Opinión Migración 170126

La justicia no es para todos

La Patagonia es un confín del mundo. En el viaje hasta Neuquén recorro nueve mil kilómetros. Una tarde de octubre veo a Doelia, la madre de Mario Palacios Montarcé. Nubes de polvo cubren ocasionalmente la colonia Gregorio Álvarez, donde se ve uno que otro perro flaco vagando por las calles.

“A dos calles de aquí ya no entra la policía”, dice Doelia, señora bajita, de lentes y pelo al hombro, señalando al sur, donde hay barrios con casas hechas de hormigón, a la carrera, sin ningún esmero. La familia de Mario Palacios Montarcé reside en un Fonavi, un fraccionamiento popular construido hace años por Felipe Sapag, una suerte de cacique —hoy de más de noventa— que gobernó Neuquén durante veinte años.

Sigo a Doelia por el pasillo de la casa, rumbo al cuarto donde vivió Mario antes de viajar a México. Lo primero que veo al entrar son trofeos y una fotografía de Mario con una leyenda al lado que dice: “Profesor Mario Palacios Montarcé. Entrenador de tenis de mesa. Club Toluca, S. A. Toluca, México”.

—¿Entonces a usted no le gustaba el ping pong?— le pregunto a Doelia.

—Cuando yo jugaba, todos

se reían.

En ese momento entra Rodrigo Domínguez, el sobrino preferido de Mario, hijo de su hermana Mónica. Hurga en unos cajones y saca unas paletas “profesionales”, “no de corcho” —aclara—, que Mario les había regalado apenas en septiembre pasado, para ver si se interesaban más por el ping pong.

—¿Tú juegas tenis de mesa? —pregunto.

—No, pero algo hacemos acá. Cuando hace calor sacamos la mesa y todo. Éstas son unas paletas que, como no son tan buenas, dijo: “No, no puedo jugar con estas” y las dejó acá.

—¿Esta foto que está acá, él la trajo de Toluca? —le digo señalando la foto del Club Toluca.

—Sí, él la trajo —responde Doelia.

—¿Él se ejercitaba en esa

caminadora?

—No, ésa era de mi abuelo. Mi abuelo hacía ejercicio porque estaba enfermo del corazón y hacía ejercicio —contesta ahora Rodrigo.

Sigo observando. Me topo con una alcancía hecha con un coco, con ojos y boca, una especie de chango gracioso, con la leyenda de Acapulco. Rodrigo se adelanta a explicarme que Mario la trajo a su casa una Navidad. Que les contaba que Acapulco era uno de sus lugares preferidos en México. Luego Doelia me enseña una manta que le regaló la mamá de Fernandito, el alumno más querido de Mario.

—El departamento donde vivía Mario era del hermano del papá de Fernandito. Lo primero que hizo el papá de Fernandito fue sacar todas las cosas de Mario y alquilar el departamento —dice la mamá del instructor.

—¿Y en este cuarto vivió Mario durante su adolescencia?

—Sí. Bueno cambiaron las cortinas… mi abuela cambió las cortinas y el acolchado, pero la habitación era más o menos así; había unos banderines colgados que cuando se fue a México se los llevó.

Rodrigo muestra un par de banderines con el estilo de los que Mario tenía en la pared de aquella habitación. Uno de ellos tiene la leyenda: “Federación Argentina de Tenis de Mesa”.

—¿Cómo era la rutina de Mario antes de irse a México?

—Mario dio clases en el Club Pacífico cuando recién empezó su carrera. Estuvo en Ruca Ché los últimos días. Y también estuvo en el CEF, que es un centro de deportes, Centro de Educación Física —dice Rodrigo Domínguez.

—Sí, nosotros teníamos un cochecito en el que andaba él —secunda Doelia.

—¿También trabajaba en cosas de mecánica?

—De herrería. Hacía vallas, las vallas para que no se alcen las pelotitas, las hizo él —responde

el sobrino.

—Como me las estaban robando, las regalé porque tenía ciento veinte vallas hechas por Mario —apunta Doelia.

—Mario hizo también El Chino, el tacho de basura que está afuera de la casa —presume Rodrigo.

Rodrigo se refiere a una especie de robot que está en la entrada de la casa. Cuando llegué, pensé de inmediato en las caricaturas de Los Supersónicos y en una sirvienta que tenían. En la panza, el artefacto sostiene un cesto donde se colocan las bolsas de basura. El tacho del que habla Rodrigo, es esta especie de “robotina”.

—Mira que se han querido robar a El Chino y no lo han hecho. No lo han podido quitar —me cuenta Doelia.

—¿Y cuando regresó de China, también trató de hacer un robot lanzapelotas?

—Ah, sí, el robot. Era como una pistola que jalaba para atrás y golpeaba la pelota, como una especie de cámara, pero con resorte. Pero sólo fue un intento; lo hizo pero no funcionó nunca —explica Rodrigo.

—Y cuando le dijo que se iba para México, ¿usted qué pensó, doña Doelia?

