En el año 2010, con el asesinato de 72 migrantes de Centro y Sudamérica, San Fernando, Tamaulipas, se hizo visible en la cartografía nacional e internacional; simultáneamente se convirtió en una marca territorial de la violencia en el México contemporáneo. Una “marca” en tanto un lugar sacralizado “luego de ser testigo de la atrocidad de una masacre” o un espacio “de resistencia frente a los discursos (oficiales) que apelan a la impunidad y al olvido”, como han afirmado algunos especialistas. Este agosto del presente año se cumple una década de aquel episodio que marcó a San Fernando.
No obstante, la marca del lugar intenta ser borrada, al menos desdibujada, desde discursos gubernamentales. Un letrero de bienvenida, colocado por la Administración Municipal 2016-2018 en la entrada de norte a sur, dice: “San Fernando. Tierra Generosa. CON FE Y ESPERANZA”. Sí, fe y esperanza en mayúsculas, como tratando de convencerse o convencer a los visitantes. Y es que, en San Fernando los 72 migrantes asesinados en 2010 fueron el principio; después siguieron los más de 190 cuerpos encontrados en fosas clandestinas en 2011; posteriormente el secuestro de personas que viajaban en autobuses, y podemos sumar más. (Oscar Misael Hernández-Hernández, La Crónica de Hoy, Cultura, p.17)
Razonemos un poco: Trump tomó la descabellada decisión de cancelar todos los vuelos de Europa a los Estados Unidos (excepto, por alguna razón tan comparablemente absurda, los que provienen del Reino Unido siendo que ahí también hay personas infectadas del nuevo coronavirus: 798, al momento de escribir estas líneas, de las cuales 208 son nuevos casos) con el propósito, pues sí, de que los europeos no entren a su país.
Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud de nuestro Gobierno, ofreció, en el momento de enterarse de la medida adoptada por The Donald, recibir a los aviones rechazados. En esos aparatos, supongo yo, vendría gente que no quiere quedarse aquí sino llegar allá, o sea, poder viajar finalmente adonde pretendía hacerlo en un primer momento. Aterrizarían pues estos turistas, digamos, en el piojoso aeropuerto internacional de CDMX y volarían luego en alguna de las aerolíneas comerciales que enlazan a nuestra capital con tantas ciudades de la Unión Americana. (Román Revueltas Retes, Milenio, Opinión, p.12)