Opinión Migración 180426

Rozones

San Lázaro contra reloj

Y donde van a tener que aplicarse a fondo para sacar adelante una decena de reformas y nuevas leyes es en la Cámara de Diputados. Y es que al actual periodo de sesiones ya sólo le quedan dos semanas y a juzgar por el listado de pendientes, la única manera de sacar lo rezagado y lo que podría acumularse, es acelerando el paso, nos comentan. Ayer el coordinador de la Junta de Coordinación Política, Ricardo Monreal, enlistó alrededor de diez temas que deben ser discutidos y eventualmente aprobados, entre ellos figuran la ley reglamentaria de las 40 horas, la constitucional en materia de feminicidio, más su ley reglamentaria, un conjunto de reformas en materia de combate a la corrupción, otras en migración y una más en delitos ambientales. Es sabido que el órgano legislativo tiene a su cargo aprobar también los nombramientos de tres nuevos consejeros electorales. De acuerdo con lo establecido en el proceso será el próximo 22 de abril cuando se debe entregar la terna finalista. Por lo pronto, a darle.

 

Pendientes del caso Duarte

Y nos hacen ver que el caso del exgobernador priista de Chihuahua, César Duarte, contra quien pesan múltiples acusaciones relacionadas con desvíos de recursos y presunto lavado de dinero, puede seguir teniendo más episodios, éstos relacionados con su esposa, Bertha Olga Gómez Fong, cuya deportación autoridades de justicia de México han solicitado a Estados Unidos. Fue el procurador estatal César Jáuregui, quien ayer proporcionó algunos datos relacionados con el caso. “Ya se hizo a través de la FGR. Es una deportación… Ella está en estos momentos bajo un procedimiento migratorio por un juez de Estados Unidos, está revisando su estatus migratorio”. Señaló que la fiscalía estatal envió información a ese juez relacionada con dos órdenes de aprehensión que Gómez Fong tiene pendientes en Chihuahua y que se encuentra en espera de que el juez de migración estadounidense resuelva lo conducente. (Rozones, La Razón, LA DOS, p. 2)

15 mexicanos muertos: dos gobiernos sin respuesta

Alejandro Cabrera Clemente tenía 49 años. Lo detuvieron el 8 de enero en Chattanooga, Tennessee, lo trasladaron al Centro Correccional Winn, en Louisiana, y el 11 de abril lo encontraron sin signos vitales en su celda.

Con él suman ya quince mexicanos muertos bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos — el ICE — desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025. Quince familias esperando que alguien les explique qué pasó. Quince casos sobre los que el gobierno de Estados Unidos no ha dado una sola respuesta puntual.

La semana pasada escribí aquí mismo que dos gobiernos recibieron señalamientos graves de organismos internacionales en la misma semana — y los dos respondieron igual: restando importancia, cambiando el tema. Esta semana se confirma el patrón, solo que ahora hay un nombre más en la lista. México envió notas diplomáticas, cartas que la propia presidenta Claudia Sheinbaum calificó como “muy fuertes”, y una queja formal ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Esta semana también se instruyó algo que no debería ser extraordinario: que los cónsules mexicanos visiten diariamente los centros de detención donde haya connacionales recluidos. Antes los visitaban una vez por semana. Ese detalle, por sí solo, dice mucho sobre cómo hemos atendido a los nuestros.

Esto no es una disputa burocrática entre dos cancillerías. La Secretaría de Relaciones Exteriores calificó la recurrencia de estas muertes como evidencia de “deficiencias graves” en las condiciones de reclusión, incompatibles con estándares internacionales de derechos humanos. Amnistía Internacional y Human Rights Watch llevan meses documentando el deterioro en los centros de detención: hacinamiento, atención médica insuficiente, falta de supervisión independiente. Los casos tampoco son homogéneos. Algunos de nuestros connacionales murieron por complicaciones médicas no atendidas a tiempo, otros en situaciones clasificadas como suicidio, uno más en un tiroteo dentro de una instalación en Dallas. Lo que los une no es la forma de morir, sino que todos estaban bajo la responsabilidad del Estado estadounidense cuando fallecieron.

En este sentido, hay una pregunta que México también debe responder con honestidad: ¿por qué tardamos tanto en llegar a instancias internacionales? La queja ante la CIDH llegó en el caso catorce. Las visitas consulares diarias se ordenaron con el quince. La protección consular no puede ser reactiva ni depender del escándalo del momento. Tiene que ser permanente, estructural. Y eso no lo resuelve ninguna conferencia de prensa. Ahí está nuestra propia responsabilidad, que tampoco se puede eludir.