—No, pues él se fue. También estuvo en Chile, probando. Se iba a ir a España y después vio a México y se fue para allá.

—¿Y por qué decidió irse a México en lugar de España?

—Porque México está más cerca. Allá en China quisieron que se quedara, pero estaba muy lejos.

—Además, el problema con China era el idioma y que estaba muy lejos. Entonces optó por Chile, pero se truncó esa posibilidad. Tenía España o México. Finalmente se decidió por México porque está más cerca. Tienen costumbres parecidas a las nuestras; además Ringo, su primo, vivía allá. Roberto decía que por lo menos tenía un conocido. En España no conocía a nadie. Por eso optó por México —explica Rodrigo.

—¿Y desde México les llamaba con frecuencia por teléfono?

—Sí. Los domingos al mediodía y a veces entre semana.

—Nos contaba de Cuba, que una vez lo agarró un huracán y que tuvo que estar tres días dentro de un hotel, que no podía ni salir, cosas así. Llamaba desde Estados Unidos y también desde Alemania. Una vez fue a España también. Llamó de Sídney, cuando estaba en los Juegos Olímpicos. Ya nos había dicho que iba a ir. Llamó y nos dijo que estaba jugando allá, que estaba jugando muy bien. Más o menos le fue bien porque era muy buen nivel el de allá. Fue representando a la selección mexicana.

En la habitación, junto al camastro está el retrato barnizado de Mario jugando ping pong en Toluca. En el colchón, sobre una sábana amarillenta, descansa una maleta negra. Además, una simple bolsa de cartón. Doelia me pide que la abra: sentado en el camastro donde dormía Mario, veo anuncios de cursos de ping pong, copias de correos electrónicos personales dirigidos a mario_palacios_Montarcé@hotmail.com, tarjetas de presentación con el número de su celular (044722-1183228), una nota de Reforma con su foto, folletos de su Atos, copias de su CV, notas del Sol de Toluca donde Montiel y Versini entregan el premio a su alumno Fernandito, fotos con amigos, papeles del Instituto Nacional de Migración y una vieja cartera.

—Cuando usted se enteró de lo que pasó, ¿qué fue lo que…? —trato de preguntar.

De pronto, Doelia, de brillantes ojos rodeados de arrugas, se toca la frente y se suelta a llorar. El cuarto se sume en el silencio.

—Mi yerno viene y me dice: “No, no encontraron sangre para Mario”. En una ciudad como México, ¿cómo no van a conseguir sangre? Entonces salí corriendo a las seis de la mañana. Es impresionante, no se puede creer esto. Nunca me imaginé una cosa tan tremenda. Con lo que yo quería a Mario, impresionante. No sé, que me digan que estaba muerto… Usted perdone, pero no se puede olvidar una cosa así. Dios mío, no sé por qué dicen que existe dios. ¡Qué va haber Dios! Un chico como Mario, dónde. Pregunte por Mario y le van a decir que era un santo con toda la gente. Cuando me avisaron de su muerte a mí me mataron, me mataron… A mí también me mataron.

—La justicia no es para todos —vuelve a secundar Rodrigo.

(CONTINUARÁ…) (Diego Enrique Osorno, Milenio, Política, p. 14)

Trump, el Nobel y el espejo espeso latino

Se trató de una provocación. Eso hizo María Corina Machado al entregar, simbólicamente, el premio Nobel a Donald Trump (no el de Oslo, sino el que va de la intención al relato político).

Como acto diplomático tiene un extraño parecido al de los reconocimientos que se entregan al final de una función de teatro. Como ceremonia con legitimidad institucional, el presidente de Estados Unidos le da más valor a recibir una gorra colorada con la leyenda “Make America Great Again” para ir a jugar golf.

El mensaje carga una ambivalencia venenosa. En tanto Washington tiene en la mira a las comunidades latinas, venezolanos asentados en la Unión Americana están entre la espada y la pared. ¿Mejor Trump que Maduro? ¿El invasor o el dictador? Lo que Estados Unidos llama “liberación” cuando invade naciones, el crimen organizado le dice “cobro de piso”. El petróleo de Venezuela bien lo vale.

La foto de Machado con Trump coincide con un momento en el que la política migratoria dictada desde la Casa Blanca, dura y punitiva, ha encontrado ecos incluso dentro de sectores latinos en Estados Unidos, no mayoritarios, pero sí suficientemente visibles. La narrativa racista, lejos de debilitarse, encontró arraigo incluso en comunidades que hablan español.

Me topé con unos datos del Pew Research Center. La mayoría de los latinos desaprueba a Trump y, en particular, su enfoque migratorio. Perciben que su situación ha empeorado, que el discurso antiinmigrante se ha normalizado y que la línea entre control fronterizo y estigmatización racial se ha vuelto peligrosamente borrosa. Y, sin embargo, una parte relevante del electorado latino, más diversa y fragmentada de lo que suele asumirse, ha decidido acompañarlo políticamente.

