Opinión Migración 140224

Repensar  /  Papa caliente

En los dos artículos anteriores examiné la forma en que las conflictivas relaciones entre los órdenes de gobierno y entre los poderes federales han impedido, durante tres décadas, resolver el problema migratorio en Estados Unidos. Me propongo ahora explicar someramente los enredos que han impedido a la administración de Joe Biden tener una política migratoria coherente y exitosa.

Nunca la tuvo fácil. El presidente no tiene control de las variables críticas. La inacción del Congreso sólo da oportunidad a soluciones parciales y temporales. La polarización en el Capitolio hace casi imposible tener presupuestos suficientes y ágil ratificación de nombramientos. El activismo judicial ha favorecido al gobierno central, pero ha provocado que los estados reclamen su soberanía y busquen soluciones de fuerza.

Era previsible que la situación se complicaría. La migración centroamericana ya se organizaba en caravanas. Cada vez más haitianos huían del hambre y más nicaragüenses escapaban de la dictadura. Los gobiernos de Cuba y Venezuela propiciaban la salida de inconformes para aliviar las tensiones políticas.

Se necesitaba darle prioridad al asunto y desplegar iniciativas ambiciosas. El nuevo gobierno se limitó a prometer que echaría para abajo muchas de las políticas de su antecesor, pero no definió una oferta diferente. Ciertamente, por medio de órdenes ejecutivas, en las primeras semanas en la Casa Blanca se eliminaron algunas de las restricciones que había decretado Trump, pero nada más.

Sorprendió a todos que Biden responsabilizara del tema a Kamala Harris, quien había sido muy crítica de sus propuestas migratorias en las elecciones primarias. Muchos pensaron que la vicepresidenta iba a tratar de lucirse en su encargo. Sucedió lo contrario: ella lo interpretó como una trampa y se limitó a presentar un informe sobre los factores que inducen la migración en los países del Triángulo del Norte, de los cuales sólo visitó, por unas horas, a Guatemala.

En los pasados tres años lo que ha privado son los bandazos. Contra lo ofrecido, no dejó de utilizar el recurso legal (Título 42) que, durante la pandemia, le permitió a Trump enviar a los solicitantes de asilo a México. Luego lo suspendió y últimamente parece interesado en volver a ponerlo en vigor. Concedió protección temporal a los venezolanos y pocas semanas después la quitó. Dejó de ingresar a familias indocumentadas en centros de detención y ahora otra vez lo está haciendo.

Demasiada grilla

Es evidente que no se ha podido avanzar porque ha faltado coordinación y han sobrado pugnas internas. Alejandro Mayorkas, secretario de Seguridad Interna, sufre una doble presión. Desde el Congreso, los republicanos están intentando (por segunda vez en estos últimos días) someterlo a juicio político. Los demócratas no lo defienden porque unos lo ven demasiado duro y otros excesivamente blando. Desde abajo, las agencias que dependen de él no tienen recursos y no lo obedecen.

Mayorkas está enfrentado además con el jefe de la Oficina de la Casa Blanca, Jeff Zients, y con su segundo, Jen O’Malley Dillon, así como con el consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, y su segunda, Liz Sherwood-Randall. Esta última es la que más influencia tiene en la política migratoria del gobierno, luego de que el año pasado fue despedida la asesora de Política Interna, Susan Rice.

En los primeros años de esta administración, la señora Rice trató de hacerse cargo de los problemas a los que los demás funcionarios rehuían. Sin embargo, siendo una persona brillante y trabajadora, es demasiado belicosa y difícil de tratar.

Protegida por Madeleine Albright, fue nombrada por Clinton subsecretaria de Estado a los 32 años. Fue luego embajadora en la ONU y asesora de Seguridad Nacional con Obama. Con Liz Sherwood-Randall tiene un pique porque ambas estuvieron en la lista de posibles vicepresidentas de Biden; con Antony Blinken no se lleva porque ella aspiraba a la Secretaría de Estado.

Esa desorganización explica que Biden haya hecho concesiones que no deseaba (como la del cierre de la frontera) en el acuerdo bipartidista que está por aprobarse en el Capitolio.

