Muchas cosas se han deteriorado en la vida pública de México desde 2018. Muchos advertimos que el objetivo era el restablecimiento de un sistema autárquico de partido único como lo hubo hasta 1982, cuando las condiciones económicas, consecuencia de las malas políticas a las que estamos regresando, provocaron la apertura económica de México y, por ende, su modernización política y económica.
Dentro de la apertura de México, era fundamental que, como aspirante a la democracia liberal, México iniciara un camino de reconocimiento de derechos individuales frente al Estado que se planteaba como autoridad y no como servidor. Y ahí hemos regresado paulatinamente durante estos últimos años. Para la Presidencia desde 2018, el presidente es el jefe de México, que es como se consideraban los políticos de los 70 y no como debería serlo, el primer servidor público de México. En los países más decentes del mundo y, a pesar de que se persigue el poder y éste corrompe en todos lados (aunque hay niveles), la gente que está en el gobierno se autodesigna como servidores. En Estados Unidos, por ejemplo, cuando un expresidente hace referencia a su periodo presidencial dice: “Cuando serví…”.
Ésta es una situación filosófica y deontológica relevante, porque tiene efectos de ejemplaridad en todos los niveles del Estado mexicano. En los 70 y 80, la gente que trabajaba en el gobierno no sentía que estaba ahí para brindar un servicio público a sus connacionales, sino que eran privilegiados y jefes del resto porque tenían autoridad (la “autoridá”). Los coches oficiales, los guaruras a funcionarios medios, las comidas y la mexicanísima charola a la que le auguro un pronto regreso.
La charola (todavía existe en el Poder Legislativo) era una placa que acreditaba que la persona que la portaba trabajaba en el gobierno y, por lo tanto, era la “autoridá”. Servía con particulares, pero también para espantar a otros funcionarios de menor nivel como policías funcionarios de aduanas, para sacar licencias, pasaportes, etcétera.
La charola era tan valiosa en ese México primitivo al que volvemos que cualquiera podía conseguir una con algún conectado en el gobierno.
Pues no sé si usted lo note, pero ese desprecio a la ley que fue tan vocal desde 2018 está permeando a todas las capas del gobierno, ya sea local o federal y volvemos a pasos agigantados a los tiempos de los excesos de la autoridad frente al ciudadano. ¿Cuál es la vacuna del ciudadano? La misma de antes y de siempre, la mordida o la charola.
Esta reflexión viene al caso por el cambio de actitudes de varios funcionarios durante los últimos años, pero particularmente de dos ejemplares que están en los aeropuertos nacionales y de los que no he visto par en el mundo.
El primero es el de aduanas. En todas partes civilizadas del mundo, un viajero tiene dos opciones, declarar si trae algo que requiera un pago de impuesto o esté prohibido por alguna ley o no declarar, en cuyo caso tiene la libertad de salir sin ser revisado o ser revisado por causa probable; es decir, sospecha de que miente por algún indicador justificado.
En México nunca existió en plenitud, pero al menos había un sistema de semáforos que quitaba el poder al funcionario en turno para hacer lo que quiera. Hoy estamos en manos de funcionarios prepotentes que abusan de su autoridad en el país con más tratados de libre comercio del mundo para terminar la paradoja. Creo que Aduanas está a tiempo de corregir los excesos, pero ya está tarde.
La segunda es la nueva moda del Instituto Nacional de Migración de solicitar documentos oficiales, INE o pasaporte, dentro de los aeropuertos nacionales y en vuelos locales. La agresividad e inflexibilidad con la que lo hacen es pasmosa. El problema es que no hay ley que obligue a los mexicanos a tener (menos traer) pasaporte o credencial del INE y la Constitución garantiza la libertad de tránsito, pero estas personas no respetan la ley y pueden retenerte ilegalmente como en el caso de aduanas.
