Desafiante, comprometido, en marzo de 1998 José Saramago llegó a México dispuesto a sacar de quicio al gobierno de Ernesto Zedillo. Semanas atrás había anunciado, en un artículo muy duro que dio la vuelta al mundo, que visitaría Chiapas y expresaría su apoyo a los rebeldes zapatistas. Estoy aquí porque no me da igual, insistiría luego desde las montañas chiapanecas.
La Secretaría de Gobernación amagaba con aplicarle el artículo 33 constitucional si intervenía en asuntos internos. Por entonces estaba de moda expulsar de Chiapas a activistas europeos. El Instituto Nacional de Migración y los medios de comunicación acababan de expulsar de Chenalhó, y de México, al veterano párroco francés Michel Chanteau. Ocurrida menos de tres meses antes, la masacre de Acteal estaba fresca, la indignación mundial era intensa, y mayúsculo el predicamento del gobierno zedillista, acusado de las masacres (hubo otras) y de la contrainsurgencia.
Desde la ventanilla de migración en el aeropuerto de la Ciudad de México, el 7 de marzo de aquel año, a la hora de poner a prueba al gobierno, Saramago reiteró que iría a Chiapas porque es mi derecho y mi obligación.
Durante toda su visita al país trajo tras sus tobillos a la Secretaría de Gobernación y los servicios de inteligencia. Lejos de atemorizarlo, el acoso dio mayor solidez a su actitud. Y su estatura moral se volvió inexpugnable. Era un viejo militante de izquierda, comunista heterodoxo. Todavía no le daban el Nobel, pero había escrito una serie de novelas extraordinarias y ya se llamaba José nada más, como el personaje de su por entonces más reciente creación, Todos los nombres.
A lo largo de una semana expresó de manera pública lo que quiso, y el 14 de marzo él y Pilar llegaron a Chiapas en compañía de Carlos Monsiváis, Ofelia Medina, Juan Bañuelos y su editor, Sealtiel Alatriste, para visitar las comunidades a la mañana siguiente. En la cabecera municipal de Chenalhó, un retén de migración detuvo e interrogó con rigor al novelista, y enseguida uno del Ejército federal, al que el escritor no ocultó su irritación, si no es que indignación. En Majomut entró a la base militar que sitiaba los ocho campamentos de refugiados de Polhó y confrontó al mando, sin obtener una explicación convincente de por qué había un cerco armado para los desplazados civiles zapatistas, siendo que eran ellos los agredidos por grupos paramilitares, no lo agresores.
Una crónica en La Jornada registró que Saramago se había llevado una montaña de Chiapas:
Una pequeña montaña que le cabe en la bolsa del pantalón, idéntica a la escarpada serranía de los Altos, esta tierra de los pueblos tzotziles. Nacida de ellas, la roca que recoge del suelo de Acteal el escritor portugués pesa en la mano como un siglo, como una vida entera. Más tarde, al iniciar el regreso a Jovel (San Cristóbal de Las Casas), la muestra con triste orgullo a Pilar. (Hermann Bellinghausen, La Jornada, Cultura, p. 4-A)
Ojalá que la renuncia de Chris Magnus, quien fue hasta hace unos días jefe de la oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos, haya prendido focos rojos de este lado de la frontera.
Si bien el funcionario no duró ni siquiera el año en el cargo, no se puede decir que esto se haya debido a que no tenía experiencia previa en temas migratorios. De hecho, Magnus ha sido descrito como el “duro” desde que fue jefe de policías en Tucson, Arizona. Luego se le reforzó la caracterización cuando ejerció ese mismo puesto en Dakota del Norte y en Richmond, California. Sin embargo, eso y su conocimiento como oficial del orden, poco sirvió para detener las actuales olas de migrantes, unas sin parangón, originadas en distintos países latinoamericanos —y también de algunos africanos, como Etiopía— hacia norteamérica.
En algún momento, analistas consideraron que esto sería decisión del presidente estadounidense Joe Biden dado el probable triunfo de los republicanos en las elecciones legislativas que acaban de pasar; algo así como una concesión hacia los votantes más reacios a quienes les prometía nombrar a alguien declaradamente anti inmigrante. Ahora que sabemos que los republicanos no resultaron arrolladoramente victoriosos, da la impresión que este despido no obedeció tanto a la presión de ellos, como a que el mismo Biden quiere fortalecer su frontera y disminuir el número de migrantes que intentan el sueño americano. Sí, al interior de la administración demócrata este relevo se considera como el inicio de un endurecimiento de los pases fronterizos ante el incremento de migrantes.
