Estados Unidos ha ejercido un enorme poder para implantar políticas que, desde su visión, son las correctas para enfrentar problemas, involucrando a otros países para alcanzar sus objetivos, no siempre a través del consenso o convencimientos, sino ejerciendo su “fuerza”, estrategia posible ante la enorme asimetría de poder con los países, sobre todo subdesarrollados.
Al hacer un recuento de las más significativas políticas que pretenden solucionar diversos conflictos, sociales o de otra índole, hallamos que parten de la “prohibición”. Este es un concepto cuya puesta en marcha ha demostrado que a quien afecta directamente es a las poblaciones y las verdaderas soluciones se postergan y los conflictos se mantienen dolorosamente.
Son básicamente tres las políticas enarboladas por Estados Unidos cuyo eje rector ha sido la “prohibición” y que han involucrado, entre otros países, a México.
La primera de ellas fue la llamada “ley seca”, que prohibió las bebidas alcohólicas. Desde finales del siglo XIX diferentes grupos, pero sobre todo los religiosos protestantes, consideraban que las personas no debían beber alcohol porque era atentatorio a la moral.
La segunda estrategia que sigue la misma línea de la anterior, reforzada bajo los mismos parámetros, es la política contra las drogas, también basada en la prohibición, a pesar de la experiencia previa.
La tercera acción que muestra claramente las consecuencias nefastas de la prohibición es la de migración. Recuérdese que Andrés Manuel López Obrador al inicio de su administración planteó claramente una política migratoria de derechos humanos para los migrantes, no criminalización, visas humanitarias, tránsito por el país, ir a las causas del fenómeno, no detenciones ni deportaciones masivas.
La respuesta de Estados Unidos en la figura de Donald Trump fue tajante: o se cierran las fronteras incrementando la seguridad fronteriza y se les impide el paso hacia la frontera norte o se aplicarán aranceles a todas las mercancías provenientes de México, es decir, contención migratoria, prohibición. De nuevo, quien dicta la política migratoria es el país vecino, porque la asimetría de poder entre uno y otro es simplemente inmensa.
Las consecuencias han sido nefastas: redes de traficantes de personas que reciben ganancias mayores de lo que podrían obtener con el comercio de las drogas, abusan de los migrantes ante la enorme precariedad sufrida y, por supuesto, necesitan incrementar el número de personas para obtener más ganancias. Resultado: flujos crecientes de migrantes, tragedias por las que nadie se hace responsable, y las causas por las que se ven forzados a migrar siguen intocadas.
La prohibición genera ilegalidad, delincuencia y criminalidad porque esas políticas son perfectas para mantener los problemas sin solución. En lugar de ir a las causas, forma correcta para solucionar los problemas, esas políticas se dirigen a los efectos, lo que en su inmensa irracionalidad explica la permanencia del conflicto por los enormes beneficios que reciben instituciones, funcionarios, agencias, criminales que conviene a todos ellos y están felices por la maravillosa oportunidad de hacerse millonarios.
Cambiar este paradigma requiere aglutinar fuerzas con otros países, sobre todo latinoamericanos, que sufren los embates de la “potencia hegemónica en clave de descenso”. Dialogar sobre la propuesta del presidente Gustavo Petro para celebrar una cumbre regional sobre migración con enfoque en movilidad laboral, así como debatir acerca de la política llamada “guerra contra las drogas”, ambas absolutamente fracasadas y que requieren hacer un frente común con países preocupados por sus poblaciones y por dejar atrás imposiciones imperialistas. (Ana María Aragonés, La Jornada, Opinión, p.17)
La definición de la mexicanidad como identidad nacional se construyó, entre otras cosas, en el anti-norteamericanismo que formó parte de una cultura de la negación del extranjero que invadió y nos robó la mitad del territorio nacional. Ese trauma histórico, como el de la colonia española, parecía haberse superado con el acercamiento provocado por la democratización de México y la instrumentación del TLC, lo que favoreció sin duda el diálogo y el movimiento entre ambos países.
Pero la adversidad se hizo presente. La elección de Trump y el resurgimiento de un discurso anti-mexicano se combinó con el ascenso del populismo mexicano en manos de López Obrador y la 4T. Los problemas de migración, narcotráfico e inseguridad e incluso los comerciales, que habían tenido soluciones parciales a través del diálogo entre las partes, se profundizaron. La llegada de Biden al poder sólo agudizó el conflicto al desaparecer además la afinidad existente hasta entonces entre AMLO y Trump.
La detención y posterior liberación del General Cienfuegos y el juicio a García Luna, fueron el preámbulo de una confrontación esperada. El aumento de la actividad criminal de los cárteles en la zona fronteriza entre México y los Estados Unidos llevó a los sucesos de Matamoros donde el asesinato de dos ciudadanos norteamericanos sirvió como detonador de una guerra mediática entre el gobierno mexicano, congresistas republicanos y una buena parte de la prensa de alto nivel que en la Unión Americana tiene influencia política real en el juego de poder.
La presencia en Palacio Nacional de la asesora de Seguridad Nacional de la Casa, Blanca Elizabeth Sherwood, y el nombramiento de Rosa Icela Rodríguez como ‘Zar’ anti-fentanilo se enmarcan en los esfuerzos de Washington por darle una salida diplomática a un diferendo que puede escalar a proporciones no deseadas para ninguno de los dos países.
El discurso de AMLO de denominar a los republicanos como “mequetrefes” y hacer un llamado para que los connacionales con derecho a voto en las elecciones en los Estado Unidos no sufraguen en favor de candidatos del partido del elefante, nos regresa a la etapa, ya no de la desconfianza mutua, sino a algo todavía peor: al pasado donde el “extraño enemigo” se vuelca de nuevo contra nuestra nación en un intento de subyugarla.
Es este nacionalismo ramplón y sumamente peligroso el que es capaz de servir como explosivo que dañe seriamente los puentes que a lo largo de décadas han tendido ambas naciones para superar su historia de abusos y reclamos. Nos estamos metiendo en el fango del proceso electoral gringo y en la posibilidad real de que las innegables coincidencias comerciales y económicas se vean saboteadas por la demagogia y la irresponsabilidad. (Ezra Shabot Askenazi, El Economista, Política y Sociedad, p. 40)