo sospecha / Niños reciclados en la frontera

Miles de niños y niñas han sido cooptados por el crimen organizado, utilizándolos para que migrantes puedan llegar a Estados Unidos.

Durante la administración del presidente Joe Biden se aprobó una ley que establecía que los adultos acompañados por niños menores de seis años podían acogerse a ciertos programas que beneficiaban su entrada a Estados Unidos.

Y es que es el crimen organizado, muy bien estructurado, el que maneja el tráfico de migrantes, y empezó a utilizar a menores de seis años para que cruzaran con sus “clientes migrantes”.

Imagínense nada más a un chiquito de menos de seis años pasando la frontera una y otra vez, siendo utilizado para engañar a la Patrulla Fronteriza. Eso es tráfico de menores, un delito gravísimo. Quienes manejan el traslado de migrantes lo tienen bien armado: según el pollero y a qué organización criminal pertenezca, les dan a los migrantes unas pulseras, como las de los eventos, de distintos colores. En la frontera se encuentran muchas de estas pulseras que, al cruzar, a las personas se las retiran.

En el marco de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), la congresista Kat Cammack expuso este fenómeno como una de las radiografías más crudas de la crisis migratoria en la frontera sur de EU. Tras su ponencia, platiqué con ella para profundizar en el uso sistemático de niños como herramienta del crimen organizado para facilitar el cruce ilegal de adultos hacia territorio estadounidense.

Los grupos criminales no sólo trafican drogas ni se limitan al contrabando de armas. Hoy, el tráfico de seres humanos es uno de sus negocios más lucrativos y, dentro de ese mercado, los niños se transformaron en una pieza estratégica.

Cammack, especialista en tráfico de personas y narcoterrorismo, explica que bajo una regla implementada durante la administración de Joe Biden, si un adulto llegaba a la frontera acompañado de un menor de seis años o menos, ese adulto podía ser admitido en Estados Unidos. La política no exigía pruebas de ADN ni comprobación de parentesco. Bastaba con presentarse con un niño pequeño. Para los cárteles, aquello fue una invitación abierta. “Aprendieron muy rápido cómo explotar la política”, señala la congresista.

Lo que hicieron fue comenzar a emparejar niños con adultos que no eran sus padres ni familiares. Muchos de esos adultos tenían antecedentes criminales que incluían violencia doméstica, homicidio, tráfico de drogas, delitos sexuales y vínculos con pandillas.

A los menores se les asignaba la función de acompañar a estos individuos hasta la frontera para garantizarles una entrada prácticamente automática. Los niños se convirtieron en un pase de acceso.

Pero el abuso no terminaba ahí. Una vez que el adulto cruzaba, el menor era regresado para repetir el trayecto con otra persona. A esta práctica los propios cárteles la denominan “reciclaje”.

Si de verdad se quiere combatir el tráfico de niñas y niños, hay que empezar por casa. Antes de mirar únicamente lo que ocurre en la frontera norte, México tiene que asumir que una parte de esta tragedia se gesta dentro de su propio territorio. La prevención y la protección efectiva de menores deben ser prioridad nacional, y hay estados donde ya se están dando pasos en esa dirección.

Durante años, Guerrero fue sinónimo de crisis por desapariciones, trata y violencia contra mujeres y menores. Hoy, ese escenario comienza a cambiar. La estrategia de protección integral impulsada por la gobernadora Evelyn Salgado Pineda ha logrado que Guerrero salga de la lista de las cinco entidades con mayor número de feminicidios y se ubique en la posición 15 a nivel nacional.

Uno de los ejes centrales en los que está trabajando la mandataria, es en el Protocolo Violeta, que permite activar de inmediato operativos para localizar a mujeres, niñas y adolescentes en riesgo, junto con el fortalecimiento de la Alerta Ámber.

Niños de tres, cuatro o cinco años realizando el mismo recorrido una y otra vez, expuestos a violaciones, golpes, amenazas y explotación sexual. Cada viaje significaba un nuevo episodio de violencia.