En lo personal, no creo que sea el inicio, pues tan solo en el año fiscal que terminó en EEUU el 30 de septiembre se detuvieron a 2.4 millones de migrantes en la frontera México-Estados Unidos (esto es, un 37% más que el año fiscal previo, duplicando el nivel más alto alcanzado durante la presidencia de Donald Trump en 2019). Lo que sin duda sí significa esta “renuncia” de Magnus, como confirmó Brandon Judd, el presidente del Consejo Nacional de la Patrulla Fronteriza, es una vuelva de tuerca en la materia dados los pronósticos que están teniendo los norteamericanos para la región.
En entrevista dada a ‘Los Angeles Times’, el mismo Magnus dijo que el secretario de Seguridad Nacional estadounidense, Alejandro Mayorkas, le pidió a Magnus que renunciara o que, de lo contrario, sería despedido de mala manera; y aunque el funcionario trató de defender su actuar, basándose en su amplia trayectoria y en su trabajo, el final lo conocemos.
También sabemos que cada vez que se aprietan los controles de migración en aquel lado del Río Bravo, las presiones políticas y económicas le siguen para lograr que tarde que temprano lo mismo suceda del lado mexicano. Con una importante diferencia, claro está: que México no puede expulsar a los migrantes en los distintos cruces fronterizos que tiene con Centroamérica…
Y no que ello resultara tampoco en una solución. Vaya, ni con alguien más estricto ni con la frontera totalmente sellada como propone Trump se acabaría el problema de la expulsión de migrantes. En primer término, porque una frontera cerrada o clausurada no impulsa el desarrollo del país que expulsa migrantes. En segundo término, aunque la probabilidad de pasar ilegalmente disminuye, lo cierto es que los migrantes huyen hacia los países que ofrecen oportunidades, aunque sean estas pocas o sumamente difíciles de alcanzar. Tercero, porque Estados Unidos es una economía que sigue creciendo en relación a lo que pasa en casi la totalidad de los países latinoamericanos.
No, la renuncia de Chris Magnus no significa una buena noticia para México, ni para nuestros migrantes, ni para los migrantes extranjeros que aquí se quedan varados en territorio mexicano. Todo lo contrario. Indica que hay poca confianza por parte de los Estados Unidos en materia de su comercio bilateral y por cuanto a las perspectivas económicas sobre nuestro país.
La renuncia de Chris Magnus es una señal clara que el gobierno de México debe de sopesar y ante la cual las secretarías de Relaciones Exteriores y de Economía deben actuar. No augura mejores tiempos en el continente y sí muchos más problemas. (Verónica Malo Guzmán, El Heraldo de México, País, p. 11)
Indiferencia a nuestra crisis humanitaria
La incipiente crisis humanitaria en nuestro país, resultado de la inmigración incontrolada, la trata el Gobierno de la República con una censurable indiferencia, como si los migrantes fueran polvo que barrer bajo la alfombra y no personas.
La solidaridad de la sociedad civil, tan demonizada por el Gobierno de la República, es el único auxilio que reciben los migrantes que acampan en las ciudades de la frontera norte y a lo largo y ancho de México.
Aunque personal del Gobierno les extorsiona, hay indiferencia oficial hacia la situación de los migrantes. Algún pensador cuyo nombre escapa a la memoria advirtió que la indiferencia lleva a la insensibilidad y la insensibilidad a la barbarie. (José Fonseca, El Economista, Política y Sociedad, p. 49)
Washington. Afirmar que la integración entre Estados Unidos y México es un hecho que avanza pese a todo parecería gratuito, pero nunca está de más recordarlo.
Uno de sus efectos, es que los vínculos se hacen intermésticos, o sea internacionales con impacto doméstico, y cuestiones económicas, políticas o sociales de un país tienen impacto a veces muy directo en el otro.
Pero ambos países, ambos cuerpos políticos, suelen actuar sin considerar el efecto de sus decisiones sobre sus vecinos, sin importar que a veces resultan contraproducentes.
Y no es raro que pidan resoluciones imposibles, o casi imposibles del otro.
La política doméstica lleva a los estadounidenses a expresar su temor sobre la seguridad de la frontera, vista como el bajo vientre blando de sus defensas, y propugnar por medidas unilaterales, expresadas a veces en políticas migratorias irracionales y xenofóbicas en aras de la seguridad nacional.
El gobierno mexicano, por su parte, parece cómodo con la idea de obtener beneficio de la vecindad, en la forma de inversiones y lo que es prácticamente un aval impulsado por las necesidades de la economía mayor.
El beneficio es mutuo en muchos sentidos, pero no evita tensiones ni presiones en un proceso de integración que en principio obliga a cada uno a la constante negociación con el otro.
