Con motivo del Día Internacional del Migrante
Este año ha seguido la tendencia al alza de los flujos migratorios de manera consistente desde 2021.
Por lo que hace a quienes ingresan a México de manera indocumentada, 2023 será un año de cifras históricas, pues con datos a octubre la suma de detenciones es ya de 413 mil, lo que hace suponer que al terminar el año estará muy cerca del medio millón, cantidad superior al récord de 441 mil detenciones registradas en 2022
Destaca la composición de los flujos, detectada ya el año anterior, pero que ahora repite su tendencia. Por primera vez, los procedentes de los países de Latinoamérica superan a los de Centroamérica con 36.25 por ciento los primeros y 35.8 los segundos. Para acentuar lo que esto significa, hay que recordar que en 2021, los procedentes de CA equivalían a 80 por ciento y los de LA apenas a 8 por ciento. Se ha incrementado la migración desde Colombia y Ecuador, pero sobresale el caso de Venezuela, que de 4 mil 360 migrantes detectados en 2020 pasaron a 105 mil en diez meses de 2023.
La cifra de los migrantes venezolanos es la más alta de todas las nacionalidades; le siguen de lejos los hondureños, que llegan a 73 mil entre enero y octubre de 2023. La diáspora venezolana merece un análisis aparte para dimensionar su magnitud y sus causas, en tanto que su emigración incluye a millones de personas.
Por otra parte, los procedentes de África también se han incrementado notoriamente, de 2 mil en 2020 a 40 mil en diez meses de 2023; en igual periodo los asiáticos pasaron de mil 786 a 28 mil.
Las nacionalidades que en 2023 han registrado números inusitados, sin precedente, son Senegal (14 mil 796), India (8 mil 837), China (7 mil 886) y Mauritania (6 mil 731).
Aunque por los tiempos puede atribuirse a la pandemia de Covid una buena parte de estos incrementos, de acuerdo con la encuesta realizada por ONU Migración (una encuesta que permitía más de una respuesta) las principales causas que motivaron a los migrantes a venir a México, la inmensa mayoría con la intención de pasar a Estados Unidos, fueron: condiciones económicas, 85 por ciento; inseguridad y violencia, 47; razones políticas, 37 y reunificación familiar, 4 por ciento.
Las detenciones en la frontera sur de Estados Unidos de nacionales de México, Honduras, Guatemala y El Salvador tuvieron un incremento dramático desde las 377 mil en el año fiscal 2018 hasta un millón 356 mil en 2022; en 2023 bajaron ligeramente para quedar en un millón 212 mil, pero los flujos siguen siendo muy altos, especialmente de mexicanos, que en 2022 llegaron a una cifra de 808 mil y en 2023 a 717 mil detenciones.
Hay otro dato muy representativo de los tiempos que corren en cuanto a flujos migratorios: la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos reporta la detención en el año fiscal 2023 de 2 millones 475 mil personas, lo que significa que, si restamos de esta cantidad el millón 212 mil de migrantes procedentes de México y Centroamérica, hay un millón 263 mil nacionales del resto del mundo que llegaron sin documentos migratorios a la Unión Americana.
Tales flujos de llegada han generado una tensión, que tiende a polarizarse, entre gobierno demócrata y oposición republicana. No hay duda de que la migración será un tema relevante en las campañas presidenciales de 2024 en Estados Unidos. También en México la competencia electoral debe implicar posturas claras para el electorado respecto de la migración, las propuestas para gestionarla y el compromiso de respeto y protección de los derechos humanos de los migrantes. (Mauricio Farah, El Universal, Opinión, p. A14)
Cuando el presidente estadunidense James Monroe emitió la doctrina que lleva su nombre, en diciembre de 1823, fue elogiado al principio por gobernantes latinoamericanos como un apoyo a su lucha por independizarse de España. Pero los presidentes estadunidenses pronto la convirtieron en un arma para hostigar y dominar la región.
A medida que miles de empresarios y aventureros de Estados Unidos cruzaron la frontera hacia el sur, América Latina se convirtió en la cuna de las primeras trasnacionales gigantes, que enriquecieron a algunas de las familias más celebres de ese país.
¿Cuáles fueron algunas de esas políticas estadunidenses?
Repetidas intervenciones militares que condujeron al quebranto económico y la inestabilidad política.
Apropiación de una enorme porción de la riqueza de las naciones de la región para la prosperidad estadunidense, en especial mediante el financiamiento de deuda de Wall Street.
Represión política por gobernantes patrocinados por Washington y guerras civiles alimentadas por envíos de armas estadunidenses.
Intenso reclutamiento por industrias estadunidenses de mano de obra latinoamericana barata para atender las necesidades de esas empresas.
