Opinión Migración 160526

Fox, los jóvenes del Tec y la deuda con nuestros migrantes

Esta semana tuve el honor de dar una plática ante estudiantes del Tecnológico de Monterrey, en Ciudad de México, sobre democracia, migración y participación ciudadana. Compartí el estrado con el expresidente Vicente Fox, con quien he colaborado por muchos años, y con quien cada vez que coincidimos en un foro así me recuerda por qué vale la pena seguir en el servicio público. Al terminar, varios jóvenes se acercaron con preguntas. Una me detuvo: “Doctor, ¿usted cree que nuestra generación todavía puede cambiar algo?”

Le dije que sí. Pero también le dije que esa pregunta me la hace cada vez más gente, y que eso ya me inquieta. No porque los jóvenes no sepan lo que pasa en el país. Al contrario: saben demasiado bien lo que pasa, y por eso desconfían. El desencanto, cuando se vuelve costumbre, termina paralizando. Y cuando la gente buena se aleja de la vida pública, otros llenan ese espacio. Lo hemos visto ocurrir, y no una vez.

El año 2000 no fue nostalgia. Fue evidencia

Por eso dediqué buena parte de mi charla al año 2000. No como ejercicio de nostalgia, sino porque hay algo ahí que sigue siendo útil entender. Hubo un tiempo en México en que muchísimas personas sentían que participar no cambiaba nada, que las cosas ya estaban decididas de antemano. Y sin embargo ocurrió algo que pocos anticipaban: millones de ciudadanos empujaron juntos, y el país dio un giro que transformó la mentalidad de una generación entera. No fue solo una elección. Fue gente que actuó porque sentía que estaba en juego algo más grande que un partido.

México no termina en sus fronteras

El primer acto del gobierno del expresidente Fox fue recibir en Los Pinos a líderes de comunidades migrantes. No era un acto de protocolo. Era un reconocimiento: ustedes son parte de México. No solo los que están aquí, sino también los que están allá. Porque México es una nación transnacional. No se limita a sus fronteras geográficas. México también vive en Los Ángeles, en Chicago, en Dallas, en Houston, en millones de hogares donde familias conservan su idioma, sus tradiciones y un amor enorme por este país.

Yo pasé muchos años conviviendo con esas comunidades en Estados Unidos. Junto con otros expertos en migración hemos documentado esa realidad en trabajos académicos que buscan ponerle nombre y contexto a lo que demasiadas veces se reduce a cifras frías. Y lo que vi no fue un problema social. Fueron personas que trabajaban dobles turnos, que enfrentaban discriminación, que vivían con incertidumbre, y que aun así mandaban dinero a sus familias y construían oportunidades para sus hijos a costa de sacrificios que la mayoría de nosotros no imaginamos.

Los números detrás del sacrificio

La economía latina en Estados Unidos genera alrededor de 4.1 billones de dólares, y dentro de esa fuerza los mexicanos y mexicoamericanos tienen un papel central. Al mismo tiempo, las remesas que nuestros connacionales envían a México superan al turismo internacional y a la inversión extranjera directa combinados. Detrás de esa cifra hay madres que no vieron crecer a sus hijos y padres que cruzaron el desierto para que sus familias tuvieran algo mejor.

Lo que se logró y lo que sigue pendiente

De aquel primer gobierno de alternancia quedaron logros concretos: la Oficina Presidencial para Mexicanos en el Exterior, el reconocimiento institucional de la comunidad migrante como parte viva de la nación y, después de décadas de espera, el voto de los mexicanos desde el extranjero. Ese trabajo no terminó ahí. Hoy continúa desde espacios como Alma de México, una organización de la sociedad civil que reúne a otras organizaciones comprometidas con el país, no desde la política partidista sino desde la convicción de que la fuerza de México está en su gente, dentro y fuera del país.

Una generación que todavía pregunta

Cuando terminé de hablar en el Tec, los jóvenes siguieron preguntando. Eso me importó más que el aplauso. A la joven que me preguntó si su generación todavía puede cambiar algo le digo aquí lo mismo que le dije ahí: la democracia no es un logro permanente. Cada generación tiene que defenderla a su manera, con las herramientas y los espacios que tiene disponibles. México necesita jóvenes críticos, claro, pero también jóvenes que decidan quedarse en la conversación y construir desde adentro.

Ahora les toca a ustedes decidir qué papel quieren jugar en esa historia. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)

Bajo Reserva

¡Con las visas, no!