Pero en ambas naciones hay sectores a veces muy influyentes que tienen problema con eso. Después de todo, decisiones de política interna estadounidense reverberan a veces de forma indeseable en México, y problemas mexicanos encuentran audiencia y frecuentemente reacciones en Estados Unidos.
Y lo más complicado es que a pesar de todos los contactos, cada país trata de proyectar sus propias concepciones en el otro: en México, tal vez por conveniencia, el gobierno parece a momentos indiferente o ignorante de los grados de descentralización y el rejuego de intereses de su contraparte estadounidense; en Estados Unidos desean creer que la integración socio-económica y comercial puede mover modernizar y rebasar prejuicios y resentimientos del aparato político basados en la historia común.
A estas alturas del partido, casi 33 años después de que se iniciara el proceso que llegó al Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN) y su sucesor, el Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC), esa interrelación es un hecho y la creación de una región norteamericana, en competencia con otras del mundo, como Europa, Asia-Pacífico, China y su esfera de influencia, los países árabes se desarrolla.
En ese marco, las preocupaciones de Estados Unidos respecto a México siguen siendo, y de lejos, migración y comercio. Y en lo mediato, una solución al tema de energía.
Hay presiones y demandas internas que el gobierno mexicano debe considerar y negociar, o tomar riesgos inconvenientes. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 30)
Hoy, el “sueño americano” es tener un trabajo que permita trabajar a distancia y vivir en México. Un nuevo fenómeno ha ocurrido desde la pandemia que ha cambiado la forma de trabajar. Con la posibilidad de trabajar a distancia, decenas de extranjeros han llegado a vivir a distintas ciudades de México. Y es que con un sueldo en dólares, vivir en México es redituable.
Las colonias como la Roma, Narvarte, Polanco y Condesa, son algunos ejemplos en los que la nacionalidad de sus habitantes ha cambiado, han pasado de ser vecinos mexicanos, por extranjeros del llamado primer mundo. Este fenómeno no es nuevo, lo cierto es que se incrementó a partir de la pandemia de Covid-19.
A estas personas se les denomina “nómadas digitales”, es decir, ciudadanos de diferentes nacionalidades que buscan territorios a precios baratos para vivir, pues sus áreas de trabajo son a través de Internet.
La Secretaría de Gobernación (Segob), a través de la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas (UPMRIP), informó que de enero a agosto de este año, la entrada de personas extranjeras con visa de Estados Unidos se incrementó en un 252.9%, en relación al mismo periodo del año pasado.
En 2019, nuestro país otorgó 17 mil 829 residencias a estadounidenses, pero en 2021 la cifra llegó a un nivel récord, al otorgar 22 mil 76 residencias, un aumento del 24 por ciento.
Pero no sólo se trata de estadounidenses, europeos también tienen a la capital mexicana como uno de los principales destinos para trabajar vía remota, cobrar en la moneda de su país y solventar sus gastos en pesos mexicanos, de forma más holgada, una diferencia monetaria enorme, que les permite tener una calidad de vida infinitamente mejor.
En la Condesa, vecinos han expresado que han notado un gran cambio en la actividad de su colonia, describen que pasó de tener vida nocturna a una vida más familiar con actividades en parques y mercados, principalmente.
La plataforma Work From Wherever (Trabaja desde donde sea), informó que nuestro país es el tercer destino favorito para trabajar de forma remota. De acuerdo con el Departamento de Estado de Estados Unidos, un millón y medio de ciudadanos estadounidenses viven en México y trabajan con visas de turista.
Sin duda la tecnología jugó un papel importante para el arribo masivo de extranjeros a nuestro país, ya que las plataformas que facilitan la búsqueda de cuartos o departamentos, permitieron que su llegada a México se hiciera de manera rápida.
Este cambio en la dinámica de las colonias, que han poblado los trabajadores extranjeros, llamó la atención del Gobierno de la Ciudad de México, por lo que junto con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la plataforma Airbnb, firmaron un acuerdo para posicionar a la capital como destino creativo y favorito de estos “nómadas digitales” y distribuirlos también a alcaldías como Iztapalapa, Milpa Alta y Xochimilco, para superar la derrama económica de 9 mil 300 millones de pesos, que en 2021 generaron las rentas por medio de esa plataforma.
Para autoridades de la capital es importante potenciar la llegada de extranjeros para que permanezcan más tiempo y trabajen desde México. Según la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, la Ciudad de México es uno de los 20 destinos favoritos de los nómadas digitales, compartimos la lista con Dubái, Buenos Aires, Lisboa.
Y es que cuando llegan extranjeros a nuestro país, apoyan a la economía local. Por supuesto que está la otra cara de la moneda, y es que expertos del sector inmobiliario mencionan que una de ellas es que los dueños de los inmuebles en México prefieren dejar de lidiar con inquilinos mexicanos, que se pueden llegar a retrasar en las rentas, y mejor llegar a un acuerdo económico con la plataforma para la administración y cobro de la renta, para elevar cinco o seis veces más los precios a los extranjeros.
