Opinión Migración 130126

Trascendió Puebla

Que algunos integrantes de la 4T son muy despistados o nomás se hacen, pues lejos de promover acciones o gestionar apoyos a la comunidad migrante, intentan sacar raja política. Una muestra son los diputados de Huauchinango, Miguel Márquez Ríos y Gissel Santander, quienes convocaron a un mitin en su tierra “para defender la soberanía mexicana ante las amenazas de Donald Trump”. Si bien, podría ser legítima su preocupación, también se siente como un intento de medirle “el agua a los camotes” de cara a 2027, aún y cuando su trabajo legislativo en Puebla y San Lázaro ha sido deficiente. (Trascendió Puebla, Online)

La Divisa del Poder / Pablo Gómez vs. la autonomía del INE, a pesar del discurso de Sheinbaum

“¿Quedó descartada una intervención militar de Estados Unidos (en México)?’’, le preguntaron a la presidenta Claudia Sheinbaum en la conferencia Mañanera, después de una llamada que tuvo con Donald Trump.

“Sí’’, respondió tajante.

Quisiéramos creer que así fue o así será, pero los acuerdos de hoy con Trump serán las amenazas de mañana.

Nada le garantiza a la Presidenta (ni al país) que Trump decida (cuando las encuestas no le favorezcan o cuando decida sembrar una distracción), recurrir a la amenaza militar.

Sheinbaum ya debe estar acostumbrada a los cambios de humor del mandatario estadounidense.

Se suponía que, luego de haber sellado la frontera sur mexicana para evitar la migración hacia el norte, el país recibiría mejor trato de sus vecinos.

Lo mismo cuando comenzaron a incrementarse los decomisos de droga, la destrucción de laboratorios clandestinos, o incluso cuando se le entregaron a manera de ofrenda varias docenas de capos, México habría hecho los méritos suficientes para ser tratado diferente.

Montado en su discurso de campaña, Trump ha arremetido en contra de los migrantes mexicanos con singular inquina, ha amenazado al Gobierno con aranceles a productos de exportación y blande como espada la posibilidad de no renegociar el tratado comercial trilateral.

Por eso el sí de Sheinbaum, siempre estará condicionado a los requerimientos políticos del vecino del norte, y eso no es nada bueno para el país. (Adrián Trejo, 24 Horas, México, p. 6)

Trascendió

Que la embajada de Estados Unidos en México, a cargo de Ronald Johnson, emitió una alerta para prevenir a potenciales migrantes a desoír videos por las redes sociales Facebook y TikTok en los que se promueve el cruce al norte por zonas seguras, libres de supervisión policiaca, con el uso solo de una escalera para librar el muro. El mensaje hace hincapié en que la frontera nunca había estado más vigilada, por lo que deben ignorarse los engaños de los coyotes. (Milenio, Al Frente, p. 2)

Duda razonable / Una llamada más… ¿Alcanza?

Bien dijo la Presidenta ayer después de su llamada con Donald Trump que “esto es permanente, ya llevamos casi un año de relación con el presidente Trump y ha habido sus momentos”.

Sí, y los seguirá habiendo.

Después del venezuelazo, era necesaria la comunicación entre ambos. Como ha sido necesaria en otros momentos de eso que Trump crea constantemente con amenazas y manotazos.

Ayer, según lo dicho por la Presidenta, la conversación se centró en la seguridad —al momento de entrega aún no teníamos versión de la Casa Blanca—. “Platiqué un poco del trabajo que hemos hecho en seguridad en México: los resultados —que son públicos— de la cantidad de laboratorios que se han incautado; el número de personas detenidas vinculadas con la delincuencia organizada; cómo han disminuido 40 por ciento los homicidios; el trabajo que se ha estado realizando conjunto, con base en el entendimiento, con respeto a nuestras soberanías. Y, al final, dijimos que vamos a seguir colaborando… Él todavía nos insistió en que ‘si nosotros lo pedíamos, que ellos podían ayudar en otros temas’. Le dijimos, ‘bueno, hasta ahora vamos muy bien, no es necesario. Además, está la soberanía de México y la integridad territorial’. Y lo entendió. Fue una conversación muy amable. Y acordamos que siguiera trabajando conjuntamente este Comité”.

Pero como lo he escrito en otras ocasiones, más allá de las declaraciones de Trump, no son las drogas lo que preocupa al presidente estadunidense, sobre todo porque en eso, como en el asunto migratorio, México le ha dado lo que pide en este año. El gabinete de seguridad, encabezado por Garcia Harfuch, tiene una relación constante con las autoridades estadunidenses, más allá si le llamamos colaboración, coordinación, actuación soberana; un problema binacional se enfrenta, ahora sí, no como el sexenio pasado, de manera binacional.

