Las remesas de los heroicos migrantes
Este año sumarán casi 60 mil millones de dólares las remesas que envían a sus familias los mexicanos que trabajan en Estados Unidos y, aunque todo va bien, nunca le caen mal unos extras el fisco, se dicen en el Gobierno de la República.
Saben de versiones que llegan de la Unión Americana que afirman que la ruta de las remesas la utilizan algunos, no necesariamente criminales, para lavar dinero y evadir al fisco, pero nadie sabe cuál es el porcentaje.
Alguien, ingenioso, propuso atraerlas al Banco del Bienestar, para que los servicios de inteligencia financiera y de seguridad investiguen y cobren el impuesto con penalidades, pero nadie garantiza que las familias de los migrantes no serán extorsionadas por los vivales de siempre. (José Fonseca, El Economista, Política y Sociedad, p. 39)
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Una vez concluidas las elecciones de medio término en Estados Unidos, los demócratas se quedaron con el Senado, pero los republicanos con la Cámara de Representantes, lo que va a obligar a la cancillería mexicana, de Marcelo Ebrard, a anticipar los problemas que se nos vienen:
Se endurecerán los controles en frontera con México. Aumentarán presupuesto para controlar la franja fronteriza. Buscarán que, de nuevo, los inmigrantes ilegales se queden en México. Iniciarán juicios políticos en contra de miembros del gabinete de Biden, entre ellos Alejandro Mayorkas, por considerar que ha tenido fallas en la política migratoria.
Esos temas afectarán directamente a México, porque el gobierno tendrá que dar más facultades al Ejército y a la Guardia Nacional en materia migratoria para que no lleguen migrantes a EU, incluyendo mexicanos. (A la Sombra, El Sol de México, República, p. 2)
De migración y abusos
Quien nuevamente está en el ojo del huracán, nos aseguran, es la alcaldesa de Tapachula, Chiapas, Rosa Irene Urbina (Morena), debido a la difusión de un video en el que una persona migrante es sometida con una teaser por policías municipales. A detalle, nos platican que aunque los hechos ocurrieron en septiembre pasado, recientemente fueron dados a conocer, por lo que las miradas se posaron sobre la edil, cuestionando su falla a la proclamada política de “respeto a los derechos humanos” de la migración en la frontera sur. Y aunque el caso es investigado, llama la atención que con dos trienios de gobierno doña Rosa Irene no aprenda aún del respeto. (Kiosko, El Universal, Estados, p. 19)
Al presidente López Obrador le cae bien Donald Trump, sin duda, mejor que Joe Biden. No en vano esperó hasta última hora, ya después de la toma del Capitolio del 6 de enero, lo mismo que Vladimir Putin, para reconocer el triunfo de Biden. El martes en su discurso para anunciar su candidatura para el 2024, Trump volvió a elogiar a López Obrador por “haberle regalado, gratis, 28 mil soldados para cuidar la frontera” y ayer, en la mañanera, el presidente López Obrador dijo que Trump es “una buena persona a la que respetaba”.
Todo esto es muy extraño porque pocos presidentes estadunidenses han tenido un discurso antimexicano más virulento, que se volvió a poner de manifiesto en el discurso de Mar-a-Lago, con su nueva postulación, que Donald Trump. Es verdad que la agenda de Trump podía concentrarse a partir del tema migratorio y la de Biden abarca mucho más, desde la energía y la crisis de opiáceos, hasta la reconversión industrial, el conflicto con China y con Rusia, además de la propia migración. Y también es verdad que pareciera que la administración López Obrador, de alguna forma, subestima a la actual Casa Blanca, a la que quizá percibe débil.
No tendría que hacerlo, los resultados electorales del martes de la semana pasada han dejado en claro que ha habido un gran perdedor en los comicios de medio término de la Unión Americana y ese perdedor se llama Donald Trump. Sus candidatos más importantes fueron derrotados, incluso unas horas antes de su discurso del martes, se confirmó su derrota en Arizona, no pudo recuperar el control del Senado con los suyos para imponer la tesis negacionista de los resultados y el fraude electoral, en su propio partido es cuestionado y la figura emergente, a la que Trump ya ha comenzado a insultar, es Ron DeSantis, el gobernador de Florida, el único republicano de peso que ganó por amplio margen. Incluso, ante la segunda ronda para elegir senador en Georgia, que será en diciembre, los republicanos le habían pedido a Trump que postergara su anuncio para no afectar las posibilidades del candidato de ese partido (un ferviente trumpista).
