Opinión Migración 121120

El Asalto a la Razón / Teléfono descompuesto

 

Aunque Joe Biden tomó la iniciativa, Andrés Manuel López Obrador desaprovechó una segunda oportunidad, si no para “felicitarlo” (y menos “reconocerlo”: no es su facultad), al menos para saludarlo, sin poner en entredicho la norma de no interferir en los asuntos internos de otra nación.

 

Hoy se sabe que el pasado lunes, mismo día en que platicaron el candidato ganador y el premier de Canadá, Justin Trudeau, “el equipo del virtual presidente electo se comunicó con la embajada de México en Washington para convenir una llamada telefónica con el presidente López Obrador sobre un eventual contacto entre ambos. La postura del gobierno mexicano de que va a esperar se informó por canales diplomáticos al equipo de Biden…”, reveló ayer El Universal.

 

La embajadora Martha Bárcena, tuiteó:

 

Hoy expliqué a interlocutores estadounidenses la posición del @GobiernoMX de esperar para felicitar al ganador de la elección presidencial en EU, por instrucciones del Presidente @lopezobrador y del secretario @m_ebrard.

 

La llamada tenía mucho sentido porque López Obrador es el mandatario de la tercera nación firmante del T-MEC.

 

Al respecto, una reportera le planteó este miércoles en la mañanera:

 

—Ya usted lo argumentó, pero ¿en qué momento aceptaría esta llamada, independientemente de que le otorgue la felicitación o no a Joe Biden? Me gustaría saber si estaría dispuesto a recibir esta llamada y cómo se estaría acordando esto con el equipo de Marcelo Ebrard. (Carlos Marín, Milenio, Opinión, p.7)

 

Sin Ataduras / Servir a mexicanos en el mundo

 

El personal del Servicio Exterior Mexicano, cuyo salario es cuestionado con la patraña de soslayar el alto costo de vida en el extranjero al equipararlo con el de México, cumple con la responsabilidad de brindar ayuda a mexicanos que procuran el bienestar de sus familias al enviar miles de millones de dólares en remesas.

 

Esta es la historia de un compatriota, cuya identidad se revela con su autorización, agradecido por la protección consular que recibió:    

 

El 3 de noviembre, el Consulado de México en Salt Lake City fue informado que el connacional Adrián Ruvalcaba Cerecer, originario de Los Mochis, se encontraba en custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en St. George, Utah.

 

De conformidad con la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares, cuando un mexicano es detenido en el extranjero tiene el derecho a que se notifique al Consulado su arresto. Sin embargo, en EU esto ha significado un desafío para los consulados, ya que algunas autoridades estadunidenses no siempre respetan este derecho.

 

En una llamada telefónica con el personal del Consulado, Adrián indicó que “tenía miedo”, ya que nunca había sido arrestado y no sabía qué hacer. Según su testimonio, su detención ocurrió cuando conducía un vehículo robado que un supuesto amigo suyo le había vendido. Resultó ser que el automóvil perteneció a un ex convicto, buscado por las autoridades para ser deportado. (Agustín Gutiérrez Canet, Milenio, Opinión, p.12)

 

¿A quién oye AMLO?

 

Estados Unidos celebró comicios electorales ejemplares. Que conste que no alabo su complejo sistema de Colegio Electoral y de democracia indirecta, sino el lograr la elección con mayor participación ciudadana desde 1908, en medio de la peor pandemia desde 1918.

 

Para quien la observó desde México, es incomprensible que no haya una autoridad central como el INE que organice la elección a nivel nacional. Lejos de eso, en Estados Unidos la organización se da a nivel de los condados y de cada estado, y éstos con frecuencia tienen reglas diferentes entre sí. En los últimos 200 años, ha habido más de 700 propuestas para enmendar o eliminar al Colegio Electoral, pero fracasaron porque -a pesar del apoyo de la mayoría de los estadounidenses- la enmienda constitucional requeriría del voto de los estados pequeños que se benefician de estar sobrerrepresentados en éste.

 

Cualquier acusación de fraude electoral raya en lo incoherente. De entrada, por lo difícil que sería hacer fraudes simultáneos en media docena de estados, algunos de ellos con legislaturas o gobernadores republicanos. Además, ¿por qué harían los demócratas un fraude para la Presidencia, sin aprovechar para ganar la mayoría en el Senado y para controlar legislaturas estatales? Perdieron esas dos elecciones. La Comisión Federal Electoral rechaza que haya evidencia alguna de fraude en esta elección. Los secretarios de Estado de estados republicanos y demócratas coinciden en avalar una elección limpia y sin problemas. Recordemos que Trump ya había dicho que perdió el voto popular hace cuatro años porque tres millones de inmigrantes indocumentados votaron ilegalmente por Hillary Clinton. Ahora lo perderá por quizá seis millones de votos. ¿Su gobierno dejó entrar a 3 millones de indocumentados nuevos? (Jorge Suárez-Vélez, Reforma, Opinión, p.13)

 

Desde a Fuera / Biden y sus problemas

 

La verdad es que Joe Biden está en una situación complicada, pero al mismo tiempo relativamente sencilla.