Además, la lista de nuestras intervenciones militares durante el siglo XX es sobrecogedora. El patrocinio de Teddy Roosevelt y la Armada estadunidense de todo un país, Panamá, nada más para apoderarnos de tierra de Colombia a fin de construir el Canal de Panamá. Intervenciones en Nicaragua en cuatro ocasiones diferentes; en México, en tres ocasiones; Honduras, dos; Cuba, tres veces después de 1898, sin contar el fiasco de Bahía de Cochinos patrocinado por la CIA; Guatemala y el golpe contra Arbenz en 1954; Chile y el golpe contra Allende en 1973; República Dominicana invadida tres veces, incluyendo el envío de miles de soldados estadunidenses por el ex presidente Johnson en 1965 para aplastar una revuelta popular que buscaba restaurar a un presidente electo democráticamente; Haití en 1915 y otra vez en 1994; Panamá de nuevo en 1918, 1925 y 1989. Y, por supuesto, Puerto Rico, donde yo nací, que ha permanecido como posesión territorial de Estados Unidos desde que el general Nelson Miles y sus tropas llegaron en 1898.
El tema principal de mi libro La cosecha del imperio es que la incontenible migración desde América Latina, Asia y África hacia las naciones ricas sólo puede entenderse –y, en última instancia, resolverse–, ajustando cuentas con el legado de los imperios coloniales que Estados Unidos y las naciones de Occidente crearon en esas regiones en los dos siglos pasados.
En términos sencillos, mucho de la moderna crisis de inmigración en todo el mundo industrializado es resultado directo de las turbulencias políticas y desigualdades económicas que esos imperios produjeron y sostienen hasta la fecha.
En todos estos años, la Doctrina Monroe ha sido la principal base política para la acción estadunidense en la región. Nunca se ha revocado, excepto en un breve periodo por el secretario de Estado John Kerry en 2013, postura que el gobierno de Donald Trump revirtió posteriormente.
Esta historia está relacionada directamente con nuestra actual crisis fronteriza. A finales de octubre, fui autor de un nuevo informe sobre cómo la política estadunidense hacia América Latina ha alimentado la actual crisis de migrantes.
Como indiqué en ese informe, los migrantes mexicanos fueron la principal fuente de mano de obra barata en nuestro país a lo largo del siglo XX, y siguen constituyendo el mayor porcentaje de quienes entran sin autorización en el país cada año, pero sus números han ido en descenso y más mexicanos indocumentados se han ido de Estados Unidos desde 2008 que aquellos que han entrado y permanecido en el país.
Durante los gobiernos de Obama y Trump surgió una nueva tendencia: los mayores incrementos en migrantes no autorizados en la frontera sur cambiaron hacia las naciones del Triángulo Norte centroamericano: Honduras, Guatemala y El Salvador.
Sin embargo, el flujo de migrantes volvió a cambiar durante los años recientes. Los venezolanos aprehendidos en la frontera se dispararon de apenas 4 mil 500 en el año fiscal 2020 ¡a más de 265 mil en los primeros meses del año fiscal 2023! En el mismo periodo, los nicaragüenses aumentaron de apenas 3 mil 164 a 131 mil 831.
Y los cubanos pasaron de sólo 14 mil en 2020 a más de 184 mil en 2023. Más cubanos han buscado entrar a Estados Unidos durante los dos años pasados que en cualquier momento de la historia estadunidense, sobrepasando las olas de refugiados de los primeros años después de la revolución cubana de 1959, durante el éxodo de Mariel en 1980, o en la crisis de los balseros de 1994.
De unas 412 mil solicitudes de asilo presentadas al Departamento de Seguridad Interior durante los primeros 11 meses del año fiscal 2023, casi la mitad procedían de sólo tres países: Venezuela, Cuba y Nicaragua. Los tres tienen algo en común: han sido señalados por Washington para un cambio de régimen por medio de sanciones y guerra económica, que sólo han servido para empeorar la vida de sus ciudadanos.
Mientras esperamos la tan retrasada renovación de nuestras leyes migratorias, aún podemos enfrentar esta crisis reciente. Para empezar, debemos poner fin a las sanciones contra Cuba, Venezuela y Nicaragua. El Congreso debe elevar rápidamente la ayuda a América Latina para atender las causas de raíz de que la gente deje sus países. Debe conceder mayor asistencia federal a las ciudades del norte y a las de la frontera suroeste que albergan y alimentan a los migrantes. Y nosotros, como nación, debemos renunciar de una vez por todas al legado de control imperial sobre América Latina que nos dejó la Doctrina Monroe.
* Miembro investigador del Great Cities Institute. Fue columnista de planta del Daily News de Nueva York durante casi 30 años y desde 1996 ha sido coanfitrión del noticiero matutino Democracy Now.
Este artículo es un extracto de los comentarios de Juan González en un foro en el Congreso estadunidense titulado 200 años es suficiente: dejar atrás la Doctrina Monroe hacia una nueva era en las relaciones EU-América Latina, organizado por Demand Progress el 12 de diciembre pasado. (Juan González*, La Jornada, Opinión, p. 11)
Sobre mi columna de hace 15 días, La política del desarraigo, he recibido varios comentarios. Entre ellos, el sociólogo Enrique Martínez Curiel me comentó que, a pesar de esas políticas tan punitivas, contra millones de personas en situación irregular o regularizadas a medias, como los DREAMers y los que tienen estatus temporal protegido (TPS), esta gente finalmente se arraiga.