El tema migratorio es, hasta el momento, el que más está influyendo en la intención de voto de los ciudadanos y es, también, el que le ha dado una ventaja inicial a Trump. Es culpa, no hay duda, de la falta de liderazgo de Biden. Todo su equipo es al mismo tiempo delantero, medio y defensa. Todos van tras el balón, nadie tiene una estrategia y todos se echan la culpa del fracaso. (Alejandro Gil Recasens, El Financiero, Mundo, p. 27)

Eritrea no existe

Cuando los elefantes luchan, la hierba es la que sufre. Jarda abandona la ciudad de Nafka porque conoce bien el proverbio de sus ancestros. Su primera opción es Sudáfrica. Algunos viejos conocidos huyeron de Eritrea en esa dirección. Nadie sabe qué ha pasado con ellos, pero nadie duda que estarán mejor.

Jarda logra llegar a Sudáfrica. Ahí se da cuenta que su imaginación supera con creces la realidad. Para los viejos conocidos que vinieron antes, quizá Sudáfrica fue lugar de paso, no destino. Es difícil que un eritreo sobreviva en Johanesburgo; lo mejor que puede hacer, lo enteran, es preguntar al dueño del bar cómo podría irse a América.

¿A qué parte de América? Algo de azar lo decidirá. En Brasil, Honduras o Argentina puede quedar su porvenir. Los trámites para conseguir espacio en la próxima expedición no son fáciles. El pago tiene que ser en dólares y la fecha de salida del barco no es del todo nítida. Casi nada es nítido en el proceso. Pasan los días en Sudáfrica con desesperación, las semanas con hambre y los meses en franca desesperación, pero llega el día. El periplo es largo. Algunos tripulantes se quedan en el camino.

El arribo a Honduras se prolonga. Un libro, Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss, acompaña la zozobra del viaje de Jarda. ¿Y ahora qué hago?, se pregunta, cuando finalmente desembarca. La pobreza hondureña es parecida a la pobreza eritrea. Todas las pobrezas son iguales. Lo que distingue una de otra es que en Honduras no hay guerra (oficialmente) y en Eritrea sí. Honduras, qué bueno, piensa Jarda, no está enfrentado con ninguno de los países de al lado.

Viene una nueva rutina cuando el sueño americano irrumpe su vigilia hondureña. Estados Unidos, viéndolo bien, no queda tan lejos para alguien que ha navegado ya miles de leguas antes de llegar a la finca pobre donde Jarda sobrevive cortando el hierberío y poniendo cercas para vacas que comen mejor que él.

Junto a otros hondureños, Jarda continúa su éxodo hasta llegar a Tapachula, Chiapas. Ahí es detenido y encerrado unos días en la estación migratoria con otros compañeros de travesía. A ellos los devuelven a Tegucigalpa y a él lo interrogan como bicho raro. Al fin y al cabo, ¿dónde queda Eritrea?, preguntan los oficiales. Eritrea, piensan ellos, no existe: Eritrea es un inventum.

Eritrea, en efecto, no existe. (Diego Osorno, Milenio, Al Frente, p.2)  

Desde Afuera / La crisis electorera

Mientras demócratas y republicanos parecen empeñados en un inutil juego político en torno a los problemas migratorios de Estados Unidos, ambos mantienen que necesitan la colaboración de otros, especialmente México, para resolver una situación que combinada con el tráfico de drogas se ha convertido en una crisis fronteriza.

“Creo que debemos presionar al gobierno de México y pedirle más cooperación, a lo largo de su frontera sur para impedir que los migrantes (procedentes de Centro y Sudamérica) atraviesen el país en los puertos de entrada y aeropuertos”, dijo el diputado demócrata Vicente González, de Texas.

La idea de que la administración mexicana no hace lo suficiente para frenar el número de personas que atraviesan el país de sur a norte para llegar a la frontera con Estados Unidos y pedir asilo parece cada vez más presente en el cuerpo político estadounidense, que también busca formas de ejercer presión.

Pero si es una crisis, parecen empeñados en no resolverla.

Los republicanos, que rutinariamente usan el miedo para motivar a sus votantes, piden simplemente que se obligue a México. Hablan de la posibilidad de enviar fuerzas especiales a ayudar a combatir el narcotráfico y cerrar la frontera a inmigrantes, de construir la gran barda fronteriza propuesta hace siete años por Donald Trump, de reanudar un programa que obligaría a los peticionarios de asilo a permanecer en nuestra nación.

