Opinión Migración 170623

Bajo Reserva

Migración estrenará uniformes interactivos

Nos detallan que en el Instituto Nacional de Migración, que todavía dirige el procesado Francisco Garduño, andan muy contentos porque se alistan a estrenar. Pero no son sistemas de seguridad y contra incendios, que buena falta hacen. Nada que ver. Nos revelan que se trata de tener uniformes con nuevos diseños, que, entre otras cosas, incluirán códigos de barras y QR en los que se pueda conocer el nombre, número de empleado y adscripción de los que los porten, y los cuales, afirman, los oficiales de migración tendrán prohibido ocultarlos. ¿Será que con esta medida los actos de extorsión y otras violaciones de derechos humanos desaparezcan de Migración? (Bajo Reserva, El Universal, p. A2)

Cartas Políticas / El Camachista (VI)

Marcelo Ebrard se rehizo y regresó a la política como secretario de Estado. Después de resistir al PRI de Peña Nieto, al PRD de Mancera y a los Chuchos, a la burocracia fiscal y penal y al exilio, López Obrador lo nombró canciller. Contrario a su maestro, Manuel Camacho, que tomó la Secretaría de Relaciones Exteriores para hacerse al costado de la política interna y electoral de 1994, Ebrard fortaleció su prestigio político.

Ebrard asumió el desafío de liderar la política exterior mexicana durante la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. Logró con éxito la negociación de las reglas de origen del T-MEC y resolvió la amenaza de aranceles a las exportaciones mexicanas, aunque esta solución conllevó al endurecimiento de las políticas migratorias de México.

Esta medida resultó en la presencia de la Guardia Nacional en la frontera sur y en que los solicitantes de asilo en Estados Unidos tuvieran que esperar en México durante la resolución del proceso. Con esta decisión, aún con la exportación de programas sociales mexicanos a Centroamérica, el gobierno de López Obrador y el canciller priorizaron la estabilidad económica del país sobre el resolver la crisis migratoria.

Por otro lado, la Secretaría de Relaciones Exteriores de Ebrard aseguró la adquisición de vacunas contra el Covid-19 y logró que hospitales privados colaboraran con las instituciones de salud públicas para ampliar la capacidad hospitalaria, aunque no fue un esfuerzo solitario. Además, operó los ofrecimientos de asilo de México a Evo Morales y a la familia del presidente Pedro Castillo en medio de las crisis políticas en Bolivia y Perú, respectivamente.

Como hito destacado, la Cancillería emprendió una demanda contra fabricantes de armas en Estados Unidos por su participación en el tráfico ilegal hacia México, buscando una indemnización millonaria y llevando el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

El 6 de junio de 2023, rodeado de senadores, diputados, alcaldes y exfuncionarios de la SRE, Marcelo Ebrard anunció su renuncia a la Cancillería y su aspiración de convertirse en candidato de Morena y, eventualmente, Presidente de México. Este evento, junto con una cena previa entre las corcholatas y López Obrador, inició formalmente los movimientos de cara a la carrera presidencial.

En las últimas entregas de estas Cartas Políticas hemos explorado exhaustivamente la trayectoria de Marcelo Ebrard y cómo la sombra de Camacho, su maestro, se cierne sobre él, como un ángel que acompaña su camino. Ebrard está en el punto de no retorno, en el lugar donde su propia figura amenaza con eclipsar a la de su mentor y en el cual el proyecto político que ha trascendido a costa de sudor, derrotas y esperanza puede encontrar su clímax y su resolución anhelada.

El Camachismo es un grupo y un proyecto político, para unos una actitud y para otros un insulto. Sus virtudes son pecados, aplaudibles y reprochables. Camacho y su grupo son recordados como vehementes impulsores de la transformación del PRI y de su derrota, cultivadores de la negociación como virtud política, políticos camaleónicos que mutan de color para garantizar su permanencia, técnicos de la ambigüedad y veteranos de la esperanza.

