Hay una imagen que merece ser contemplada con detenimiento. Donald Trump, sentado ante su escritorio del Despacho Oval, firma con su trazo grueso y deliberado dos documentos en el mismo mes de enero de 2025.
En uno, suspende indefinidamente el Programa de Admisión de Refugiados de Estados Unidos —el mecanismo humanitario más importante del mundo occidental—. En el otro, autoriza el reanudo del envío de bombas de 2.000 libras a Israel para su uso sobre la Franja de Gaza, donde el 90% de la población ya ha sido desplazada, a menudo múltiples veces.
Nadie en la sala parece advertir la ironía. O quizás todos la advierten, y nadie dice nada.
Existe una larga tradición en la historia del poder que podría llamarse la contradicción conveniente: la de los líderes que generan crisis de desplazamiento masivo con una mano mientras, con la otra, sellan sus fronteras contra las víctimas que ellos mismos han fabricado. Es una arquitectura tan antigua como el Estado-nación, y tan vigente como el noticiario de esta mañana.
Hitler la perfeccionó entre 1933 y 1939; sus leyes raciales expulsaron a cientos de miles de judíos alemanes al mundo. En julio de 1938, cuando 32 naciones se reunieron en Évian, Francia, para discutir qué hacer con esos refugiados, ninguna quiso recibirlos. El rechazo del mundo le dio, en efecto, una coartada; nadie los quería. Él haría “lo necesario”.
La historia no perdonó a los que cerraron sus puertas en Évian. Y, sin embargo, la escena se repite.
Lo que hace singular el caso Trump no es la xenofobia, sino la escala y la simultaneidad de sus acciones. Según datos de Axios, Trump es ya el presidente de la era moderna con mayor número de ataques militares en distintos países; tres de esos países —Irán, Nigeria y Venezuela— nunca habían sido blanco de ataques estadounidenses. Así mismo, autorizó más bombardeos en 2025 que el presidente Biden en cuatro años.
Cada uno de esos frentes tiene un costo humanitario; Yemen lleva una década al borde del colapso. La operación Rough Rider de marzo de 2025 añadió más muertos y más desplazados a una cuenta que ya era incalculable.
En Gaza, la propuesta de Trump de reubicar permanentemente a 1.5 millones de palestinos en Egipto y Jordania —lo que organismos internacionales, con cuidado terminológico, llamaron “limpieza étnica”— fue rechazada por todos los países árabes; pero las bombas siguieron cayendo.
Al mismo tiempo, Trump desmanteló el 90% de los contratos de USAID —la agencia que financiaba el 47% de la ayuda humanitaria global—. La ONU advirtió que solo en Afganistán, entre 2025 y 2028, la ausencia de ese apoyo provocará mil 200 muertes adicionales.
En Myanmar, los refugiados perdieron el acceso al agua y los alimentos de un día para otro. En América Latina, programas de salud construidos durante décadas se cerraron en semanas.
La secuencia es perfecta en su perversidad: se generan las condiciones para el desplazamiento, se elimina la ayuda que sostenía a los desplazados y se cierra la puerta a quienes intentan llegar.
El desplazado como palanca
El mecanismo es: crear el problema, controlar la narrativa sobre el problema y usar a las víctimas del problema como instrumento político.
Lo que distingue a Trump de algunos de sus antecesores en esta galería es que opera dentro de una democracia que, en teoría, tiene frenos institucionales. Y que lo hace con una eficacia retórica que sus predecesores habrían envidiado: ha logrado convencer a una porción significativa de su electorado de que el peligro no son las siete guerras que financia o autoriza, sino la persona que huye de ellas y llega a la frontera sur con una solicitud de asilo.
Solo el 25% de los estadounidenses apoya sus acciones militares en Irán, según Reuters/Ipsos. El 56% cree que está “demasiado dispuesto a usar la fuerza”. Y sin embargo, la política antiinmigrante mantiene un apoyo que sus guerras no logran sostener.
Eso no es una paradoja. Es una estrategia.
Si el votante mira al sur —a la frontera, a los “invasores”, a la “amenaza”— no mira al este, donde las bombas caen. El refugiado en la frontera del Río Bravo es visible, fotografiable, aterrador en los mítines. El civil desplazado por un bombardeo en Saná o en Gaza es una estadística en un informe de la ONU que nadie lee.
Antes del fin
La pregunta que la historia siempre termina formulando —tarde, cuando el daño ya es irreversible— es la siguiente: ¿en qué momento decidimos que la persona que huye del fuego es más peligrosa que quien encendió la llama?