En buena medida, obedecen a sus votantes, que actualmente parecen ser mayormente nacionalistas blancos, con una religiosidad conservadora.

Los demócratas tienen un estilo diferente. No hablan de intervenciones militares ni de presiones públicas. Pero hacen saber que la relación económica entre los dos países es enorme y que por tanto México tiene muchos puntos sensibles que pueden ser blanco de sanciones o presiones diversas.

Originalmente, los republicanos demandaron –y obtuvieron– que el endurecimiento de medidas en la frontera con México fuera la condición para aprobar un paquete de ayuda militar para Ucrania, Israel y Taiwán. Ahora, rechazan una y otra.

La presión generada por los republicanos, mayoría en la Cámara de Representantes, llevó al gobierno del presidente Joe Biden a apoyar una propuesta migratoria que recogía las partes esenciales de las demandas republicanas.

Pero las bancadas republicanas en ambas cámaras del Congreso decidieron bloquear la propuesta sin detenerse a negociar porque, según sus consideraciones, no iba tan lejos como debía.

La realidad, es que no querían dar un triunfo a Biden en año electoral, ni prescindir de un tema que como las crisis migratoria y de drogas creen les hará ganar votos en las elecciones de noviembre.

El debate mostraría una desconexión entre los intereses de la clase política estadounidense y los de su país. O que la crisis fronteriza no es tan grave como dicen y que están dispuestos a sacrificar lo que sea para obtener ventaja electoral. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 31)

Trump: prepararse para lo peor

El ex presidente Donald Trump llevó a un nuevo nivel su explotación del racismo como bandera electoral al prometer que, si resulta ganador en los comicios de noviembre próximo, deportará a millones de migrantes cada año. Según filtraciones obtenidas por un medio de comunicación, para lograr esta meta el magnate planea movilizar a agentes de Inmigración y Aduanas (ICE), junto con la FBI, la DEA, fiscales federales, la Guardia Nacional e incluso policías estatales y locales. Las personas que no puedan ser deportadas de inmediato quedarían recluidas en instalaciones gigantescas construidas por el ejército cerca de la frontera con México.

El nuevo plan de Trump es un espejo del muro fronterizo que prometió en su campaña presidencial de 2016 y del que apenas pudo avanzar unos tramos durante su administración: se trata de un proyecto tan infame como disparatado; claramente irrealizable por los desafíos logísticos, humanos, financieros y legales a los que se enfrenta. Sin embargo, al igual que su muralla americana, no es necesario concretarlo para ocasionar un sufrimiento enorme a todos los extranjeros que se hallan en Estados Unidos en situación migratoria irregular, a sus familiares (que, en muchos casos, cuentan con nacionalidad estadunidense), sus comunidades y al propio país.

El hecho es que en estos momentos el magnate no tiene ningún rival a la vista para hacerse de la candidatura presidencial del Partido Republicano, y varias encuestas ya lo sitúan por encima del actual mandatario, Joe Biden, en la carrera hacia la Casa Blanca.

Por tanto, es ineludible contemplar la posibilidad de que logre su anhelo de regresar al poder y se ponga al frente de la superpotencia en el periodo 2025-2029. En tanto país de partida y tránsito de migrantes, así como por su larga frontera compartida con Estados Unidos, México está obligado a tomar todas las previsiones necesarias y diseñar planes de control de daños para todos los escenarios discernibles. El Estado debe emplear sus capacidades a fondo, pero también buscar alianzas nacionales e internacionales con todos los organismos humanitarios dispuestos a participar en la creación o reforzamiento de redes de apoyo a los deportados, a quienes se encuentran en camino hacia el norte y a todas las personas que se verían afectadas de manera directa e indirecta por los designios fascistas de Trump.

 

Es necesario tener presente que ni siquiera se precisa realizar las deportaciones para desatar una cascada de consecuencias que desbordaría al territorio estadunidense, golpearía de lleno a México y podría alcanzar dimensiones globales. Para iniciar una espiral de caos, basta con empeorar el clima de intimidación contra los indocumentados y obligarlos a abandonar sus puestos de trabajo a fin de ponerse a salvo de las redadas.