Cammack describe estos casos como algunos de los testimonios más difíciles que ha escuchado en su carrera. Historias de menores intercambiados entre criminales, utilizados como herramientas desechables.

Además del “reciclaje”, los cárteles implementaron un sistema de control interno para quienes cruzan. Todas las personas son obligadas a portar pulseras. El color y el número indican a qué organización pertenecen, cuál es su turno del día y si ya pagaron por el cruce.

Es un sistema logístico propio de una empresa transnacional. Según Cammack, cruzar desde México cuesta entre 6,500 y 7,500 dólares. Desde Centroamérica, alrededor de 9,500 dólares. Y existen listas de precios donde personas provenientes de países tan lejanos como China pagan hasta 75,000 dólares para ser introducidas a EU a través de rutas indirectas.

El tráfico de personas, explica, se maneja hoy con la misma sofisticación que el narcotráfico y cobran a través del propio sistema financiero legal de EU. Uno de los elementos más alarmantes fue la eliminación de las pruebas de ADN. Bajo este esquema, el gobierno estadounidense dejó de verificar si los adultos que se presentaban con niños eran realmente sus padres.

Ese anuncio, sostiene Cammack, fue interpretado por los cárteles como una luz verde. El mensaje fue claro: “si traes un niño pequeño, entras”.

El drama de los menores no acompañados es todavía más grave.

Cammack estima que alrededor de 340,000 niños no acompañados pasaron por instalaciones de procesamiento. Muchos llegaban con números escritos con plumón en el brazo o con papeles prendidos a la ropa que incluían un número telefónico al que debían llamar al llegar.

En teoría, ese número pertenecía a un familiar. En la práctica, al revisar expedientes, se detectó que los mismos números aparecían cientos de veces. Nadie consideró extraño que una misma persona tuviera supuestamente cientos de sobrinos o primos. Cuando se realizaron verificaciones de calidad, se descubrió que muchas de las direcciones proporcionadas correspondían a lotes baldíos, edificios abandonados o estacionamientos.

Los niños, después de sufrir abusos durante todo el trayecto, eran entregados a personas que nadie verificó. Para la congresista, esto representa un fracaso monumental del gobierno de EU.

Hoy, muchos de esos menores se encuentran en algún punto del país. No se sabe con certeza dónde están, quién los tiene ni en qué condiciones viven. Algunos siguen siendo explotados por redes criminales. A todo esto, se suma el papel de las redes sociales. Los cárteles utilizan plataformas digitales para anunciar abiertamente sus servicios. Basta ingresar a grupos o buscadores y escribir palabras clave relacionadas con cruces fronterizos para encontrar publicaciones ofreciendo rutas, precios y tiempos.

Y es que muchas veces en las mismas plataformas digitales se realizan los pagos. Para los bancos, las transacciones parecen legítimas porque están procesadas por grandes empresas tecnológicas.

Cammack me explicó que cuando cuestiona a las compañías de redes sociales por manejar dinero que proviene de redes criminales, la respuesta suele ser que no bajan ese contenido por “políticas de derechos humanos”.

Es enfática al señalar que no puede hablarse de derechos humanos mientras se permite la explotación masiva de niños, la violación de mujeres y el fortalecimiento de redes criminales.

La congresista insiste en que el debate migratorio no puede reducirse a ideologías. Se trata de reconocer una realidad: cientos de miles de niños son utilizados como herramientas del crimen organizado. Y mientras no se reconozca el daño causado, mientras no se investigue y se sancione a los responsables, este negocio seguirá creciendo. (Bibiana Belsasso, La Razón, México, p. 13)

La encerrona / El conejo incómodo

Como cada año, se llevó a cabo el Super Bowl, esta vez en Santa Clara, California. En estos momentos nadie habla del juego, ni de cuánto aguacate se consumió o si hubo más espectadores que el año anterior. Un (aburrido) partido más de futbol americano. Sin embargo, en esta edición sucedió algo que no se había visto antes, en el espectáculo del medio tiempo, irrumpió un artista que en menos de 15 minutos sacudió al planeta entero.