La Conferencia de Évian de 1938 nos dio una respuesta. No fue la que esperábamos. Ochenta y siete años después, el mundo vuelve a reunirse, vuelve a deliberar y vuelve a encontrar razones para cerrar la puerta. Los argumentos cambian, el resultado no. (Nadine Cortés, El Financiero, Opinión, p. 32)
El ataque contra Irán disparó alarmantemente el precio del petróleo —incumpliendo una bandera electoral central de los republicanos—, por lo que Trump tuvo que declarar el fin de la guerra. Hoy, sabemos que menos del 30 por ciento de los norteamericanos apoyan este movimiento militar.
Días después, con popularidad desgastada, Trump lanzó el “Escudo de las Américas”, como una nueva alianza hemisférica para combatir a los cárteles de la droga; otra bandera electoral.
Solo que lo hemisférico se redujo a gobiernos aliados o de derecha y excluyó, entre otros, a México, Colombia y Brasil.
Al excluirnos y mencionarnos como el epicentro de la violencia y del narcotráfico en la región, muchas voces han cuestionado si el “Escudo” será la pieza faltante para legitimar una intervención militar en México.
Irresponsablemente, esta narrativa está siendo arropada y difundida por distintos sectores.
En términos objetivos, a Trump le sobran intenciones para meter mano militar en nuestro país, mas no necesariamente razones.
Cierto que él mismo ha demostrado que no las necesita para consumar estrategias, pero tampoco apoyo o alianzas externas. Así como —por lo menos con Venezuela e Irán—, no anticipa y simplemente ejecuta.
Pero supongamos que existe un cambio de lógica y ahora necesita aliados. Si el objetivo real del “Escudo de las Américas” fuera construir una verdadera coalición operativa contra los cárteles, sería un error de diseño gravísimo excluir a México, Brasil y Colombia, pues son en donde se produce, transita y combate la mayor parte del mercado de drogas del hemisferio.
Las organizaciones criminales transnacionales no se desmantelan mediante alianzas simbólicas, intervenciones militares externas u operativos aislados.
El combate efectivo contra el narcotráfico, y Trump lo sabe, depende de inteligencia financiera, cooperación judicial y fortalecimiento institucional.
Nada de eso se construye excluyendo a los actores centrales del problema. Por ello, pienso que la exclusión no es un defecto del proyecto, sino su esencia.
Así, el Escudo de las Américas es una arquitectura de presión y una bandera política de fortaleza regional.
No es un acuerdo entre países, es símbolo de músculo sobre países como bandera electoral interna.
El nombramiento de Kristi Noem lo confirma. Noem fue removida de la Secretaría de Seguridad Nacional, uno de los puestos más sensibles de seguridad interna, tras una mala gestión.
Designarla después como rostro de seguridad hemisférica nos habla de la verdadera naturaleza política de la misma.
Nadie puede negar que México enfrenta una presión sostenida de Washington en materia de seguridad, extradiciones y control migratorio.
A ello, el gobierno de México ha respondido con resultados medibles en decomisos, detenciones y extradiciones. ¿Qué no hemos hecho? Permitir que Estados Unidos ejecute operaciones militares en nuestro territorio, ni lo debemos permitir.
Por eso México no está dentro de la alianza, pero tampoco es que esta sea en contra nuestra.
Además, la integración económica de México y Estados Unidos hace incosteable cualquier conflicto bilateral, por lo que esta teoría de posible intervención cae económicamente por sí sola.
Por supuesto, no es una buena idea para México, pero tampoco es sostenible electoralmente para Estados Unidos.
El verdadero desafío para México se traduce entonces en fiscalías con capacidad real de investigación; personas juzgadoras que puedan sancionar eficazmente a estructuras criminales complejas; e instituciones que no sean permeables a la corrupción.
Y justo ahí es donde la cooperación internacional puede ser genuinamente útil y cuyo ejemplo se demostró con el operativo de “El Mencho”.
El Escudo de las Américas no es una estrategia de intervención militar, es una jugada política con ropaje de estrategia.
Entender que hay muchos resultados pendientes por parte de México, pero aceptar que es insostenible que los haga alguien más, es nuestro punto de encuentro. (Alejandra Spitalier, El Financiero, Opinión, p. 32)
El Escudo de las Américas, alianza de Estados Unidos con 16 naciones de América Latina y el Caribe, redefine las relaciones de México con Washington y sus aliados: antes que un socio comercial o un alineado geopolítico razonable, nuestro país es considerado ahora el “epicentro” del “narcoterrorismo” que amenaza la seguridad nacional del vecino y sus seguidores.