Por lo pronto, el contexto en que ocurren estas muertes tampoco es un dato menor. Más de 675 mil inmigrantes indocumentados han sido expulsados de Estados Unidos desde el inicio del segundo mandato de Trump, según datos del Departamento de Seguridad Nacional. Las detenciones en espacios públicos se multiplicaron por once respecto al último año de la administración Biden, de acuerdo con un análisis de la Universidad de California en Berkeley. Y lo que revelan las cifras más recientes es todavía más grave: en solo cuatro meses, 2026 ya acumula más muertes de mexicanos en custodia del ICE que todo el año 2025. México es, además, la nacionalidad con más fallecimientos registrados en ese sistema en los últimos nueve años — 38 en total. A ese ritmo y con ese volumen, los sistemas fallan, y los que mueren son siempre los más expuestos.

Uno de esos casos es el de Royer Pérez Jiménez, un joven tzotzil de 18 años cuyo cuerpo regresó a Chiapas después de morir en custodia del ICE en circunstancias clasificadas como suicidio. Dieciocho años, sin hablar inglés, sin entender el sistema en que quedó atrapado, y al que ese sistema no supo — o no quiso — proteger. Ir a la CIDH con quince muertos encima no es una política de protección; es una respuesta tardía. Y México le debe a su propia sociedad reconocer que durante demasiado tiempo miramos hacia otro lado mientras nuestros connacionales atravesaban el desierto, cruzaban el río, quedaban invisibles dentro de centros de detención que nadie supervisaba con el rigor que merecían.

Ceci Flores en el foro de Alma de México

Esta semana, en el Foro Digital de Alma de México titulado “Más allá del dolor: Solidaridad ante la desaparición en México”, participó como ponente invitada Ceci Flores Armenta, presidenta fundadora de Madres Buscadoras de Sonora y de México. Llegó al foro apenas semanas después de confirmar, mediante prueba de ADN, que los restos que encontró el 24 de marzo en la carretera 26 de Hermosillo correspondían a su hijo Marco Antonio, desaparecido desde 2019. “Vámonos a casa, hijo, de donde nunca tuviste que partir. He cumplido mi promesa de encontrarte”, escribió ese día. En el foro, analizando el Informe del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU — el mismo que sacudió la agenda la semana pasada — Ceci Flores fue directa: “No solo cargamos herramientas… cargamos el abandono. Entre tierra y silencio, avanzamos solas, mientras quienes deberían buscarlos se esconden detrás de papeles y protocolos. Nosotras no tenemos descanso, porque el amor no se archiva, no se aplaza, no se olvida.” Es difícil encontrar una descripción más precisa de lo que ocurre en México y, esta semana, también del silencio de Washington.

Quince nombres. No son estadísticas: son padres, hijos, vecinos de algún rincón de México que creyeron que al otro lado del río había una oportunidad. El gobierno de Estados Unidos les debe una investigación honesta y una respuesta. Y nosotros les debemos lo más difícil: que no los olvidemos. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)

Cartas Políticas / La derrota de Orbán

Durante años, Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, fue el ejemplo paradigmático del populismo de derecha en el mundo. Alrededor de su figura se construyó un régimen que muchos académicos y analistas describieron como autoritario, iliberal y hostil al pluralismo. Su derrota, el pasado 12 de abril, fue por eso mucho más que una noticia húngara: representó un alivio para la Unión Europea y, en general, para el mundo liberal.

En su juventud, Orbán fue un político liberal y anticomunista. Con el tiempo mutó en otra cosa: un nacionalista conservador que entendió antes que muchos el humor de su tiempo. Leyó el enojo con las élites, la ansiedad de amplios sectores frente a la migración, el desgaste de la corrección política y el apetito de una parte de la sociedad por un liderazgo fuerte. Sobre ese contexto construyó su régimen. Una vez en el poder, siguió el manual del populista: rediseñó las reglas para concentrar poder, cooptó instituciones y medios, limitó a las universidades, fortaleció una red empresarial afín a su proyecto y convirtió al Estado en la maquinaria de reproducción de su mayoría.

