La semana pasada, después de reunirse con representantes de Estados Unidos para explicar los resultados de la colaboración mexicana con la estrategia punitiva de Donald Trump, el canciller Marcelo Ebrard dio una desafortunada conferencia de prensa. Ahí, Ebrard aseguró dos cosas improbables. Primero, dijo que la tendencia a la baja de los números de inmigrantes centroamericanos que llegan a la frontera norte de México para intentar ingresar a Estados Unidos será “irreversible”. Es una promesa temeraria. Ebrard seguramente sabe que, durante los meses de otoño, el número de inmigrantes que cruzan México es tradicionalmente mayor que el que se registra durante el verano, donde menos se atreven a enfrentar la travesía, sobre todo en el caso de familias enteras. La tendencia histórica es al alza, no a la baja. Por eso, asegurar que la estrategia mexicana de persecución y detención de migrantes de Centroamérica dará un resultado “permanente” es, en el mejor de los casos, una exageración.
Después, el canciller dijo que la delegación mexicana había discutido con el gobierno de Donald Trump medidas para “congelar” el tráfico de armas de Estados Unidos a México. Eso es, de nuevo, una desmesura. El gobierno mexicano no está en condiciones de prometer semejante cosa. Ebrard aseguró que el primer paso será hacer un diagnóstico mensual de las armas que entran a México de manera ilegal. Bien, pero ese diagnóstico servirá de poco si no hay medidas contundentes en las aduanas mexicanas y, mucho más complicado, nuevas leyes en Estados Unidos. Si lo que se busca es de verdad detener el tráfico de armas hacia México, el gobierno de Trump y, más importante todavía, el Partido Republicano, tendrían que impulsar medidas legislativas complejas e improbables. Ni la más severa presión social en Estados Unidos después de las horrendas matanzas recientes ha llevado a los republicanos a considerar la más tímida de las medidas para detener la compra y tenencia de armas de asalto como las que nutren, en números aberrantes, a las organizaciones criminales en México. ¿Por qué habría de importar la exigencia mexicana en la materia? (León Krauze, El Universal, Opinión)
Una vieja broma entre los encuestadores estadounidenses es que el voto latino es un gigante dormido, y siempre lo será. Pero hay indicios de que podríamos ver una ola de votos hispanos que podría complicar las posibilidades de reelección del Presidente Trump en las elecciones de 2020.
Una encuesta publicada horas antes del debate demócrata del jueves en Houston mostró que los demócratas ganarían Texas, un estado que ha votado por los republicanos durante casi cuatro décadas, si las elecciones se celebraran hoy. Y gran parte de eso podría deberse al voto hispano. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Opinión, p.13)