Puede ser verdad en muchos casos, pero los costos personales y familiares de estas políticas de desarraigo pueden ser desastrosas para muchos. Como diría Achotegui, los migrantes viven un doble duelo: salir forzados de su patria y tener que superar el desarraigo del lugar de origen, de donde nunca debían haber salido y el duelo por la sobrevivencia no sólo económica, sino social y cultural que implica echar raíces en otro suelo, otra cultura, otra lengua.
En muchos otros casos, la salida es voluntaria y una decisión personal para mejorar y tener más oportunidades de desarrollo, pero los caminos de la vida son impredecibles, especialmente cuando se tienen desventajas lingüísticas, cuando se etiqueta racial o étnicamente, cuando se tiene que empezar a trabajar en un mercado secundario, o incluso terciario, el de los migrantes irregulares.
Hace unos años, en la feria más importante de arte de Nueva York, la Armory Show, conocí a un artista migrante que en un solo día vendió toda la obra que expuso en un estand y, además, se llevó varios encargos. Al entrevistarlo, me dijo que podía decir su nombre, que ya no tenía miedo. Sin embargo, en el fondo, la realidad era otra. Había viajado durante varios días en tren, de sur a norte y del Pacífico al Atlántico para poder llegar a Nueva York y asistir a la feria. No podía viajar en avión, no tenía papeles.
El estigma de la ilegalidad lo llevan y lo viven a flor de piel y, aunque la lluvia, el viento y los años la dejen bien curtida, siempre hay que estar atento. Se podría decir que el triunfo de un migrante en la feria de arte más importante de Nueva York es el mejor ejemplo de que el sueño americano sigue siendo una realidad. En México no habría logrado ese nivel de éxito. Es verdad, pero también implica muchas pesadillas.
Otro que logró el sueño americano fue el filipino Juan Antonio Vargas, que llegó de 8 años a Estados Unidos y descubrió, a los 16, que sus abuelos le habían comprado una green card falsa. En su determinación por integrarse y mimetizarse, se convenció de que si trabajaba duro y conseguía sus objetivos sería premiado con la ciudadanía. En efecto, llegó a ganar el premio Pulitzer de periodismo en 2008 y su fama propició la investigación sobre sus orígenes… Ahora tampoco puede viajar por avión, pasó a formar parte de los DREAMers y escribió un par de libros sobre cómo sobrevivir siendo indocumentado.
Por su parte, Marco Antonio de la Garza vivió engañado por sus padres, que le habían comprado un acta de nacimiento falsa. Estudió y entró a los marines, luego lo contrató la migra y fue un celoso guardián de la frontera en Arizona, durante seis largos años. Hasta que le llegó el momento y, en una investigación, sus propios compañeros lo denunciaron. En el juicio superó varios cargos y el juez se apiadó de él por los servicios prestados, pero la angustia, para él y su familia, nadie se la quita.
No es el caso del soldado Murillo, deportado en Tijuana y entrevistado por el equipo de Humanizando la deportación, quien dijo: “Como veteranos deportados sentimos que deberíamos haber estado protegidos por el país por el cual estábamos dispuesto luchar y morir… Creo que América es un país que lo dice una y otra vez, como si nuestro lema nacional fuera apoyar a las tropas ‘honrar a los veteranos y honrar a los soldados’. Así que si decimos tanto de que hay que apoyar a las tropas, ¿por qué deportamos a las tropas? ¿Por qué fui lo suficientemente bueno para luchar y morir por Estados Unidos, pero no he sido suficientemente bueno para vivir ahí?… América muy bien sacó su uso de mí, me utilizó a fondo, yo estaba feliz de complacerlos, pero ahora quiero estar en casa, estoy cansado de ser exiliado” (Narrativa digital #30, 2017).
Y, desde otra historia personal, el caso del migrante F. Jáuregui, que va y viene, de deportación en deportación, confirma su arraigo como en la anterior historia, pero también su desesperación: “La razón de estos regresos fue mi familia, ellos están allá, mis hijos están allá, no tengo razón para estar acá, en Tijuana, en México. Sí estuvo mal que me deportaran una y otra vez, también estuvo mal que me aceptaran una y otra vez de regreso. Yo seguí regresando porque ellos me seguían deportando… Me siento profundamente agraviado. No tengo más que amor por Estados Unidos, crecí de ese lado, mi amor, mi país, mi corazón está allá” (Narrativa digital #6, 2017).
No se puede generalizar, cinco casos podrían ser contrastados con otros tantos, o más, que confirmen lo contrario, es verdad. No obstante, en estos casos la regularización, pero sobre todo el acceso a la nacionalidad, puede marcar la diferencia. Y es ahí donde entra una política de desarraigo y donde se inicia, inexorablemente, la exclusión, disfrazada de tolerancia, para el caso de los migrantes irregulares y de humanitarismo, en el caso de los que tienen estatus temporal protegido, al que habría que añadirle el adjetivo de indefinido. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 12)