Pero el Camachismo también es una escuela de administración pública en la que el liberalismo social, los derechos de tercera y cuarta generación, la igualdad y la movilidad social, el pragmatismo y la concertación, la gobernanza y el prestigio político se han desarrollado hasta formar parte de la agenda de Marcelo Ebrard y su oferta para la Presidencia de la República.

Estos principios son los que lo distinguen de otras propuestas de izquierda en las cuales la oferta es conservar las formas, los usos y las costumbres, las liturgias de la transformación moral, política y administrativa de López Obrador. Pero también son los que lo alejan de las bases de Morena, que ven en Ebrard, así como en 2012, a un centrista y no a un revolucionario, a un creyente, pero no a un apóstol, a un carnal, pero no a un hermano.

Así, en este delicado equilibrio de lealtades y visiones divergentes, parece que Ebrard ha decidido ser fiel a sus principios y ponerlos prestos por Morena, aunque en su devenir ronda el paso que Camacho no quiso dar, el de defenderlas desde otra plataforma política. Esta dualidad es el costo y el beneficio de ser congruente con su proyecto y no sólo a un partido. Para Ebrard, éstos no son tiempos de sobrevivir sino de vencer, no de negociar sino de empujar, no de tragar saliva sino de escupir. Éste es más que nunca su momento de ser Marcelo y no Camacho. ¿Lo logrará? (Pedro Sánchez Rodríguez, La Razón, Informativa, p. 2)

Cómo cubrir a Trump

MIAMI.- Hace unos días, cuando Donald Trump fue acusado criminalmente de 37 cargos por retener en su casa de Mar-A-Lago documentos secretos, cientos de sus simpatizantes salieron a protestar frente a la corte federal donde se presentó el expresidente. Éramos más periodistas que manifestantes. Pero sus gritos, su indignación y sus mensajes se escucharon fuerte.

El resultado era previsible; eso se convirtió en una selva.

Ellos tenían el derecho de manifestarse. Pero nosotros los periodistas tenemos el derecho y la obligación de informar y de decir la verdad. Y eso muchas veces nos enfrenta. Ni modo.

Nuestras dos obligaciones periodísticas son cuestionar a los que tienen el poder y reportar la realidad tal y como es. Y la realidad es que, por primera vez en la historia, hay un expresidente estadounidense y candidato presidencial que ha sido acusado de violar la ley al retener decenas de cajas con documentos secretos, de falsificar documentos por el pago a una actriz con la intención de que guardara silencio sobre una supuesta relación y de ser “responsable” por abusar sexualmente de la escritora E. Jean Carroll en el vestidor de una tienda de Nueva York. (Trump niega todas las acusaciones).

Esa es la realidad.

Pero hay más. Trump también hizo comentarios racistas en el 2015 cuando dijo que los inmigrantes mexicanos eran “criminales” y “violadores”. Cuando fue Presidente, separó cruelmente a miles de niños inmigrantes de sus padres. Y, de acuerdo con el conteo del diario The Washington Post, el exmandatario mintió o dijo algo falso 30,573 veces mientras estuvo en la Casa Blanca.

Esta es información que los periodistas no podemos ocultar. De hecho, tenemos la obligación de referirla, una y otra vez, cada vez que reportamos sobre Trump.

Trump no es un candidato y un expresidente normal. Por lo tanto, cada vez que miente al decir que ganó las pasadas elecciones presidenciales y que hubo un fraude electoral, es preciso informar que no es cierto y que perdió claramente, tanto en votos electorales como en el voto popular. La mayoría de los republicanos, según algunas encuestas, sigue creyendo la “gran mentira” de Trump, como se le ha llamado. Y pueden pensar lo que quieran. Pero los reporteros tenemos que decir que Trump miente y que ese tipo de falsedades ponen en peligro a la democracia estadounidense.

No es fácil lidiar con Trump. Proyecta un aura de todopoderoso y suele responder a quienes lo critican con insultos y un exceso de fuerza. Cuando lo enfrenté en una conferencia de prensa en Dubuque, Iowa, en el 2015, en lugar de contestar mis preguntas sobre migración, me sacó del salón con un guardaespaldas. No soporta que lo cuestionen. Y su principal temor es encontrarse con alguien que no responda a sus señales de intimidación. Por eso, como periodistas, no hay más remedio que ponerse siempre al tú por tú con él.

