La violencia cuesta a Centroamérica 8% de su PIB, es decir, unos 20,000 millones de dólares; en el país es necesario desarrollar el sureste para vacunarlo de los efectos sociales centroamericanos, que son muchos y dolorosos
Independientemente del subdesarrollo que caracteriza a los países del Triángulo Norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador tienen la amenaza de terremotos y erupciones de volcanes, y si bien estos últimos representan una estética del paisaje son una zozobra para la población).
En el pasado, las erupciones de volcanes marcaron el territorio de estos países, particularmente de El Salvador y Guatemala.
La explosión de la caldera del volcán Ilopango tuvo consecuencias devastadoras en El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Y un terremoto destruyó la ciudad de Antigua, Guatemala, dejando vestigios de una ciudad maravillosa, motivo por el cuál tiene un gran turismo. En Guatemala se dice: “¿A dónde ir que no tiemble?”.
En México, el atraso económico del sureste mexicano se asimila mucho a los países centroamericanos. (Sergio Mota Marín, El Economista, Opinión, p.13)
¡Qué honor llamar a la gran CDMX nuestro nuevo hogar!
Con ese mensaje, el nuevo embajador de Estados Unidos en México, Christopher Landau, inició, hace unos días, su misión diplomática desde esta ciudad, su nueva casa, a la que ha enmarcado con importantes gestos de reconocimiento, respeto, afecto y admiración.
Por las venas del recién designado diplomático corre un sentimiento latinoamericano: Nació en Madrid, España, cuando su padre, George Walter Landau, era embajador en el país ibérico, pero de niño y luego como adolescente vivió en Paraguay, Chile y Venezuela.
América Latina y México no le son ajenos en lo absoluto, ya que, en sus estudios universitarios en Harvard, de dónde se graduó en Leyes con mención honorífica, obtuvo una certificación en estudios latinoamericanos. No sorprende, por tanto, que una de sus primeras declaraciones apenas arribó a México, fuera reconocer que entre Estados Unidos y México existe un “enorme sincretismo” a nivel económico, cultural y familiar. Sin duda un planteamiento que no se escuchaba tan directo de parte de un representante del gobierno de Washington en México, por la reticencia política a hablar de esa fusión histórica entre dos naciones, dos pueblos, dos culturas, dos mundos distantes que al final se descubren unidos. (Paola Félix Díaz, El Universal, Opinión, p.21)
Falta poco más de un año para la elección presidencial en Estados Unidos, pero cada día se caliente más el ambiente político en este país. Esta promete ser una elección sumamente reñida, incluso en lugares históricamente dominados por los republicanos.
En la víspera del debate demócrata en la ciudad de Houston, Texas, una encuesta publicada por Univision muestra que los hispanos están en posición de ser la fuerza decisiva en 2020 y que Texas podría ser la clave en su ofensiva.
La encuesta revela que el presidente Donald Trump es vulnerable en este bastión republicano, en el que no ha ganado un candidato presidencial demócrata desde hace más de 40 años. (Enrique Acevedo, Milenio, Opinión, p.3)
¿Por qué pesa más un acuerdo con el presidente de Estados Unidos que un compromiso con el pueblo de México?
El martes por la noche, luego de que las delegaciones de los gobiernos de uno y otro país se reunieron en Washington para revisar los resultados del acuerdo sobre migración firmado el 7 de junio, Donald Trump subió un tuit para celebrar que el número de migrantes indocumentados detenidos en Estados Unidos va drásticamente a la baja.
“¡Increíble progreso en la frontera sur!”, escribió. Y apoyó su dicho en una gráfica que daba cuenta de un descenso de 92.2 por ciento, de 119 mil 13 detenidos en mayo a 9 mil 292 en lo que va de septiembre.
Más allá de que Trump comparó los datos de un mes completo con los de una decena de días, su entusiasmo fue compartido por el canciller mexicano Marcelo Ebrard, quien afirmó el mismo martes que la estrategia para reducir los flujos migratorios que se dirigen a la frontera está funcionando.