¿Es esto el humanismo mexicano? (Luis F Lozano Olivares, Excélsior, Nacional, p. 11)
Posdata 4
El gobernador electo de Puebla, Alejandro Armenta, se reunió con 22 alcaldes de la zona conurbada, con quienes habló de la importancia de establecer una coordinación entre los gobiernos federal, estatal y municipal en materia de seguridad, ante lo que acordaron que serán militares los encargados del combate a la delincuencia en el mismo número de municipios.
La propuesta es una estrategia coordinada para enfrentar los desafíos en materia de seguridad que afectan a la región, pues esa es la principal demanda de los poblanos y poblanas.
Por cierto que el gobernador saliente, Sergio Salomón, anunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum como el próximo titular del Instituto Nacional de Migración, va tener grandes retos por delante, sobre todo una vez transcurridas las elecciones en Estados Unidos. A falta de experiencia para ejercer dicho cargo, sirva por lo menos que el futuro exmandatario tendría la sensibilidad y buen trato para los migrantes, toda vez que Puebla es cuarto lugar nacional con el mayor porcentaje de paisanos en Estados Unidos, con el 7.7% de los 37.3 millones de migrantes mexicanos que viven en el territorio estadounidense. (Mario Maldonado, El Universal, Nación, p. A9)
Banorte, el dólar a fin de año
Buenas noticias para las familias de los migrantes. Banorte dice que la cotización del dólar para fin de año será de 19.90 pesos. Rendirán más los dolaritos para cenar romeritos. A principios de año estuvo a 16.56. También los exportadores estarán de plácemes y el tipo de cambio les ayudará a seguir marcando récords. (Enrique Galván Ochoa, La Jornada, Política, p. 6)
Hace 30 años, en octubre de 1994, el gobierno de Estados Unidos puso en marcha la Operación Guardián en su frontera con México.
Esta acción es un hito en la historia de la migración en el continente, y como tal da pie a analizar lo que ha sucedido en materia migratoria en estas tres décadas, lo que haré en esta y en la siguiente entrega de esta columna.
La Operación Guardián tenía el propósito de “disuadir a los migrantes” para que renunciaran al cruce de la frontera, por percibirlo complicado e intimidatorio. Con todas sus variantes, los principios de esta operación se quedaron como política fronteriza y se acentuaron después de los ataques a las Torres gemelas en 2001.
Hay ahora alrededor de mil 200 kilómetros de muro, que cubren poco más de un tercio de la frontera, y que fueron construidos en las administraciones de Bill Clinton (100), George W. Bush (750), Barack Obama (200) y Donald Trump (127).
El número de agentes asignados a la frontera con México ha crecido de 3 mil 555 en 1992, a 19 mil 357 en 2022, en tanto que la tecnología desplegada en la frontera ha aumentado en cantidad y sofisticación.
El presupuesto anual de la Patrulla Fronteriza ha pasado de 363 millones de dólares en 1993, a 6 mil 270 millones en 2024, con un gasto total de 90 mil millones de dólares en 11 mil días.
Este es el precio que se ha pagado por blindar los centros urbanos de cruces irregulares y empujar los flujos migratorios a zonas inhóspitas y de alto riesgo, como ríos, desiertos y montañas, pero el costo más alto no es este, sino el de la pérdida de más de 10 mil vidas de migrantes en la frontera, lo que equivale a un deceso cada día desde el inicio de la Operación Guardián.
La detención de migrantes en la frontera ha subido y bajado, pero se ha impuesto el incremento: en 2023, por ejemplo, la Patrulla Fronteriza realizó 2 millones 475 mil detenciones.
Todo va hacia arriba: el presupuesto, los recursos humanos, la tecnología, las detenciones, el paso irregular, las muertes, y también han ido y van hacia arriba las tarifas de los traficantes, la presencia del crimen organizado, la violencia y la comisión de delitos, como homicidios, desapariciones, secuestros y trata de personas.
