El paso de los días nos acerca a las próximas elecciones en Estados Unidos. En lo personal, percibo menor dominación mediática de ese proceso en la prensa internacional de lo que usualmente sucede.
Ello puede deberse a la nutrida agenda internacional con varios conflictos, colocando en riesgo la paz mundial, gran incertidumbre sobre las variables económicas y el creciente efecto de la transformación tecnológica ocasionada por la Inteligencia Artificial.
Pero si, efectivamente, fuese menor la atención mediática, lejos está de que disminuya la relevancia de esa elección para la escena internacional. La suma del peso económico, el poder militar y las nuevas tecnologías, mantienen a Estados Unidos como un actor fundamental de la estabilidad mundial.
Pensar lo contrario muestra más un oscurantismo nacionalista y visiones localistas que la comprensión real de lo que está en juego en las elecciones.
Por ello, el reciente debate entre los dos candidatos, Kamala Harris por el Partido Demócrata y Donald Trump por el Republicano ha acaparado el interés internacional, incluyendo las afirmaciones del segundo acerca de migrantes haitianos comiendo perros y gatos domésticos en Springfield, Ohio, lo que ha generado todo tipo de comentarios; incluyendo el hecho de que hay otros 67 “Springfields” en Estados Unidos contando al Springfield de los Simpson´s entre ellos.
La imagen de migrantes comiendo mascotas ha llenado la imaginación internacional, pero para la realidad de los votantes americanos bien puede ser solo un tema más de preocupación bajo el peso mediático de campañas con abundantes recursos económicos como para estar en el público las 24 horas del día.
Las verdades a medias, que tanto Tocqueville como Maquiavelo hubiesen calificado de plenas mentiras, es una realidad de la comunicación política y hoy están más vigentes que nunca.
Tenemos, en mi opinión, dos fuerzas mediáticas conviviendo; la del peso tradicional de los medios de comunicación, con reporteros profesionales, analistas probados y comentaristas de larga experiencia; frente a la interpretación que las redes sociales proveen, que incluye desde la opinión “del hijo del vecino” hasta el uso de “bots” y granjas de opiniones cibernéticas que definen las tendencias de intereses específicos.
En el primer caso, aún priva el rigor profesional que, en el caso de la media americana, se desarrolló sobre todo en los 70 como una reacción al abuso de confianza que la guerra de Vietnam supuso, tratando de controlar la opinión libre e informada. Para el caso de las redes sociales, se trata de un verdadero “salvaje Oeste” en el que la ausencia de reglas, ética y protocolos define el devenir del flujo informativo.
Pero, no nos confundamos; no importa lo que nuestra retórica política desearía, los votantes en las elecciones de noviembre serán los ciudadanos americanos, incluyendo varios millones de origen mexicano e incluso con doble nacionalidad. Todos ellos votarán en función de sus intereses y su entorno y la visión de quién gane, incluso Harris, será a partir de los intereses americanos.
Tragaremos sapos al ver que, la determinante de las políticas públicas de Estados Unidos, corresponden específicamente a sus intereses.
Por ello, para México, lo mejor es definir ya, cuál es nuestra política exterior, tanto hacia la región norteamericana como hacia el resto del mundo. Por esa misma razón es que durante años y régimen tras régimen, la acción internacional de México ha estado involucrada con situaciones y causas distantes, en las que responsablemente nos involucramos como una herramienta más de nuestra independencia. (David Nájera, El Heraldo de México, Online)
El candidato presidencial republicano Donald Trump generó grandes titulares al repetir en el debate presidencial la noticia falsa de que los migrantes haitianos se están comiendo los perros y gatos de los estadounidenses. Pero, lamentablemente, hubo muchas otras cosas igualmente ridículas que dijo el magnate esa noche, y que pasaron totalmente desapercibidas.
La falsa afirmación de Trump de que los migrantes se están comiendo a las mascotas de los estadounidenses en Ohio no fue un comentario tangencial, sino un argumento obviamente preparado de antemano que utilizó para tratar de respaldar su narrativa de que los indocumentados “están destruyendo” a Estados Unidos.
“En Springfield, Ohio, se están comiendo a los perros. Se están comiendo los gatos. Se están comiendo a las mascotas de la gente que vive allí”, indicó Trump en el debate.
Horas después, el Gobernador de Ohio, el republicano Mike DeWine, así como el Departamento de Policía de Springfield desmintieron lo que había dicho el magnate.
