Funcionario municipal en la mira de la DEA pasa de noche en el país
Vaya escándalo el que se hizo en Sonora, nos cuentan, luego de que la DEA (Administración de Control de Drogas de EU) exhibió al director de Imagen Urbana del ayuntamiento de Nogales, José Luis Morgan Huerta, quien fue mencionado por el Departamento del Tesoro entre los 13 miembros del Cártel de Sinaloa sancionados por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), además de su hermano Juan Carlos Morgan Huerta, alias Cacayo y a otros integrantes de su familia. Aunque el susodicho pidió licencia para separarse del cargo, nos indican que varios se preguntan si el alcalde Juan Francisco Gim Nogales (Morena) en realidad no sabía nada o sólo “voltea para otro lado”, pero lo peor es que don José Luis no es requerido por autoridades nacionales. ¡México mágico! (Kiosko, El Universal, Estados, p. A11)
En las últimas semanas, nos hemos enfrentado a la devastación que el huracán Otis dejó tras su furioso paso por Acapulco la madrugada del 25 de octubre. La destrucción y pérdida en el icónico puerto son inmensas. Las cifras oficiales de muertos y desaparecidos no capturan a los pescadores, jamás salieron del mar; sus familiares esperan noticias todo el día. La tasa de servicios “interrumpidos” no transmite ni la oscuridad que cubre las calles cuando anochece ni las miles de familias sin agua potable. El número de “damnificados” no refleja a quienes perdieron sus hogares y todas sus pertenencias en cuestión de minutos. A pesar de los esfuerzos por medir el impacto humano de Otis, cada día nuevas historias nos recuerdan que las verdaderas dimensiones de esta crisis humanitaria y económica aún están por verse.
Otis representa un símbolo de vulnerabilidad compartida ante un clima fuera de control. Exclusivos departamentos y hoteles en Punta Diamante enfrentaron las ráfagas e inundaciones igual que las casas de adobe de la colonia Icacos, y las pérdidas de multinacionales, como Walmart, coexistieron con la desaparición de cosechas, el sustento de poblados enteros. También abrió una ventana a la profunda desigualdad que por décadas marcó el desarrollo de Acapulco, uno de los polos más productivos de un estado donde 85% de la población vive en pobreza y pobreza extrema.
El auge turístico se forjó a base de asimetrías. En Acapulco viven más personas en pobreza extrema, pero es refugio de la clase alta de México y otros países. Las desigualdades son resultado de la construcción de exclusivas zonas residenciales y hoteleras, las cuales empleaban a cientos de miles de guerrerenses. Mientras viajeros y propietarios esperan la reconstrucción desde lejos, el personal que hacía girar la máquina turística está desempleado, enfrenta el abandono gubernamental, la militarización, al crimen organizado, al hambre y a la desesperanza. Para algunos, Otis es la destrucción de un paraíso vacacional, pero para muchos en la desigualdad, el histórico desastre es el fin de una forma de vida.
La tragedia anuncia un éxodo interno y externo, sobre todo si consideramos la tradición migratoria de Guerrero hacia Nueva York, California y Chicago. Para quienes lo han perdido todo y conocen los circuitos móviles de trabajo y familia que abarcan generaciones, buscar la supervivencia en Estados Unidos no es nuevo.
Aunque aún no hay cifras de migración, se prevé el movimiento de muchos acapulqueños durante los siguientes meses y años.
Desde 1990, una mezcla de desastres naturales ha generado olas migratorias de Guatemala, Haití, El Salvador y Nicaragua. Si bien algunos refugiados climáticos llegaron a EU –que desmantela su sistema de asilo–, muchos se quedaron en México. Los refugiados hoy nos recuerdan que el desplazamiento climático y económico no tiene nacionalidad.
Conforme el planeta se calienta y fenómenos meteorológicos que parecían imposibles se vuelven la nueva realidad, Otis advierte las nuevas dimensiones migratorias de la crisis climática. (Martha Daniela Guerrero, Excélsior, Nacional, p. 06)
La dictadura en Venezuela le tiene pavor a María Corina Machado. Por eso la quieren destruir antes de que gane la elección presidencial el próximo año. Para que María Corina se convierta en Presidenta, primero tiene que caer la brutal y represiva tiranía de Nicolás Maduro. Eso es un reto monumental. Pero, para ella, imaginarse la victoria siempre es el primer paso.