A lo largo de los años, he planteado la pregunta de si la política fronteriza de Estados Unidos es la más adecuada para contener la migración con perspectiva de derechos humanos, y sigo creyendo que hay razones para cuestionar algunas de sus vertientes.
Pero en el panorama de la migración, ahora hablando de la que intenta llegar a Estados Unidos por la frontera con México, hay responsabilidades múltiples: la de los países emisores de migrantes que no han podido crear las condiciones económicas, laborales y de seguridad para reducir la salida de sus nacionales; la de los países con regímenes autoritarios que por acoso y persecución a sus críticos u opositores propician la huida de cientos de miles de personas cada año; y la de los países de otros continentes, cuyos migrantes están ahora intentando entrar a Estados Unidos por la frontera con México.
Es evidente que ningún país podrá por sí solo dar enfoque humano y otra dimensión, tratamiento y atención a la migración, que es uno de los desafíos más relevantes de este siglo. (Mauricio Farah, El Heraldo de México, Editorial, p. 19)
El sábado, el sitio de internet “Politico” publicó un análisis espeluznante. Uno de sus reporteros se dedicó a analizar 20 mítines recientes de Donald Trump en la recta final rumbo a la elección de noviembre. Lo que encontró es evidencia de una radicalización cada vez más grave de la retórica xenofóbica y antiinmigrante del expresidente de Estados Unidos.
Sólo durante su discurso reciente en la ciudad de Aurora, Colorado, Político reporta que Trump llamó a los inmigrantes “criminales sedientos de sangre” y “la gente más violenta del mundo”. Antes les ha llamado “animales” y “asesinos” que pretenden “envenenar la sangre del país”, alterando –dice Trump– el tejido social.
El análisis confirma que Trump tiene planeado pasar de las palabras a los hechos. Como parte de su mensaje final a los votantes, ha prometido construir centros de detención para comenzar la deportación de millones de seres humanos para contrarrestar lo que él llama el “crimen migrante” (cosa inexistente, de acuerdo con estudios muy detallados).
Y no sólo eso.
A finales de la semana dio un paso históricamente alarmante, al adelantar que pretende atenerse al llamado “Aliens Enemy Act”, un decreto de finales del siglo XVIII que le pemite al presidente de Estados Unidos detener y expulsar a inmigrantes, iuncluso aquellos en el país de manera legal. sin necesidad de proceso legal alguno. El carácter arbitrario de esta facultad ha derivado en abusos terribles en el pasado, como los cometidos contra estadounidenses de origen japonés en la Segunda Guerra.
Que Trump amenace con utilizar un recurso radical, claramente pensado como herramienta en tiempos de guerra, debería ser un foco rojo del tamaño de un faro. El frenesí antiinmigrante podría derivar muy fácilmente en detenciones masivas y arbitrarias que hundirían a la comunidad inmigrante -incluidos inmigrantes legales, hay que aclarar de nuevo- en un estado de indefensión y terror constante.
A esta amenaza se suma el proyecto de deportación masiva que Trump y sus aliados han establecido como una prioridad desde su primer día en el gobierno. Las repercusiones de deportar a millones de seres humanos que han hecho una vida en Estados Unidos y contribuyen de manera indispensable a su economía serían gravísimas. Un estudio reciente del Consejo Americano de Migración de esa hipotética deportación en más de 315 mil millones de dólares. Esos sólo son los costos inmediatos. La economía estadounidense perdería hasta 6.8% del PIB anualmente como consecuencia. Decenas de industrias resentirían de inmediato la ausencia de mano de obra.
Los costos humanos y morales serían peores. Si Trump consiguiera expulsar del país a entre 11 y 13 millones de indocumentados, alrededor de 5 millones de niños quedarían en la orfandad parcial o completa. Como contexto: en la guerra en Irak quedaron huérfanos alrededor de 750 mil niños iraquíes. Ahora serían 5 millones de niños estadounidenses, la enorme mayoría de origen hispano y una enorme mayoría de ellos de origen mexicano. Alrededor de 4 millones de familias mixtas -en las que uno de los padres es indocumentado- se verían separadas. Esas familias perderían, en promedio, más del 60% de su ingreso, condenándolos a situaciones de pobreza.