La noticia falsa aparentemente se había originado en una página de Facebook en la que un residente de Springfield había atribuido la historia a la amiga de la hija de un vecino. Después se supo que hubo una mujer que se comió un gato, pero no era migrante, sino estadounidense, nacida en Ohio.
Pero los titulares sobre los supuestos migrantes que comen perros y gatos eclipsaron otras cosas ridículas que Trump dijo esa noche, como por ejemplo que en Estados Unidos hay un récord de “21 millones” de indocumentados. Eso es falso. Según el Centro de Investigación Pew, había 11 millones de migrantes no autorizados en 2022, la última cifra disponible, lo que es menos que los 12.2 millones que había un 2007.
Asimismo, Trump afirmó que “millones de personas están llegando a nuestro país desde prisiones y cárceles, desde instituciones mentales y manicomios”. ¿En serio? ¿”Millones”? Eso es una tontería. No hay ningún estudio serio que diga nada parecido.
Trump señaló también que los indocumentados “son criminales” que están aumentando los índices de delincuencia, lo que es igualmente falso. Aunque por supuesto hay casos aislados de crímenes cometidos por indocumentados, las estadísticas del FBI muestran que los crímenes violentos han bajado a su nivel más bajo en 50 años en el país.
Y Trump dijo que los migrantes le están quitando puestos de trabajo a los afroamericanos y los hispanos, cosa que también es falsa. La mayoría de los indocumentados hacen trabajos en la agricultura y la construcción que los nacidos en Estados Unidos no quieren hacer. Según la Cámara de Comercio de Estados Unidos, hay unos 2.5 millones de puestos vacantes en el país que la gente no quiere ocupar.
Harris no respondió a estas falsedades de Trump en el debate, probablemente porque no quiso entrar en el juego de su rival y desperdiciar el tiempo que necesitaba para presentar sus propios planes para el futuro.
En lugar de refutar las afirmaciones de Trump, Harris culpó al magnate por presionar a los senadores republicanos para que votaran en contra de un proyecto de ley bipartidista que hubiera reducido drásticamente el flujo de indocumentados.
Trump lo hizo para mantener la migración como un tema clave de su campaña para las elecciones de noviembre, dijo Harris.
Nada de esto significa que Estados Unidos no tenga un problema migratorio. El hecho es que la migración irregular alcanzó un pico en 2023, y que muchos indocumentados se concentraron en algunas ciudades del norte del país.
Pero lo que Trump no dijo en el debate, y no está diciendo en ninguna parte, es que el flujo de migrantes indocumentados se desplomó este año después de que el Presidente Joe Biden impuso severas restricciones al ingreso de refugiados. Ni tampoco dijo que la mayoría de los migrantes no cometen delitos, ni quitan empleos estadounidenses, ni se comen a sus gatos para la cena.
El magnate está utilizando la misma estrategia del miedo que usó en la campaña de 2016: decir que los migrantes están “destruyendo el país” para crear la ficción de que existe una crisis terminal, y presentarse como el salvador de la patria. El problema es que el ex Presidente se está volviendo cada vez más repetitivo, aburrido y está diciendo cosas cada vez más disparatadas. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 14)
Son tiempos de mentiras. Las redes, la polarización, todo está ahí para que una estupidez, una mentira, tenga un efecto monumental en el destino de tantos.
Una mentira, en este caso que la comunidad migrante haitiana estaba robándose mascotas, perros y gatos, para comérselos en Springfield, Ohio; ha cambiado algunas cosas en la carrera presidencial estadunidense.
Fue una mentira cargada, por supuesto, de xenofobia, pero también de racismo. No es un accidente el color de piel de la comunidad haitiana que está ahí legalmente, por cierto, y que debajo de la estupidez está la insinuación que se los comen por alguna razón de su religión.
En fin, nada detiene la estupidez.
Tanto así que en el debate Donald Trump repitió la historia.
Y más allá de las risas, se dio cuenta pronto, por el trabajo, entre otros de comunicadores trumpistas de televisión y redes, que estaba funcionando con su base y tal vez con otros.
Lo cual solidificó el tema migratorio en el centro de la campaña:
Escribió en X ayer:
“Como presidente, pondré fin de inmediato a la invasión migratoria de Estados Unidos. Suspenderemos todos los vuelos de migrantes, pondremos fin a todas las entradas ilegales, pondremos fin a la aplicación de teléfono de Kamala para el tráfico de ilegales (CBP One App), revocaremos la inmunidad de deportación, suspenderemos el reasentamiento de refugiados y devolveremos a los migrantes ilegales de Kamala a sus países de origen (también conocida como remigración). Salvaré nuestras ciudades y pueblos en Minnesota, Wisconsin, Michigan, Pensilvania, Carolina del Norte y en todo Estados Unidos”.
