SÍ, las autoridades mexicanas, junto con organizaciones de la sociedad civil, implementan buenas prácticas para asegurar de aquellos nacionales que regresen no solo encuentren un “hogar”, sino también un entorno que favorezca la protección, bienestar y reintegración. Una oportunidad para sanar heridas y reconfigurar sus vidas.
En este sentido, si bien el proceso (está lleno de retos) es desafiante; sin embargo, está permitiendo valiosas iniciativas que tienen el objetivo de integrarlos con el respeto de sus derechos humanos. Al caso, los mexicanos que están de regreso hay iniciativas para su acogida y darle las herramientas que les den acceso a renovada visión y metas.
Para ello, se establecen programas que ofrecen capacitación y apoyo emocional, demostrando cómo la voluntad política y la colaboración pueden transformar un proceso difícil en una oportunidad de regreso a casa. Nuestro país fortalece su enfoque en la protección, tanto en zonas de riesgo como en las áreas de apoyo emocional y legal, promoviendo un cambio en la percepción social de los migrantes.
Es reconocido que México, no solo pide un trato justo para los migrantes fuera de su territorio, sino también aplica esos mismos principios dentro de su propia casa. A medida que se fortalece el sistema de apoyo a los migrantes, se abren nuevas puertas para que se reintegren, sean agentes de cambio en sus comunidades.
Ahora, la seguridad y el bienestar de los deportados es una necesidad, una prioridad; permite la cohesión social rápida y firme. Cada migrante merece desarrollarse, reconstruirse y ser parte activa de la sociedad, su país que, lejos de darles la espalda, extiende su mano para ofrecerles un mejor futuro.
Quizás, la interrogante ¿qué sigue después? Que las personas regresen a México… Puede afirmarse: existen albergues suficientes para acotar la situación de calle o revictimización, programas de empleo focalizados, entre otros.
El perfil del modelo integral de atención mexicana de nuestros días de manera enunciativa comprende: 1. Centros de acogida seguros, con colaboración entre gobierno y sociedad civil.
La sociedad y autoridades mexicanas reconocen que muchos migraron por diferentes razones y en su volver deseado o forzado, sin enfrentar las mismas condiciones de antaño. Entonces, en el regreso a México, dejemos atrás empezar de cero; cargar con un estigma social de fracaso o peligro La narrativa oficial no invisibiliza: campañas que humanizan sus historias, políticas que reconocen su derecho a reconfigurar sus vidas con dignidad. (Hazael Ruíz Ortega, El Sol de México, Análisis, p.15)
Las ciudades, concebidas como espacios de encuentro, progreso y cultura, se han convertido en muchos casos en escenarios de deshumanización. La vida urbana moderna, con su ritmo acelerado, su arquitectura impersonal y su dinámica social fragmentada, tiende a reducir a las personas a meros usuarios, consumidores o transeúntes anónimos.
Este fenómeno, conocido como deshumanización urbana, no sólo afecta la calidad de vida de los habitantes, sino que también cuestiona el sentido mismo de lo que significa vivir en comunidad. Analizar las causas, manifestaciones y consecuencias de este proceso, así como las posibles soluciones para recuperar la humanidad en las ciudades es una de las prioridades del siglo XXI
El crecimiento descontrolado de las ciudades, impulsado por la migración masiva del campo a la urbe, ha llevado a una saturación de los espacios públicos y los servicios básicos. En muchas metrópolis, la prioridad ha sido albergar a la mayor cantidad de personas en el menor espacio posible, dando lugar a barrios marginales, edificios impersonales y una infraestructura que no responde a las necesidades humanas.
El predominio del automóvil en la planificación urbana ha transformado las ciudades en lugares hostiles para los peatones. Avenidas gigantescas, puentes elevados y estacionamientos masivos han fragmentado el tejido social, priorizando la movilidad sobre la habitabilidad. Esto ha generado espacios públicos vacíos, inseguros y carentes de vida comunitaria
La gentrificación, proceso mediante el cual los barrios populares son transformados para atraer a poblaciones más adineradas, expulsa a los residentes originales y homogeniza la diversidad cultural. Esto no sólo genera segregación socioeconómica, sino que también borra la identidad y la historia de los lugares, convirtiéndolos en productos de consumo para una élite.
Aunque la tecnología ha facilitado muchos aspectos de la vida urbana, también ha contribuido al aislamiento social.
Espacios públicos inhóspitos son consecuencia de una urbanización sin tomar en cuenta lo que debería de retomarse como el eje central del desarrollo urbano: el ser humano.