Por eso fracasó el reciente debate de Trump en CNN. Ahora, en retrospectiva, queda claro que había que detenerlo, corregirlo e interrumpirlo cada vez que dijera una falsedad; aunque se enojara, aunque la audiencia rugiera, aunque amenazara con irse, aunque el debate y la transmisión tuvieran que ser interrumpidos. Eso es hacer periodismo.

“La verdad no es neutral”, dijo en el 2021 en CNN el famoso periodista del caso Watergate Carl Bernstein. “Donald Trump es un mentiroso en serie, como alguna vez le llamé… Tenemos que hacer un mejor trabajo explicándoles a nuestros lectores y a nuestra audiencia qué es lo que hacemos y por qué lo hacemos”.

Aquí he tratado de explicarles por qué cuestiono tanto a Trump. Y por qué hay que seguirlo haciendo consciente y disciplinadamente. Tenemos que cubrirlo; después de todo es un expresidente muy influyente, va adelante en las encuestas de candidatos del Partido Republicano y podría regresar a la Casa Blanca. Pero no podemos dejar que él imponga su agenda sobre nuestra obligación de hacerle preguntas incómodas.

Si al final de cuentas, a pesar de todo lo que sabemos sobre Trump, él gana las próximas elecciones presidenciales, habrá que respetar el resultado y la decisión de la mayoría. Pero, mientras tanto, nuestro trabajo periodístico es cuestionarlo constantemente, y que la gente y los votantes vean a Trump tal y como es, no como él quisiera que lo viéramos. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 10)

Santo Oficio / Por amor a Claudia

El temerario cartujo salió el jueves del monasterio y caminó decidido, con la cabeza erguida y la mirada al frente, hacia el Monumento a la Revolución para escuchar el último discurso de Claudia Sheinbaum como jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Tres cuadras después, abandonó la misión, temeroso de sufrir un vaguido o un desmayo transitorio. Era difícil avanzar entre tanta gente llegada desde los más apartados rincones de la capital del país y de algunos estados, con sus banderines y pancartas, con sus consignas y sus gritos rigurosamente ensayados. El sol caía a plomo, pero nadie se quejaba, dejándose tatemar por amor a Claudia. Desde un pequeño café donde milagrosamente encontró un lugar y un ventilador, el monje vio pasar el interminable desfile de devotos —jamás se atrevería a llamarlos acarreados— de la científica convertida en política, quien más tarde escribiría en su cuenta de Twitter: “Concluimos nuestro gobierno rindiendo cuentas ante más de 80 mil personas.Gracias por permitirme gobernar nuestra gran Ciudad, gracias por seguir animando la esperanza ¡Vamos al encuentro con el pueblo de

México!”.

Martí Batres se guardó en esta ocasión de dar cifras sobre el número de participantes en la despedida de su jefa. O ella se lo prohibió, recordando cuando calculó entre “10 mil y 12 mil personas” la asistencia a la impresionante marcha en defensa del INE, en noviembre de 2022.

En su largo discurso, Sheinbaum, como era previsible, destacó los logros de su gobierno y prodigó elogios al primer mandatario, su maestro, protector e infalible oráculo en la sucesión presidencial, en la cual, hasta ahora, ella aparece como favorita.

El fraile quisiera vivir en la ciudad dibujada con palabras en el Monumento a Revolución, una ciudad sin tragedias ni fallas frecuentes en el Metro, con respeto a leyes, sin impunidad, sin niños indigentes, donde los maestros de las preparatorias y universidades creadas por Sheinbaum cobren puntualmente sus exiguos honorarios. Una ciudad segura y generosa con los migrantes. Pero, quizá, sea mucho pedir a quien solo piensa en la Silla del Águila.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén. (José Luis Martínez S., Milenio, Al Frente, p. 2)