La producción agrícola, la construcción, los servicios gastronómicos y turísticos se encontrarían entre los primeros sectores en resentir una catastrófica falta de mano de obra, como ha ocurrido en Florida desde que el gobernador Ron DeSantis comenzó a promulgar una batería de legislaciones xenófobos en su fallido intento de relevar a Trump como líder de la ultraderecha. La caída en esos ramos impactaría en el resto, revertiría los avances en creación de empleo y podría empujar al país hacia una recesión. El parón productivo al norte del río Bravo sería devastador para la industria maquiladora desplegada al sur. Al mismo tiempo que se pierden o al menos dejan de generarse empleos en la manufactura para exportación, México tendría que encarar una caída en la recepción de remesas, además de atender a los paisanos devueltos y a los extranjeros varados aquí.

En lo político, está claro que la cacería de migrantes proyectada por Trump sería una violación flagrante a los derechos humanos que alimentaría la ya alarmante oleada de agresividad que padecen y los sometería a una clandestinidad insoportable. Es evidente que dicha situación dañaría los vínculos bilaterales y lastimaría la relación de respeto mutuo construida en años recientes, pero la imposibilidad práctica de romper lazos con el mayor socio comercial del país obligaría a buscar salidas dignas y soberanas a una coyuntura claramente indeseable. (Editorial, La Jornada, p. 2)

El dedo en la llaga  /  Apoyo a sus familias, no al gobierno

¿Por qué sigue exhibiéndose desde el poder como un logro digno de fanfarrias la llegada de cada vez más remesas y romantizándose la idea de exportar migrantes a Estados Unidos? En realidad, ambos fenómenos son evidencia clara del fracaso del Estado mexicano en crear oportunidades de desarrollo dentro de nuestro territorio, en brindar seguridad a las personas y en erradicar la violencia.

Y la ironía. El crimen organizado utiliza también el mecanismo de las remesas para lavado de dinero hormiga.

Poniendo El Dedo en la Llaga, la exembajadora Martha Bárcena explica que hay comunidades en que las cantidades de envíos no corresponden con la poca población.

Tradicionalmente, el cruce de mexicanos al norte siempre tuvo un enfoque de oportunidad económica, desde el Programa Bracero de 1942, pasando por las más severas crisis económicas que enfrentamos en 1982 y 1995. Su solidaridad no es con el gobierno que los dejó a su suerte, sino con sus propias familias.

Hoy, muchos se van más bien por la violencia y las extorsiones con que el crimen organizado tiene azotadas a muchas regiones del país.

Hace pocos días, una investigación periodística documentó que el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos procesó 3 mil 507 solicitudes de asilo por parte de ciudadanos mexicanos en 2023, mediante el recurso ‘claims of credible fear’ (afirmaciones de miedo creíble).

En número suenan muy pocas, pero el dato verdaderamente sintomático es que son 564 por ciento más que las 528 del año anterior.

¿Por qué no hay multitudes desbordadas de esas solicitudes? Porque documentar el miedo creíble, incluso en esos niveles, es legalmente muy complicado. De hecho, el asilo se concede únicamente en el 10 por ciento de los casos, en promedio.

Para dimensionar la salida de mexicanos buscando huir de la violencia y en busca de oportunidades, la Patrulla Fronteriza detuvo a 307 mil personas que intentaron cruzar la frontera estadounidense en 2023. De ellas, 75 mil eran de ciudadanía mexicana.

¿Es todo? Por supuesto que no.

Un fenómeno mucho más catastrófico del que casi no se habla, es la migración interna. El desplazamiento forzado en México está creciendo exponencialmente.

La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos documentó 45 casos de comunidades enteras que tuvieron que salir huyendo de sus hogares por culpa de la violencia en 2023, en Michoacán, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y Baja California.

El 25 por ciento de las personas atendidas en albergues de 12 ciudades fronterizas llegaron ahí justamente huyendo de esa clase de violencia, no sólo por culpa del crimen organizado sino también de grupos de autodefensa y paramilitares.

Estos datos indican que “detrás de cada desplazado hay una omisión de los tres niveles de gobierno”, lamentó Rocío González Higuera, quien al inicio del año dejó el cargo de titular de la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas, de la Segob.

En lo que va de este 2024, la situación no es distinta. Sólo recordemos el enfrentamiento de siete horas a balazos entre el cártel de Sinaloa y el Jalisco Nueva Generación en el ejido Nuevo Morelia, en Chicomuselo, Chiapas.