Biden no es un presidente popular como Barack Obama o Bill Clinton, y quién sabe si a los 81 años todavía será el candidato idóneo de los demócratas para el 2024, pero ha logrado, por la reacción a todo lo que implica el trumpismo, un resultado electoral que le permite mantener la gobernabilidad y el control sobre temas básicos, mientras los republicanos deberán asumir durante estos dos años la lucha interna para definir su propio futuro.
Esa situación permite y obliga a la Casa Blanca y al Capitolio (que tendrá un escaso control republicano) a endurecer posiciones en muchos ámbitos que repercuten en la agenda interna. Temas como el tráfico de fentanilo, la energía, el medio ambiente, la integración regional, la seguridad en general y, por supuesto, la migración serán clave en el debate cotidiano de los próximos dos años.
Y en muchos de esos asuntos no tenemos respuestas: en la migración, como ya hemos dicho, la situación se puede tornar insostenible sin estrategias de largo plazo; en el ámbito de la seguridad nada indica que tendremos una mejora en los temas que le interesan a nuestros principales socios comerciales: ni en el tráfico de fentanilo ni en el accionar de los grupos del crimen organizado en relación con el tráfico de personas e indirectamente en el control territorial de los mismos en nuestro país. Ésas son preocupaciones reales que devienen de algo que no se termina de comprender y, por ende, de aprovechar en nuestro beneficio.
La época cambió, si en el pasado la expansión de los mercados se daba desde una perspectiva global, ahora queda claro que esa libertad de mercado parte de fuertes enclaves no nacionales, sino regionales. México es parte de un bloque regional que puede ser uno de los dos más poderosos del mundo, con Estados Unidos y Canadá. Ahí está nuestro destino estratégico. Ese bloque regional tendrá, a su vez, un engarce importante con la Unión Europea, que ha comprendido que su dependencia energética con Rusia le significó un costo que, como muestra la invasión a Ucrania, es inviable políticamente.
China buscará fortalecerse en el Pacífico, en África y en América Latina, ya lo está haciendo en forma notable en muchos países, pero ésos son nuestros rivales económicos, nuestro espacio está en América del Norte. Y esa integración pasa por muchas vías y conductos, demócratas y republicanos, menos por uno: Donald Trump. Es la peor opción posible.
El asesor
En 2014, José Luis Moyá Moyá pretendía ser comisionado del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (Inai). Sin embargo, cuando los senadores le preguntaron a qué se dedicaba, de qué vivía y cuáles habían sido sus últimos tres empleos, Moyá confesó que trabajaba para funcionarios que le pagaban por fuera, con nombres falsos, para cuidar que no hubiera actos de corrupción entre empresas interesadas en licitaciones públicas. Finalmente, la Secretaría de la Contraloría General en la Ciudad de México lo inhabilitó entre 2001 y 2007 por malos manejos ante la Dirección de Normatividad y Situación Patrimonial y la Secretaría de Desarrollo Social, respectivamente. Desde entonces se dedicó a “asesorar” a algunas proveedoras de gobierno que estaban interesadas en golpear a los adversarios. Lo sigue haciendo. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 12)
Como se preveía, Donald Trump ha anunciado que buscará la candidatura de su partido a la Presidencia para competir en las elecciones de 2024.
El expresidente de Estados Unidos llega debilitado. Fue el gran perdedor de las elecciones intermedias que se llevaron a cabo el pasado 8 de noviembre. Se esperaba una “ola roja” (el color de los republicanos) que, simple y sencillamente no llegó. Los demócratas, contra todo pronóstico, lograron mantener la mayoría en el Senado y se quedaron muy cerca de hacer lo mismo en la Cámara de Representantes.
Los republicanos tenían todo para arrasar en las pasadas elecciones. Por lo general, al partido del presidente le va mal en estos comicios. Pero, además, estaba la impopularidad de Joe Biden, la persistencia de la inflación y la desaceleración económica, producto del incremento en las tasas de interés. No obstante, como dije, la “ola roja” no ocurrió.
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Muchos republicanos le atribuyen el mal resultado a Trump, quien apoyó a candidatos que le eran leales y repetían la mentira del fraude electoral de 2020. Ganaron, así, las candidaturas en las primarias del partido, pero resultaron ser malos candidatos en la elección general. Al parecer, la marca Trump ya no vende como antes. Además, muchos republicanos han abrazado las causas ideológicas del trumpismo, pero, a diferencia de Trump, son nuevas caras de la política que se ven menos agresivas y desgastadas que el expresidente.
Uno de ellos es la gran estrella naciente del Partido Republicano, el gobernador de Florida, Ron DeSantis. En los comicios pasados logró una victoria arrolladora con una coalición amplia de votantes. No obstante, DeSantis es igual de radical en sus propuestas políticas de extrema derecha que Trump.