Orbán encarnó varias de las banderas de la nueva ultraderecha: una política antiinmigración agresiva, la defensa de una identidad nacional y cristiana frente a la supuesta islamización de Europa, una batalla permanente contra lo que llamaba la decadencia liberal de Bruselas, y una política exterior ambigua, más amable con Rusia y abierta a China. Esa posición desalineada con la Unión Europea convirtió a Hungría, un país visto durante mucho tiempo como periférico dentro del bloque, en un actor con una capacidad de veto desproporcionada frente a su tamaño.

Orbán se volvió el aliado de Moscú dentro de la Unión Europea, a la vez que la llevaba bien con Estados Unidos. Utilizó la necesidad de Ucrania y de Europa de contener a Rusia como una herramienta de negociación para obtener beneficios para Hungría. Su gobierno bloqueó o retrasó decisiones clave de Bruselas y usó la regla de la unanimidad para ganar margen político. Esa conducta reforzó su prestigio entre sectores de la extrema derecha internacional. Para quienes simpatizan con esas corrientes, Hungría era un laboratorio donde funcionaba un modelo alternativo al liberalismo occidental: conservador en lo cultural, duro en migración, nacionalista en política y eficaz en el control del poder.

Pero ese modelo también se desgastó. Detrás de las políticas identitarias, cristianas y antiinmigración, en Hungría se fue gestando una crisis de estancamiento económico, aislamiento respecto del resto de Europa, corrupción y deterioro de los servicios públicos. La gran paradoja húngara fue que Orbán construyó una narrativa en contra del liberalismo y del progresismo de la Unión Europea mientras su gobierno y su estructura de poder dependían de subsidios europeos. Bruselas terminó financiando, durante años, a un régimen que al mismo tiempo se dedicó a sabotearla.

Esa contradicción abrió paso a la victoria de Péter Magyar, líder del partido opositor Tisza, quien proviene de las propias filas de Fidesz, el partido de Orbán. No triunfó la izquierda, ni una visión radical, sino una alternativa de recambio frente a dieciséis años de gobierno iliberal y prorruso. Magyar ganó no por ser un cambio radical, sino por ofrecer una alternativa. Su campaña conectó con el cansancio frente a la corrupción, con el hartazgo frente a la captura de instituciones y con la percepción de que Orbán ya no era una solución, sino un obstáculo.

Su victoria es lo suficientemente amplia para abrir la puerta a reformas constitucionales y revisar parte de la herencia de su antecesor, aunque no se anticipa una ruptura total. Magyar no es un europeísta entusiasta ni un progresista empedernido. Tiene reservas en materia migratoria y tampoco representa una adhesión automática a todas las prioridades de Bruselas. Pero sí expresa algo distinto: una disposición menos confrontacional con Europa, una crítica frontal a la corrupción y la promesa de desmontar, al menos en parte, la cooptación del Estado.

El caso húngaro deja una lección importante. Los populismos pueden ser derrotados por la vía electoral y democrática. No son idénticos a una dictadura, precisamente porque todavía dependen, aunque sea de manera desigual, de la validación de las urnas. Y esa dependencia los obliga a algo elemental: dar resultados y rendir cuentas. Pueden explotar agravios culturales, resentimientos sociales e impulsos conservadores; pueden incluso capturar instituciones y deformar la competencia. Pero cuando dejan de ofrecer prosperidad, estabilidad o futuro, comienzan a desgastarse. La derrota de Orbán recuerda algo simple: incluso los liderazgos iliberales más eficaces terminan chocando con el límite que impone la realidad. (Pedro Sánchez Rodríguez, La Razón, LA DOS, p. 2)

¿Derechos de las audiencias?

En un momento en que, una vez más, el poder en turno saborea la posibilidad de incidir y acotar el contenido de lo que publican los medios de comunicación, a través de la manoseada figura de los Derechos de las Audiencias, viene muy a colación el informe “Media Capture: Who Controls the Story Controls the Future”, publicado por la organización MediaJustice. (Nos hace notar que aquí estamos en un debate de la prehistoria cuando lo relevante está en otra arena).

En el informe se asienta que el control de la información ya no se disputa solo en las redacciones: hoy está en manos de una élite tecnológica que decide qué se cuenta, cómo se cuenta y, sobre todo, qué se silencia.

Se analiza cómo los oligarcas tecnológicos han capturado el sistema mediático utilizando su influencia financiera y el control de las plataformas. Las narrativas ya no pertenecen al periodismo, sino a quienes poseen el código y el capital: “Los oligarcas tecnológicos están capturando el sistema mediático de Estados Unidos. Lo hacen a través de tres estrategias interconectadas: comprar empresas de medios, crear dependencia financiera mediante financiamiento y alianzas de IA, y controlar las plataformas donde la mayoría obtiene su información”.