Benito Martínez Ocasio, mundialmente conocido como Bad Bunny, decidió colocar sobre la cancha de juego a Latinoamérica entera, sus migrantes en Estados Unidos, sus oficios, sus celebraciones, sus esperanzas, sus costumbres, su sabor y su peso dentro del continente. También decidió salir a cantar en su lenguaje materno, el español, una afrenta para los puristas del futbol americano -el deporte que es una religión en Estados Unidos-. Además, ante más de 142 millones de telespectadores (según datos oficiales de la NFL) y 70 mil personas en el estadio, se atrevió a mandar un mensaje de paz, de unidad y de amor.

Y, en un mundo polarizado como es el actual, cada quien tomó su bando. Por un lado las personas a favor del mensaje de Bad Bunny, dar la batalla cultural ante las políticas antiinmigrantes y brutalidad policial llevada a cabo por ICE y por Trump. Mensaje que América (con tilde) es desde Canadá hasta Tierra de Fuego, que Estados Unidos es grande también por sus inmigrantes, que no hay ciudadanos de primera y de segunda, que Puerto Rico teme lo sucedido en Hawaii, que el amor es mucho más fuerte que el odio.

Del otro lado están los que señalan que “debió aprovechar mejor el espacio para denunciar”, que estereotipó a las y los latinoamericanos como vendedores de oro, taqueros, boxeadores, etc., que en el estadio nadie cantó, que el reggaeton ni siquiera es música, que no se le entiende nada, que “profanó un espectáculo netamente estadounidense”, que solo fue un montaje televisivo, que “no se debe politizar la música o el deporte”, que “todo estaba pactado por Trump y la NFL”, que ha sido el peor medio tiempo de la historia.

El problema no es que Bad Bunny no haya dicho lo suficiente, el problema es que esperamos que lo diga un cantante y no quienes tienen el poder real. En una época donde los discursos oficiales son tibios, calculados o francamente cínicos, quince minutos de espectáculo bastaron para evidenciar que hoy la política ya no convoca, no emociona y no representa. Por eso incomodó tanto: no porque “politizara” el Super Bowl, sino porque recordó que la política abandonó hace tiempo a la gente que dice representar.

Así, debemos colocar en punto medio las cosas, así como ubicar el contexto actual. Bad Bunny no es Simón Bolívar, no; es un artista pop, propio de su tiempo, del algoritmo, del mercado y de la industria cultural. Tal vez el medio tiempo no cambió leyes ni detuvo deportaciones, pero dejó algo claro: cuando el lenguaje del poder se vuelve vacío, otros lenguajes ocupan su lugar. A su vez, el conejo malo nos recuerda que el arte, la música y el deporte también sirven para incomodar al poder, que la disputa por el significado, por la identidad y por la dignidad se está dando en muchos escenarios y canchas. (Adriana Sarur, El Heraldo de México, País, p. 11)

Brújula / Bad Bunny y el amor

El medio tiempo del Super Bowl no fue un espectáculo más. Fue una declaración cultural en uno de los escenarios más vistos del planeta. Bad Bunny, el artista puertorriqueño que ha convertido el español en idioma dominante del pop global, tenía todo para salir a cobrar facturas. El clima político en EUA es muy complicado; la conversación pública, incendiaria. El desprecio de muchos republicanos a su tierra natal, Puerto Rico, es constante.

En los días previos al partido, sectores vinculados al movimiento MAGA amagaron con boicotear el espectáculo. Incluso hubo un show alterno de Kid Rock, convertido inexplicablemente en símbolo musical del trumpismo cuando sus canciones hablan de pederastia en momentos en que el escándalo de Epstein está a flor de piel. Pero con esta decisión,

El medio tiempo se convirtió en un campo de batalla cultural. La NFL como rehén de la polarización. El artista latino como provocación.

Y Bad Bunny eligió otro guion.

