5 Migración incontrolable. En Santa Catarina, Nuevo León, cuando trasladaban a un grupo de nueve migrantes en una unidad pesada sobre la carretera Monterrey-Saltillo, tres hombres fueron detenidos por elementos de la Fuerza Civil. Mientras que en San Luis Potosí desaparecieron cinco migrantes menores de edad del DIF y las primeras investigaciones culpan a un grupo armado. También un migrante perdió el brazo luego de caer de un tren en Coahuila. Otro migrante y su perro, Niño, recorrieron 12 países y el can fue asesinado en Monterrey. Todo esto sucedió en una semana más en la que Francisco Garduño está a cargo del Instituto Nacional de Migración, donde día a día se le hunde el barco. (Frentes Políticos, Excélsior, Nacional, p. X)
Pérdidas crecen y crecen
Nos hacen ver que la suma de las pérdidas por mercancías varadas en la frontera norte no para y ya asciende a 2 mil 107 millones de dólares, de acuerdo con datos del Fideicomiso Juárez-El Paso. Y no podría ser de otra manera, nos dicen, si la situación en torno a los cruces no ha registrado variaciones importantes. Y es que los flujos de migrantes que han provocado cambios en las medidas de revisión que lleva a cabo Estados Unidos, particularmente en Texas, continúan desbordados. Así, que no hay aliciente alguno para que la situación pueda mejorar. El Gobierno de México, nos recuerdan, ya mandó una nota diplomática a Estados Unidos, pero no se advierte, para resolver este problema, ningún cambio en las políticas de migración que ejecuta el Instituto Nacional de Migración, a cargo de Francisco Garduño. (Rozones, La Razón, LA DOS, p. 2)
Aparentemente una de las dos candidatas a la Presidencia de México, Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum, saldrá elegida como nuestra futura Presidenta.
El México que le tocará gobernar tiene serios problemas, pero de manera prioritaria serán el crimen organizado, la pobreza y la migración de cientos de miles de seres humanos que entran a nuestro territorio y un gran porcentaje se quedan aquí con las consecuencias que eso provoca.
Cómo me gustaría que la elegida tuviera los tamaños de una Golda Meir, Margaret Thatcher o Ángela Merkel, mujeres gobernantes que tanto lograron para sus países. Ojalá que así fuera. (El Lector Escribe, Ricardo de Villafranca, Reforma, Opinión, p. 14)
Psicosis en la frontera
A pesar de que entre México e Israel hay una enorme distancia, 12,500 kilómetros, el reciente estallido de violencia en el Medio Oriente ya impactó la frontera entre nuestro país y los Estados Unidos.
Políticos republicanos de diferente calibre, pero también, tome nota, el propio FBI, alertan sobre la posibilidad, algunos dicen inminencia, de que terroristas se infiltren a Estados Unidos a través de México para dañar a civiles norteamericanos.
No queda claro si es solo propaganda política, o esa psicosis que se contagia a mil por hora, pero lo cierto es que elenco de villanos de la frontera crece. Ya no solo hay migrantes indocumentados y pistoleros de algún cartel, sino ahora terroristas.
La crisis escala por lo que se deteriorará día tras día a lo largo de la próxima semana. Los republicanos tienen ya más municiones para exigir la rigurosa vigilancia de la frontera y de ser necesario las incursiones a México.
La situación en la frontera está mal. Se pondrá peor. (Pepe Grillo, La Crónica de Hoy, Columnistas, p. 3)
No existe ciudad en el mundo más emblemática y que represente de mejor forma lo que los estadounidenses denominaron como melting pot que Nueva York. Este lugar está poblado por una mezcla de migrantes originarios de una multiplicidad de naciones de todo el mundo. Durante el siglo 20 y gran parte de este siglo 21, Nueva York fue el orgullo estadounidense y la muestra de lo que una fortaleza institucional y el tan trillado sueño americano eran capaces de ofrecerle no sólo a sus ciudadanos, sino a casi cualquier persona del mundo, sin importar cuáles eran sus orígenes o raíces. Sin embargo, hoy todo ha cambiado.
El alcalde demócrata de la ciudad de Nueva York, Eric Adams, ha argumentado que la migración puede ser el factor que lleve a la ciudad al colapso. En los últimos meses y años, la llamada Gran Manzana ha sido testigo de la gran desubicación social y de la necesidad que habita en las calles de la ciudad, pasando de ser la metrópoli mundial y representante del éxito empresarial a ser un refugio –con capacidades cada vez más limitadas– de los sueños de los migrantes.