Nos cuentan que tras la entrega en Estados Unidos de los exfuncionarios de Sinaloa Enrique Díaz Vega y Gerardo Mérida, acusados en el caso de Rubén Rocha, hay preocupación en la bancada de Morena en el Senado, sobre todo entre varios que piensan acudir hoy a la marcha en Chihuahua convocada por su partido para exigir juicio político a la gobernadora panista Maru Campos. Nos dicen que hay temor real de que algunos de ellos estén en la mira de Washington y su presencia en la marcha enoje a los vecinos. No vaya a ser que empiecen por cancelar visas a los senadores morenistas, no pocos de ellos buenos viajeros. Al parecer, el llamado que hizo el jueves el gobernador de Sonora, Alfonso Durazo, a todos los liderazgos del partido no está cobrando tanta fuerza: “Por el bien de todos, más vale que seamos respetuosos de la presunción de inocencia, porque puede afectar a cualquiera”, dijo. La presunción de inocencia es una cosa, pero las visas son las visas. (Redacción, El Universal, p. A2)

El uso faccioso de los consulados

La utilización facciosa de los consulados mexicanos en Estados Unidos representa hoy uno de los mayores riesgos para la legitimidad internacional del Estado mexicano.

Lo que históricamente había sido una de las redes de protección consular más importantes y reconocidas del mundo comienza a colocarse bajo sospecha política en el contexto de una relación bilateral cada vez más tensionada. El problema ya no es únicamente interno ni administrativo: ha escalado a los terrenos geopolítico y diplomático, ámbitos que derivan en Seguridad Nacional.

La Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1963 establece claramente, en su Artículo 5, que las funciones consulares consisten en proteger los intereses del Estado y de sus nacionales, asistir jurídicamente a los ciudadanos, emitir documentación oficial y fomentar relaciones económicas y culturales. La lógica del derecho internacional es evidente: los consulados deben actuar como órganos técnicos y neutrales de representación estatal, no son plataformas de propaganda política o movilización ideológica.

Sin embargo, cuando las oficinas consulares comienzan a ser percibidas, desde dentro o desde fuera, como espacios alineados con intereses partidistas, el costo institucional es enorme. La Ley del Servicio Exterior Mexicano, en sus artículos 1 y 2, define al Servicio Exterior como un cuerpo permanente del Estado, es decir, no del gobierno en turno. Asimismo, el artículo 41 obliga a sus integrantes a actuar bajo principios de legalidad, imparcialidad y lealtad institucional.

El Reglamento Interior de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en su Artículo 65, delimita las funciones consulares a tareas de protección, asistencia y representación diplomática. Jurídicamente, no existe fundamento alguno para convertir consulados en instrumentos de propaganda política.

El problema adquiere una dimensión mucho más grave ante el reciente anuncio del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, referente a la orden de revisión de los 53 consulados mexicanos en territorio estadounidense, e incluso, el posible cierre de algunas sedes diplomáticas. Aunque oficialmente la revisión se enmarca dentro de la política “America First” de la administración Trump, diversos sectores políticos estadounidenses han comenzado a impulsar narrativas sobre una supuesta injerencia política de los consulados mexicanos en procesos internos de Estados Unidos.

Ahí radica el verdadero peligro. Cuando la diplomacia consular pierde apariencia de neutralidad, abre la puerta para que actores extranjeros cuestionen la legitimidad misma de la presencia institucional mexicana en su territorio. Y en un contexto político estadounidense profundamente polarizado, esas acusaciones pueden convertirse rápidamente en instrumentos de presión diplomática, electoral y mediática.

Las consecuencias a corto plazo podrían ser severas. El cierre o debilitamiento de consulados afectaría directamente a millones de mexicanos que dependen de estos servicios para trámites migratorios, asistencia legal, protección laboral, documentación oficial, pero sobretodo, afectaría los programas comunitarios que desarrollan los consulados. Pero el impacto más delicado sería político: Estados Unidos podría comenzar a tratar parte de la estructura consular mexicana no como representación diplomática legítima, sino como un foco de riesgo político o de seguridad nacional. Ese escenario erosionaría profundamente la capacidad de México para defender a sus ciudadanos en el exterior.

Además, el deterioro institucional podría afectar futuras negociaciones bilaterales en materia migratoria, comercial y de seguridad. La relación México–Estados Unidos funciona, en gran medida, sobre confianza política e institucional. Si Washington percibe que las estructuras consulares mexicanas han perdido neutralidad, aumentará la presión sobre México en temas sensibles como migración, combate al narcotráfico y cooperación fronteriza, todos temas de Seguridad Nacional.

El riesgo de fondo es histórico: cuando un Estado confunde representación institucional con proyecto político, termina debilitando la legitimidad de sus propias instituciones. Los consulados dejan de percibirse como órganos permanentes del Estado mexicano y comienzan a ser vistos como extensiones temporales del poder político en turno. Esa percepción no solo erosiona la confianza de los migrantes mexicanos, sino que también debilita la posición diplomática de México frente a Estados Unidos. Si el escrutinio anunciado por Marco Rubio evoluciona hacia restricciones operativas, reducción de facultades o incluso cierres consulares selectivos, México podría enfrentar una pérdida real de capacidad para proteger a millones de connacionales en territorio estadounidense. Más grave aún, el precedente permitiría que la relación bilateral entre ambos países entre en una etapa donde la representación diplomática mexicana sea observada bajo sospecha política permanente, debilitando sus programas comunitarios, tan necesarios para el 11 por ciento que representan en la población total estadounidense. El daño puede ser concreto y mayúsculo, si la legitimidad internacional de las instituciones de política exterior comienza a deteriorarse, recuperarla podría tomar décadas en detrimento de nuestra diáspora. (Sofía Carvajal, El Sol de México, Análisis, p. 12)

ICE no es ‘nice’

Veo a Wilfredo en la pantalla y parece un poco asustado, sin saber exactamente lo que está pasando. Tiene solo 10 años y el día que conversamos llevaba una camiseta negra con una pelota naranja de basquetbol en el centro. Hacía cuatro meses que no veía a su mamá.