Guatemala forma parte de esa subordinación a Estados Unidos, lo que hace que en nuestras dos fronteras tengamos fuerzas extranjeras comprometidas —no formalmente, hasta ahora— a participar en eventuales acciones militares contra los cárteles mexicanos identificados como “terroristas transnacionales”.
El pretexto lo ha construido bien Trump; aunque falta mucho por definir de esa alianza, por lo pronto se distinguen cuatro ejes: combate al narcotráfico y al crimen organizado, contener la migración de hispanos hacia Estados Unidos, contener la influencia de China en la región, y reforzar la hegemonía estadounidense en el continente.
Los dos primeros ejes entrañan peligros y amenazas directas a México, que hay que tomar en serio porque Trump tiene la costumbre de anticipar lo que quiere hacer, y ha reiterado su propósito de lanzar misiles a ubicaciones de los cárteles en varios estados de nuestra República que asegura conocer.
El tercer eje, el más importante en la geopolítica de Washington, es abatir la presencia de China en América Latina, región en la que el gigante asiático no se mueve con agresiones verbales, ni expulsando violentamente migrantes o aniquilando navegantes en el Caribe sin juicio de culpabilidad, ni mucho menos lanzando amenazas de imponer aranceles mercantiles a capricho; por el contrario, los bancos de China han otorgado financiamiento por más de 120 mil millones de dólares desde 2005 para el desarrollo de infraestructura en varios países, proyectos a los que otros inversionistas no les ven una tasa de utilidad atractiva.
China ha elevado sus intercambios comerciales con Latinoamérica de 12 mil millones de dólares que eran en el año 2000, a 518 mil 470 millones en 2024. Brasil, que junto con Colombia y México no participan en el «Escudo de América», exporta más a China que a Estados Unidos y a Europa juntos.
México también participa en esos flujos; de Asia provino, en 2025, el 44.98% de las importaciones totales del país.
La táctica de Trump es alinear a los gobiernos de la región con los que tiene identidad ideológica, pero no demuestra interés alguno en ofrecerles alternativas económicas para convencerlos de distanciarse de China; le basta con ostentar la superioridad de poder.
Además de acotar a China, se trata de afirmar la hegemonía estadounidense en la región para asegurar, por ejemplo, el acceso a minerales críticos —como tierras raras, litio, cobre, níquel, entre otros—; el gobierno de Trump ha hecho explícito que asegurar la disponibilidad de esos recursos de América Latina para industrias como la militar estadounidense, es una condición más de su seguridad nacional.
La revisión del T-MEC es el contexto en el cual, Trump se propone conseguir de México el más amplio acceso a recursos naturales, a los sectores económicos que nuestras leyes restringen a inversionistas extranjeros como energía, radiodifusión, transportes y varios más y, desde luego, acceso irrestricto al mercado que representa el gasto público.
La buena noticia es que el mismo proceso de revisión del T-MEC también da oportunidad al gobierno de México para valorar lo que ha significado el acuerdo de libre comercio de América del norte para el desarrollo de nuestro país.
Las cuentas son francamente negativas en términos de crecimiento económico, evolución tecnológica de la planta productiva, valor agregado nacional a las manufacturas de exportación, productividad y competitividad industrial, generación de empleos, salarios, bienestar de la población.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, vigente desde 1994, se firmó con la expectativa de que, aprovechando las ventajas comparativas de cada economía, se alcanzaría una integración comercial y productiva de México con Canadá y Estados Unidos que elevaría la competitividad de la región en la economía globalizada.
El problema de origen fue que la economía de México no tenía alguna ventaja comparativa frente al nivel de integración industrial y desarrollo tecnológico de las economías de Estados Unidos y Canada; sólo ofrecía mano de obra barata y disciplinada.
México arrancó con desventaja comparativa frente a los socios del TLCAN que quizás hubiera podido corregir una bien diseñada política industrial, pero desde 1982 se vivía la moda del neoliberalismo conforma a la cual, el Estado no debía interferir en el funcionamiento de los mercados con políticas sectoriales y menos con propósitos sociales.
La mejor política, se decía entonces, es la no política y, para ostentarlo ante el mundo se negociaron tratados de libre comercio con medio centenar de países a los que se les favoreció con una desgravación arancelaria que, como dice Marte R. Gómez, experto en comercio exterior, fue totalmente unilateral.
El resultado: un inmenso déficit comercial externo, crónico y estructural con el mundo. Dice R. Gómez que en 1993 el déficit fue de 15 mil 674 millones de dólares y para 2025 fue de 325 mil 330 millones de dólares; el déficit acumulado en esos 32 años es de 3 billones 658 mil 326 millones de dólares.
