Hace unos días, mientras preparaba mi participación en un foro sobre la diáspora mexicana, recibí un mensaje de una mujer en Chicago. Me escribió: “Dr. Juan, llevo 28 años viviendo aquí. Trabajo, pago impuestos, mando dinero a México… pero a veces siento que ni aquí ni allá existimos de verdad”. Su frase me acompañó el resto del día.
Ella es una entre casi 40 millones de personas de origen mexicano que hoy viven en Estados Unidos, una población más grande que la de muchos países enteros. Una población que sostiene a México con su trabajo, su corazón y su nostalgia. Y que este 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante, merece ser reconocida como lo que verdaderamente es: una potencia humana, económica y cultural sin precedentes en nuestra historia.
El Día Internacional del Migrante fue establecido por la ONU en el año 2000, el mismo año en que México elegía al Presidente Vicente Fox. A partir de entonces comenzó una etapa distinta en la relación entre México y su diáspora: se impulsó el voto en el extranjero, se fortalecieron programas como el 3×1, se creó la Oficina Presidencial para Mexicanos en el Exterior —que tuve el honor de dirigir—, nació el Instituto de los Mexicanos en el Exterior (IME) y se promovieron reducciones históricas en los costos de envío de remesas. Estas decisiones reconocían algo fundamental: la nación mexicana ya vivía más allá del territorio.
Hoy, los datos confirman la magnitud de esa realidad. La economía latina en Estados Unidos supera los 4 billones de dólares, lo que la colocaría entre las cinco economías más grandes del mundo si fuera un país autónomo. Los mexicanos y mexicoamericanos representan la mayor parte de ese crecimiento, impulsando industrias como la construcción, salud, agricultura, comercio, tecnología y educación.
Todo esto ocurre a pesar de años de discursos y acciones políticas en Estados Unidos —incluyendo episodios de estigmatización impulsados por el presidente Donald Trump— que buscaban frenar o debilitar la presencia de los migrantes mexicanos. En meses recientes, incluso se ha promovido la idea de limitar o eliminar la doble nacionalidad y el derecho de ciudadanía por nacimiento, medidas que afectarían directamente a millones de familias mexicoamericanas. La realidad ha demostrado exactamente lo contrario: su aportación económica y social no solo persiste, sino que sigue creciendo.
Además, las remesas enviadas a México superan los 60 mil millones de dólares anuales, convirtiéndose en un salvavidas para millones de hogares, especialmente en zonas rurales y estados históricamente expulsadores como Michoacán, Oaxaca, Zacatecas y Guanajuato.
A pesar del peso de su diáspora, México aún no ha construido una política de Estado que reconozca plenamente a sus ciudadanos más allá de sus fronteras. La cancelación del programa 3×1 eliminó un mecanismo que multiplicaba cada dólar aportado por los migrantes para convertirlo en obras comunitarias. En un contexto de riesgos económicos y ciclos de caída en remesas, recuperar un esquema moderno de coinversión sería indispensable.
Estados Unidos, por su parte, vive un debate urgente sobre los millones de trabajadores esenciales —incluyendo mexicanos— que sostienen sectores completos de su economía sin contar con estabilidad legal. Diversas iniciativas legislativas buscan ofrecer un camino realista de regularización, reconociendo que la economía estadounidense necesita certeza laboral y que la dignidad humana debe ser la base de cualquier reforma migratoria moderna.
Este 18 de diciembre participaré en un foro digital junto al Presidente Vicente Fox y el comunicador Pedro Ferriz para analizar este nuevo escenario: el poder real de la diáspora mexicana y su capacidad de transformar el futuro de México y de Estados Unidos.
La pregunta ya no es si los migrantes aportan. La evidencia es contundente.
La verdadera pregunta es cuándo México va a reconocerlos como parte estratégica de su poder nacional y cuándo Estados Unidos ofrecerá las condiciones legales que correspondan a su aportación.
La mujer de Chicago, la enfermera de Houston, el estudiante de Los Ángeles, el trabajador de Nevada… todos forman parte de una nación extendida que vive, trabaja y sueña a ambos lados de la frontera.
Este Día Internacional del Migrante, México tiene una oportunidad histórica: mirar a su diáspora no con condescendencia ni distancia, sino con visión, responsabilidad y respeto. La fuerza de casi 40 millones ya está aquí. Nos toca decidir si la incorporamos plenamente o si continuamos ignorando su poder transformador. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 12)
“La competencia estratégica entre Estados, no el terrorismo, es ahora la principal preocupación en la seguridad nacional de Estados Unidos”, afirmaba la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump en 2017, al inicio de su primera gestión. El mundo había cambiado. Washington debía reorientar sus prioridades hacia su rivalidad con Rusia y, especialmente, con China, como subrayaba el otro documento central: la Estrategia de Defensa Nacional emitida poco después. Incluso el entonces vicepresidente Pence pronunció un discurso detallando por qué Washington veía a China como su mayor amenaza. Hace unos días se publicó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional para este segundo período de Trump, y no hay una sola mención a esa “competencia estratégica” con China y Rusia o a la amenaza que en 2017 se decía que ambos representan. La realidad es que el documento simplemente formaliza lo que ya hemos observado en la práctica: una política exterior mucho más acotada, más transaccional y más crítica de Europa, entre otros aspectos. ¿Qué ocurrió entre 2017 y 2025? ¿Trump ha cambiado? La respuesta corta es no. En absoluto. Lo que revela, en cambio, la comparación entre ambos documentos tiene que ver más con el círculo que hoy rodea al presidente, con los aprendizajes de Trump al respecto y con las formas en que podemos esperar que se tomen decisiones durante el resto de su gestión. Algunas notas al respecto.