Son cifras tan devastadoras que cuesta trabajo comprenderlas a cabalidad.
Pero más vale comprenderlas.
Sobre todo aquellos que todavía consideran la posibilidad de apoyar a Trump. No hay que engañarse: apoyar a Trump es respaldar a un fascista. El racismo antiinmigrante de Trump amenaza con dar ese paso. Y cuando se da ese paso es muy difícil regresar. Cada persona que respalda a un hombre así tendrá que enfrentar las consecuencias de su decisión. Y la historia no perdona. (León Krauze, El Universal, Online)
Tanto la Secretaría de Economía que encabeza Marcelo Ebrard, como la Cancillería de Juan Ramón de la Fuente, comienzan a tomar nota de todas las ocurrencias que están saliendo en la campaña electoral de Estados Unidos, donde Kamala Harris y Donald Trump compiten en ver quién tiene la narrativa más agresiva contra la asociación comercial con México y Canadá y en contra de la inmigración. Saben que son tiempos electorales allá y que sólo el tiempo pondrá las cosas en su lugar. De momento, nos dicen, la consigna es no engancharse ni contestar a las provocaciones. (A la Sombra, El Sol de México, República, p. 2)
El virtual empate en las encuestas de opinión en la carrera por la presidencia de Estados Unidos entre la candidata demócrata Kamala Harris y el republicano Donald Trump es pretexto para que ambos busquen los votos que les pudiera dar el reducido margen que necesitan para ganar la elección. Debido a que las minorías étnicas, latinos, negros y árabes representarían ese margen, se han convertido en el blanco de ambos aspirantes, principalmente en los cinco o seis estados que darían la victoria a Harris o Trump, en el colegio electoral.
En Carolina del Norte y Pensilvania no es seguro que la mayoría de la población negra refrende el tradicional voto en favor de la dupla demócrata debido a la carestía que afecta principalmente a las minorías de bajos ingresos, entre los negros. Otra causa pudiera ser el sentimiento de que el gobierno de Biden- Harris no han hecho todo lo posible por defender sus derechos humanos frente a la política discriminatoria y racista, en particular de jueces y policías, en diversos estados.
En el caso de los árabes en lugares como Michigan, los 150 mil votos que fueron decisivos en ese estado para que Biden ganara, pudieran estar en vilo debido a la forma en que Biden y Harris han apoyado con millones de dólares en armamento a Israel en el conflicto en el Medio Oriente.
En un foro con la población de origen árabe, Kamala Harris manifestó su intención de promover un cese el fuego y la apertura de negociaciones para una solución de fondo en aquella región. Fue clara en su apoyo a los pueblos de Israel y Palestina, pero sin mencionar al primer ministro Netanyahu, promotor principal de la sistemática agresión armada en contra del pueblo palestino y al grupo terrorista Hamas, que perpetró el asesinato de centenares en Israel en octubre 2023.
En el caso de la población de origen latino, el gobierno de Biden-Harris se ha visto obligado a virar hacia una política más astringente en contra de la población migrante, particularmente latina, debido a que los congresistas republicanos en su afán de ganar los votos han acusado al gobierno demócrata de complacencia con los migrantes latinos en asuntos como gasto social, en especial el de salud y en el relativo a la criminalidad. El resultado es que se ha puesto en duda el voto de los latinos por Harris. Atendiendo esa posibilidad, Harris participó en un foro en Las Vegas, Nevada, organizado por la cadena Univisión, en el que manifestó su propósito de enmendar malentendidos sobre las posiciones que Biden y ella misma han tenido en relación con el problema migratorio.
