El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, es el punto de llegada de un largo proceso de agresión sobre la revolución bolivariana, iniciado con la intentona de golpe de Estado contra el entonces presidente, Hugo Chávez, en 2002. Desde entonces, dicho proceso se expresó mediante diversas acciones de presión: el acaparamiento de productos básicos, los ataques a la moneda nacional, la autoproclamación de una supuesta presidencia legítima, el robo de activos venezolanos en bancos extranjeros, así como una permanente y aceitada guerra mediática.
Sin embargo, considerar que estas acciones obedecieron exclusivamente a la culminación de esta larga cruzada o al deseo de apropiación de las reservas petroleras más grandes del mundo resulta aún insuficiente.
Lo ocurrido el pasado 3 de enero formó parte de un conjunto más amplio de acciones que Donald Trump viene emprendiendo con el supuesto objetivo de recuperar la hegemonía que Estados Unidos ha ido perdiendo ante el ascenso económico y geopolítico de nuevas potencias y bloques emergentes. En este sentido, resulta necesario vincular los bombardeos a Venezuela con los realizados el verano pasado en Irán, las redadas contra migrantes en diversas ciudades estadunidenses, las agresiones pasivoagresivas sobre Moscú en el frente ucranio y el apoyo irrestricto a Israel en el genocidio contra el pueblo palestino.
Estas operaciones militares también pueden leerse como respuestas a una serie de tensiones internas que enfrenta su gobierno. Como ha sido ampliamente documentado por diversos especialistas, desde hace décadas la situación económica en la nación americana se encuentra francamente deteriorada debido a problemas estructurales persistentes que tienen en la desindustrialización, el crecimiento exponencial de la deuda pública y la epidemia de opioides, como los ejemplos más acabados. En esta misma tesitura se inscribe el problema de los archivos Epstein, que fungen como una auténtica espada de Damocles, pues el material que eventualmente podría hacerse público implica al mandatario en presuntos delitos sexuales. No debe descartarse, por lo tanto, que las medidas emprendidas por el magnate neoyorquino –aunque hayan sido meticulosamente preparadas por diversas dependencias del Estado– respondan también a un intento por congraciarse con su base electoral y desviar la atención mediante un golpe mediático que le permita frenar la erosión de los sondeos de opinión que evalúan negativamente su gobierno.
Mención aparte merece la larga y meticulosa guerra mediática que durante casi tres décadas se emprendió, primero contra Chávez y ahora contra Maduro, con el objetivo de aislar a Venezuela de la simpatía y el apoyo de la ciudadanía, la academia, el arte y el mundo intelectual. A diferencia de la revolución cubana, la guerra de Vietnam, el ascenso del neozapatismo en 1994 o incluso la valorización positiva de Gaza a partir de 2023, el proceso bolivariano siempre fue observado con recelo, sospecha e incluso desdén por amplios sectores de la opinión pública, incluidos no pocos teóricos, filósofos e intelectuales europeos y latinoamericanos. Esta situación, sin lugar a dudas contribuyó a que el conjunto de agresiones emprendidas por Estados Unidos contra los gobiernos chavistas –desde la administración de George W. Bush, pasando por Barack Obama y Joe Biden–, así como la serie de medidas coercitivas impuestas sobre Caracas, pasaran prácticamente inadvertidas para la ONU, buena parte del mundo intelectual y la opinión pública internacional, haciendo mella en los bolsillos de los venezolanos de a pie y responsabilizando a su gobierno de un supuesto mal desempeño en la gestión pública.
Los hechos ocurridos la madrugada del 3 de enero son de extrema gravedad. Hasta antes de esa fecha, las agresiones de Trump se habían concentrado en regiones donde ya habían incursionado sus antecesores, particularmente en Medio Oriente, África y los países empobrecidos de Europa. Sin embargo, al igual que con la invasión de Panamá en 1989, América Latina y el Caribe volvieron a ser objeto directo de la violencia estadunidense. Este hecho incorpora tácitamente a la región al tablero geopolítico bajo las reglas de la normalización de la agresión militar, lo que obliga a no descartar, a corto y mediano plazo, que Trump –o cualquier mandatario que así lo decida– vuelva a utilizar la violencia como mecanismo de presión, ya sea en su versión “menor” o como parte de un proyecto más amplio de vasallaje, neocolonización y destrucción de la vida institucional y humanitaria de los países del continente.
Por fortuna, no son pocas las personas que, aun habiendo sido renuentes durante años a simpatizar con Maduro y con el ex presidente Chávez, hoy no tienen empacho en denunciar abiertamente los inadmisibles ataques de Trump y la peligrosidad de esta violación al derecho internacional. Si se evalúa esta coyuntura desde una perspectiva histórica amplia, no resulta descabellado pensar que estemos ingresando a una etapa distinta de aquella que el propio Estados Unidos contribuyó a edificar tras la Segunda Guerra Mundial. Con todo, y al corte de caja de hoy, el chavismo continúa gobernando y Maduro está en vías de convertirse en el nuevo Mandela de América Latina y el Caribe. (Víctor Iván Gutiérrez, la Jornada, Opinión, p.11)
No han pasado ni dos semanas de este 2026 y nuestro mundo se ha colapsado varias veces. Estados Unidos intervino en Venezuela; Maduro está en custodia; hay un levantamiento nacional contra el régimen en Irán; los agentes de inmigración (ICE) mataron a una mujer en Minneapolis; las protestas en contra de las autoridades y el abuso de poder en Arizona se han intensificado, y la sesión legislativa estatal comenzó con amenazas de un representante: “Si se portan bien, no se mueren”.