Además, por si todo esto no fuera suficiente, también se ve, se registra y se vive no sólo con la falta de integración social y la ausencia de un proyecto en común –que en su momento fue el elemento que consolidó no sólo a Nueva York, sino a todo Estados Unidos–, situación que ha provocado llegar a un punto en el que ni los residentes ni los migrantes buscan encontrar cosas que los unan y que permitan rediseñar positivamente y en conjunto la ciudad.
El siglo 21, el siglo del conocimiento y de las comunicaciones, ha marcado –entre otras cosas– el final del pacto de lealtad en la migración internacional. Por distintas razones personales y profesionales he sido migrante toda mi vida, residiendo en varios sitios del planeta. Hace muchos años que vivo y soy residente en Estados Unidos y recuerdo que, durante muchos años, una de las partes fundamentales del pacto migratorio era que –como señal de agradecimiento y lealtad al sitio que te permitía aspirar a una nueva vida– uno comenzaba ofreciendo lo mejor de sí.
El país receptor te abría las puertas y a cambio tú le tenías que ofrecer tus mejores habilidades y cualidades, no sólo en el ámbito profesional, sino también en el personal, con tal de poder hacerte un sitio en la sociedad a la que estabas migrando.
Ahora, desde la revolución de las comunicaciones, desde que el mundo es flat y desde que todos podemos ver las mismas imágenes a través de nuestro celular, pero sin importar el contexto de éstas, los migrantes han dejado de llegar agradecidos a los países que los acogen. Llegan con furia y rabia exigiendo dónde está la parte del pastel que les corresponde. No hay ninguna reflexión sobre que detrás de esas fotografías, detrás de esa promesa y detrás de esa aspiración –por muy legítimo que sea– puede haber hasta siglos de cultura del sacrificio y del esfuerzo. Existe lealtad hacia lo que nos toca hacer; sin embargo, no hay obligación hacia lo que tenemos que hacer para llegar a tener la parte que nos corresponde en el desarrollo colectivo.
Hemos creado sociedades incomunicadas y autistas, unidas sólo por el fracaso de buscar oportunidades fuera de nuestro país de origen y viviendo no con agradecimiento sobre lo ofertado, sino con sentido de demanda hacia lo que no se tiene. Estamos en un punto en el que es como si la historia del mundo no tuviera elementos diferenciadores sobre cómo pudieron ir construyendo los países su propia fortuna. Es como si no existieran las razas ni las distintas lenguas y como si sólo existiera el derecho inalienable a tener lo mejor de cada sociedad sin tener que dar lo mejor de cada uno.
Por eso en este momento, al ver las aterradoras filas de migrantes en ciudades como Nueva York y en una circunstancia que ha sobrepasado los límites y que se está dando en diferentes partes de Estados Unidos y del mundo, es muy importante entender algo. Y es que hasta que no exista un nuevo planteamiento y lectura local, profesional y personal de integración, no sólo este problema nunca tendrá solución, sino que estaremos condenados al estallido social por inconformidad e infelicidad y, sobre todo, por la falta de integración. Ejemplos sobre lo que menciono hay muchos, basta mirar y ver los últimos incidentes y protestas en Francia, la falta de control en la frontera entre México y Estados Unidos o las desalmadas imágenes de las personas que toman una balsa en el mar Mediterráneo con tal de llegar a Europa.
El mundo actual está lleno de imágenes. Desafortunadamente, son más las que demuestran la debacle política, social y económica, que aquellas que promueven o dan esperanza de recomponer el rumbo. Escenas como las que actualmente se están produciendo en el conflicto armado entre Israel y el grupo terrorista Hamás son, en gran medida, un anuncio de representación sobre el estado emocional caótico y, sobre todo, del caudal de odio que este tiempo ha conseguido generar.
Si uno recuerda y ve las grandes ciudades europeas, se dará cuenta de que no importa cuántos millones hayan venido de África, de Turquía o de América Latina, lo cierto es que las sociedades europeas dentro de sí están incomunicadas y que los recién llegados –que además en este momento son quienes están salvando el vacío demográfico– tampoco se han conseguido integrar. Es claro e irrefutable el hecho de que cada día estamos cada vez más aislados en comunidades que no se comunican, que no tienen un proyecto de vida y ni siquiera un propósito de felicidad en común.