El escepticismo en torno al apoyo que busca Harris, fue evidente en las preguntas que le hicieron. Insistió que ella nunca fue la responsable directa de la po-lítica migratoria en la frontera como le atribuyen sus maledicentes republicanos. Salió al paso de las críticas que las organizaciones latinas le han hecho por su política migratoria señalando que los republicanos encabezados por Trump son quienes anularon la posibilidad de un acuerdo migratorio que hubiera resuelto el dilema de ese problema. Fue determinante en destacar que los planes de salud y protección social instrumentados por el gobierno de Biden continuarán e incluso crecerán en su gobierno, Advirtió que de llegar Trump a la presidencia su desaparición es casi segura.
Harris está consciente que las causas por las que el voto latino ha disminuido en estados como Arizona y Nevada, están la carestía y la incierta situación de la población migrante en esos estados de la que en alguna medida hacen responsable al gobierno actual que no ha podido encontrar una solución a esos problemas. Tratar de encontrar un equilibrio entre las demandas de los republicanos y las de la población latina son, entre otras razones, la causa de su pérdida de popularidad en este sector de la población.
El difícil equilibrio en el apoyo en pro de las causas árabes y latinas, en el mejor de los casos, pudiera causar su abstención en el voto, anteponiendo que ellos consideran van más allá del peligro que Donald Trump regrese al poder. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Política, p. 10)
Ser testigo del avance y posible triunfo de un movimiento proto-fascista en el país más poderoso del planeta es casi inaguantable. Debería ser intolerable para todos, y el hecho de que no lo es, aun para opositores que tienen muy claro que implica esa posible victoria de las fuerzas más oscuras de este país, tal vez es lo más terrible del momento.
El mundo es un lugar peligroso en el cual vivir, no por la gente que es malvada, sino por la gente que no hace nada al respecto, aseguran que dijo Einstein. No quedan inocentes en esta elección estadunidense. Todos los que desean saber, saben quién está en esta contienda; de hecho, ya hay muy pocos que dicen que aún no saben por quién votarán. Lo preocupante es que esta contienda está empatada, lo cual implica que decenas de millones (en la elección hace cuatro años eran 74 millones) dicen que votarán por un abusador sexual de mujeres, un empresario farsante, el primer ex presidente con decenas de cargos criminales, un incitador de un golpe de Estado y alguien que amenaza a sus críticos, incluidos periodistas. No oculta su propuesta: usar a los más vulnerables para llegar a la Casa Blanca, acusando a los inmigrantes de todo mal en este país –estos migrantes entrarán a tu cocina y te cortarán el pescuezo, declaró recientemente– e impulsar un régimen de venganza contra todo opositor e imponer un proyecto que en su esencia es fascista.
Nada de esto está oculto. Que sus simpatizantes lo apoyen sabiendo quién es, representa una manera de medir cuánto desencanto y desesperación cunden en este país, sobre todo (pero no sólo), entre blancos de clase trabajadora, granjeros y pequeña burguesía que asisten a sus actos. Pero aún más desconcertante es el creciente apoyo entre latinos (casi cuatro de cada 10) y afroestadunidenses y hasta entre inmigrantes legales.
¿Cómo se explica que un amplio sector de mexicano estadunidenses en la frontera del suroeste, sobre todo en Texas, expresa apoyo para un hombre que basa su campaña en demonizar a los padres, abuelos, bisabuelos de estos mismos? Un colega periodista cuenta que se subió a un Uber en Nueva York, y el chofer le contó que es inmigrante de Ghana, que acababa de adquirir la ciudadanía estadunidense, y que iba a votar por primera vez en esta elección… por Trump.
A la pregunta de por qué, respondió que, además del tema que más le preocupaba, la economía, opinaba que se estaba permitiendo la llegada de demasiados inmigrantes a este país. Otra persona en el sector de salud comenta que una de sus colegas, una enfermera, que tuvo que atender a pacientes en el epicentro de la epidemia de covid en este país, donde murieron cientos de miles que no deberían de haber muerto sólo por el manejo de la crisis del entonces presidente Trump, ahora dice que votará por el magnate.