Pero el problema de México para este año no es el de las drogas. El asunto real es el del comercio, el Tratado, y la obsesión trumpiana para hacer del continente uno que responda, en esos temas, a sus deseos. Incluyendo, por supuesto, el del petróleo y el gas, los aranceles y el límite al comercio con las potencias asiáticas, sobre todo, China.

La pregunta es si hay un gabinete para esto, uno de verdad, más allá del secretario de Economía que, se supone, tiene otras chambas. Y no me digan que el embajador y el canciller… Por favor. Porque ese asunto, no se arregla con llamadas. No importa lo amables que sean. (Carlos Puig, Milenio, Al Frente, p. 2)

Sheinbaum-Trump: entendimiento temporal

Tras una breve llamada telefónica con su homólogo estadunidense, Donald Trump, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo aseveró que está descartada una intervención militar de Washington en México. En su conferencia de prensa matutina, la mandataria informó que se abordaron el respeto a la soberanía, seguridad y comercio, y dio a conocer que una vez más el neoyorquino le ofreció “ayuda” con el envío de tropas para combatir a los cárteles, propuesta que rechazó de nueva cuenta.

Aunque todo indica que la conversación discurrió en un tono cordial, de respeto mutuo y que de momento se encuentra apaciguado el afán del magnate por trasladar a nuestro país sus delirios bélicos, es evidente que la amenaza permanece latente. Así lo mostró la portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, al hablar de una “excelente conversación con la Presidenta de México”, para a continuación añadir que el principal objetivo de Trump “es frenar el flagelo del narcoterrorismo que está destruyendo comunidades en todo el país y está dispuesto a usar cualquier herramienta a su disposición para salvar vidas estadunidenses”. Horas antes, el secretario de Estado, Marco Rubio, instó al canciller Juan Ramón de la Fuente a fortalecer la cooperación contra “violentas redes narcoterroristas”.

Dicho lenguaje no habla de cooperación, sino de coerción: debe recordarse que en la legislación estadunidense calificar a una persona u organización de “terrorista” abre la puerta a acciones armadas por encima de las leyes locales e internacionales. De este modo, la errónea clasificación de las organizaciones criminales como terroristas no es una estrategia de combate al delito, sino un pretexto para el abuso de la fuerza, como se ha demostrado en el bloqueo homicida contra Cuba, la prolongada ocupación colonial de Afganistán e Irak, las ejecuciones extrajudiciales contra tripulantes de embarcaciones en el Caribe y el secuestro del presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro.

Mientras la Casa Blanca porfíe en la confusión del fenómeno delictivo y el terrorismo, y en tanto Trump ubique su “propia moralidad” como único freno a sus acciones, sin ninguna consideración por las leyes o los derechos humanos, ni México ni ningún otro país puede dar por sentado que se encuentra a salvo de agresiones por parte de Estados Unidos, un hecho que las autoridades deben tener presente en cualquier interacción con sus contrapartes de Washington. La cabeza fría y la habilidad para esquivar las provocaciones del magnate no pueden confundirse con ingenuidad respecto a las intenciones del republicano.

Por último, quienes justifican cualquier exceso en el nombre del combate al narcotráfico y las adicciones harían bien en recordar que Trump y sus antecesores no han usado “cualquier herramienta a su disposición para salvar vidas estadunidenses”: no han articulado una política medianamente coherente de prevención, no han actuado contra las farmacéuticas que provocaron la epidemia de dependencia a los opioides, no hacen nada para sacar a la luz y desmantelar a los grandes grupos criminales que operan en su propio territorio, toleran abiertamente el consumo de estupefacientes entre las clases medias y altas y, ante todo, promueven un sistema financiero y un entorno empresarial que han hecho de su país el mayor centro de lavado de dinero del planeta. En vez de “ofrecer su ayuda” para exportar una estrategia de violencia que nunca ha dado resultados en la reducción del narcotráfico, el trumpismo tendría que enfocarse en arreglar el desastre doméstico; por ejemplo, destinando al tratamiento de las adicciones las decenas de miles de millones de dólares que derrocha en cacerías humanas contra migrantes cuya única falta ha sido creer en el mito del sueño americano. (Editorial, La Jornada, Editorial, p. 4)

Astillero

EN LO INMEDIATO, la Casa Blanca no calificó negativamente la sesión telefónica con Sheinbaum (fue “excelente”, dijo la vocera del gobierno gringo), pero habrá que mantener la atención en eventuales filtraciones a la prensa “patriota” de Estados Unidos. Desde luego, se reconoció en ambos flancos que la conversación giró alrededor de asuntos de migración, seguridad y, sobre todo, tráfico de drogas, tema que provoca ensueño a los opositores por cuanto anhelan que implique no sólo acciones unilaterales en suelo mexicano, sino incluso incursiones estilo Venezuela para “extraer” a personajes 4T de primer o segundo nivel (es decir, federales o estatales, del pasado y el presente). (Julio Hernández López, La Jornada, Política, p. 8)

