El atentado contra Donald Trump, que dejó al republicano herido en una oreja, hará casi imbatible su candidatura en noviembre en los comicios estadunidenses.
Es también una demostración más de la violencia que genera la polarización en todos lados, pero mucho más en un país donde hay más armas que habitantes. Lo que le sucedió a Trump es terrible, tan terrible como las muertes que se dan cotidianamente en tiroteos, ataques de presuntos desequilibrados, masacres en escuelas y centros comerciales de ese país. O en el nuestro, con las armas que vienen de Estados Unidos.
Pero el atentado a Trump, quien ha elevado a su máximo grado esa polarización, quien más ha defendido el uso de las armas, quien utiliza un lenguaje de fuerza y arrebato que ha impulsado las peores formas de violencia, como en la toma del Capitolio el 6 de enero de 2021, lo convierte de victimario en víctima y de provocador en héroe.
No faltará la teoría de la conspiración que hable de un autoatentado o algo similar. No es verdad: sí se atacó a Trump y éste salvó milagrosamente su vida, como ya le había sucedido años atrás a Ronald Reagan. La muerte del atacante (como con Lee Harvey Oswald) no ayudará a tener claridad sobre lo sucedido o sobre quién fue el instigador del crimen.
Un buen amigo comentaba ayer que afortunadamente Trump no murió, porque eso hubiera implicado una enorme ola de violencia, casi una guerra civil que se desfogaría contra hispanos y afroamericanos. Puede ser. Las primeras reacciones de los más radicales partidarios de Trump hablan de venganza, pero su equipo de campaña lo capitaliza invirtiendo la realidad: los que quieren la violencia con acusaciones de fascismo, con el lenguaje de que hay que frenar a como dé lugar a Trump, dicen, son los demócratas, ellos provocaron el atentado.
No es la primera vez que un ataque de estas características catapulta a la persona o el movimiento que intentaba acabar. Eso aparentemente ocurrirá con el trumpismo.
Contra un candidato victimizado compite un Joe Biden que provoca, en el mejor de los casos, lástima. Un Biden que se aferra a la candidatura presidencial, pese a que ahora la cobertura de su campaña se concentra en sus cada vez más frecuentes errores: acaba de terminar una de las más importantes reuniones de la OTAN en Washington donde se celebró su 75 aniversario, con grandes acuerdos políticos y militares, pero la nota fue que Biden confundió a Zelenski con Putin y llamó a la vicepresidenta Harris, vicepresidenta Trump y así será hasta noviembre.
México se ha equivocado, y mucho, con Trump. Peña Nieto cometió aquel error terrible, impulsado por Luis Videgaray, de recibirlo como candidato en Los Pinos, sin haber concertado una visita similar con su entonces oponente Hillary Clinton, y cuando Trump amenazaba con el muro y la deportación masiva de migrantes, cuando decía en sus discursos que los mexicanos eran asesinos y violadores. Eso sirvió para derrumbar la popularidad de Peña, aumentar la de Trump y para que Videgaray tuviera una buena relación con el yerno de Trump, Jared Kushner, y que se abriera la renegociación del TLC, que terminó ya en el gobierno de López Obrador en el nuevo T-MEC, que tendrá que volver a ser revisado en 2026.
López Obrador, que incluso había escrito un libro muy duro contra Trump, cuando llegó a Palacio Nacional creyó que podía presionar abriendo las fronteras. A las oleadas migrantes, Trump respondió con amenazas y el Presidente decidió que podía hacer cualquier cosa menos pelearse con Trump; dio un giro de 180 grados, envió 27 mil soldados y guardias nacionales a la frontera y aceptó, con otro nombre, jugar el papel de tercer país seguro con los migrantes y solicitantes de asilo. Desde entonces, Trump dice que el muro lo hicieron los soldados mexicanos y lo paga México. En parte tiene razón.
López Obrador fue más allá. En plena campaña de 2020 voló a Washington para estar con Trump en La Casa Blanca, lo que fue interpretado como un apoyo explícito a su campaña. Actuó, vaya paradoja, exactamente igual que Peña Nieto, al que tanto criticaron duramente por haber recibido cuatro años antes a Trump en Los Pinos. El único endurecimiento de López Obrador con Trump se dio con la detención del general Salvador Cienfuegos: a pesar de que en las primeras horas la celebró, luego de una intensa presión militar y política exigió su liberación y, finalmente, la logró. Trump había perdido en esos días la elección.
Después del fallido atentado, a unas horas de la Convención republicana, y ya con Trump de candidato (pendientes de ver a quién anuncia como vicepresidente) y con un Biden disminuido, el equipo de Claudia Sheinbaum se apresta a afrontar las elecciones estadunidenses manteniendo, eso nos comentaba antes de las elecciones Juan Ramón de la Fuente, distancia con la competencia electoral y analizando cómo afrontar la próxima administración, sobre todo si es Trump, considerando que muchos de los que estuvieron en su primera administración y que eran las vías de comunicación de López Obrador, ya no estarán en La Casa Blanca.