Más allá de estos misterios está la observación consciente de millones a la amenaza que representa Trump, que todos los días comentan entre sí qué tan terrible sería el retorno del payaso peligroso a la Casa Blanca, y repiten las repercusiones que esto podría tener tanto para los inmigrantes y sus familias, como para las mujeres, las minorías, la comunidad gay, para los derechos civiles y electorales. Todos los días llegan alertas de diversas agrupaciones, centros de análisis, comentaristas incluso de conservadores tradicionales en oposición a Trump, solicitando fondos, con varios argumentando la urgencia de votar contra Trump. Hay expresiones y esfuerzos, algunos extraordinarios, por todo el país –o sea, no es que impere el silencio– y por supuesto hay intentos de movilización, aunque otra vez el llamado es votar en contra.
Pero sí es cierto que se aproxima una crisis existencial para Estados Unidos, y de verdad los anti-Trump creen, como repiten, que realmente representa una amenaza fascista, ¿no tendrían que declarar una emergencia y convocar a todas las fuerzas no sólo a votar por la candidata anti-Trump, sino para conformar un movimiento de resistencia nacional?
Ante todo esto, una vez más se tiene que repetir la pregunta ¿sí pasarán? Más bien, ¿dejarán que pase? (David Brooks, La Jornada, Mundo, p. 28)
La migración a regiones con tendencia a incendios forestales ha aumentado 146% desde 2020, mientras que 40% de la población de EU vive ahora en los condados costeros más propensos a huracanes
La semana pasada, cuando el huracán Milton se dirigía a toda velocidad hacia la costa oeste de Florida, un conocido meteorólogo de televisión que cubría la tormenta se puso a llorar durante una transmisión. “Pido disculpas, esto es simplemente horrible”, dijo con la voz entrecortada.
La situación se agravó aún más por el hecho de que el huracán Helene acababa de arrasar Florida y las Carolinas, matando al menos a 225 personas y destruyendo no solo las zonas costeras, sino también pueblos de montaña como Asheville, una comunidad a unas 500 millas (800 kilómetros) de donde la tormenta tocó tierra. Los videos de YouTube de las inundaciones en esa ciudad mostraban edificios flotando en ríos embravecidos.
Todo esto ocurre en medio de los habituales incendios forestales y sequías en el oeste. Durante un viaje reciente a Denver, empecé a manifestar una tos seca por la neblina llena de humo que se cernía sobre el horizonte.
Por eso vale la pena preguntarse por qué el sur y el oeste de Estados Unidos, los lugares más expuestos a incendios, inundaciones, huracanes y calor extremo, son también los lugares a los que los estadunidenses se han mudado en masa en los últimos años.
Desde la década de 2010, los estadunidenses se han ido alejando de las ciudades del norte, como Boston, Nueva York, Chicago y Filadelfia, hacia el Cinturón del Sol. Pero esta gran migración hacia el sur y el oeste del país se aceleró durante la pandemia, cuando estados como Florida, Texas, las Carolinas, ciudades como Phoenix y partes de las montañas de Sierra Nevada se convirtieron en destinos de moda.
La migración ocurre por muchas razones. Durante la pandemia, muchas personas buscaron espacio y menos restricciones a las actividades diarias, lo que las llevó a los estados republicanos del sur y el oeste. Otros querían una mayor cercanía con la naturaleza, dadas las mayores oportunidades de trabajo remoto, así como los climas templados, las bienes raíces más baratas, los impuestos más bajos y la regulación empresarial más suave que se ofrece en estos lugares.
Florida y Texas se promocionaron como refugios liberales frente a los estados demócratas encerrados. Elon Musk fue uno de los íconos de esta migración libertaria, al trasladar la sede de Tesla de Silicon Valley a Texas.