No creo que sea posible seguir manteniendo el control de la migración en las fronteras, sobre todo porque cuando estaban las fronteras y el problema eran las entradas ilegales, este fenómeno significaba una mayoría de proyecto político colectivo en manos de una cierta normalidad ciudadana y nacional. En este momento, el problema, la disfunción y la ausencia de un proyecto global es lo que hace que, frente al crecimiento desaforado de los intentos de la migración normalmente ilegal, exista una reacción que lleve a cerrar las puertas y los controles migratorios. Sin embargo, en algunos casos esto es geográficamente imposible ya que ¿cómo cerrar un campo o un mar que separe dos territorios?
Pero la verdadera cuestión y problema no es el de cerrar las fronteras, sino que en realidad –por cuestiones políticas, sociales o económicas– hemos malinterpretado por completo el fenómeno al que nos enfrentamos desde hace siglos. Y es que ¿por qué no buscar incluir en vez de excluir?
En países como Estados Unidos o como muchos otros de Europa, los migrantes son el gran motor de la economía nacional. Los líderes globales tienen que entender de una vez por todas que la migración es algo inevitable, que es algo que existe desde hace siglos y que seguirá existiendo siempre y, sobre todo, que la solución no radica en cerrar las fronteras, sino en abrir oportunidades que se vean consolidadas en un crecimiento y desarrollo común.
Resulta curioso que haya sido Ronald Reagan el último presidente estadounidense capaz de haber realizado un acto heroico al incorporar a millones de inmigrantes ilegales. Sin embargo, la paz social, el crecimiento y lo que hoy es la base de multiplicación dentro de la unión de las comunidades de la inmigración se debieron, en gran medida, a la política de legalización masiva que se implementó durante esa presidencia.
Los países de Europa tienen un problema incontestable. Los dueños de Europa no quieren a Europa. Los jóvenes franceses, los que salieron a manifestarse por los Campos Elíseos, quieren –y así lo confiesan– su cultura, su vida, su religión y su pertenencia, y del Estado que los acoge quieren el cheque de manutención y la protección. No buscan la posibilidad de crecimiento ni mucho más y es que, al final, el odio social y la furia contenida lo que busca, sobre todo, es destruir todo lo que se cruce en su camino. En este sentido, hay que saber y ser conscientes de que entre más nos tardemos en reconfigurar una nueva lista de objetivos y un nuevo esquema de integración social, será tiempo que estaremos perdiendo y que cobrará una factura muy alta en forma de manifestaciones del odio social contenido, poniéndonos en riesgo a todos. (Antonio Navalón, El Financiero, Nacional, Política y sociedad, p. 35)
Nueva York.– Si no fuera ya un odiado ícono liberal británico, Suella Braverman, ministra del interior del Reino Unido, hubiera consolidado su imagen de fanática nacionalista con su última andanada de declaraciones: a pesar de las críticas que enfrenta en su propio partido, redobló la retórica antiinmigración y antirrefugiados.
Durante un discurso reciente en Washington, Braverman afirmó que el multiculturalismo fue un fracaso en Europa, que la inmigración descontrolada es una amenaza para la civilización occidental y que la Convención de 1951 de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados -que el Reino Unido ratificó durante el gobierno de Winston Churchill- quedó desactualizada. Braverman continuó el discurso afirmando que los refugiados perseguidos en sus países de origen por cuestiones de identidad de género o sexual “buscan asilo por motivos falaces”, por lo que no se les debe permitir el ingreso a Gran Bretaña.
Fue una combinación de insensibilidad, chivos expiatorios y estupideces. En algunos países se ejecuta a los homosexuales, en otros, las mujeres ni siquiera pueden ir a la escuela. Poca gente seria está a favor de la inmigración “descontrolada”. El Consejo Británico para los Refugiados publicó en un informe que el 74% de quienes lleguen a Gran Bretaña en barco en 2023 serán reconocidos como solicitantes de asilo. El dato se basa en estadísticas compiladas por el Ministerio del Interior, a cargo de Braverman.
La propia Braverman nació en el Reino Unido, pero es hija de inmigrantes de ascendencia india. Su padre, cristiano, emigró desde Kenia en la década de 1960, y su madre, tamil hinduista, llegó al Reino Unido desde Mauricio. Considerando la historia de su familia, podría esperarse que Braverman se abstuviera de echar leña al fuego del pánico antirrefugiados.
Pero no es esta la primera vez que un inmigrante de segunda generación intenta validarse mediante muestras hipócritas de nacionalismo chauvinista… y Braverman fue un paso más lejos en su discurso de la Conferencia del Partido Conservador, el 3 de octubre, cuando invocó la historia de la inmigración de su familia para fomentar la agenda antiinmigratoria. “El viento de cambio que trajo a mis padres del otro lado del mundo durante el siglo XX fue una simple ráfaga comparada con el huracán que se viene”, advirtió.