El orden de la fuerza

Durante más de un siglo, Estados Unidos ha violentado a América Latina y a otros muchos espacios de la geografía del mundo: el atraco brutal contra Venezuela no es una novedad, aunque ha vuelto el lenguaje desquiciado imperialista en grado extremo. Nadie ha sido más nítido que Stephen Miller, consejero superior de Donald Trump durante 2017-2021, ahora subdirector del gabinete de políticas de la Casa Blanca, vuelto principal ideólogo del actual gobierno. Este individuo es atrozmente hostil al multiculturalismo, es así, por tanto, favorable a una idea etnocultural de Estados Unidos, y asume y presume una crítica frontal del liberalismo. Dijo el pasado lunes 5 en entrevista con CNN: “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real…, que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.

Miller, que estudió filosofía, argumenta que la fuerza domina y ha dominado en el mundo en cualquier época. Entre los humanos ocurre lo que en el reino animal en general: el más fuerte domina y el pez grande se come al chico. Está en la naturaleza de los seres vivos sobrevivir a expensas de la vida de los otros. No hay más. Este gorila ignora que vive inmerso en las relaciones sociales del capital; como otros ideólogos, naturaliza las relaciones sociales que han organizado a los humanos, y proclama una visión bárbara sobre qué es la sociedad humana.

Donald Trump sigue esas ideas. “No necesito el derecho internacional”, justificó el pasado 8 de enero en una entrevista sobre el uso de su fuerza incontrastable en Venezuela y sobre lo que puede venir para Groenlandia. No hay nada que lo detenga, sólo “mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”: así habla de su fuerza (militar y policial). Esa vileza es el sostén de su chulería criminal jactanciosa.

Trump tampoco “necesita” el derecho interno de Estados Unidos y, por tanto, persigue como un cafre kukluxklanesco a los migrantes, que son encarcelados, echados con humillación de Estados Unidos, o asesinados, como fue asesinada la ciudadana Renee Nicole Good por agentes del ICE, debido a su gesto de desacuerdo con la política trumpista. Hay ahora un antes de Trump y un después insólitamente incierto. Trump quiere ser el peor de todos los tiempos.

Trump secuestró al “dictador” Maduro, pero no para restablecer la democracia, tema que le es ajeno. Tampoco es claro que el petróleo sea el móvil primordial de su barbarie. En 2023, Estados Unidos ya era el tercer exportador de petróleo del mundo, sólo después de Arabia Saudita y Rusia. No necesita ese petróleo. Y, al precio medio actual de 56 dólares por barril, no resulta rentable para las empresas gringas extraer el petróleo bituminoso de Venezuela. Esas empresas no se tropezarán por llegar con sus inversiones al país atracado.

Además, una oferta mayor de crudo en el mercado internacional abatiría aún más los precios, y no hace sentido económico guardarlo. Al mismo tiempo, el avance del mercado de los autos eléctricos agregará su propio efecto adverso a la refinación del crudo. Apropiárselo para que nadie más pueda disponer de él, sí tiene sentido trumpiano.

Trump entiende que Estados Unidos no puede ser la fuerza que domine todo el planeta. Es él quien ha estado delimitando los espacios, dejando a China y Rusia los suyos. Quiere ser dictador absoluto en Occidente. Ese objetivo es coherente con su atraco de Venezuela. Lo es asimismo su propósito de arrebatar para sí a Groenlandia. Trump también quiere eliminar del mapa a las izquierdas de América Latina: sólo derechas como parte de la creación de su dictadura. La amenaza pende sobre Cuba y Nicaragua. El amago a México no cesa. Le disgusta el gobierno de Colombia. Y respalda a Javier Milei y a Nayib Bukele, a Noboa en Ecuador, a Nasry Asfura en Honduras, “ganó” en Chile. Con Brasil la tiene más difícil.

El afán del imperialismo gringo está llevando al mundo a un riesgo creciente: Trump quiere un presupuesto militar para 2027 de 1.5 billones (en español) de dólares, un aumento de 50 por ciento respecto a 2026: ¿tercera guerra mundial? Un tercio de los electores gringos es la base política supremacista de Trump: ¿qué harán los demás?

Pero Trump no podrá gobernar a las sociedades de América Latina, que ha definido como su dominio. Mucho menos si lo que aquí emprenda no puede ser sino más agresión, más insultos, más discriminación, más robo. ¿Puede Venezuela ser gobernada por Estados Unidos? Ya sabe Trump que no puede: el secuestro del presidente Nicolás Maduro no equivale, ni mucho menos, al aniquilamiento del régimen político creado por Hugo Chávez y el movimiento chavista. Venezuela, con su democracia popular compuesta por 49 mil consejos comunales, urbanos y rurales, constituidos por elección popular, conforman una sociedad organizada frente a la cual el mayor imperialismo de la historia poco puede hacer. Habrá millones de latinoamericanos maltratados, pero fuera del alcance de la dictadura trumpista de Occidente en términos de gobierno.