La pregunta es si una dictadura que se ha sostenido a base de represión, asesinatos, fraudes y el encarcelamiento de prisioneros políticos estaría dispuesta a participar en unas elecciones en que pudiera perder. La respuesta es no. Pero la presión interna y externa obligó al régimen de Nicolás Maduro a aceptar unas votaciones en el segundo semestre del 2024 con observación internacional. Y esa coyuntura es la que María Corina quiere aprovechar.
“A una dictadura brutal -la tiranía como la que hay en Venezuela- la única forma de derrotarla es con mucha fuerza, fuerza ciudadana”, me dijo en una entrevista desde Caracas. “Aquí no hay ninguna ingenuidad de nuestra parte, pero están dadas unas condiciones únicas”.
En unas recientes negociaciones trilaterales en las que todos parecen haber ganado algo, la oposición venezolana obtuvo la promesa de elecciones, el régimen logró el levantamiento de algunas sanciones internacionales para la venta de su petróleo y Estados Unidos -que no tiene relaciones diplomáticas con Venezuela pero sí una crisis migratoria en su frontera sur- consiguió el compromiso de Maduro de recibir vuelos con venezolanos deportados.
María Corina está convencida de que a todos les conviene una transición democrática en Venezuela. “Eso significa darle estabilidad a un país que se ha convertido en el refugio de los grupos criminales del mundo entero, que es aliado de Rusia, de Irán, de gestionar a Hamas (y) a la guerrilla colombiana”. Pero esa transición va a necesitar “el apoyo de las democracias del mundo”.
María Corina, de 56 años -y que en su momento se enfrentó en el Congreso al mismísimo Hugo Chávez diciéndole que “expropiar es robar”-, obtuvo el 92 por ciento del voto en las elecciones primarias para escoger al candidato único de la oposición. Participaron 2.4 millones de votantes. Eso para el régimen fue “demoledor”, según asegura. Por eso la atacan tanto.
En junio fue acusada, supuestamente, de corrupción y acciones contra la patria e “inhabilitada” para ejercer puestos políticos por 15 años. Pero ella niega los cargos y cree que, con la presión internacional, sí podrá seguir adelante. A finales de octubre, en otra maniobra para tratar de sacarla de la contienda presidencial, el Tribunal Supremo de Justicia “suspendió” los resultados de las elecciones primarias. Es difícil saber si podrá o no participar en las votaciones presidenciales. “Tú sabes que me han acusado de todo”, me dijo sonriendo, antes del anuncio del Tribunal. “Todas las acusaciones que han hecho en mi contra -la inhabilitación, etcétera- son decisiones políticas que se van a ir derribando”.
Las dos elecciones presidenciales en las que ha participado Maduro, en el 2013 y el 2018, fueron consideradas fraudulentas por la oposición y por organismos internacionales. ¿Qué les hace pensar que en el 2024 va a ser algo distinto?
“Nosotros no somos los mismos o hemos aprendido mucho desde entonces”, me aseguró. “Y entendemos que el régimen está, además, en su peor momento histórico. Perdió toda su base social, incluso su capacidad de represión en las bases de los cuerpos de seguridad”.
María Corina espera en Venezuela un escenario parecido al ocurrido en Nicaragua en 1990 cuando los sandinistas, que controlaban todo en el país, perdieron unas elecciones con vigilancia internacional frente a Violeta Barrios de Chamorro.
Al igual que ocurre con los atletas olímpicos o con las grandes estrellas de la música, antes del éxito hay que imaginárselo y trabajar duramente por años. Primero hay que convencerse de que el término “Presidenta María Corina” es posible. Y, sin duda, ella ya lo hizo. “Tengan la seguridad que con toda esta fuerza, con todos los acuerdos y negociaciones que se están dando, voy a inscribirme y voy a derrotar a Nicolás Maduro”, me dijo antes de despedirse. “Es un camino arduo. Pero para mí la victoria es un hecho”. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)

(Gregorio, Excélsior, Opinión, p. 10)