Los ejemplos son contundentes. Larry Ellison financia la fusión de Paramount con Skydance e influye en CBS News y busca controlar Warner Bros. Discovery, incluida CNN.

 

Jeff Bezos transformó The Washington Post con despidos masivos y cambios editoriales. No es filantropía: “Estas adquisiciones son posibles porque los oligarcas tecnológicos tienen enormes reservas de efectivo y las empresas mediáticas tradicionales están ahogadas en deudas”.

“El precio del rescate es el control editorial”.

El efecto es inmediato en los contenidos, lo que genera cambios ideológicos y, sobre todo, la desaparición de coberturas incómodas, especialmente aquellas relacionadas con racismo, migración o desigualdad.

“Cada adquisición reduce el rango de historias que se cuentan. La cobertura sobre policía, migración y discriminación racial no sobrevive a los recortes que siguen”.

“Cuando menos empresas controlan más el sistema mediático, las comunidades con menor poder político y económico son las primeras en perder su voz”.

La inteligencia artificial acelera esta captura al vincular los ingresos de los medios con la expansión tecnológica. Pero el golpe más fuerte está en la distribución: las plataformas.

Hoy, la información circula bajo reglas diseñadas para maximizar atención, no necesariamente la verdad: “El modelo de negocio es simple: mientras más tiempo pasan las personas en la plataforma, más anuncios ven. Que el contenido sea preciso, noticioso o dañino es irrelevante. Solo tiene que mantenerlos desplazándose”.

Ese control no es abstracto. Es poder editorial concentrado: “Larry Ellison ya utiliza los datos de los clientes de Oracle para entrenar modelos de inteligencia artificial destinados a la publicidad personalizada.

El control sobre el algoritmo no es solo un detalle técnico. Se trata del control editorial de una de las plataformas más grandes del mundo, y está en manos de un oligarca tecnológico con un imperio mediático en expansión”.

Al final, todo converge en una misma estructura de poder. “No solo quieren poseer los medios. Quieren controlar qué se cuenta como noticia, qué historias se cuentan y qué futuros parecen posibles”.

La justicia mediática es inseparable de cualquiera otra lucha contra la oligarquía tecnológica, pero mientras tanto los mismos actores que construyen herramientas de vigilancia y centros de datos, controlan los canales que deberían informar sobre sus actividades.

La pregunta ya no es quién informa, sino quién decide qué merece existir en la conversación pública. (Amador Narcia, El Universal, Nación, p. A8)

La rana a la derecha de Trump

En 2005, el ilustrador Matt Furie creó un cómic para la red Tumblr llamado Boy’s Club. En él aparecían cuatro personajes, entre ellos, Pepe, que era una rana, cuyo sentido del humor podría calificarse de “pacheco”. Furie explicó en ese entonces que la historieta era una mezcla entre El Bosco y Los Simpson con humor de baño y sicodelia cotidiana. Pero la rana laxa le fue expropiada a Furie por la derecha de Trump, los que se llaman a sí mismos groypers y que están convencidos de que el primer año presidencial los ha traicionado con su “moderación”. Uno de sus únicos voceros con nombre real, Nicholas Joseph Fuentes, un nazi autoproclamado que niega el Holocausto, ha comenzado, junto con los ideólogos de MAGA, Tucker Carlson, Steve Bannon, Megyn Kelly, y la ex diputada por Georgia, Marjorie Taylor Greene, a recentrar su peso político en una disputa al interior de la derecha para destruir al Partido Republicano y sustituirlo con una versión radicalizada del fascismo. Célebremente, Fuentes ha dicho que: “Estados Unidos necesita un Hitler, y no es Trump”. En manos de los fachos, ahora Pepe se llama Groyper y representa los odios de la ultraderecha: las mujeres, los migrantes, los afroamericanos, los judíos, y todo lo que no sea “nacionalismo cristiano”. Ya no es un cómic, sino un meme que viaja con mensajes encriptados en su propia confusión deliberada: crear interpretaciones sin posibilidad de resolverlas.