Trump quiere eliminar del mapa a las izquierdas de América Latina: sólo derechas como parte de su dictadura. (José Blanco, La Jornada, Opinión, p. 12)

Rozones

Atando cabos con el alcalde sin visa

Nos informan que la decisión del exalcalde morenista de Puerto Peñasco, Sonora, Óscar Eduardo Castro, de renunciar a su cargo, levantó mucho polvo, ruido y sospechas. Y es que, se comenta, no cabría duda en sus motivos de salud para dejar el ayuntamiento si no hubiera estado en el centro de la polémica recientemente. Hay que recordar que el año pasado las autoridades estadounidenses le revocaron su visa, después de que intentó cruzar a ese país, acompañado de su familia. Aunque, como otros funcionarios mexicanos que pasaron por las mismas, él se escudó en que el incidente respondía a cuestiones meramente administrativas, muchos subrayaron con rojo que la revocación del visado fue porque el edil enfrenta una investigación en curso, algo que hasta el momento no se ha podido demostrar. Entre tanto, dicen que en lo que sí estuvieron de acuerdo muchos sonorenses es que, como dijo él mismo ayer, Puerto Peñasco necesita un alcalde con energía, presente y de tiempo completo. (Rozones, La Razón, LA DOS, p. 2)

Café Político

Notas en remolino

Como muestra del fracaso de la política migratoria de Washington, está la instrucción de detener, indiscriminadamente, a cualquiera que le vean apariencia de ilegal. (José Fonseca, El Economista, Política y Sociedad, p. 31)

El privilegio de opinar / La moral de Trump: arma de destrucción masiva

Damas y caballeros, prepárense porque el inquilino anaranjado de la Casa Blanca ha emitido una declaración que merece estar en el Museo del Terror: Donald Trump asegura que lo único que puede frenar sus desvaríos geopolíticos es su propia moral. Sí, leyó bien: no la ley internacional, ni el derecho, ni el sentido común, sino su propia moral interna.

No es de sorprender entonces que, con esa brújula moral propia de un GPS descompuesto, Trump –pirado, pirata del Caribe– se haya autoproclamado presidente provisional de Venezuela, por supuesto que sin dejar de serlo de Estados Unidos, a donde llevó, después de secuestrarlo, a Nicolás Maduro para juzgarlo; todo con la complacencia y el aplauso de los petroleros multimillonarios y las insaciables corporaciones.

Una versión ridícula de la vieja Doctrina Monroe -ese documento de 1823 que originalmente advertía a potencias europeas que no se metieran con las Américas– ha sido rebautizada por analistas políticos y críticos como la “Doctrina Donroe”, el corolario Trump que a la letra dice: “Europa no puede meterse y nosotros podemos apoderarnos de lo que nos dé la gana”. Esto implica: amenazar con tomar Groenlandia -y que los groenlandeses respondan: “Gracias, pero no queremos ser norteamericanos ni daneses: ¡queremos ser groenlandeses!”; conminar a Cuba a alcanzar un acuerdo “antes de que sea muy tarde”; y amenazar con golpear o intervenir en otros países -como si tuviera una suscripción abierta al Netflix de las invasiones.

¿Y el narcotráfico? El elefante que nadie quiere mirar. Trump señala con el dedo una y otra vez el problema del narcotráfico (que en buena parte es resultado de años de demanda interna en EU); habla de droga, pero parece que lo que menos le interesa es combatir el narcotráfico, sino usarlo como pretexto para ejercer presión sobre países como México y Colombia. Mientras él grita que va a salvarnos de la “epidemia de drogas” las estructuras del narcotráfico siguen intactas, sólo son parte del discurso político para justificar injerencias. Trump usa el terrorismo y el narcotráfico como excusas para imponer su agenda global con moral a la carta.

Pero no todos los estadounidenses están orgullosos del ridículo y arriesgado espectáculo que su presidente está ofreciendo al mundo. Las protestas contra la brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) como el asesinato de una mujer, Renee Good, en Minessota, han provocado que decenas de miles de personas de ciudades y pueblos estadounidenses hayan salido a la calle el sábado y domingo pasados para protestar por la política migratoria. La comparación del ICE con la Gestapo que circula en redes no es exagerada, ya que éste actúa con total impunidad, reprimiendo disidencias en vez de proteger derechos.