¿Hasta cuándo seguirá México hundido en tanta violencia?

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MÁS LLAGAS: Luego de una cirugía de cadera que la alejó de las apariciones públicas, la morenista Clara Brugada ya se prepara para retomar su agenda y el arranque de su campaña por la Jefatura de Gobierno capitalina. (Adriana Delgado Ruiz, El Heraldo de México, País, p. 6)  

Nuevos entornos  /   Situación en Haití continúa agravando

Para la comunidad regional, la situación en Haití continúa siendo uno de los asuntos que demandan atención, entre otras condiciones como la creciente sequía, el aumento de la migración y desplazamientos no deseados, el abstencionismo y desinterés en la participación política electoral.

La situación en Haití atraviesa una crisis de muchas dimensiones. La Organización Internacional de las Migraciones (OIM) dio a conocer el martes que más de dos mil 600 personas, la mayoría habitantes del norte de Puerto Príncipe en la capital haitiana, tuvieron que desplazarse en la última semana para salvar sus vidas producto de la violencia generada por la acción de bandas delincuenciales que se disputan los controles territoriales. 

La OIM informó que, hasta hace un mes, más de 310 mil personas vivían en condiciones precarias en casas de acogida o espacios públicos como plazas, iglesias y gimnasios. El cierre de las escuelas y pérdida de acceso a servicios esenciales agrava la situación.

El organismo internacional, el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas e instancias nacionales han advertido que no tienen recursos para atender y apoyar a todas las víctimas.

Por otra parte, una buena noticia fue el avance de la consolidación del acuerdo de paz de Colombia, país que recibió en la última semana la tercera visita de una delegación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSONU) como parte de ese proceso de construcción.

La presidencia actual del CSONU está a cargo de Guyana durante el mes de febrero, cuando Trinidad y Tobago preside la Asamblea General de la ONU hasta septiembre del presente año.

Mientras, en El Salvador está pendiente que se complete el escrutinio de la elección presidencial y parlamentaria, celebrada el 4 de febrero. Está todavía abierto el conteo para la Asamblea Legislativa, los partidos de oposición han planteado sus preocupaciones en torno a las condiciones en las que se realiza. Asimismo, está pendiente la segunda fase, el sufragio para las alcaldías y Parlamento Centroamericano del 3 de marzo.

El abstencionismo fue alto en la población que podía votar.  Se calcula que la primera fuerza obtuvo el voto mayoritario de 43% de los posibles votantes sobre la base del padrón electoral, de 6,131,572 personas.

El Tribunal Supremo Electoral reportó que el Partido Nuevas Ideas, actualmente en el gobierno, obtuvo, 2,701,725 votos. El FMLN 204,167, ARENA 177,881, Nuestro Tiempo 65,076, Fuerza Solidaria 23,473 y FPS 19,293.

Entre otros asuntos regionales de importancia se encuentra también la sequía que obliga a reducir el tránsito entre el Pacífico y el Atlántico. Podrían seguir así por el resto del año de continuar las condiciones ambientales que afectan su operación, reportó la Autoridad del Canal de Panamá. (Guadalupe González Chávez, El Heraldo de México, Opinión, p. 33)

La irrupción de Trump, riesgo en tiempo real

El mundo se prepara para el posible regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. En Europa están divididos, mientras los grupos de la ultraderecha lo festejan como triunfo anticipado.

Estamos a nueve meses para las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Pareciera que el mundo se está preparando para las implicaciones de una segunda presidencia del multimillonario inmobiliario. A medida que se acercan las primarias presidenciales, la hipótesis de la relección de Trump es probable, máxime cuando la popularidad y aceptación de Joe Biden ha caído a 30 por ciento. Preocupa que varias encuestras colocan a Trump con 11 puntos de ventaja.

¿Qué le pasa a la democracia estadunidense? ¿Carece de nuevos liderazgos? La campaña de 2024 se vuelve más nebulosa que nunca. Por un lado, los electores se preguntan si la edad de Biden es un obstáculo para dirigir el país. Sin duda, los continuos olvidos y desorientaciones del actual presidente serán parte de la campaña negra de los republicanos. Por otro, debe lidiar con el extremismo de Trump, tan histriónico como ultraconservador. Esta elección promete ser diferente de las demás. Primarias que parecen decididas de antemano, entre un septuagenario y un octogenario que ya ocuparon la famosa Oficina Oval.