 

Simple porque sus planes de gobierno, detallados como son, podrían resumirse en pocas palabras. Una sobre todo: reconstruir.

 

El problema estará en cómo hacerlo.

 

Por un lado, la actual lucha política por lograr que Donald Trump reconozca su derrota es en su caso apenas el renovado prolegómeno de años de complicaciones y conflictos entre demócratas y republicanos, y en términos históricos de las que son ya décadas de pugnas y visiones divergentes del mundo.

 

Más allá, bien podría decirse también que los proyectos de Biden son en buena medida la restauración y modernización de programas de gobierno interrumpidos porque había que interrumpirlos. Pero van más allá: han pasado cuatro años y muchas cosas han cambiado.

 

Después de todo, cuando Trump llegó a la Casa Blanca pareció llegar con más ánimos de venganza personal y sin más plan que tratar de borrar los logros de su predecesor que propuestas reales, más allá del simbolismo de la aún inconcluso muro fronterizo o expulsar indocumentados e impedir la llegada de migrantes centroamericanos.

 

Eran planes como una reforma y expansión de programas de la salud que dieron acceso a millones de personas sin cobertura, o como el DACA, para aliviar la situación de alrededor de un millón de jóvenes, hijos de indocumentados, que crecieron en Estados Unidos. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Opinión, p.23)

 

Entre lo posible y lo real: política exterior de Biden

 

La llegada de un nuevo gobierno a la Casa Blanca ha creado expectativas de cambios en la política exterior de Estados Unidos. Para México, seguir el pulso de estos posibles virajes es particularmente relevante, de cara a nuestro principal aliado y socio comercial.

 

En un reciente artículo publicado en Foreign Affairs, el propio Joe Biden delineó sus prioridades de política exterior. Tal vez la más representativa es recuperar una diplomacia multilateral, en la que EU vuelva a participar activamente como líder del orden democrático–liberal global, en contraste con la actual política aislacionista.

 

No obstante, un cambio de gobierno no significa un cambio total de políticas, pues muchas de ellas tienen causas más estructurales que ideológicas. Así, también podemos esperar que continúen algunas medidas puestas en marcha por el presidente Trump. Un ejemplo es el conflicto con China en sus diversas aristas (comercial, político, tecnológico). También es probable que, si bien mejoren las relaciones con la OTAN, EU no quite el dedo del renglón sobre la necesidad de que sus socios europeos contribuyan más al esfuerzo de seguridad colectiva. La novedad será probablemente la postura frente a Rusia a quien Biden, a diferencia de Trump, considera una amenaza para el orden democrático-liberal.

 

Para México, la eventual llegada de Joe Biden a la presidencia abre la posibilidad de reencauzar la relación bilateral hacia sus mecanismos institucionales, además de revitalizar la agenda en distintas áreas, como la migración, la protección ambiental, el control del tráfico de armas y el debate sobre las drogas como un tema de salud, posiciones que favorece el nuevo presidente.

 

En principio, esto podría representar una ventaja para nuestro país; no obstante, debemos tener presente que EU tiene sus propios intereses, que no necesariamente coinciden con los de esta administración, como en el caso de las energías limpias. Esto no necesariamente vaticina un conflicto, pero una relación bilateral más activa requerirá también más trabajo diplomático para concertar acuerdos en favor de las dos partes.

 

La política exterior del demócrata abre oportunidades que México puede aprovechar. Sin embargo, sería ingenuo pensar que todas se cristalizarán en los hechos a partir del próximo 20 de enero. No se trata de dar por sentado que las cosas cambiarán por simple inercia, se trata de saber hasta qué punto podrían cambiar, si se dan las condiciones y si se trabaja por avanzarlas. (Claudia Ruiz Massieu, El Heraldo de México, Opinión, p.14)

 

Alhajero / Escala conflicto Ebrard-Bárcena

 

Y si algo se lleva con especial cuidado y secrecía, son los mensajes confidenciales que se cruzan entre las instituciones a cargo de la política exterior de cada Estado (léase Secretaría de Relaciones Exteriores, Departamento de Estado y equivalentes) y sus diplomáticos destacados en los distintos países.

 

¿Qué acabamos de atestiguar entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Embajada de México en Washington?

 

Vemos a un director de área (director general para América del Norte), dando instrucciones ¡a un embajador! Y por si fuera poco, al más importante en nuestras relaciones: el de México en Estados Unidos. (Martha Anaya, El Heraldo de México, Opinión, p.6)

 

Pensándolo Bien / AMLO vs. Biden, la catástrofe anunciada

 

La extracción social y política de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador no podía ser más distinta, sin embargo, en algunos aspectos parecerían haber sido separados al nacer. Corre entre ellos una empatía personal derivada de algunas identidades obvias: ambos se impusieron a la maquinaria política profesional de Washington y la Ciudad de México, impulsados por el resentimiento popular en regiones y grupos sociales desdeñados por el modelo de crecimiento y la globalización de los últimos años; ambos desconfían de los tecnócratas y los especialistas, los dos se inclinan por un retorno a los sectores productivos tradicionales, gustan de invocar el nacionalismo y ejercen el poder en términos de un liderazgo personal y voluntarista caracterizado por un recelo al entramado institucional.

