Casi resulta imposible de creer que el republicano Donald Trump haya pasado en unas horas de ser el favorito para ganar la elección de Estados Unidos, el próximo 5 de noviembre, a ser un aspirante desesperado que ve cómo se le va el triunfo de entre las manos, tras la designación de la demócrata Kamala Harris.
Ni siquiera el intento de asesinarlo frenó la avalancha popular que se desató, tras bajarse el presidente Joe Biden de la carrera presidencial y cederle el lugar a su vicepresidenta, Kamala Harris; apenas tres días después de su confirmación como candidato presidencial en la Convención Nacional Republicana, 18 de julio. Hasta ese momento, Trump lucía como imbatible, pero solo fue un efecto fugaz.
Hoy Trump, fiel a su costumbre, lleva un récord de mentiras en campaña con la única intención de frenar a su rival demócrata. Los ataques han sido de todo tipo y sabores, desde los lógicos hasta los más absurdos.
Como el hecho de señalar que Harris era india y se volvió negra para conseguir el voto de ese sector, hasta plantear la posibilidad de no debatir con ella, aunque al final tuvo que aceptar.
Trump está en un callejón sin salida porque, como buen narcisista, escogió como compañero de fórmula a uno igual a él (JD Vance), pero con menos años. El problema es que el discurso es similar y eso sigue convenciendo a los convencidos, pero a los indecisos, que son los que inclinan la balanza, no tiene por el momento cómo seducirlos.
Hay que tomar en cuenta que el discurso de Trump ya está demasiado trillado: “voy a ampliar el muro, voy a echar a millones de migrantes, vamos a cerrar las puertas a los productos chinos, vamos a dejar solos a los aliados de la OTAN y vamos a salir del Acuerdo de París” son temas de su primera campaña; en otras palabras, propuesta viejas.
Casi todas imposibles de cumplirse, porque la mano de obra de los migrantes es uno de los principales motores de Estados Unidos, porque es insostenible ampliar la valla fronteriza, porque el mundo está lleno de manufactura china, porque salir del acuerdo ambiental implica un retroceso económico y porque no se puede quedar solo sin los aliados militares que le dan un equilibrio al poder de EU en el mundo.
Es tan grave la crisis de los republicanos que Harris comienza a despuntar en los diversos sondeos que se aplican en Estados Unidos, sin contar con el apoyo económico que ha recibido la vicepresidenta de más de 100 millones de dólares en solo un mes.
El expresidente republicano tendrá una nueva oportunidad en el próximo debate, 10 septiembre, para atrapar a los votantes de los estados bisagra. El problema: si eso no sucede Trump ya tiene el discurso de fraude, recuerde que su máxima es que él “nunca pierde”, eso puede provocar una nueva ola de violencia como la que arengó en el ataque al Capitolio, el 6 de enero de 2021.
Más le valdría alistar maletas y comenzar a cotizar su “posible viaje” a Venezuela. Según él, el país sudamericano es más seguro que Estados Unidos, pero también tendrá que sopesar si Nicolás Maduro no es rencoroso y le va a abrir las puertas de par en par, porque el magnate impulsó a Juan Guaidó para quitarlo del poder.
Habrá que ver de lo que es capaz un Trump herido. (Israel López Gutiérrez, El Heraldo de México, Orbe, p.11)
¿Cómo deportas a un millón de personas? Por la fuerza, con mucha dificultad, separando familias y causando una terrible conmoción en la comunidad latina de Estados Unidos.
Pero, aparentemente, ese es el plan si Donald Trump recupera la Presidencia, según dijo el candidato a la vicepresidencia por el Partido Republicano, J.D. Vance, en una reciente entrevista con ABC News. “Empiezas con lo que se pueda lograr”, dijo Vance. “Es interesante que la gente se pregunta ¿cómo deportas a 18 millones de personas? Vamos a empezar con un millón”.
Y Trump está de acuerdo con este plan.
Pedro Rojas, el corresponsal de Univision en la Casa Blanca, le preguntó está semana a Trump si actuaría inmediatamente con este plan de deportar a un millón de personas, si gana la Casa Blanca, y su respuesta fue inequívoca: “Tan pronto como lleguemos (a la Presidencia)”.
No es la primera vez que Trump promete algo parecido.
El mismo día que Trump me sacó con un guardaespaldas de una conferencia de prensa el 26 de agosto del 2015, pude regresar para hacerle varias preguntas. Entre ellas esta: “¿Cómo va a deportar a 11 millones de inmigrantes indocumentados? ¿En autobuses? ¿Va a usar al Ejército?”.
Y esto contestó Trump: “Déjame decirte, lo vamos a hacer de una manera muy humana. Créeme, tengo un corazón más grande que el tuyo. Lo primero que vamos a hacer es empezar inmediatamente con los pandilleros y los que son muy malos… Esa gente se va afuera. Se van a ir tan rápido que tu cabeza va a dar vueltas”.
A pesar de la palabrería, Trump no contestó mi pregunta. Y se la volví a hacer. “¿Cómo va a deportar a 11 millones?”. Y contestó: “¿Sabes cómo se llama? Administrar”. La palabra que usó en inglés es management. En realidad lo que me quería decir es que su manera de gobernar permitiría la deportación de millones.
No fue así.
Datos oficiales indican que durante los cuatro años de la Presidencia de Trump se deportó a 936 mil indocumentados, según publicó el diario The New York Times. Y muchas familias fueron separadas. Pero el número de deportaciones nunca se acercó a los once millones, como había prometido Trump.