La mayoría de los analistas políticos británicos cree que Braverman simplemente está apelando a los sectores de extrema derecha para asumir el liderazgo de su partido. De manera muy similar a lo que ocurre con el partido republicano en Estados Unidos, los Tories -que alguna vez se autoproclamaron campeones del centrismo de la clase media- se están viendo atraídos hacia la derecha por los agitadores populistas.
Aunque es posible que Braverman no sea más que una oportunista política, sus diatribas antiinmigratorias resuenan más allá de las fronteras británicas. Cuando muestra a los inmigrantes y solicitantes de asilo como criminales y amenazas para la civilización occidental, recurre a la misma corriente populista de derecha que impulsó a la Alternative für Deutschland alemana, a la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia y al Partido Republicano del expresidente estadounidense Donald Trump.
Pero ¿implica ese aumento del populismo xenófobo que los occidentales son cada vez más racistas? Los datos sugieren otra cosa. Más del 70% de los ciudadanos británicos cree que la amplia variedad de etnias y culturas es parte de la identidad británica, y el 75% está a favor de las relaciones interraciales. Esos sentimientos no eran frecuentes en el Reino Unido hace 50 años.
Además, la mayoría de los británicos que temen un “huracán” de refugiados probablemente nunca se hayan cruzado con uno, dado que los solicitantes de asilo quedan confinados en campos demarcados y no se les permite trabajar ni interactuar con el público en general. Y quienes viven en las ciudades con mayor cantidad de inmigrantes no occidentales suelen ser más tolerantes con ellos que quienes residen en zonas donde hay relativamente pocos.
Pero la revuelta populista actual en realidad no tiene que ver con los refugiados. El mayor resentimiento que albergan los partidarios de la extrema derecha está reservado para las llamadas “elites liberales”, quienes habitan en las zonas urbanas y tienen acceso a una excelente educación, a quienes Braverman, durante el discurso de la Conferencia, llamó “la minoría privilegiada, alerta a las injusticias sociales, con sus creencias de lujo”. Por lo general se culpa a esas élites de todo, desde la pérdida de empleos industriales y el aumento de la inmigración descontrolada hasta la supuesta “tiranía” de las instituciones internacionales, como la Organización Mundial de la Salud y la Unión Europea.
Casualmente, la propia Braverman se graduó en Cambridge, forma parte del círculo de consejeros del rey (juristas eminentes designados por patente real) y estudió, becada por la UE, en la Universidad París 1 Panteón-Sorbona. Pero las quejas que aprovecha no son completamente infundadas: históricamente, tanto las elites de izquierda como las de derecha alentaron la inmigración; la derecha en busca de mano de obra barata y la izquierda, por idealismo multicultural. También es cierto que las políticas de libre comercio mundial abrazadas por los líderes occidentales perjudicaron a veces a los trabajadores de muchos países desarrollados. La propia UE es considerada por muchos como un producto de las élites europeas.
En la mayoría de los casos, sin embargo, el resentimiento se debe a una pérdida de estatus, real o percibida, en un mundo en rápido cambio. Es posible que los trabajadores industriales y los mineros hayan enfrentado duras condiciones laborales, pero podían enorgullecerse de su sindicatos, grupos sociales y actividades culturales… muchas de esas instituciones han desaparecido.
De manera similar, así como muchos estadounidenses crecieron creyendo que EU era el mejor país del mundo, los ciudadanos británicos alguna vez fueron súbditos orgullosos de un imperio global. En EU, a veces el enojo popular incluye también un elemento racial: la gente de raza blanca, especialmente en los estados del sur, siente que su dominio sobre la gente de color se desvanece. Y a menudo se culpa a las élites liberales, no a los inmigrantes, por reducir “nuestra” estatura, “menospreciarnos” y destruir los valores y tradiciones que tanto significan para “nosotros”.
Esa sensación de pérdida es la que alimenta la política actual del resentimiento. Es prácticamente irrelevante que los demagogos que aprovechan esos sentimientos sean hijos de inmigrantes indios del África, o empresarios deshonestos y estafadores. La gente les dará su apoyo siempre que logren articular una furia compartida. (Ian Buruma, El Economista, )
Llegan a buen puerto
(Gregorio, Excélsior, Nacional, Editorial, p. 12)