A eso, el trumpismo ha aumentado la narrativa, también falsa, de que el crimen va al alza en Estados Unidos y que la migración descontrolada es culpable. Como, según él, lo es del tráfico de drogas (cosa también desmentida).
Pero va perdiendo, perderá, dirán algunos.
Pero las campañas hay que ganarlas y eso la saben en el equipo de Kamala Harris. Hay que mover un poquito a la narrativa.
Dijo Kamala la semana pasada: “Como fiscal general de un estado fronterizo, me enfrenté a organizaciones criminales transnacionales como el Cártel de Sinaloa, que trafica con drogas y amenaza la seguridad de nuestras comunidades. Conozco estos cárteles de primera mano y como Presidenta me aseguraré de que los procesemos con toda la extensión posible de la ley por vender venenos como el fentanilo a nuestros niños”.
¿Qué quiere decir eso exactamente?
Ya veremos.
Las consecuencias de una estúpida mentira. (Carlos Puig, Milenio, Al frente, p. 2)
El debate de la semana pasada entre Donald Trump y Kamala Harris dejó varios momentos virales que, como ocurre ahora, han dominado la conversación pública en Estados Unidos. Es una pena que antes que enfocar la atención en el debate de política pública o el diagnóstico de los problemas que aquejan a un país, ahora nos quedemos con esos momentos que, por inesperados o simpáticos o sorpresivos, acaparan nuestra atención. Así es, por desgracia, nuestro tiempo.
En el debate entre Trump y Harris, el momento más viral ha resultado de la extrañísima y falsa aseveración de Trump de que, en la pequeña comunidad de Springfield en Ohio, los migrantes haitianos que han llegado se están comiendo a los perros y gatos de los vecinos.
La declaración resultó tan inaudita, que Kamala Harris no pudo evitar la risa y el moderador David Muir se vio obligado a aclararle a Trump que no había reporte alguno de semejante barbaridad (los moderadores, por cierto, estuvieron extraordinarios: si un periodista no sirve para exigir respuestas y aclarar mentiras, no sirve para nada).
Después del debate han aparecido muchos memes y videos burlándose de las palabras de Trump. El más exitoso ha sido una versión musical, hecha por “The Kiffness”, un artista que ya había tenido éxito utilizando momentos cotidianos para hacer melodías pegajosas. Y está realmente muy simpático.
El problema es que las declaraciones de Trump no ocurren en el vacío. Y tampoco son una casualidad. Más bien, se enmarcan en una estrategia evidente de demonización de las distintas comunidades inmigrantes en Estados Unidos. El propio Trump ha dicho que los inmigrantes están “envenenando la sangre” de Estados Unidos y ha asegurado que los migrantes son protagonistas de una ola de crimen, que él llama “crimen migrante”. Todo esto es completamente falso. Sobran estudios que demuestran que las comunidades migrantes cometen menos crímenes que los estadounidenses nativos. En el caso específico de Springfield, los haitianos que han llegado han revitalizado el lugar, proveyendo a la ciudad de mano de obra que necesitaban. Pero los hechos y los datos verificables le importan poco a Trump. De lo que se trata es de crear un ambiente de histeria, de linchamiento.
En los días posteriores a las mentiras de Trump sobre lo que pasaba con los perros y los gatos de Springfield, esa ciudad ha recibido amenazas de bomba y la comunidad haitiana ha reportado actos de acoso injustificables. Esa es la reacción que busca Trump. Le habla a su base electoral, que lo escucha con la fidelidad de una congregación religiosa. Hay encuestas que lo demuestran. Resulta, por ejemplo, que un alto porcentaje de republicanos cree que en efecto los inmigrantes se están comiendo a las mascotas. Y lo creen solamente porque lo dice Trump. de ese tamaño es la influencia, y el peligro, de este hombre.
Todo esto es antes que nada una estrategia electoral. Trump calcula que la xenofobia y el resentimiento frente al migrante serán motivos para entusiasmar a los votantes que lo respaldan y, con un poco de suerte, acercar a otros votantes en los estados clave de la elección. La migración fue el el tema al que más recurrió en el debate. No es casualidad.