Aun así, tratar de deportar a un millón de personas “tan pronto” iniciara una segunda Presidencia de Trump sería una tragedia humana y un gigantesco reto logístico y diplomático. Requeriría billones de dólares, la contratación de miles de jueces, personal y agentes, cientos de aviones y autobuses, el uso del Ejército o la Guardia Nacional, y una operación militar. Además, debería contar con el apoyo de México y de los países a donde esos inmigrantes fueran deportados. Y por ahora, por ejemplo, sería impensable que la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela aceptara el regreso forzado de miles de sus exiliados.
No hay que imaginarse el horror de ver a miles de familias separadas y a niños estadounidenses sin sus padres indocumentados. Eso ya ocurrió en Estados Unidos con la llamada Operación Wetback. En el verano de 1954 el presidente Dwight Eisenhower ordenó e implementó la deportación de más de un millón de indocumentados, en su mayoría mexicanos.
La Operación Wetback, hace 70 años, ha sido la mayor campaña de deportación que ha vivido Estados Unidos. Pero Trump quiere superarla. Él ha prometido “la más grande operación de deportación en la historia de nuestro país” si regresa a la Casa Blanca.
El problema es que Trump ha escogido al rival equivocado. Los inmigrantes que hay en Estados Unidos no son enemigos de este país. Al contrario, lo han escogido por la admiración y esperanza que les provoca. Desde luego, nadie quiere que criminales entren a su casa. Pero no hay ninguna evidencia de que países estén sacando a criminales de sus cárceles y a enfermos mentales para enviarlos a Estados Unidos, como ha dicho Trump.
Atacar a inmigrantes se ha convertido en una moda en muchos países con el propósito de obtener votos. Pero las consecuencias son terribles. Ofrecer a los votantes la deportación de un millón de inmigrantes es una promesa de violencia, destrucción de familias e inyección de miedo en las comunidades latinas.
Mucho más fácil -y barato- que deportar a un millón de personas es un programa efectivo y rápido para legalizarlas. Pero ¿quién está escuchando?migra (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)
Puede ser que los ciudadanos chinos al estar acostumbrados a trabajar en condiciones de esclavitud y explotación en su país, sin respeto a derechos laborales y humanos, al llegar a México replican esas prácticas con los trabajadores que contratan en Ciudad de México y otras partes del país.
En algunos negocios de empresarios asiáticos, trabajadores mexicanos son víctimas de bajos sueldos y malos tratos. Con largas jornadas, de más de 8 horas de trabajo, sin descanso, sin ninguna medida de protección, fajas, guantes y zapatos para realizar acciones de carga y descarga de materiales diversos.
Un grupo de trabajadores que laboran en el Centro Histórico buscó a Doble Efecto para hacer una denuncia, donde piden que las autoridades del Trabajo Local y Federal realicen inspecciones en las tiendas y bodegas de chinos, donde laboran mexicanos, para supervisar las condiciones de trabajo que ofrecen los orientales.
“Por necesidad soportamos malos tratos y humillaciones de los chinos, son prepotentes y cometen muchos abusos, la mayoría de nosotros no fuimos a la escuela, somos gente sin recursos, padres de familia y también hay varias madres solteras”, dice Herminio, quien omite sus apellidos por temor a represalias.
Los someten a condiciones de esclavitud, sin ninguna prestación social y con tratos indignos, y muchos gritos, aunque esto lo justifican que pueden ser por las barreras del idioma. “Son muy negreros”, dicen.
El presidente del Consejo Para el Desarrollo del Pequeño Comercio (ConComercio), Gerardo López Becerra, comenta que personas que han trabajado o les han rentado locales a los chicos -comerciantes comenzaron a llegar en mayor cantidad, hace 15 años el Centro- cuentas diversas quejas por sus jornadas esclavistas y malos tratos a que someten a los obreros mexicanos.
Recuerda que como muchos orientales han vivido una verdadera explotación laboral en China, a los países donde llegan quieren replicar su sistema autoritario. “Cuando contratan a diableros y vendedores en sus tiendas, les quieren pagar menos de un salario mínimo (248.93). O les pagan a destajo, sólo 200 pesos”.
Se dice que es comercio pequeño, el que manejan estos ciudadanos, pero no es así. “En estas migraciones chinas vienen inversiones muy fuertes, una sola persona puede abrir de dos a cinco tiendas. “Hay que ver las bodegas que contratan, las toneladas de mercancías que llevan, el transporte en que las mueven desde Asia a México. Aquí pasan como pequeños comercios con un localito”, expuso.
En el tema laboral, le corresponde a Alejandro Salafranca, titular de la Unidad de Trabajo Digno de la STPS, atender y supervisar en qué condiciones contratan los comerciantes orientales, en decenas de locales y plazas, a trabajadores mexicanos. A la fecha es un tema pendiente.
EN OTRO TENOR. El que está haciendo labor para llegar a la dirección del Infonavit es Mario Macías Robles, actual titular Sectorial de los Trabajadores de ese organismo; trabaja e impulsa el Acuerdo Nacional por la Prosperidad con vivienda dentro de los primeros 100 días de gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, para alcanzar la meta del millón de acciones de vivienda en el periodo 2024-2030. De acuerdo a una plataforma de Inteligencia Artificial, el jalisciense encabeza las preferencias, por encima de Martí Batres, Néstor Núñez, Rogelio Castro y Leonel Godoy. Será cierto. ¡Veremos que se decide más arriba! (Patricia Carrasco, La Prensa, Editorial, p.10)