Hoy, las rentas en las colonias que son de la preferencia de extranjeros han aumentado entre 30% y 40% los precios. Y es que ganando en dólares o euros, tienen mayor poder adquisitivo. Tan sólo en la Condesa los alquileres de apartamentos aumentaron, entre enero y junio, un 32 por ciento.
Los estadounidenses pueden trabajar en México hasta por seis meses consecutivos con sus visas de turista, siempre y cuando se les pague en el extranjero. Muchos optan por regresar a Estados Unidos por un breve periodo y luego renovar en México un nuevo periodo de seis meses y seguir trabajando.
Esta situación también fue mencionada por el Presidente Andrés Manuel López Obrador, durante su conferencia matutina del pasado jueves 13 de octubre, cuando expresó que se siente “orgulloso de que existan grupos grandes de extranjeros viviendo en México”, pero la gentrificación es real y también amenaza a las poblaciones locales.
La llegada de “nómadas digitales” abrió un nuevo modelo de negocio llamado coworking que consiste en rentar espacios habilitados con las herramientas básicas para que empresarios o profesionistas desarrollen su trabajo.
Ahora hay un tema fundamental, y es que si en México queremos que llegue gente extranjera para mejorar la economía local, se debe garantizar la seguridad y ése, es el gran reto. (Bibiana Belsasso, La Razón, México, p. 10)
(…) En éste y en otros sentidos, los resultados de las elecciones en Estados Unidos, que ameritan un análisis mucho más detallado, son una pésima noticia para el gobierno federal. Muchos apostaron en el primer plano gubernamental a una derrota de un Joe Biden al que consideran un presidente débil y siguieron apostando, como lo hicieron en las elecciones pasadas, a la llamada ola roja de Donald Trump.
Les salió exactamente al revés: Biden no es un personaje popular, no es Clinton, ni Obama, pero el gran derrotado no fue él, fue Trump: perdieron sus candidatos, perdió su discurso, apenas podrá el Partido Republicano recuperar la Cámara de Representantes y los demócratas mantuvieron el Senado. Las figuras ascendentes en el Partido Republicano, en todo caso, son el gobernador Ron DeSantis y el senador Marco Rubio, los dos con posiciones muy duras contra López Obrador. Un Biden que, ante estos resultados, insistirá en sus posiciones en torno al medio ambiente, la energía, la reconversión industrial, la seguridad y la migración, al tiempo que desde el Congreso estadunidense, que tampoco tiene una buena relación con el presidente López Obrador (recordemos los exabruptos contra distintos legisladores, demócratas y republicanos, entre ellos los muy influyentes Bob Menéndez y Marco Rubio), también habrá mayores reclamos y presiones, a los que La Casa Blanca tendrá que ser más receptiva.
En todo esto, la seguridad seguirá siendo un capítulo que no se puede ignorar, hacia afuera y hacia adentro. Es verdad que el gobierno federal ha endurecido dramáticamente su política migratoria y ha aceptado ser una suerte de tercer país seguro para los migrantes que intentan cruzar a la Unión Americana.
Pero también es verdad que la migración parece una ola incontenible, que crece cada día más y que con simples medidas de control, por más duras que sean, no se detendrá. El tema migratorio fue uno de los puntos débiles de los demócratas en estos comicios, no debilitarán sus posiciones.
Tampoco lo harán con la epidemia de opiáceos y con el tema del fentanilo ilegal, opacado en estos comicios en algunos estados por la decisión de la Corte sobre el aborto, que volcó a un número inesperado de mujeres en estados del medio oeste en favor de los demócratas.
Para nosotros, migración y drogas deben tener, además, otra lectura y la misma pasa por la violencia, los homicidios y los feminicidios. Y en eso no hay avances, en realidad, lo que tenemos son retrocesos, y, sobre todo, los feminicidios ya se están convirtiendo en un fenómeno en el que el gobierno federal no ha logrado avance alguno y ello comenzará a reflejarse también en la movilización social y las urnas.
Viene un año muy difícil, muy complejo, donde se exacerbará la polarización, porque la línea que ha decidido adoptar la administración federal, como lo vimos ante la marcha y la propuesta de reforma electoral (o incluso la negociación del T-MEC con EU y Canadá) es el endurecimiento, que se refleja también en la actitud de sus precandidatos, en particular de dos de ellos, Claudia Sheinbaum y Adán Augusto López. Y eso endurecerá también las oposiciones, dentro y fuera. No es, ni remotamente, un buen escenario. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 10)