Muchos países, no sólo México, ven con preocupación el regreso al poder de Trump. Ese fue el verdadero tema de Davos, en Suiza. Ya veremos en la campaña si Trump usa a México como piñata, como hace cinco años. Muy probablemente Trump amenace con hostilidad bajo el pretexto de las drogas, inseguridad y migración.

Trump es impredecible, ya lo sabemos, opera fuera de los cauces habituales del comportamiento político. La democracia no sólo resistió su extravagancia, sino que le sobrevivió.

Para el día de las elecciones de 2024, Trump estará en medio de múltiples juicios penales. No es imposible que pueda ser condenado, en al menos uno de ellos, que le impida contender electoralmente o rendir protesta. Si gana las elecciones, Trump cometerá el primer delito de su segundo mandato en el día de la toma de posesión: su juramento de defender la Constitución de Estados Unidos será una irreverente paradoja.

El electorado se mide por segmentos tradicionales, es decir, la identificación de los votantes con un partido. Cuenta la raza, la condición socioeconómica, la ubicación geográfica, niveles de escolaridad, etcétera. Sin embargo, en Estados Unidos los análisis del comportamiento electoral de los votantes se ven obligados a incorporar un poderoso componente: la identidad religiosa. En 2020, el voto casi compacto de protestantes y protestantes evangélicos blancos, que representan cerca de 25 por ciento del electorado, fue una amenaza para Biden. Bajo diversas estrategias quiso romper y debilitar dicho monolito sagrado.

El famoso pastor Jim Wallis expresó una frase que dio vueltas en la campaña anterior: “Votar en esta elección podría volverse más confesional que electoral o partidista. Se convierte no sólo en un referendo sobre nuestra democracia, sino en un referendo sobre nuestra fe”. Pese a una creciente secularización y desapego de las nuevas generaciones a la religión, Estados Unidos es la nación, en comparación con otros países industrializados, con el mayor nivel de religiosidad. Poco menos de 90 por ciento creen en Dios y 55 por ciento dicen que rezan regularmente, mientras en Francia lo hacen sólo 10 por ciento y en Reino Unido 6. Históricamente, la diversidad de las comunidades religiosas en la conformación de la nación llevó a la separación histórica de las iglesias respecto del Estado.

Muy probablemente Trump regrese a discusión los debates sobre el aborto, los derechos LGBTQ, familias igualitarias y la libertad religiosa. Él ha sido consistente al proclamar las demandas conservadoras como política de Estado. El Estado debe intervenir en religión, su agenda ha sido clara contra el aborto, bajar presupuesto a la dependencia de planificación familiar y otorgar mayores libertades a las iglesias. En el fondo, prevalece en Trump el supremacismo blanco. En realidad puede verse desde dos vertientes, como una ideología política o una religión secular. La supremacía de la raza blanca es un conjunto de dogmas que sustentan a las personas blancas como superiores a las otras razas y etnias. Por tanto, tienen el derecho del dominio político, económico y religioso. Dicha supremacía blanca combate a otras etnias como los afroestadunidenses, latinos y judíos.

A escala latinoamericana, la nueva irrupción de Trump favorecerá el desarrollo de la extrema derecha política y religiosa. Trump es padrino político de Eduardo Verástegui y no debemos extrañar que implante su partido de ultraderecha religiosa. El fenómeno Javier Milei, en Argentina, y Nayib Bukele, en El Salvador, son incentivos de una nueva gran tendencia en el continente. Recordemos que Trump patrocinó el encuentro de la ultraderecha internacional en México en noviembre de 2022. La llamada Conferencia Política de Acción Conservadora congregó a los dirigentes del Vox español, encabezado por Santiago Abascal; Eduardo Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, ex presidente de Brasil; Ramfis Domínguez-Trujillo, nieto del dictador de República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo; Steve Bannon, asesor de Trump y difusor de teorías de la conspiración; Ted Cruz, senador estadunidense republicano, que defiende una agenda ultraconservadora; José Antonio Kast, ex candidato presidencial de Chile, y muchos otros.

Con Trump florecerá la ultraderecha en el continente.  (Bernardo Barranco V., La Jornada, Opinión, p. 18)

CARTONES

Cartón 14 febrero1

(Waldo, El Universal, Opinión, p. A15)