Muchos miembros del Partido Republicano que aún se consideran conservadores con sentido común, están viendo con alarma que el trumpismo no es una corriente política, sino una máquina que podría arrastrar a su país al aislamiento internacional o a la confrontación mundial y a su presidente a un juicio político en caso de perder la elección intermedia. Si Trump es derrotado en las urnas, los propios republicanos que aún creen en el sistema temen que los supremacistas y extremistas se queden sin su escudo político lo que alimentaría el caos y la lucha interna en el partido.

Hombres y mujeres de buena voluntad nos preguntamos: ¿Qué busca Trump con todo esto? ¿Salvar al mundo del terrosismo? ¿Combatir las drogas? ¿Hacer justicia? No. Lo que Trump busca es algo más simple -y peligroso-: control, poder simbólico y recursos estratégicos, todo envuelto en una narrativa moral propia que dice “yo sé lo que es justo” -aunque nadie más lo entienda.

Su objetivo no es la soberanía latinoamericana, ni erradicar el crimen organizado; sino la dominación hemisférica que pone bajo su mando lo que otros países quieran ofrecer o lo que él decida tomar. Y todo esto, con su moral como único freno. ¡Gulp! (Manuel Ajenjo, El Economista, Política y Sociedad, p. 32)

Alegatos/ La no intervención y sus contradicciones

El principio de no intervención que contempla el artículo 2.4 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas no da margen alguno a interpretaciones: los miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.

Como la propia disposición lo indica, la no intervención está sujeta a una condición: que el uso de la fuerza contra la integridad de un Estado miembro se ejerza de forma incompatible con los propósitos que tutela la Organización misma. Ello abre una interrogante inevitable, pues si el uso de la fuerza internacional se realizara precisamente con el propósito de satisfacer los fines que persiguen las Naciones Unidas, ¿podría entonces considerarse legítimo?

El derecho es, por naturaleza, lógico y profundamente humano. Las normas de conducta que lo integran no son estáticas: evolucionan y se adaptan a la realidad que les da forma. En ese sentido, resulta inevitable preguntarse cómo debe interpretarse un principio concebido en junio de 1945, a ochenta años de distancia y frente a una realidad internacional radicalmente distinta. ¿En qué momento el combate contra la delincuencia internacional en un territorio extranjero empieza a ser una intervención?

En el contexto de las acciones militares desplegadas en Ucrania y Palestina, el uso de la fuerza empleado por los Estados Unidos de América para someter a Nicolás Maduro el pasado 3 de enero vuelve a colocar sobre la mesa interrogantes vigentes y de enorme relevancia.

No parece necesario abundar en explicaciones para sostener que Venezuela ha estado sometida, durante los últimos veintiséis años, a un régimen dictatorial de carácter criminal. Basta observar el fenómeno migratorio que ha atravesado —con una diáspora que alcanza a cerca de un tercio de su población— para constatar que el rumbo seguido por su gobierno ha sido profundamente nocivo para su pueblo.

La pregunta, entonces, es inevitable: ¿debe la comunidad internacional conducirse de manera contemplativa frente a las dictaduras regionales aún existentes, como lo ha hecho hasta ahora, con el solo propósito de no quebrantar el principio de no intervención? ¿Es de esperarse que la comunidad internacional sea indolente frente al sufrimiento de los pueblos para preservar el principio de no intervención?

Si hay un tema sobre el cual el planeta haya avanzado notablemente durante la última década, ha sido en el esfuerzo colectivo por hacer efectivos los derechos de igualdad de los pueblos y de los individuos, y el respeto por los derechos humanos. Como nunca antes, el Estado moderno ha impulsado y tolerado el crecimiento de tecnologías de la información que facilitan la libre expresión de las ideas, sin restricciones.

Frente a un régimen que ha arrebatado la paz y la libertad a su pueblo, otros principios contenidos en la misma Carta de la Organización de las Naciones Unidas que determina la no intervención, no pueden pasar inadvertidos: conforme a su artículo 1.3, es propósito de la Organización el de la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión.

Con la finalidad de proteger el propósito de la Organización de las Naciones Unidas, de respetar los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos los ciudadanos del mundo, los Estados parte deberían de haber tomado parte, desde hace mucho tiempo, en la solución de los problemas que aquejan a muchos países en los que, sus gobiernos, han arrebatado la paz, la libertad y la estabilidad a los ciudadanos. No existe perspectiva alguna del derecho que legitime la imposición del principio de no intervención para proteger dictaduras y provocar los fenómenos de migración que asfixian al mundo.

No puede invocarse el derecho para tutelar gobiernos que conducen su política y sus acciones fuera de los cauces democráticos y fuera del derecho mismo. La materialización del derecho de autodeterminación de los pueblos, no debe supeditarse a un necesario baño de sangre para restablecer la gobernabilidad de una Nación. Cuando el gobierno se hace del poder constitucional y las fuerzas armadas para cometer delitos contra su propia población, como sucede en muchos lugares, el derecho no debe de ser un obstáculo para liberar de su yugo a un pueblo.

