La migración mexicana y centroamericana se sustentó, por más de medio siglo, en un acuerdo tácito de tolerancia a la mano de obra irregular que iba a trabajar a Estados Unidos. Después de los Convenios Braceros, la política migratoria estadunidense optó por la irregularidad, ilegalidad según ellos, como la manera más cómoda, sencilla y eficiente de contar con mano de obra disponible y desechable en cualquier momento.
Es en ese contexto en el que México se convierte en país de tránsito para los distintos flujos centroamericanos y sudamericanos. El tránsito por México era tolerado en la mayoría de los casos y en otros, donde los migrantes eran capturados por el Inami, se otorgaban los famosos permisos de salida por alguna de las fronteras o puertos de salida, que irremediablemente estaban en la frontera norte o simplemente eran deportados a sus países de origen. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p.12)
Según los datos oficiales de la Secretaría de Gobernación, en 2019 más de 70 mil menores de edad intentaron cruzar nuestro territorio sin estar acompañados de un adulto, es decir, viajaron solos desde sus lugares de origen con la idea de reunirse en Estados Unidos con su mamá, papá, o ambos. La inmensa mayoría son de Honduras, El Salvador y Guatemala. Sólo piense, estimado lector, ¿qué necesitaría pasar para que usted decidiera abandonar su casa, sus amigos, sus familiares para viajar a otro país, con una cultura, idioma, costumbres totalmente diferentes? Ahora, imagine lo que pasa por la mente de un niño o niña que decide emigrar solo o en compañía de sus amigos, hermanos o vecinos, todos ellos menores de edad.
Comparto una anécdota para ilustrar la ingenuidad, inocencia y valor que conlleva cada niño migrante: en 2012, hice una visita de trabajo a la estación migratoria llamada Siglo XXI, ubicada en Tapachula, Chiapas, platiqué con cuatro niños, el mayor no pasaba de 12 años y el más pequeño de ocho, los habían detenido los agentes del Instituto Nacional de Migración al cruzar el río Suchiate en una frágil balsa, eran de un pequeño poblado rural en Guatemala, iban a buscar a sus padres a Los Ángeles. Al preguntarles cómo pensaban localizarlos, uno de ellos me dijo: “traigo su teléfono donde no me lo pueden robar: en mi cabeza”. Pensaban ganar dinero a lo largo de la ruta bailando hip-hop en la calle, para lo cual traían una modesta grabadora, misma que activaron para bailar con la esperanza de convencerme y dejarlos seguir su camino… (Gustavo Mohar, Excélsior, Nacional, p. 8)
¿Los movimientos de protesta seguirán en nuestra América Latina? ¿Y las corrientes migratorias de Sur a Norte, desde la castigada América Central? Pues sí. Porque los motivos de fondo siguen: poco crecimiento, profunda desigualdad, inseguridad, violencia y gobiernos sordos. (Jean Meyer, El Universal, Opinión, p. A12)
Porque claro, la Secretaría de la Defensa Nacional aparece como una madre. A la fecha, sigue aportando un 70 por ciento de elementos de la GN procedentes de la Policía Militar, el total de los gastos de organización y operación proceden del presupuesto de la dependencia, los convenios y negociaciones con los gobiernos estatales a fin de ampliar la presencia operativa y de instalaciones la realiza personal de la Sedena y no de Gobernación, la negociación para la construcción de grandes proyectos y obra de la 4T la realizan mandos de las fuerzas armadas, en casos específicos y de alta atención donde se involucra al gobierno de Estados Unidos, los militares mexicanos son pieza clave y por supuesto en el tema de migración la GN no es parte, sino es toda la estrategia. (Ethel Riquelme, La Crónica de Hoy, p. 2)