No creo que Sheinbaum vaya a replicar la política de López Obrador, por la sencilla razón de que un Trump de regreso y más radicalizado será también mucho más duro que hoy en una relación bilateral con relación a migración, fentanilo, energía, agricultura; será mucho más compleja.
Se requerirá una agenda más amplia, que diversifique las políticas y tener mucha más capacidad de interlocución y operación. Y me imagino que para manejar esa agenda tendremos una Presidenta mucho más presente, política y personalmente, en la Unión Americana. Ojalá. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 12)
Las encuestas de Estados Unidos marcan una elección presidencial polarizada y reñida, con Trump ligeramente arriba y al alza. La pregunta es cómo cambiarán las preferencias electorales en respuesta al atentado que hace unos días sufrió Trump. Y sobre todo, qué significa esto para México.
Considero que el escenario político estadounidense supone cambios trascendentales e inmediatos para nuestro país.
En otras ocasiones, atentados políticos contra candidatos han precedido su victoria. Estados Unidos no escapa de un escenario similar. El debate político de Estados Unidos ha girado en torno a si Biden tiene la estamina, fuerza y energía para ser presidente un periodo más. La actitud desafiante y valiente que Trump mostró segundos después del atentado podrían movilizar mayor participación de su leal base electoral. Esta es mala noticia para Biden.
De manera inmediata, México debe prepararse para el posible desencadenamiento de importantes olas migratorias nuevas de personas que, previendo una mayor probabilidad de victoria de Trump, podrían decidir adelantar sus planes de cruzar la frontera antes de que éste vuelva al poder. Los migrantes son altamente estratégicos y responden a las coyunturas políticas con sincronía.
México también debe alistarse para negociar los términos de una política migratoria Trumpista que seguramente será más draconiana. Trump equipara a los migrantes con criminales y terroristas que “envenenan la sangre” de los estadounidenses. Ha prometido que realizará “la operación de deportación más grande en la historia de Estados Unidos”, que promoverá que los migrantes se queden en México y no dará “ni 10 centavos” de ayuda financiera internacional para atender la crisis.
La intimidación será grande, pero México no debe olvidar sus fortalezas, pues a esta negociación llegará más fuerte que nunca. A diferencia del primer periodo de Trump, cuando China era el principal socio comercial de Estados Unidos, ahora México ocupa ese lugar. La economía de Estados Unidos y México está aún más compenetrada y ello nos da mayor espacio de negociación que debemos apalancar. Un mecanismo carrusel de aranceles por parte de México siempre ha sido temido.
Durante este sexenio, los negociadores mexicanos cometieron el error de ofrecer demasiado, muy rápido. Por ejemplo, en respuesta a una amenaza por imponer un arancel del 5% a México, el equipo negociador mexicano propuso encargarse de reducir la migración en un porcentaje tan alto que las propias autoridades estadounidenses quedaron sorprendidas, según comentaron los propios asistentes a la reunión. Futuros negociadores tendrán que ser más estratégicos.
A su vez, Sheinbaum tiene que ser precavida de posibles negociaciones que puedan hacerse a sus espaldas. Según declaró Martha Bárcena, ex embajadora de México en los Estados Unidos, Ebrard le ocultó a López Obrador acuerdos migratorios a los que él había llegado con el secretario de estado norteamericano, Mike Pompeo. En su libro de memorias, Pompeo comentó que el acuerdo sucedió dos semanas antes de que Trump tomara posesión y que se le pidió mantenerlo en secreto. Ebrard negó los hechos.
Es momento de repensar la política de austeridad impuesta a los consulados y embajadas mexicanas en Estados Unidos. México necesita un despliegue diplomático más abundante que pueda negociar y socializar temas delicados.
López Obrador se caracterizó por una subestimación de la arena internacional. Ello debilitó nuestra capacidad institucional de negociación y empoderó a emprendedores políticos a aprovecharse de la situación. Ante una posible victoria de Trump, Sheinbaum deberá tomar un camino más estratégico. (Viri Ríos, Milenio, Política, p. 23)
¿AFECTARÁ A LOS mexicanos el atentado contra el candidato republicano Donald Trump? En el supuesto de que gane las elecciones aparentemente no y ya vemos que ni los tribunales ni las balas lo paran. Sin embargo, hay circunstancias que nos llevan a pensar que sí pudiera tener consecuencias. Cuando fue alcanzado por un proyectil en la oreja derecha, Trump hablaba ante una pequeña multitud en Butler, Pensilvania, del problema migratorio, de los cruces ilegales durante el gobierno del presidente Biden. “Esa gráfica es de hace un par de meses”, dijo. “Y si quieren ver algo muy triste…” No alcanzó a terminar la frase, se tiró al piso y los agentes del Servicio Secreto lo cubrieron. Seguramente no olvidará el resto de su vida el atentado, como tampoco el tema migratorio. Cuando los agentes lo bajaron del escenario, lo vimos con el rostro descompuesto, desafiante, con un manchón de sangre en el rostro y el puño levantado gritando “fight, fight, fight” (pelea). ¿Contra quién? ¿Contra los cruces ilegales? ¿Contra los indocumentados que ya se encuentran en territorio estadunidense? Cualquier cosa que tenga en mente pudiera afectar a los mexicanos. (Enrique Galván Ochoa, La Jornada, Política, p. 6)