Las balas que mataron a Charlie Kirk, el creador de la base juvenil de Trump, Turning Point, tenían inscripciones que delataban que el autor material no era un “miembro de Antifa”, la inexistente organización de ultraizquierda que Trump inventó –al lado de creaciones tan ingeniosas como el cártel de los Soles o el golfo de América–, sino alguien cercano a los groypers que, meses antes del crimen, había desarrollado una campaña de trolls en las redes contra Kirk diciendo que los habían traicionado para seguir los dictados de Netanyahu. Pepe la Rana volvió a aparecer, ahora como meme de Tyler Robinson, el francotirador en Utah. Ahora la rana opinaba a nombre de Nick Fuentes contra Trump por haber hecho “un espectáculo de lo que realmente queremos: deportaciones masivas”, por su entrada en el genocidio palestino y la guerra en Irán en atención “a sus donantes en Israel”, que “no son MAGA, sino MIGA” y por no hacer algo contra “el gran reemplazo”, que es esta idea supremacista de que hay una conspiración mundial para desplazar demográficamente a los blancos cristianos. Su ideólogo es Renaud Camus y su conspiración está claramente en la consigna que unificó a la ultraderecha supremacista en Charlottesville en 2017 –“No nos remplazarán”– y los discursos de Trump y Musk sobre “el genocidio contra los blancos” en referencia a Sudáfrica después del apartheid.

Pero volvamos sobre el asesinato en público de Charlie Kirk: un influencer es asesinado en una universidad pública delante de las cámaras de miles de teléfonos celulares. Sobre el ambiente del que surge el asesino escribe Marc Tuters, de la Universidad de Ámsterdam: Éstos “nuevos héroes” viven en una cultura de desesperación convertida en videojuego. Presentados como eventos de “puntuación alta”, estos actos se convierten en actuaciones soberanas en un mundo donde el significado se ha derrumbado. No se trataba tanto de comunicar una plataforma política como de asegurar puntos en el marcador subcultural, demostrando fluidez en perjuicio de la coherencia. Entonces, ¿qué significa llamar a Robinson un groyper? Aquí debemos ser cautelosos. Los groypers nunca fueron una formación política coherente. Eran, y son, un estilo: un conjunto de resonancias en memes, transmisiones en vivo y emboscadas retóricas en actos públicos; una política refractada en “e-deologías” en constante cambio, persiguiendo el torbellino del paisaje de los memes. Etiquetar a Robinson simplemente como “un groyper” sería engañoso, al igual que sería erróneo equiparar estas subculturas extremadamente digitales con la extrema derecha en cualquier sentido directo y no irónico. La cuestión no es determinar sus afiliaciones, sino reconocer que las Guerras Groyper ofrecen un modelo para comprender el estilo político que se maneja aquí: antagonismo estancado, confusión instrumentalizada, violencia convertida en meme”.

Además del meme de la rana expropiada a Furie, los groypers recurren a una ficción del nazi Heinrich Himmler de la que Hitler se burlaba en privado: Agartha. Se supone que es un paraíso subterráneo a donde los “verdaderos arios” –de lugares como Noruega o el Tíbet– se escondieron hace miles de años, provenientes de un lugar ficticio llamado Hiperborea. Fueron los novelistas franceses del siglo XIX los que inventaron todo esto y que Himmler leyó de niño. Louis Jacolliot, en Los hijos de Dios, nombró el lugar. Quien la hizo subterránea y debajo de Los Himalayas fue Alexandre Saint-Yves d’Alveydre en uno de sus textos que decía le habían sido dictados telepáticamente y que inventó la “sinarquía”, que se supone era el gobierno allá abajo, en Agartha. Los groypers se apropiaron de esto y de la canción de Men at Work Down Under, que no se refería a Agartha sino a Australia, de donde venía ese simpático grupo de los años 80. Hitler se burlaba del mito subterráneo porque él no adoraba “las chozas de Escandinavia”, sino al Imperio Romano. No se sabe si los groypers creen en esto o simplemente lo utilizan como un meme para “inundar la zona”, que es el método de Steve Bannon para crear fatiga informativa y generar errores en las narrativas de los opositores; una técnica con la que Trump maneja hasta la diplomacia.

Pero, como venimos diciendo, para los nazis de Nick Fuentes la oposición no son ya nada más los woke liberales del Partido Demócrata, sino los “tibios” del Republicano. Esto rompe con la doctrina conocida como “No Enemigos a la Derecha” (NETTR) que inhibía desde 2026 toda crítica desde la derecha hacia cualquier versión de ella misma. La NETTR enfocó los cañones mediáticos contra los demócratas, las universidades y medios liberales, las feministas, y la llamada “teoría crítica”. Pero puso en un mismo lado a los paleoconservadores que están de acuerdo con financiar y sostener a un “Gran Israel” en Asia Occidental con los negacionistas del Holocausto; a los que aplauden las detenciones ilegales del ICE con los que creen que son pantomimas para la foto. Y el MAGA se separa del Partido Republicano.