Es cierto, y es justo reconocerlo, que ninguna persona puede hacer justicia por propia mano ni emplear la fuerza con ese propósito, pues ello conduce irremediablemente a la guerra y a la barbarie. No obstante, resulta igualmente inmoral suponer que el mundo entero deba abstenerse de actuar y cooperar para liberar de su destino a un pueblo engañado y sometido, cuando es evidente el uso del poder con fines contrarios a los derechos humanos más elementales.

Puede afirmarse contundentemente que es un principio general del derecho que, quien tiene conocimiento de un delito, tiene el deber jurídico y moral de denunciarlo. Asimismo, quien tiene la fuerza para detener a un delincuente y proteger a la víctima, tiene el deber moral de hacerlo.

Esa analogía, que se desprende de la lectura misma de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, se entiende como un principio de paz y de gobierno en nuestro régimen constitucional y en el de todos los países civilizados.

Ante el rompimiento de la paz y la violación sistemática de los derechos humanos en el régimen interior de cualquier país; ante la destrucción oprobiosa de las instituciones diseñadas para garantizar los cauces democráticos mediante los cuales se expresa un pueblo; ante el apoderamiento corrupto de las fuerzas armadas y la simulación permanente de respeto al orden constitucional, la comunidad internacional no sólo tiene un deber moral, sino una obligación derivada del derecho internacional, de intervenir oportunamente y detener el sufrimiento de un pueblo. No hacerlo en nuestros días nos exhibe como una sociedad tan globalizada…como hipócrita. (Antonio Cuéllar Steffan, El Financiero, Opinión, 26)

Sextante / ¿Valentía, negocios o… locura?

La aurora de México, nuevo bastión de libertad hoy amenazada.

Paradoja: la terrible amenaza al orden mundial de hoy tiene una versión noble. Cervantes imaginó a un personaje, abrazado por cierta locura, dispuesto a dejar la vida por perseguir ideales, una locura bondadosa. Pero la historia denuncia otra lectura: los horrores que la locura ha traído al mundo. La RAE no hace concesiones, define locura como “privación del juicio o uso de la razón (sinónimo de demencia, enajenación, insania)… Despropósito… fanatismo extremo…”. Pero el uso social es muy tolerante: “Está loco por su mujer”, “es un loco adorable”. Concedemos a la locura la posibilidad de que sea benéfica. Pero esa laxitud no debe trasladarse a los gobernantes. De ellos debemos exigir cordura, sin margen: “…Cualidad de ser cuerdo, es decir tener prudencia, sensatez y buen juicio”, justo lo opuesto a la locura. Gobernantes dominados por la locura ha habido y muchos. Pensar “fuera de la caja” genera ilusiones que los sensatos no lanzan. La locura es popular. Milei, uno de los casos más recientes.

A los locos no todo les sale mal, no están condenados al fracaso, ahí el riesgo. Cierta dosis de locura amplía el espectro de las ideas. Pero, queda claro, esos “éxitos” son sólo de corto plazo. La insensatez no trae beneficios perdurables. ¿Entonces, cuál es el límite? Hitler, Mussolini, Stalin, Pol Pot, Franco o Perón y muchos más, llevaron a sus naciones al abismo. Pero en democracia esa posibilidad, un gobernante, está incluida.

En los últimos días el mundo es testigo de actos que desnudan la insensatez que gobierna a EU: decapitación en Venezuela violando todas las normas y recibe aplauso; amenazas a la Unión Europea y Rusia; a Irán con ataques ”como nunca antes”; a Cuba; a México por tierra; Groenlandia “por la buena o por la mala”; captura o destrucción de barcos en aguas internacionales. Pero quizá la acción menos espectacular, pero más dañina para la humanidad, sea el retiro de Estados Unidos de muy diversos programas con visión global –alrededor de 60– del sistema de la ONU. Desde la atención a niños con riesgo de VIH, hasta cambio climático. El argumento central, los costos: todo el sistema demanda de Estados Unidos alrededor de 20 mil mdd. El gasto militar en Estados Unidos en 2026 será de alrededor 900 mil mdd, o sea 45 veces más.

A Estados Unidos lo gobierna un demente que está poniendo en riesgo el orden mundial. Los contrapesos de una de las grandes democracias no están funcionando. Los riesgos de la insensatez incluyen a su propio país. Un ejemplo, si no somos capaces de detener el calentamiento global, las consecuencias para las dos costas serán devastadoras. Lo mismo con la posibilidad de nuevos tipos de pandemias. Cortar los apoyos a las universidades y centros de investigación con la mayor potencia en capacidades humanas en esas labores, es suicida. ¿De qué sirve ser muy rico, si no se puede salir a la calle o ver amigos o se teme por la vida?