Pero en esencia, lo que muestra este nuevo documento, a diferencia del de 2017, es a un Trump diciendo con claridad lo que cree que Estados Unidos debe hacer, y operando sin las restricciones que le impusieron en su momento sus “enemigos internos”: Mattis, Esper, McMaster o Bolton. Dicho eso, no nos confundamos: esas voces siguen ahí, en Washington, en el Partido Republicano, en el Congreso, el Senado y en múltiples centros de análisis. Lo que sucede es que hoy ya no están logrando influir como antes. La Estrategia de Seguridad Nacional, puesto de forma simple, no hace más que formalizar algo que llevamos meses viendo: es simplemente una fotografía de una realidad con la que tendremos que aprender a trabajar. (Mauricio Meschoulam, El Universal, Opinión, p. A15)
Parece absurdo pedir perdón, nomás, por las barbaridades cometidas hace 500 años, cuando muchas más pueden considerarse hasta la fecha. Sin embargo, puede ser una buena ayuda para ir estableciendo una relación más armónica entre ambos países que un grupo de españoles deje establecido su repudio por lo que reprueban que hicieron salvajes y voraces antepasados a las civilizaciones originales mexicanas, aunque hayan pasado ya casi cinco siglos.
Tal sería el caso también si las relaciones contemporáneas tomaran en cuenta la valiosa cauda de migrantes españoles que hallaron refugio del abominable franquismo peninsular que, a la sombra y con el respaldo de Hitler y Mussolini, se estableció en España en 1939 y, aun después de a desaparición de éstos, se sostuvo hasta mediar los años 70.
Bien se sabe qué hubiera sucedido con tantos españoles de ideas “civilizadas” si no hubieran hallado cobijo seguro en México, además de buenas condiciones para desarrollarse personal y profesionalmente. Es muy curioso que no falten peninsulares hoy que tienen la cara dura de asegurar que no fueron más de unos 10 mil… Por lo menos, hasta 1942, el número de acogidos, gracias a lo cual salvaron la vida o, al menos, la libertad, merodea los 40 mil.
Pero no acabó ahí la cosa: parientes y amigos de los “refugiados” cruzaron también “el charco” a fines de los 40 y principios de la década siguiente, cuando se pudo hacer a “la buena”, aunque también tenían casi todos motivos sobrados para huir del franquismo.
En su mayoría, tales refugiados resultaron un alimento para México, aunque sus descendientes pueden dividirse entre quienes se mexicanizaron y los que se conservaron españolistas a ultranza y, peor aún, algunos que llegaron incluso a denostar la mexicanidad, no obstante los beneficios que de ella gozaron.
Por fortuna, con el paso del tiempo, los de categoría humana, sin perder el respeto por su origen, se convirtieron en mexicanos de verdad y, lo mismo que sus progenitores, han resultado muy benéficos para nuestro país.
Ello separó a unos y a otros y, claro, han sido los “mexicanistas” quienes, lo mismo que sus padres e, incluso, sus abuelos, han destacado muy favorablemente en el ámbito nacional.
Es el caso de que muchos ni siquiera dan fe de sus orígenes, entre otras cosas porque no es necesario y ello no les representa valor alguno. A fin de cuentas, nuestro país está formado por una retahíla de mexicanos cuyos padres o abuelos o algunos de ellos no nacieron aquí.
No sé si eso es a favor o en contra, pero es el caso de que tales mexicanos los son plenamente y, en general, de valía.
Lo que sí es cierto, aunque parece olvidarse a veces, es que México no tan sólo fue el único país que abrió las puertas de tal manera, sino que incluso hizo muchas y atinadas gestiones para que pudieran escapar de la Europa “facha”, gracias a lo cual muchos incluso salvaron la vida.
Poco se recuerda, por caso, la enorme gesta de don Gilberto Bosques Saldívar, representante de México en la Francia que no fue sometida por completo por los nazis, aunque bastante fascista resultó ser el mariscal Pétain, quien fue su gobernante.
Bosques fue primero –1939– cónsul general, luego embajador de México y finalmente hasta hecho prisionero por los nazis en virtud de todo lo que hizo a favor de los franceses y de otras nacionalidades, empezando por los españoles que habían logrado escapar del fascismo de sus paisanos.
No en vano, sendos homenajes le brindan, por ejemplo, nombres de calles de las ciudades de Viena y de Marsella, mientras en España casi no hay testimonios de gratitud.
A veces los españoles pierden de vista que la gran ayuda mexicana no consistió solamente en recibir y amparar a tantos miles de ellos en México, sino también en dar lugar a que tantos perseguidos allá fuesen protegidos para asilarse y salvarse acá.
Pero es el caso, vale reiterarlo, de que también dieron lugar a que, al principiar los años 50, muchos más parientes y amigos hallaron cobijo y refugio en esta tierra nuestra. Creo que puede hablarse en total de una cifra cercana a 50 mil españoles que, a fin de cuentas, por una vía o por otra, encontraron seguridad y el modo digno de vivir en nuestro país. (José M. Murià, La Jornada, Política, p. 8)