El patrón migratorio más pronunciado fue el de Nueva York a Miami. Los trabajadores adinerados del sector financiero, tecnológico y de servicios se trasladaron en masa de una ciudad costera vulnerable a otra aún más riesgosa, mientras los fondos de cobertura y las startups de tecnología se instalaban en Silicon Beach.
A escala nacional, en un estudio reciente de la aseguradora hipotecaria federal Freddie Mac se concluyó que la llegada de personas de zonas de riesgo climático bajo y moderado a zonas de alto riesgo se duplicó desde la pandemia; 40 por ciento de la población de EU ahora vive en los condados costeros más propensos a los huracanes. La migración neta a zonas de alto riesgo de incendios forestales registra un aumento de 146 por ciento desde 2020.
Entonces, no sorprende que en un estudio de la Junta de la Reserva Federal de 2023 sobre la economía y la toma de decisiones de los hogares se encontrara que 16 por ciento de los adultos estadunidenses informaron algún tipo de disrupción personal o de la propiedad a causa de un desastre natural en los últimos 12 meses. Si bien el país experimentó un promedio de mil millones de dólares en desastres naturales cada cuatro meses en la década de 1980, esa cifra aumenta a uno cada tres semanas según el informe de la Quinta Evaluación Nacional del Clima del gobierno publicado el año pasado.
El costo total de los desastres climáticos y meteorológicos en EU en 2023 fue de la friolera de 165 mil millones de dólares y 2024 probablemente superará esa cifra. Hasta ahora, tanto los individuos como las empresas han estado dispuestos a ignorar el riesgo financiero y humano a largo plazo de todo esto en favor de las ganancias a corto plazo que vienen en forma de grandes subsidios a las empresas, regulación laxa y bajos precios de bienes raíces e impuestos.
Pero me pregunto si no llegamos ya a un punto de inflexión. Las primas de seguros se están volviendo completamente inasequibles. Registran un aumento de 33 por ciento a escala nacional desde la pandemia y en las áreas más vulnerables el incremento de su costo es en los niveles altos de dos dígitos o incluso llegan a tres.
Además, EU corre un mayor riesgo físico por el cambio climático que muchas otras grandes economías, como Alemania, Italia, Indonesia o Brasil. Así como la política y los niveles de deuda pueden justificar primas de riesgo más altas, también lo pueden hacer sus vulnerabilidades climáticas.
Por supuesto, hay una gran cantidad de acciones que se pueden tomar y se están tomando para mitigar ese riesgo tanto a escala estatal como federal: desde fortalecer las redes de servicios públicos y modernizar la infraestructura costera hasta desarrollar planes de calefacción urbana y un mejor manejo de los bosques para reducir el riesgo de incendios forestales. A pesar de esto, es revelador que pocos estadunidenses quieran prohibir la construcción en áreas de riesgo o forzar la reubicación de sus habitantes, de acuerdo con un estudio de Pew. Como siempre, queremos tenerlo todo.
Pero hay evidencia de una tendencia contraria que está surgiendo. En un reciente estudio del Banco de la Reserva Federal de San Francisco titulado “Snow Belt to Sun Belt Migration: End of an Era?” (Migración del Cinturón de Nieve al Cinturón del Sol: ¿el fin de una era?) se encontró una notable disminución en los patrones de migración de zonas frías a cálidas entre los jóvenes con educación universitaria, que son los más preocupados por el cambio climático.
Mi propia hija, recién graduada de la universidad, me dijo que tomó la decisión de quedarse en Chicago no solo por la vivienda relativamente asequible, sino porque es “un clima frío cerca de una gran masa de agua dulce”. Esos son los cálculos distópicos de una generación nacida en un mundo en calentamiento. (Rana Foroohar, Milenio, Negocios, p. 26)
Por andar diciendo verdades

(Jabaz, El País de Nunca Jabaz, Milenio, Al Frente, p. 3)
Bandera Culichi

(Chavo Del Toro, Excélsior, El Foro, p. 54)