¿Feliz año? No soy la única que no ha podido dormir desde que se publicaron los videos de la muerte de Renee Nicole Good, una mujer de 37 años, que fue baleada por un agente de inmigración en un operativo en Minnesota. Las imágenes, de diferentes ángulos, muestran a la madre en su camioneta tratando de frenar la intimidación de los agentes en un vecindario de Minneapolis. La abatieron con tres tiros. El agente la insulta al final: “zorra”.
¿Fue defensa propia? ¿Es ese un acto de terrorismo doméstico?, como lo clasificó la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem. ¿O fue un descarado abuso de poder? ¿Un asesinato a sangre fría?
Guardar silencio frente a este mundo que se nos cae encima sería un acto de complicidad.
La muerte de Good revive los traumas colectivos que cargamos de tantos tiroteos, asaltos y muertes. Abre, otra vez, las heridas del asesinato de José Antonio Elena a través del muro fronterizo en Arizona en 2012 o las muchas cruces que nadie planta en los centros de detención porque se llenarían las celdas. La justicia también tiene sangre en las manos.
¿Cómo estás?, preguntamos. Estamos, es la respuesta generalizada.
Arizona inauguró su sesión legislativa en medio del caos y la controversia. Mientras unos cargaban el peso, la indignación y el luto por Good, muchos otros la convertían en un ejemplo de cómo la aplicación de la ley puede tener consecuencias mortales “en pro de la seguridad nacional y el patriotismo”.
Los legisladores republicanos usaron el ejemplo de Good como el catalizador para una propuesta de ley que criminalizaría la “obstrucción” durante operativos policiacos, con mayor énfasis en redadas y detenciones migratorias. Y me dieron muchas ganas de vomitar cuando en una rueda de prensa uno de ellos prácticamente dijo que “si soy una buena chica, no me va a pasar nada”.
A good girl. A bad hombre. Creo que empiezo a entender el patrón.
¿Aguantas? ¡Resisto! No hemos parado; la adrenalina nos mantiene de pie, pero ¿hasta cuándo? No hay tregua. No lo digo solo como periodista, sino como latina, migrante, ciudadana naturalizada, extranjera en casa, como mamá y como el blanco de una administración que se ha empeñado en cruzar líneas que no tienen camino de regreso. Somos millones los que en silencios incómodos o con pancartas y parlantes nos reconocemos en duelo.
¿“Resiliamos”? Así, como si la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos fuera un verbo. Porque resistir también es acción. Acompañar cuando todo el mundo se va al carajo es también un acto de amor. (Maritza Félix, El Sol de México, Análisis, p. 23)
Que sigue subiendo la tensión en Minnesota donde el gobernador demócrata Tim Walz anunció que la Guardia Nacional ya estaba lista para entrar al auxilio de las fuerzas locales, ante las protestas se han mantenido desde que agentes del ICE dispararon contra una ciudadana en medio de su estrategia de redadas para detener inmigrantes y después de que que una juez ya ordenó a ICE moderar la agresión en su actuación en tanto Donald Trump ya ha amagado con usar en el estado la ley contra la insurrecció. (Trascendió, Milenio, Online)
Era la tercera ocasión que me relacionaba con el sistema educativo de California.
La primera ocasión fue en la década de los 60; ellos se enfrentaron al crecimiento geométrico de una matrícula que —con buen manejo en matemáticas y ciencias—, no hablaban inglés ni conocían la historia de ese país. Eran migrantes, ya que, con sus padres, seguían las cosechas y cambiaban de residencia dos o tres veces por año. Un ejemplo de esas familias lo fue el posteriormente astronauta, José Hernández.
La segunda ocasión, en los 80, como becario de El Banco Mundial, estuve seis meses adscrito al departamento de educación en asuntos internacionales. Visité escuelas elementales, dialogué con maestros y padres de alrededor de 30 escuelas en la parte centro y norte de California. De esa época redacté un libro “La educación en la torre de Babel”.
Y la tercera fue en los noventas. A idea del titular del ramo, ideamos un programa en la Secretaría de Educación Pública (SEP) para enviar maestros mexicanos para atender —como docentes auxiliares— a las aulas de esa entidad. Fue una respuesta para dar educación a niños de origen mexicano para aprender en su lengua materna.
Ante ese problema, alguien había sugerido y contratar docentes ibéricos para atender a esos niños; decisión tremendamente equivocada: se burlaban de los pequeños porque no hablaban bien “el castellano” y en no pocas ocasiones su color de piel y costumbres eran motivo de descalificación.
Ante esa situación, con las dos experiencias previas acudimos a la autoridad en Sacramento y lanzamos el programa. Maestros y libros de texto mexicanos para apoyar a esos niños, cuya inmensa mayoría habían nacido en México y migrado como grupos familiares de jornaleros agrícolas. El envío de maestros se suspendió, pero no el de libros de texto.
Felizmente en estas fechas, la SEP anuncia que este programa se reactiva. Atender a esos niños, que son parte de nuestra nación, no solo es una obligación moral, sino constitucional con esa parte de nuestra nacional que está fuera del territorio nacional. (Antonio Meza Estrada, El Heraldo de México, Orbe, p. 11)