“Trump regresará en enero”, afirmaba Tom Homan, el antiguo director del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas —ICE, por sus siglas en inglés—, el lunes pasado. “Estaré pegado a él, y voy a dirigir el mayor esfuerzo de deportación que haya visto este país. They ain’t seen shit yet, advirtió. Esperen al 2025”.
“Vamos a traer a Tom Homan de regreso, por cierto”, declararía el exmandatario, al día siguiente, en uno más de sus discursos cargados de odio hacia los migrantes. They ain’t seen shit yet, amenaza desde ahora quien no sólo se encargará de instrumentar la deportación de alrededor de veinte millones de personas, anunciada por el candidato, sino que, además, es uno de los cerebros detrás de la iniciativa y colaborador en el Proyecto 2025 del que Trump ha tratado de desligarse sin demasiado éxito. Tal vez ya no sea necesario.
El Proyecto 2025 es un plan respaldado por la Heritage Foundation, y en cuya elaboración participó un gran número de excolaboradores del expresidente. El objetivo que persigue es la transformación de la sociedad de acuerdo a los valores más conservadores, y el mecanismo que plantea es conferirle poder absoluto al titular del Ejecutivo, al tiempo que se somete a los demás poderes y se eliminan los órganos autónomos que permiten los checks and balances necesarios para el funcionamiento de cualquier democracia moderna.
Una historia, tristemente, conocida. El FBI desaparecería, así como el Departamento de Educación. El Departamento de Justicia dependería del presidente, y el Departamento de Homeland Security sería desmantelado para crear una fuerza más poderosa capaz de hacerse cargo de la frontera. La construcción del muro se reanudará, y se le asignarán todos los recursos necesarios; los migrantes serán perseguidos como criminales, y se brindará impunidad a las fuerzas del orden que contribuyan a su arresto. Las políticas contra el cambio climático darían marcha atrás, y se impondrían barreras al comercio internacional; la Reserva Federal sería abolida, el aborto será restringido, y se terminará con los derechos de género y todo lo que se identifique como woke.
La campaña de Joe Biden se quedó sin argumentos para ocultar el evidente declive de quien todavía se encuentra a cargo del país, y prefirió apelar al miedo que puede despertar el autoritarismo. El presidente se refirió al Proyecto 2025, y recordó las causas criminales que enfrenta su rival; los medios afines se refirieron a su contrincante como un delincuente sin cansancio, y las búsquedas en Google explotaron mientras que Trump trataba de deslindarse de su contenido.
Entonces llegaría el mitin de Pensilvania. Los disparos, la incertidumbre, el puño en alto con el rostro ensangrentado. La imagen misma del sueño americano: la fortaleza de un hombre que se levanta, tras recibir un tiro a la cabeza, frente a la debilidad de un anciano que trastabilla y no es capaz de recordar nombres propios. Donald Trump se convirtió en un símbolo que trasciende a su propia ideología, y que en sí mismo encarna los valores más fundamentales de una sociedad sedienta de héroes: los demócratas se han quedado sin candidato competitivo ni justificación para persistir en una campaña negativa, y sus principales exponentes no han tenido más remedio que sumarse al respaldo de quien, con la herida aún sangrante, ha sabido capitalizar la situación. Fight!, fight!, fight!
En el medio, como siempre, quedamos nosotros. They ain’t seen shit yet, ha sido la advertencia que hoy recibimos con tiempo suficiente: Trump regresará con furia, y México se enfrentará al periodo más difícil de la historia moderna. La sociedad mexicana está dividida, y nuestras instituciones endebles; la Presidenta, en el papel, tendrá poder absoluto, pero en los hechos vivirá a la sombra del caudillo. “Sea como sea”, lamentó el Presidente de nuestro país el atentado que casi cuesta la vida de su homólogo: “Sea como sea”, celebrará el estadunidense, en enero, cuando cierre la frontera y Tom Homan comience las deportaciones. They ain’t seen shit yet…. (Víctor Beltri, Excélsior, Nacional, p. 18)
Servicio (muy) secreto

(Rapé, Milenio, Al Frente, p. 2)
Atentado Impulsor

(Magú, La Jornada, Política, p. 3)
La Oreja de Trump

(Rocha, La Jornada, Política, p. 4)
Tal cual

(Alarcón, El Heraldo de México, La 2, p. 2)
Rozón

(Rictus, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 40)
La Trayectoria de la Bala

(Garci, El Financiero, Opinión, p. 30)
Paronimia

(Perujo, El Economista, El Foro, p. 55)
Denuncian hostilidad contra Trump

(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 14)
La Campaña

(Camacho, Reforma, Opinión, p. 11)
Daño colateral

(Obi, Reforma, Opinión, p. 10)
Impulso electoral

(Waldo, El Universal, Opinión, p. A16)
A construir el muro

(Patricio, El Sol de México, Análisis, p. 22 y La Prensa, Editorial, p. 14)
Make Great America Again

(Osvaldo, El Sol de México, Análisis, p. 20 y Ovaciones, Opinión, p. 26)