La locura de Trump, ha quedado al desnudo. Aunque algunas de sus acciones en el corto plazo le traigan aplausos, está condenando a su país a vivir en un mundo inestable y hostil. Mal negocio. La comparación es inevitable, cómo es posible que una de las naciones más educadas del mundo –Alemania llevó a Hitler al poder– es hoy prisionera de la locura: “Mi propia moralidad. Mi propia conciencia. Es lo único que puede detenerme”. Un autorretrato dramático para la historia. El ICE incendiando decenas de ciudades. Pedirle a Corina Machado que le ceda el Nobel. Locuras con consecuencias: la persecución de migrantes ya encarece los alimentos. Los odios que está desatando, pueden provocar actos terroristas, poner en peligro a los pasajeros de aviones, barcos, o trenes subterráneos de Estados Unidos. También agresiones a sus ciudadanos en el mundo.

Trump no es valiente, es temerario y el mundo se sacude. (Federico Reyes Heroles, Excélsior, Editorial, p. 10)

La palabra que desató el enojo de Trump con México

Fue en general el tono del comunicado, pero sobre todo el verbo que utilizó el gobierno en su encabezado: “México condena intervención militar en Venezuela”, publicó la Cancillería mexicana en respuesta a la intervención militar estadounidense en Venezuela y la detención del presidente Nicolás Maduro. El comunicado fue publicado por la presidenta Claudia Sheinbaum en sus redes sociales y reiterado en público.

En el lenguaje diplomático anglosajón el verbo “condenar” –to condemn– cuando es empleado por un Estado contra otro, tiene un peso mucho mayor que expresiones como “rechazar” o “expresar preocupación” –to regret o express concern–. La palabra implica censura política y moral explícita. En Washington, ese término se leyó como un señalamiento directo a la Casa Blanca, y habría sido uno de los detonantes del enojo de Donald Trump contra México, según fuentes gubernamentales.

Poco después vino la reacción. El presidente estadounidense afirmó públicamente que la presidenta Sheinbaum “estaba preocupada” y que “tiene un poco de miedo sobre los cárteles controlando México”. Y remató con una frase que elevó la tensión: “No es agradable decirlo, pero los cárteles gobiernan México”. Días después, el tono subió aún más cuando, en entrevista con Fox News, Trump lanzó una advertencia más incendiaria: “Vamos a empezar a atacar en tierra en lo que se refiere a los cárteles”.

Ese fue el contexto de la llamada entre Trump y Sheinbaum de este lunes. Según lo informado, la conversación duró alrededor de 15 minutos y logró desactivar, al menos por ahora, la amenaza de una intervención militar. Sheinbaum llegó con datos duros: cifras de detenciones de alto impacto, desmantelamiento de laboratorios clandestinos de fentanilo, decomisos históricos de droga y aseguramientos recientes. El mensaje fue el que ha dicho decenas de veces en público: de cooperación y resultados, pero sin espacio para la intervención.

Un factor que jugó a favor de la presidenta fue el tono. El temple de Sheinbaum, su dominio del inglés y la claridad con la que expuso los datos generaron confianza en Trump, quien, según fuentes cercanas a la conversación, se mostró particularmente amable durante el intercambio. La propuesta de apoyo directo de Estados Unidos sobre territorio mexicano quedó sobre la mesa, fue agradecida, pero rechazada de manera firme. “Cooperación sí; tropas, no”.

Se trata de la llamada número 15. Desde noviembre de 2024, tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, el contacto ha sido constante y, en muchos casos, reactivo a presiones comerciales o de seguridad. Ocho de esas llamadas se concentraron entre el primer semestre y el verano de 2025, en medio de amenazas arancelarias, negociaciones contrarreloj y el tema recurrente del fentanilo y la migración. Varias más ocurrieron fuera del reflector, como parte de una estrategia de contención diplomática.

Posdata 1

Tras las llamadas del canciller Juan Ramón de la Fuente con el secretario de Estado, Marco Rubio, y la conversación directa de la presidenta Sheinbaum con Trump, se acordó la visita a México del director del FBI, Kash Patel, en las próximas semanas. El movimiento se inscribe en la nueva fase de cooperación en materia de seguridad.

Patel recibió al secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, y a otros funcionarios mexicanos en la sede del FBI, en Washington, en marzo de 2025, lo que refuerza la relación entre el gobierno mexicano y la agencia estadounidense.

En paralelo, Sheinbaum informó que el 22 o 23 de enero volverá a reunirse en Washington el grupo bilateral integrado por altos funcionarios de ambos países para dar seguimiento a los temas de seguridad y economía compartidas. Se trata de una mesa de alto nivel destinada a revisar compromisos, coordinar acciones y dar continuidad política a los acuerdos alcanzados en las últimas semanas.