En ese escenario está el Nobel como reconocimiento al antagonismo. Trump no es conocido por tender puentes. María Corina se dio un balazo en el pie.

La paradoja es brutal. En tanto millones de venezolanos, mexicanos y centroamericanos viven hoy en Estados Unidos en condiciones de alta vulnerabilidad, muchos de ellos recién llegados, sin estatus regular, como documenta el propio Pew, la máxima figura de la oposición venezolana opta por abrazar al presidente que ha desmontado protecciones migratorias y reforzado el castigo a la gente de piel morena, culpable, de facto, de crímenes como el asesinato que, por ley, merecerían décadas de prisión.

Machado no le habla al latino promedio, le habla al poder. Pretende tomar café con la extrema derecha estadunidense que ve en el sufrimiento ajeno un daño colateral aceptable. El Nobel como moneda de cambio.

El problema es el statu quo vigente, mordaz, temerario. Trump ha sido eficaz en dividir incluso a quienes comparten lengua, historia y apellido. El migrante “bueno” contra el “malo”, el legal contra el irregular, el que llegó hace 20 años contra el que está desde ayer. Y en esa fragmentación, ciertos líderes encuentran espacio para gestos como el de Machado, que no busca sanar heridas, sino capitalizar su posición como opositora.

Como sea, Donald Trump es una figura maligna, pero fascinante. Recibe premios simbólicos por “defender” a Occidente. Hace meses, le dieron el Premio de la Paz de la FIFA, y quién sabe lo que eso sea. Abre espacio a su agenda para tomarse fotos con Gianni Infantino o  María Corina Machado, y listo. Un funcionario del staff de la Casa Blanca señala la puerta de salida. (Fernando Islas, Excélsior, Nacional, p. 10)

EU depende más que nunca del migrante

Estoy a punto de entrar a una nueva sesión del Foro de México en la Piel, impulsado desde MexicoEnLaPiel.org, un espacio de diálogo con mexicanos en Estados Unidos.

Antes de comenzar, le he pedido a Roberto Lamas, zacatecano y hoy diputado local, que comparta unas palabras sobre la importancia de que quienes viven fuera del país voten, sean candidatos y participen activamente en la vida pública de México y en la organización MéxicoenlaPiel.org

Mientras lo escucho, resulta imposible no pensar en la gran contradicción de nuestro tiempo. En Estados Unidos, el discurso político insiste en “cerrar la frontera”, endurecer controles y presentar la migración como una amenaza. Sin embargo, hay una realidad que rara vez se menciona con la misma fuerza: la economía estadounidense depende hoy más que nunca del trabajo migrante. No es una postura ideológica; es un hecho estructural.

Estados Unidos no enfrenta solo un debate migratorio, sino una contradicción profunda. Por un lado, se criminaliza al migrante en el discurso público; por otro, se sostiene buena parte del crecimiento económico gracias a su trabajo. Esta tensión no es nueva, pero hoy es más visible y más costosa, tanto económica como moralmente.

Sectores clave como la agricultura, la construcción, los servicios, la hotelería, el procesamiento de alimentos y el cuidado de adultos mayores no podrían operar sin mano de obra migrante. En muchos de ellos, los trabajadores —documentados o no— no son una parte más del sistema: son la columna vertebral.

La pregunta incómoda es simple: si mañana desaparecieran estos trabajadores, ¿quién haría ese trabajo? ¿Quién sostendría cadenas productivas completas que dependen de esa fuerza laboral?

A pesar de esta dependencia económica, la migración se ha convertido en moneda política, especialmente en tiempos electorales. Se simplifica un fenómeno complejo para generar miedo, dividir electorados y ofrecer soluciones aparentes a problemas estructurales.

México ya no es solo país de origen. Hoy es país expulsor, de tránsito y de destino, todo al mismo tiempo. La frontera se ha desplazado hacia el sur y hacia el interior del país, y México asume costos humanitarios, logísticos y políticos que rara vez se reconocen.

La historia de Roberto Lamas ilustra con claridad el potencial político de la diáspora mexicana. Zacatecano, residente durante años en Chicago, hoy es diputado local, una figura todavía excepcional en la política nacional.

En una conversación reciente con Vicente Fox, Lamas recordó que, aunque hoy milita en el Partido Revolucionario Institucional, en el año 2000 era un joven que votaba por primera vez y que votó por el cambio. Votó por Fox.

El invitado especial del Foro de hoy es Roberto González Narozni, otro ejemplo del potencial de la diáspora, esta vez desde el deporte, la empresa y la filantropía. Hijo de un mexicano que emigró a Detroit para trabajar en la industria automotriz, ha construido una trayectoria binacional que hoy impacta a miles de jóvenes en México.

Mientras el discurso político rechaza al migrante, millones de familias sostienen comunidades enteras gracias a su trabajo y a las remesas.

La verdadera pregunta no es cómo cerrar fronteras, sino cómo ordenar la migración con inteligencia, humanidad y visión de largo plazo. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 22)

CARTONES

Reclamo

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(Jerge, La Jornada, Política, p. 7)