Hace tres meses, México se comprometió a hacer precisamente eso para evitar la amenaza de Trump de imponer aranceles a todas las exportaciones mexicanas. Y vaya que ha cumplido.
El costo ha sido destinar de tiempo completo a varios miles de elementos de la Guardia Nacional, la Policía Federal y el Instituto Nacional de Migración para contener en los límites con Guatemala a centroamericanos y personas de otras regiones del mundo que buscaban transitar por México para llegar a EU y detener a quienes se habían internado en México antes de la firma del acuerdo, así como a quienes se colaron por nuevas y peligrosas rutas. (Pascal Beltrán del Río, Excélsior, Opinión, p.2)
Hace poco más de tres meses Donald Trump le puso una pistola en la cabeza a López Obrador: si no haces lo que queremos, voy a disparar aranceles a todas tus importaciones, lo cual tendrá terribles consecuencias para tu economía. Naturalmente, el Presidente mexicano se preocupó y envió corriendo a su canciller, Marcelo Ebrard, a Washington, a prácticamente aceptar todas las condiciones del gobierno estadunidense. No hubo aranceles, pero México se convirtió en el mentado muro de Trump y, para más dolor, los mexicanos lo estamos pagando.
Nuestro país se comprometió a parar la migración de centroamericanos, caribeños, africanos y asiáticos que atravesaban por territorio nacional para llegar a Estados Unidos y pedir ahí asilo. Detenerlos tanto en la frontera sur como en la norte. Para tal propósito, se garantizaron 25 mil elementos de la Guardia Nacional mexicana. Noventa días después de este acuerdo, Ebrard ha declarado el éxito de esta operación. Entre mayo y agosto disminuyó un 56% el flujo migratorio hacia el vecino del norte con sólo siete quejas de abusos a los derechos humanos. Y, lo más importante, es que se evitaron los aranceles con los que nos amenazó Trump.
¿Una victoria? Creo que el mayor éxito se lo llevaron Estados Unidos y su Presidente. No por nada, el miércoles, en un tuit, Trump nos puso estrellita en la frente a los mexicanos. Acompañada de una gráfica que reportaba, entre mayo y septiembre de este año, una disminución del 92% de los migrantes que se quedaban en Estados Unidos, Trump anunciaba el “increíble progreso que se está haciendo en nuestra frontera sur”. Sea la cifra de Ebrard o la de Trump, el hecho es que México le está haciendo el trabajo sucio a Estados Unidos al detener la oleada de migrantes. (Leo Zuckermann, Excélsior, Opinión, p 17)
Ayer, el presidente Donald Trump dijo que contraatacará con el poder bélico que Estados Unidos nunca ha usado antes, si el país sufre otro atentado como el ocurrido el 11 de septiembre de 2001.
Los ataques terroristas significaron una humillación de Al Qaeda a la nación más poderosa del mundo, cuyos servicios de inteligencia y de seguridad nacional fallaron al no prevenir la fatal amenaza.
La respuesta inmediata es que la Unión Americana sí se ha protegido mucho mejor y ha evitado ataques provenientes del exterior. Eliminó a Osama Bin Laden, debilitó a organizaciones terroristas, creó el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por su sigla en inglés) e incrementó la cooperación internacional. (Agustín Gutiérrez Canet, Milenio, Opinión, p.10)
Las imágenes son familiares desde hace más o menos una década: miles de centroamericanos apiñonados en el norte de México tratando de ingresar a Estados Unidos. No son ya, en su mayoría, mexicanos: son centroamericanos, al grado que este año, por vez primera, Honduras y Guatemala, con una población varias veces menor, están a punto de sobrepasar a México como la fuente más importante de la migración ilegal hacia Estados Unidos.