Muchas viviendas se han vuelto impersonales. Los grandes complejos de apartamentos, con sus diseños estandarizados y su falta de áreas comunes, reflejan una visión de la vivienda como mero refugio funcional, no como un hogar. Esto contribuye a la alienación y al sentimiento de anonimato.
La globalización y la homogenización cultural han llevado a la pérdida de las tradiciones y los rasgos distintivos de muchas ciudades. Barrios históricos son demolidos para dar paso a edificios genéricos, y las pequeñas empresas son reemplazadas por cadenas multinacionales. Se genera una pérdida de sentido de pertenencia.
La deshumanización urbana tiene efectos profundos en la vida de las personas: Aislamiento social; el ritmo acelerado y el entorno hostil contribuyen a problemas como la ansiedad, la depresión y el agotamiento. Desigualdad y exclusión: la segregación espacial y económica profundiza las brechas sociales, generando resentimiento y conflictos. Es imperativo rehumanizar a las ciudades. La deshumanización urbana no es un destino inevitable, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y sociales.
Es esencial priorizar a los peatones sobre los automóviles, creando calles peatonales, ciclovías y espacios públicos accesibles y seguros. Proyectos como el urbanismo táctico demuestran que pequeños cambios, como bancas, jardines y áreas de juego, pueden transformar la dinámica de un barrio.
Las políticas de vivienda deben garantizar no sólo un techo, sino también espacios que fomenten la convivencia y la identidad. Los cohousing y las cooperativas de vivienda son ejemplos de modelos que promueven la comunidad y la sostenibilidad.
Iniciativas como los huertos urbanos, los mercados locales y los festivales comunitarios pueden revitalizar los espacios públicos y fortalecer los lazos sociales.
Los habitantes deben ser protagonistas en la planificación y gestión de sus ciudades. Herramientas como los presupuestos participativos permiten que las comunidades decidan cómo invertir los recursos públicos. Se necesitan incorporar áreas verdes, corredores ecológicos y techos jardín.
Recuperar la humanidad en las ciudades es, en última instancia, recuperar nuestra capacidad de vivir juntos, de cuidarnos y de construir un futuro común. Como dijo Jane Jacobs, pionera del urbanismo humanista: “Las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todos, sólo porque, y sólo cuando, son creadas por todos”. (Eduardo Galeano, Excélsior, Nacional, p. 9)
Víctor M. es licenciado en Comercio Internacional y lo apasionan los asuntos aduanales. Nunca trabajó en lo suyo, porque “no le daba”. Nació, creció, se casó y estudió en México, pero la falta de oportunidades laborales bien remuneradas lo llevó al Norte, a Tucson, Arizona, en donde en una hora gana lo que en un día en Sonora.
El hombre de 48 años tiene una familia grande: dos hijas en la universidad, otra más pequeña a punto de graduarse de la preparatoria y su esposa es ama de casa. Con lo que gana en construcción le da para solventar los gastos y hasta para darse unos lujos de vez en cuando.. pero no le llena el vaCÍO de ese título universitario que se empolva en la sala de la casa de sus padres.
Tiene más de 18 años sin cruzar la frontera.Sus padres, ya mayores, lo visitan cuando pueden. Él prefiere no arriesgarse hasta que pueda “arreglar” papeles gracias a que su hija mayor ya cumplió 21. Mientras se cumple esa espera de 24 meses, según indica el sistema, vive en unas sombras que ahora son amenazadas por los reflectores de la administración Trump.
Cuando estudiaba en el Tec de Nogales, Víctor se imaginaba con sus camisas de cuadros y pantalones caqui recorriendo agencias fiscales y fronteras. Creía que gastaría sus mañanas en una oficina y no en una obra negra. Sus días no podrían ser más distintos. Madruga más que cualquiera, se entalla unos pantalones de mezclilla y una camiseta fosforescente desgastada por el tiempo y las lavadas, y unas botas con puntas reforzadas con metal, y echa a su camioneta un lonche acompañado de un termo gigante de café. No hay nada de glamuroso en ir a una zona de construcción, porque todos sus proyectos parecen iguales.
No es el único que puso su sueño profesional en pausa, ese es un común denominador de los migrantes.
Miles son los que en sus países de origen sacrificaron todo para conseguir una carrera universitaria que, según ellos, les traería un futuro mejor. Pero al migrar cambiaron esos sueños por realidades a medias, de profesiones improvisadas por descubrir: abogados que ahora son meseros o doctores que han terminado de choferes. Lo hacen para adaptarse, para sobrevivir, para ganarse un sitio en una sociedad que no los termina de ver a los ojos y mucho menos los entiende, en donde migrar te puede despojar de casi todo, hasta de lo que soñaste ser de grande. (Maritza L. Félix, El Sol de México, Análisis, p. 15)