Y, aunque DeSantis no ha declarado su intención de participar en las primarias republicanas para el 2024, se da por hecho que lo hará. Tendrá que medirse contra Trump, quien ya anunció que sí va. En este momento, en las apuestas del sitio predicit.org, a DeSantis le dan un 43% de probabilidad de convertirse en el candidato presidencial republicano frente a un 35% de Trump.
El expresidente ya no es la máquina arrolladora de antes. Muchos republicanos están buscando desmarcarse de él. Incluso, medios y comentaristas que antes eran trumpistas hasta el tuétano han comenzado a deslindarse de Trump.
No estoy diciendo, porque ya aprendí que es un mal pronóstico, que estamos viendo el final político de Donald Trump. Como he afirmado varias veces en este espacio, los únicos muertos que hay en la política son los que, efectivamente, están enterrados tres metros bajo tierra. Trump, sin duda, puede regresar y recuperar su papel central en el Partido Republicano, incluso ganar la elección presidencial en 2024.
Pero, para lograrlo, deberá enfrentar, primero, a DeSantis. Y ahí es donde se justifica el título de esta columna. La competencia de estos dos será un dolor de cabeza para México. Una vez más, nuestro país se convertirá en una piñata política.
Ambos, DeSantis y Trump, utilizan un discurso xenofóbico y nacionalista en el tema de los migrantes indocumentados. Se van a pelear por ver quién es el que propone las medidas más radicales y obscenas para detener a los migrantes en la frontera con México.
Trump, ya sabemos, volverá a cacarear la urgente necesidad de terminar con el muro fronterizo. DeSantis presumirá que él, como gobernador de Florida, gastó 12 millones de dólares de los contribuyentes con el fin de trasladar a migrantes indocumentados a Massachussetts, para que los liberales norteños se ocuparan de ellos.
En el tema comercial, De Santis, al igual que Trump, ha tenido posturas proteccionistas. El gobernador de Florida ha criticado el nuevo tratado de libre comercio de América del Norte, el T-MEC, por no proteger a los productores agropecuarios de su estado frente a las importaciones mexicanas.
La elección presidencial de 2024 en Estados Unidos coincidirá con la de México. Por lo pronto, en las primarias, si es que DeSantis decide lanzarse, será una lucha a navaja libre por ver quién de los dos candidatos resulta el más vocal y estridente. Nuestro país, sin duda, va a ser uno de los temas que utilizarán para ganarse al electorado republicano que ya migró hacia el trumpismo. Trump y DeSantis se pelearán por ver quién es el más trumpista de los dos. Desde hoy habrá que abrocharse los cinturones aquí, en el vecino del sur, por las turbulencias que generará esta competencia interna del Partido Republicano en el vecino del norte. (Leo Zuckermann, Excélsior, Nacional, p. 13)
Y Trump lo vuelve a hacer. Va a la cargada otra vez. Ya anunció de manera oficial que contendrá nuevamente para ser presidente de su país. Se había tardado pues, desde que dejó La Casa Blanca, se esperaba que nos hiciera participes de la —¿buena?— nueva. El hecho es que la amenaza naranja ahora sí permite ver su intención abiertamente.
El anuncio no podía dejar de venir acompañado de una retahíla de ataques. Ya se nos habían olvidado, pero los re inauguró. Cosas como que “Joe Biden y los lunáticos radicales de izquierda llevan al gobierno a estrellarse directamente contra el suelo”.
También de exageraciones. Dijo que durante su administración no entraron migrantes ni drogas gracias a su muro fronterizo (construyó 75 kilómetros y renovó otros 730, siendo que hay más de tres mil 600 kilómetros de frontera), cuando se calcula que entraron más de medio millón de kilos de drogas y más de 400 mil migrantes ilegales se quedaron allá. O que realizó los recortes más grandes en impuestos, lo que a todas luces es una falacia. Tan falso como la seguridad de que su regreso será para mejorar la situación política y económica de los Estados Unidos.
Naturalmente, el objetivo es causar polémica. Mas, desafortunadamente, el actual presidente norteamericano no puede desentenderse de dichos y otros comentarios similares; el gobierno seguramente señalará lo que ya se sabe: que Donald Trump es una amenaza real para la democracia y que durante sus cuatro años como presidente no ayudó sustantivamente a la población estadounidense. Existen datos duros que lo demuestran.
Por lo pronto, Biden ya puso en redes que mientras él invierte un trillón de dólares (trillón gringo) en la infraestructura del país, Trump —aparte de hablar— no hizo nada en la materia.