 

Y si bien no hay que llevar demasiado lejos estas identidades, bastaron para establecer entre ellos una relación de amistad y apoyo mutuo, muy valorada por López Obrador. Una y otra vez el presidente mexicano ha destacado, con razón, que gracias a esta amistad se logró evitar el “huracán categoría 5” en contra de México que se había pronosticado por el arribo del empresario a la Casa Blanca. Lejos de eso, AMLO ha agradecido en público un par de intervenciones de Trump a favor de nuestro país.

 

Para el código de valores del propio López Obrador sería una ingratitud darle la espalda a su colega en los momentos en los que afirma haber sido víctima del proceso electoral. No sé si AMLO crea que, en efecto, hubo mano negra en contra del republicano, como éste afirma, o incluso si esa impugnación pueda mantenerlo en el poder. Lo dudo. Simplemente debe parecerle de mal gusto traicionar esa relación basada en un vínculo personal. Es eso lo que hay de fondo y no una teoría Estrada del respeto a los procesos internos de otros países, como AMLO ha argumentado, porque eso no le impidió felicitar a los presidentes electos de Argentina o Bolivia horas después de haber cerrado las urnas.

 

Los críticos de AMLO han querido ver en esta actitud una futura catástrofe para México. Me parece un exceso y delata, como en tantas otras cosas, un intento de utilizar cualquier controversia para llevar agua al molino del antilopezobradorismo. Es un desacierto diplomático, sin duda, pero se han exagerado por razones políticas las consecuencias que podría acarrear.

 

Está claro que Biden y López Obrador no serán amigos personales. Pero eso no significa que habrá represalias o se traducirá automáticamente en una actitud hostil. Biden es un funcionario profesional, seis veces senador y ocho años vicepresidente, lo cual significa que procederá a impulsar la agenda que le conviene a su país, a su partido y, sobre todo, a su reelección dentro de cuatro años. Es decir, “business as usual”.

 

El retorno de los demócratas tampoco supone por sí mismo un cambio radical para México. Por un lado, todo indica, los republicanos mantendrán el control de la cámara de senadores, lo cual acota significativamente los márgenes de la Casa Blanca. Por otra parte, el resentimiento de los 71 millones que votaron por Trump no puede ser ignorado si no quieren perder la presidencia en 2024. Ganaron ahora gracias a la recuperación del cinturón industrial tradicional que corre por Wisconsin, Míchigan y Pensilvania que Trump les había quitado. Es una región en la que abundan obreros molestos con el proceso de integración con México a quienes los demócratas tratarán de tener de su lado. Lo mismo sucede con los productores agrícolas de Florida, Georgia o Texas que buscan restricciones a las importaciones de su vecino del sur.

 

Es probable que en términos fronterizos y migratorios el arribo de Biden constituya una buena noticia para México y su gobierno; al menos nos libramos del chantaje permanente que significó la hostilidad y la volatilidad de Trump sobre el tema. Pero en cambio será un incordio para el gobierno de la 4T la inclinación del demócrata a los temas ambientalistas y su énfasis en las energías alternativas. Los enfoques ecologistas opuestos entre ambos gobiernos podrían ser una fuente permanente de conflicto. En un escenario positivo, podría influir favorablemente para que México matice su categórico y controvertido espaldarazo a los combustibles fósiles y contaminantes.

 

Si bien habría sido deseable una relación empática entre dos presidentes que serán colegas los próximos cuatro años, el distanciamiento de las cabezas no es del todo desfavorable: la relación tendrá que operar estrictamente sobre canales institucionales y al margen del riesgo de exabruptos voluntaristas. El propio Biden, cuando vicepresidente, encabezó comisiones para asuntos bilaterales y conoce bien esos canales. En ambos lados hay operadores, el canciller mexicano Marcelo Ebrard y la embajadora en Washington, Martha Bárcena, tan solo por hablar del lado mexicano, capaces de gestionar profesionalmente la compleja relación.

 

En muchas otras cosas es probable que las relaciones entre ambos países sigan siendo lo que siempre han sido: un entramado complejo entre dos sociedades unidas por una miríada de contactos, algunos simbióticos en ese tercer país que es la frontera de ambos lados. Un entresijo que parece seguir su propia lógica independientemente de quienes ocupen las respectivas sillas presidenciales. En otras palabras, los catastróficos augurios sobre la negativa de AMLO a reconocer a Biden alimentan el morbo del día, pero tendrán pocas repercusiones de fondo, por más que sus adversarios quieran engrosarle la factura al presidente mexicano. En eso también: business as usual. (Jorge Zepeda Patterson, Milenio, Opinión, p.10)