La historia es típica en el clima de terror en el que viven millones de inmigrantes en Estados Unidos, pero para Wilfredo es una tragedia personal. A principios de año su mamá, Nexolí, fue detenida en una calle de Houston porque la placa de su coche estaba vencida. Ella tiene licencia y permiso de trabajo. Sin embargo, apareció en una lista que tiene la policía migratoria (ICE) y la detuvieron.

Poco les importó a los agentes que su hijo se quedara solo. Afortunadamente apareció Marifé, la jefa de Nexolí, y ella se ha convertido en la tutora legal de Wilfredo. Ella se encarga de todos sus gastos, de alojarlo, de llevarlo a la escuela y de lidiar con sus propios problemas migratorios. Cuando hablé con ellos me dijeron que habían recibido una carta del servicio de migración amenazando a Wilfredo con ser deportado a Ecuador.

Pero aquí hay un problema. Wilfredo es venezolano, estudia el cuarto año de primaria en Estados Unidos y nunca ha estado en Ecuador ni conoce a nadie ahí. El gobierno de Estados Unidos no solo separó a un niño de 10 años de su madre y lo dejó solo, sino que ahora lo quiere enviar a un país totalmente desconocido para él.

Marifé se ha asesorado bien y trabaja con una asistente legal para sacar a Nexolí del centro de detención y, al mismo tiempo, evitar que Wilfredo sea deportado a Ecuador, uno de los países que coopera con el gobierno de Donald Trump y que recibe a inmigrantes de terceros países. Me pregunto si el gobierno ecuatoriano sabe que le quieren enviar a un niño venezolano que está solo.

El caso de Wilfredo no es el único. Desde que Trump regresó a la Casa Blanca su gobierno ha deportado a más de 3,600 niños según la investigación de The Marshall Project. Eso es absoluta crueldad.

Por eso brinca tanto la nueva campaña de publicidad del Departamento de Seguridad Interna en que se trata de cambiar la imagen de los agentes de ICE. El video comienza con un agente quitándose una máscara negra y luego aparecen otros más sonriendo, saludando de mano a gente en una fila, regalando una rosa, abrazando a un niño y ayudando a los más necesitados. La campaña termina con la frase “ICE is NICE”.

Esto contrasta con la realidad.

Varios agentes de ICE se vieron involucrados en los violentos incidentes en Minneapolis en que murieron dos ciudadanos estadounidenses, Renée Good y Alex Pretti. Además, hay una multitud de videos en que agentes de ICE separan a padres de sus hijos, rompen los vidrios de los autos de latinos, detienen a extranjeros que fueron a la corte para actualizar su situación migratoria y tratan brutalmente a sus detenidos, sin mostrar ninguna identificación u orden de aprehensión.

Ese es el ICE que todos conocemos y cuya imagen no va a cambiar con una mal hecha campaña de publicidad en redes sociales. Seis de cada 10 estadounidenses rechazan el trabajo que está haciendo ICE, según una encuesta de NPR/PBS.

En lugar de estar persiguiendo a inmigrantes, ICE podría seguir el ejemplo de España. El gobierno de Pedro Sánchez aprobó hace unas semanas un decreto para regularizar a medio millón de inmigrantes. ¡Bravo!

“Son personas que conviven entre nosotros, con hijos e hijas que van al colegio con nuestros hijos, que dan vida a nuestros pueblos, a nuestras calles, y que a partir de hoy podrán disfrutar con garantías de plenos derechos y cumplir sus obligaciones”, explicó Elma Saiz, la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de España. Eso sí es ser nice, no lo que hace todos los días ICE, sembrando el terror en las comunidades latinas de Estados Unidos.

No hay que ser un experto en migración ni en sicología para entender el enorme daño que ICE le está haciendo a Wilfredo al separarlo cuatro meses de su madre… y quizás muchos más. Y no quiero ni imaginarme lo que pasaría si deportan a ese niño a Ecuador, solo, sin su madre y sin familiares que lo apoyen. ¿De qué le sirve eso a Estados Unidos? Es, sencillamente, la crueldad como estrategia migratoria.

ICE no es NICE. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)

CARTONES

Cuídate Sam

Carton

(Rubén, El Sol de México, Análisis, p. 13)