En lugar de la confrontación, optó por una frase sencilla pero potente: el amor es más fuerte que el odio. En un país que vive una fractura profunda, la polarización no es solo partidista; es cultural, identitaria, lingüística. La política estadounidense actual se alimenta de la indignación permanente. El trumpismo ha construido su fuerza en la narrativa del agravio. En donde el sistema está en tu contra, te están quitando algo, alguien debe pagar.

Bad Bunny no renunció a su identidad ni a sus raíces; al contrario, las celebró con orgullo. Pero evitó la tentación de la revancha. No convirtió el escenario en tribunal. No habló desde la rabia. Habló desde la posibilidad.

Y con ello me pregunto ¿es posible una restauración post-Trump? ¿Puede Estados Unidos reconfigurarse después de esta década de odio, nacionalismo en su peor expresión y desprecio por los valores que antes se preciaba de enarbolar?

Ayer en el Financial Times, Gideon Rachman apuntaba que empiezan a verse pequeñas grietas en lo que parecía un bloque monolítico. Las manifestaciones en Minneapolis contra las políticas migratorias de la Casa Blanca han congregado a miles de ciudadanos. Así también se sintió el posteo que hizo Trump de una imagen de Barack y Michelle Obama como simios. El rechazo obligó a retirar el post. Y hay que agregar los resultados en elecciones locales de sitios que se creían fuertes para Trump como Texas, Florida y Luisiana, en donde sus candidatos han sido derrotados. Son la antesala de las intermedias.

Por supuesto, sería ingenuo cantar victoria. El caso de Jeffrey Epstein volvió a sacudir a la administración cuando salieron a la luz documentos del Departamento de Justicia que exhiben correspondencia frecuente entre el financiero y el secretario de Comercio, Howard Lutnick, quien había negado una relación cercana. Las críticas golpean al gabinete. Trump, en cambio, mantiene esa cualidad casi teflónica que lo ha acompañado durante años, pese a aparecer también en los documentos.

Sin embargo, el hecho de que existan costos políticos sugiere que la coalición no es invulnerable. Que la fortaleza puede resquebrajarse. Que el trumpismo, aunque potente, no es sinónimo de destino irreversible.

En ese contexto, el mensaje de Bad Bunny adquiere otra dimensión. No es solo una frase bonita en un espectáculo de entretenimiento. Es una apuesta cultural por la posibilidad de recomposición. Una invitación a imaginar que Estados Unidos puede ser más que su etapa de mayor estridencia.

Bad Bunny eligió no hablar desde la herida, sino desde la esperanza. Apostó por el amor como narrativa pública. Tal vez todavía es pronto para decretar una restauración post-Trump. Pero también es pronto para darla por imposible. (Ana Paula Ordorica, El Universal, Nación, A8)

Templo Mayor

HAY DIFERENTES FORMAS DE VER la crisis cubana. Unos consideran que el ahorcamiento de Estados Unidos que deja sin luz, sin gasolina, sin agua y sin alimentos a los isleños provocará una migración masiva. Puede ser.

UN ÉXODO MAYOR que se sume a las distintas oleadas de migración que han ocurrido en los últimos 20 años y que han llevado a unos 3 millones de cubanos a Estados Unidos, países de Europa y otros de América Latina, principalmente México.

SERÍA BUENO SABER si el gobierno mexicano está preparado para una migración masiva desde Cuba y entender este asunto como un tema de seguridad nacional. En un tema que más allá de la ayuda humanitaria que se envía o la discusión de mandar buques con petróleo, debe ponerse en la mesa.

EL ASUNTO será más difícil ahora que Nicaragua, que se dice amigo de Cuba, sorprendentemente instauró una visa para los cubanos, que hasta ayer llegaban al aeropuerto de Managua como Pedro (o Fidel) por su casa, y ahora tendrán que esperar a que les den permiso… o salir rumbo a México. (F. Bartolomé, Reforma, Opinión, p. 8)

Cartones

Benitos

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(Rocha La Jornada, Política, p. 9)