México tenía que poner un alto a la migración masiva y caótica de centroamericanos que atravesaban su territorio, vejados por la policía, extorsionados, secuestrados y asesinados por el crimen, como ocurrió en 2010, para vergüenza nuestra, en San Fernando, Tamaulipas, donde más de 70 personas fueron asesinadas, en su mayoría de Centroamérica. Había que proteger a los migrantes, castigar a los traficantes, reprimir a los criminales. Surgió así, en 2014, el Plan Frontera Sur, que ayudó a contener la inmigración, pero sin ofrecer garantías a los que tenían que volver a su lugar de origen. En Centroamérica están algunos de los países más pobres del mundo, los más pobres del continente: Nicaragua, Honduras, Guatemala, El Salvador. Pero lo que más afecta la vida en la región es la violencia. Los países con las tasas más altas de homicidio están ubicados en esa zona, encabezados por Honduras y El Salvador, y seguidos por Guatemala. La violencia, allá, está vinculada con el narcotráfico, con las maras, con la debilidad de los gobiernos, con la abundancia de armas. Los centroamericanos, víctimas también, sin saberlo, de la explosión demográfica, huyen de la miseria y la violencia de sus países para enfrentar el infierno en México, que desde hace cinco años los deporta masivamente, de acuerdo con el gobierno de Estados Unidos. Pero ellos vuelven a intentar salir, porque están desesperados. (Carlos Tello Díaz, Milenio, Opinión, p.12)
Ha bastado que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazara al Gobierno de México, que ahora dirige un clásico de la izquierda populista latinoamericana, Andrés Manuel López Obrador, con imponerle una batería de aranceles comerciales si no vigilaba mejor sus fronteras para que la policía de fronteras azteca se haya puesto las pilas. De julio a agosto, cuando se cumplía el plazo dado por la Casa Blanca, se ha detenido a más de 52.000 emigrantes, la mayoría centroamericanos, que trataban de llegar a la frontera del norte. La consecuencia inmediata es la reducción de las interceptaciones de emigrantes en suelo norteamericano, lo que indica una reducción del flujo migratorio. En efecto, si en mayo «la migra» había detenido a unos 144.000 ilegales, la última cifra disponible, referida a agosto, se ha quedado en 64.000 irregulares capturados. Muchos han conseguido pasar, pero Trump se da por satisfecho y considera que su política de mano dura, que incluye amenazas de corte de las ayudas financieras a los principales países emisores, como Honduras y Guatemala, está dando resultados. En México, dado que la izquierda exquisita está ahora al mando, no se escuchan demasiadas protestas, pese a que en algunos casos hay denuncias contra la brutalidad policial en el trato a los inmigrantes interceptados. Hay, también, otras víctimas, pero estas no son solo atribuibles a Trump. Se trata de los cubanos, que se han quedado sin las ventajas que tenían para establecerse en Estados Unidos tras los acuerdos que firmó el ex presidente Barack Obama con la dictadura comunista de los Castro. La restricciones, que entraron en vigor en 2017, han hecho que 18.000 cubanos se hayan visto rechazados en la frontera entre México y Estados Unidos, mientras que otros 37.000, que sí lograron pasar, están en trámite de expulsión. Lo que sí ha hecho Trump, también con amenazas de reimponer sanciones a La Habana, es intensificar las devoluciones a la isla de los residentes que habían conseguido escapar. Se ha pasado de 64 devueltos en 2016 a más de 800 en lo que llevamos de 2019. Malos momentos para echarse en balsa al Caribe. (Alfredo Semprún, La Razón, Internacional, p.5)
MÁS DE UNO se pregunta por qué el subsecretario para América del Norte, Jesús Seade, no acompañó a Marcelo Ebrard a la cita que tuvo en la Casa Blanca. No es la primera vez que se ausenta, según se dice en círculos diplomáticos.
DE HECHO, el funcionario se quedó para reunirse con un grupo de chicanos, en lugar de ir a un asunto clave de su agenda: la relación con Estados Unidos. Según las malas lenguas de la embajada mexicana en Washington, el negociador del T-MEC es muy bueno para los temas comerciales, pero no para los migratorios. ¿Será? (Fray Bartolomé, Reforma, Opinión, p.12)