La presidenta también señaló que en la llamada con Trump quedaron pendientes dos asuntos centrales: las inversiones y la situación de los migrantes mexicanos en Estados Unidos. Ambos temas, dijo, se abordarán en una conversación posterior con el mandatario estadounidense, lo que anticipa una agenda bilateral escalonada, con la seguridad como punto de partida y la economía y la migración como los siguientes frentes de negociación. (Mario Maldonado, El Universal, Nación, A7)

¿Regresa el fascismo?

En una exposición llamada El Caleidoscopio en el museo Bass de Miami, hay una idea interesante: “Rara vez, la historia se desarrolla como un relato único y unificado. Con el tiempo, relatos parciales, superpuestos y a menudo contradictorios del pasado se acumulan para formar una narrativa histórica”. ¿Cuál es la narrativa que se genera en torno al trumpismo? Aquí una hipótesis.

Con los últimos acontecimientos de lo que pasa en Estados Unidos con su temible ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), y con el golpe a Venezuela y a Maduro, se han formado diferentes narrativas completamente contrapuestas. El asesinato de Renee Nicole Good, mujer norteamericana de 37 años, a manos de un agente del ICE, cimbró al país porque mostró prácticamente en tiempo real estos hechos. Las autoridades federales del trumpismo rápidamente salieron a mentir sobre ese asesinato, pero los videos, las redes y el periodismo de investigación no dejaron ninguna duda sobre cómo habían sido los acontecimientos en la nevada ciudad de Minneapolis. Las autoridades locales protestaron y demandaron el retiro de las fuerzas federales.

Alrededor de este asesinato se han multiplicado las escenas de rechazo al ICE, una suerte de policía muy agresiva en contra de migrantes y de ciudadanos norteamericanos. Todos los días se ve el repudio hacia estos agentes, en iglesias, restaurantes y en las calles de las principales ciudades que han sido declaradas santuarios (Chicago, Los Ángeles y otras). Violencia excesiva, rompimiento de derechos y una creciente división social, no solo por las arbitrariedades de esa agencia, sino por la polarización social que genera.

En octubre pasado, la revista digital El Diluvio realizó una entrevista a un especialista en temas de fascismo y populismo, Federico Finchelstein, autor del libro: Del fascismo al populismo en la historia (Taurus, 2017). En la entrevista, el autor analiza cuatro rasgos que caracterizan al fascismo como un sistema anticomunista y antiliberal que se mueve en los extremos del nacionalismo. 1) Se caracteriza por una práctica de violencia y una militarización de la política. Esa doctrina considera que la violencia crea poder, al revés de los sistemas democráticos, que son más poderosos cuando no ejercen violencia. Durante la campaña por la presidencia en 2016 se publicó una apreciación importante en la revista Rolling Stone, citada por Courtland Milloy en el Washington Post: “Las bases de Trump asustan tanto por constituir un batallón de gente brava, mayormente blancos, llenos de resentimiento y hartos de lo políticamente correcto y de la diversidad racial. Los mítines de Trump se llenan porque permiten a la gente dar rienda suelta a la intolerancia (…) con su retórica racista y populista, la candidatura presidencial de Trump ha legitimado las expresiones públicas de odio, racismo, xenofobia e intolerancia” (https://www.igadi.gal/es/analise/donald-trump-y-el-discurso-del-odio/). 2) Un segundo factor es la propaganda y la mentira; dice el autor que los fascistas se creen sus mentiras y rechazan la realidad. Como hizo el trumpismo para justificar el asesinato de Renee Nicole. 3) Hay una demonización del adversario, una abierta política de xenofobia porque se privilegia la pertenencia a un pueblo definido en términos de racismo y jerarquía social. 4) Dice Finchelstein, “hay dictadura sin fascismo, pero no hay fascismo sin dictadura”.

Hoy en Estados Unidos existen pulsiones cotidianas de violencia militarizada, xenofobia y propaganda mentirosa, lo cual no quiere decir que Estados Unidos sea ya una dictadura, como sí lo es Venezuela. Todavía hay muchos espacios y contrapesos que defienden la democracia, las reglas del juego y el estado de derecho, a pesar de la destrucción de normas y la enorme expulsión que sufren los migrantes. La regresión democrática que se vive con la segunda administración trumpista tiene impactos globales y, de forma directa, afecta a nuestro país. Después de Venezuela y la política extractiva de sus recursos energéticos, México necesita considerar escenarios más complicados, de mayor presión y rudeza en la próxima negociación del T-MEC.

Estamos frente a una realidad llena de desafíos, que se presenta como un caleidoscopio de las pulsiones regresivas… (Alberto Aziz Nassif, El Universal, Opinión, A19)

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(Osvaldo, El Sol de México, Análisis, p. 20 y La Prensa, Editorial, p. 14)

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(Xolo, 24 Horas, Página 2)