Ahora bien, no hay que olvidar lo que provocó el 6 de enero de 2021 en el Capitolio; no es ‘peccata minuta’. Nada más un fallido intento de golpe de Estado. ¡Qué manera de no cumplirle a los Estados Unidos!, como bien lo señaló Biden en Twitter.
Queda claro que hay razones para alarmarse. Trump es un probado populista; con tal de que sus caprichos trocados en dinero se lleven a cabo, es capaz de todo. Justo así sacó a Estados Unidos del Pacto de París (mecanismo que busca disminuir las emisiones contaminantes), por poner un ejemplo.
Pero del lado amable, ahora hay razones por las cuales no debemos de alarmarnos tanto. Afortunadamente en esta vuelta le será muy difícil resultar victorioso.
Veamos. La primera es que los mismos republicanos están dudando de las fortalezas del naranja personaje. Tanto por las elecciones intermedias que acaban de tener lugar, donde la gran mayoría de los candidatos republicanos específicamente apoyados por Trump perdieron de forma atroz, como porque hay un nuevo contrincante surgido de entre los republicanos mismos.
Se trata del gobernador de Florida, Ron DeSantis. Agreguemos que grandes donantes que antes apoyaban a Trump, a estas alturas ya están muy distanciados de él.
En segundo término, los resultados de las elecciones intermedias recién transcurridas han sido los mejores que ha obtenido un presidente en funciones en los últimos 20 años. Aun con la perspectiva de que el Congreso (cámara de diputados) será controlado por los republicanos —pero no en la forma apabullante que se esperaba—, Biden es el vencedor de este enfrentamiento de cuasi octogenarios.
A lo anterior se suma que Trump se encuentra inmerso en problemas legales en diversos frentes (documentos clasificados, involucramiento en el evento del 6 de enero, investigaciones federales por donativos no reportados y una larga lista de denuncias).
Estos no lo limitan hasta el momento para que pueda participar en las elecciones, pero podrían llegar a ser un impedimento más adelante.
El multimillonario trata de zafarse de los problemas legales y los malos resultados electorales, e intenta madrugarle a otros contendientes republicanos. Sin embargo, todo hace suponer que lleva razón Biden: “Trump le ha fallado a América”. Y en medio de la crisis mundial (económica, inflacionaria, de salud, bélica, etc.), este último está ofreciendo a su gente y al mundo una opción más… confiable y responsable. Esa es, al menos, la impresión que Biden busca proyectar. Veremos si de aquí a dos años resulta exitoso. (Verónica Malo Guzmán, El Heraldo de México, País, p. 17)
Un mes después de que el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard Casaubón, acordó con Estados Unidos recibir a migrantes venezolanos y brindarles apoyo, la crisis humanitaria hoy es peor.
En la columna Sin Ataduras del 20 de octubre advertimos: “Los venezolanos se pudren en México entre el abandono y la desesperación, país que alguna vez fue
el paraíso del asilo”, opinión que trató de desmentir un insensato funcionario menor de la SRE.
El gobierno asumió en el extranjero compromisos internacionales que dentro no es capaz de cumplir y, aún peor, arroja la mayor parte de la carga a organizaciones privadas, laicas y religiosas.
Hoy es cada vez más evidente que el canciller asumió la responsabilidad de aceptar a miles de venezolanos sin prever las consecuencias humanitarias ni el daño al prestigio internacional de México.
Pareciera que el gobierno mexicano, con tal de cooperar con Estados Unidos en frenar la migración a cambio de respetar la política energética, actualmente sometida a consultas en el marco del T-MEC, es capaz de sacrificar a miles de migrantes como carne de cañón.
El presidente de Médicos sin Fronteras, Christos Christou, de visita en México, declaró a El País que está muy preocupado por la situación de los 41 mil migrantes que se han quedado atrapados en nuestro territorio.
La mayoría de los albergues, pertenecientes a organizaciones humanitarias privadas, no se dan abasto, mientras que reciben escaso apoyo del Estado. Familias enteras duermen en la calle, pues los albergues están llenos y no hay más lugar para ellas.
Ante el desamparo, el doctor Christou se reunió con Maximiliano Reyes Zúñiga, subsecretario de Relaciones Exteriores para América Latina y El Caribe, y con Alejandro Encinas Rodríguez, subsecretario de Gobernación de Derechos Humanos:
“A ellos les expresé mi ansiedad por la situación aquí. Les dije que tienen que hacer más a nivel federal y coordinarse mejor. También quería asegurarme de que ellos ven la situación de emergencia como la vemos nosotros”.