En otras palabras, para producir y exportar, la economía de México requiere importar bienes de capital y bienes intermedios que valen más que los productos finales que exporta. Tales productos, además, son en su mayoría vendidos por empresas trasnacionales que ensamblan o maquilan aquí partes producidas en otras regiones, como es el caso típico de las armadoras automotrices. Son esas empresas de ensamble y maquila las verdaderos beneficiarias del libre comercio.
El dato clave en la historia del TLCAN y sucedáneo, el T-MEC, es que mientras que en 1993 las exportaciones desde México contenían un valor agregado por la planta industrial y los trabajadores mexicanos del 58.8%, en la actualidad se estima que sólo aportan un 40%. El resto son componentes importados, riqueza, empleos y salarios generados en otras economías, lo que explica que el subempleo sea creciente y afecte a más del 50 por ciento de la fuerza laboral en nuestro país.
El TLC es la concreción de un proyecto neoliberal, instrumento del Consenso de Washington de 1982, hoy en descrédito como causante de desastres económicos, sociales por la concentración de riqueza e ingresos, y de la crisis ambiental.
Todo está en transición de cambios profundos; revisemos en México alternativas al Tratado de Libre Comercio de la América del Norte propuesto por Ronald Reagan, negociado por George Bush y firmado por Bill Clinton en 1994, porque el libre comercio no ha servido para transformar a México en una economía integrada, competitiva y generadora de florecientes clases medias. (Guillermo Knochenhauer, El Financiero, Opinión, p. 33)
Le decía que llama la atención que dada la relación compleja y diversa de México con Estados Unidos no exista gran interés por mejorar la percepción de nuestro país entre los políticos y tomadores de decisiones al otro lado del río Bravo.
El lobby o cabildeo es una actividad institucionalizada en Estados Unidos, de ahí que requiere su registro ante el Departamento de Justicia para gozar de legalidad.
Amablemente el investigador y experto en temas de comercio internacional, Jorge Molina Larrondo me comparte algunas cifras que confirman la poca importancia del gobierno de México por hacer lobby no obstante que un día sí y otro también, el presidente Donald Trump sacude al gobierno de nuestro país con sus declaraciones.
Me confirma que el año pasado los países que más invirtieron en cabildeo para hacer valer su voz en Washington fueron Arabia Saudita, China, Turquía, Japón, Liberia, Bahamas, Israel, Emiratos Arabes Unidos, Corea de Sur y Bermudas, todos básicamente por el tema de los aranceles recíprocos.
México no figura ni de lejos en el top-10 del año al reportar un gasto de poco más de 11.4 millones de dólares en lobby el año pasado que incluye la inversión pública y del sector privado que esta muy lejos de los 64 millones de dólares que invirtió Arabia Saudita y los 56 millones de dólares canalizados por China, por mencionar a los países más relevantes en esa actividad.
La secretaría de Economía que lleva Marcelo Ebrard Casaubón dirigió 2.9 millones de dólares a una firma de abogados, en tanto que la secretaría de Relaciones Exteriores de Juan Ramón de la Fuente puso apenas 400 mil dólares para la asesoría a los migrantes mexicanos ante las persecuciones del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).
Otros 1.5 millones de dólares los canalizó el Ayuntamiento de Los Cabos dada la creciente población de estadounidenses en Baja California.
Y bueno, habrá que contabilizar como le digo el lobby que realiza el sector privado mexicano que también debe ser registrado para que no sea catalogado como delito en Estados Unidos.
Ahora que los vientos políticos surcan Washington por ser un año electoral México se convierte en la piñata favorita para pegarle cuando la coyuntura lo amerite, así lo vimos el fin de semana pasado en Miami, lo que haría necesario pensar en un cabildeo más robusto y permanente con nuestro principal socio comercial ahora que se revisará el T-MEC.
Bancomext que lleva Roberto Lazzeri Montaño acaba de colocar con éxito certificados bursátiles por 12 mil 272 millones de pesos que servirán para financiar cadenas del sector exportador.
Victor M. Cairo, CEO de ArcelorMittal México concluye su periodo de dos años al frente de Canacero, su gestión tuvo como acento la defensa del sector ante las presiones de Estados Unidos que aplicó aranceles de 20 al 50 por ciento al acero mexicano.
CREATURISMO que es parte de Grupo CIE que comanda Alejandro Soberón Kuri se ha encargado del diseño y organización de los pabellones de México en FITUR (Madrid), TOP Resa (Francia) y WTM (Londres) con avances relevantes en la promoción de la industria turística.
Francisco Demesa, director de Natura & Avon asumirá la presidencia de la Cámara Nacional de la Industria de Productos Cosméticos y del Cuidado del Hogar (Canipec). (Rogelio Varela, El Sol de México, República, p. 6)