Puede o no tener razón. Esperemos que se equivoque.
Pero hay una preocupación que trasciende a la elección. Cuando un actor político opta por demonizar a un sector de la sociedad, las consecuencias son invariablemente perniciosas. Muchas veces, han sido semilla de las peores tragedias. Ahí está el siglo XX, que nos mira con sus lecciones. Los reportes de acoso y amenazas de violencia en Springfield, Ohio son una muestra más de las consecuencias del discurso del odio. Ya en otros momentos los seguidores de Trump han pasado de las palabras a los hechos. El ejemplo más claro es la brutal masacre de El Paso en 2019, en el que uno loco mató a 23 personas, la mayoría de origen hispano, haciendo eco del discurso de Trump.
El discurso del odio tiene consecuencias.
Esperemos que no resulte una estrategia electoral exitosa.
Y esperemos que los próximos años no nos traigan episodios de violencia.
Se vale disfrutar de los memes, pero no hay que perder de vista la amenaza que está detrás. (León Krauze, El Universal, Nación, p. 8)
Me apoyaré en este ensayo en analogías, no en metáforas. Sí, ya sé que comparar regímenes de tiempos distintos conlleva el riesgo de que los puristas destaquen las diferencias y descalifiquen el ejercicio. Pero también sé que los buenos historiadores entienden que las comparaciones apelan a semejanzas, no a identidades.
Más que hablar de dictadura o monarquía, reafirmo lo que dije hace mucho: habrá un nuevo Maximato en México. Hemos retrocedido un siglo. El poder que detenta Andrés Manuel López Obrador, jefe Máximo de la Transformación, bien puede equipararse al que tenía el jefe Máximo de la Revolución, Plutarco Elías Calles. La muy relativa ventaja del callismo —la inexistencia de partidos opositores y de opinión pública crítica— se compensa con la ausencia en el obradorismo de una disidencia interna como la que en aquella época representaron los obregonistas y con el declive del antagonismo clerical. En todo caso, hoy como entonces, el artífice de la 4T es el indiscutible poseedor del mando transexenal.
AMLO encarna al Ejecutivo, controla al Legislativo y se alista a sojuzgar al Judicial. Tiene el respaldo de las Fuerzas Armadas y, aunque hay inconformidad en algunos poderes fácticos, no enfrenta ningún desafío grave de iglesias o empresarios, no se diga de los medios, que en su mayoría acabaron capitulando. El crimen organizado tampoco lo amenaza. La forma en que impuso su reforma judicial, contra la opinión adversa de los especialistas de dentro y fuera, demuestra su capacidad para manipular a nuestros autodestructivos partidos de oposición.
Por si fuera poco, se beneficia de un norte que sopla como nunca a su favor: por más amagos que envíe sobre el T-MEC, Estados Unidos necesita tanto al gobierno mexicano para contener la migración que le perdona casi todo, y nuestra geografía es tan generosa que el efecto del nearshoring será socavado por su despropósito legislativo pero no desaparecerá del todo. Calles no tuvo tanta suerte.
Ahora bien, hay una similitud dolorosa en este cotejo histórico: la mayor parte de nuestra sociedad ha regresado a la complacencia política. Lo que en gran medida sostuvo al viejo partido hegemónico fue el clientelismo que mantenía conforme a su base electoral mediante la repartición de beneficios. Aunque en la pasividad social que reinó al arranque de la época priista influyó también la desinformación y la despolitización, la clave fue la dispersión de recursos que, sin resolver de fondo los problemas, propició una leve mejoría de la miseria rural porfirista. Era la anestesia que hacía sentir mejor al enfermo de cáncer. ¿Suena familiar? La aquiescencia acrítica a la 4T, en efecto, invoca tristes reminiscencias.
Tenemos que empezar de nuevo la transición democrática. Tenemos que recobrar el escepticismo frente al poder: reaprender a cuestionarlo, vigilarlo, exigirle cuentas. A alternarlo. Tenemos que contrarrestar —si se me permite solo esta alegoría— la involución de ciudadanos a súbditos. Tenemos que recordar el daño que nos causó el caudillismo, esa fascinación, sumisión ante la figura de culto. Tenemos que persuadirnos, como si nunca lo hubiéramos hecho, de que los pedestales siempre terminan quebrándose y arrastrándonos a todos al abismo.
Que muera la amnesia. Que viva México. (Agustín Basave, Milenio, Política, p. 12)

(Tacho, Milenio, AL Frente, p. 2)