La reacción de los funcionarios, según el médico, fue la siguiente:
“Todos me escuchaban, pero no parecían sentirse presionados, no parecían sentir que la situación actual se salía de la normalidad de los últimos años. Pero nosotros pensamos que las cosas ahora mismo están yendo terriblemente mal”.
Esto fue lo que el doctor Christou observó durante una visita a Reynosa:
“Vimos familias enteras detenidas, aunque tenían todos los papeles necesarios para estar legalmente en México. Cuando ves menores detenidos, pues te empiezas a preocupar, cuando ves a niños durmiendo en la calle, sin agua, sin acceso a servicios básicos, te preocupas. No hay respuesta suficiente de las autoridades y necesitamos que sean ellos los que lideren el esfuerzo por atender a estas personas”.
Así padecen el desamparo miles de seres humanos en México, según la prestigiosa ONG, ganadora del premio Nobel de la Paz. (Agustín Gutiérrez Canet, Milenio, Política, p. 20)
Los republicanos tendrán que decidir si recuperan rumbo e identidad o se mantienen amarrados a la suerte de Donald Trump, a quien responsabilizan de los resultados adversos en la elección intermedia del 8 de noviembre.
Trump está vulnerable. No se saben las consecuencias de la insurrección del 6 de enero de 2021, la secretaría de justicia le podría fincar cargos criminales, tampoco las consecuencias de los juicios que se siguen contra sus empresas; en una de esas queda inhabilitado para contender por tercera ocasión por la presidencia como pretende.
Esta vez el Partido Republicano tiene condiciones diferentes, a pesar de que sus resultados no fueron los que se pronosticaban, tiene una serie de figuras emergentes que, a diferencia de Trump están mejor formados, tienen experiencia política y exposición mediática.
En torno al expresidente se escucha en México una serie de lugares comunes y una falsa encrucijada, el trumpismo sin Trump. Nada de eso, el Partido Republicano es conservador y sus simpatizantes lo expresan con orgullo, a veces en una posición de la derecha y, en otras en la extrema derecha. Para ellos es un orgullo ser conservadores.
Además del gobernador de Florida, Ron DeSantis, están perfilados el exvicepresidente Mike Pence y los gobernadores, Gregg Abbott de Texas, Brian Kemp de Georgia, Larry Hogan de Maryland; entre otros personajes que se van a incorporar a la contienda.
Trump tiene una popularidad en caída libre, carece de formación política, contó con apoyo porque era el presidente, lo evidenció el reciente proceso electoral, que por cierto, también dejó claro que la aprobación del presidente Joe Biden no lo hace débil, desde esa aprobación, los demócratas retuvieron el control del Senado y su desventaja en la Cámara de Representantes será mínima.
Esta nueva generación está en el gobierno, decide y controla amplios sectores.
Cierto, Ron DeSantis, de 44 años de edad encarna al estadounidense ejemplar, abogado por Yale y Harvard, dos veces representante por el estado de la Florida, fue abogado de la Marina, Capitan de Corbeta en la Armada con varias condecoraciones, participó en la guerra en Irak, ganó la gobernación en 2018 y acaba de alcanzar la reelección.
Larry Hogan de 66 años tiene larga carrera en su partido y es gobernador de Maryland.
Greg Abbott de 65 años es abogado de la escuela de leyes de la Universidad Vanderbilt, Procurador General y Vicegobernador de Texas, ganó la elección para un tercer período. Casado con Cecilia Phalen, nieta de inmigrantes mexicanos. En 1982 sufrió un accidente que lo dejó inmóvil de la mitad del cuerpo, se traslada en silla de ruedas.
Brian Kemp de 59 años es gobernador de Georgia, tiene en contra el rencor de Trump porque se negó a alterar los resultados de la elección de 2020.
Mike Pence de 63 años, es abogado por la escuela de leyes de la Universidad de Indiana, fue un destacado legislador en la Cámara de Representantes, fue gobernador de Indiana hasta que se sumó a la campaña de Trump.
Pence acaba de publicar su libro titulado Dios Ayúdame, (So help me God), recientemente declaró, “Él, (Trump) me puso en riesgo a mi, a mi familia y a todas las personas que se encontraban dentro del Capitolio”.
¿Y México? En este momento cuenta poco, sí es referente en materia de migración y narcotráfico.
Para recuperar la presidencia, los republicanos jugarán en varias arenas, las dos cámaras, los estados porque gobiernan en la mayoría y en la reconstrucción de un partido que perdió identidad por seguir a Trump, quien se convirtió en un lastre, pero se lo van a sacudir. (Juan María Naveja, El Economista, El Foro, p. 47)