En mayo de 2017, Matt Furie hizo un cartón para matar a Pepe la Rana. Después de ganar demandas contra Infowars del ultraderechista Alex Jones, contra Reddit, y demás flora, Pepe apareció dentro de un ataúd. En torno a él lloraron sus otros tres amigos. Uno de ellos le virtió una cerveza en señal de despedida. Y el meme se separa de su emoticón. (Fabrizio Mejía Madrid, La Jornada, Política, p. 9)

A Orbán se le han acabado los enemigos

La política, como la vida, tiene giros inesperados. Por eso nos gusta. Por ejemplo, ¿quién nos iba a decir que nos íbamos a alegrar de la victoria de un candidato conservador en un país europeo? Tan atrás habíamos ido, que aquí estamos ahora mismo, celebrando la victoria de Péter Magyar en Hungría. Sí, celebrándola. Ya nos han recordado que es muy de derechas, que odia a los migrantes e, ideológicamente, lo separa un suspiro de Viktor Orbán. Ok.

Pero, era Orbán el que había recibido todo el apoyo de la extrema derecha occidental, empezando por Donald Trump y su vicepresidente, JD Vance, que participó directamente en la campaña con un mitin en Budapest. Era Orbán el que llevaba 16 años minando los derechos de la mujer, haciendo la vida imposible a migrantes y refugiados, y poniendo cada pliegue del Estado a su servicio, desde el Poder Judicial al control mediático, pasando por un sistema electoral que diseñó para asegurarse amplias mayorías, pero que ahora se le giró en contra. Con 52 por ciento de los votos, Magyar obtuvo 69 por ciento de los asientos en el nuevo Parlamento. Una mayoría de dos tercios que le permite revertir las reformas constitucionales de Orbán.

Pero identificar a todos los votantes de Magyar con su línea ideológica no parece muy inteligente en un Parlamento en el que no hay ni un sólo representante de partidos de izquierda. ¿No quedan votantes progresistas en Hungría? Quizá sea más ajustado a la realidad pensar que Magyar acaparó un voto útil masivo ante la oportunidad, real por primera vez en 16 años, de dar una patada en el trasero a Orbán. Se estima que 70 por ciento de los jóvenes apostaron por él.

Qué será de Hungría a partir de ahora, no lo sabe nadie. No merece la pena perder demasiado tiempo en cábalas. Bastante tenemos con tratar de situar las cosas e intentar entender las lecciones húngaras.

La derrota de Orbán no es un caso aislado. Hace un mes, Giorgia Meloni vio roto su idilio con el votante italiano que tumbó su primer intento, sigiloso y sutil, de empezar a mover los cimientos del Estado italiano a través de una reforma judicial. El mismo fin de semana, Janesz Janša, ex primer ministro de Eslovenia, amigo de Orbán, volvió a perder las elecciones de su país pese a tener todas las encuestas a favor. A estas derrotas electorales se suma el monumental descrédito acumulado por el señor de todas las bestias, Donald Trump, encallado en el estrecho de Ormuz. La imparable corriente que empujaba para arriba a la extrema derecha ha perdido fuerza en aguas del golfo Pérsico. Tanto que, hasta Meloni, cuya mayor baza en Bruselas era la interlocución directa con la Casa Blanca, acaba de plantar a Estados Unidos e Israel. La batalla abierta con el Papa es el último despropósito de una larga lista. Roma está más cerca del Vaticano que de Washington.

Si es verdad que el freno en el ascenso de la extrema derecha es una tendencia general en diversos países, debe tener rasgos compartidos en todos ellos. Explicaciones comunes. ¿Hungría nos deja alguna lección al respecto?

Las causas de la derrota de Orbán hay que buscarlas sobre todo en la economía. Los numerosos casos de corrupción y el hartazgo ante el sistema clientelar desarrollado por el partido de gobierno, Fidesz, han ido haciendo mella, por supuesto, pero ha sido el paupérrimo desempeño económico de los últimos cuatro años el que ha sentenciado a Orbán. Sentirse más pobres que los vecinos rumanos es humillante para el torturado orgullo nacional húngaro. La inflación galopante, el desmantelamiento progresivo del estado de bienestar y la pérdida de calidad de vida, en resumen, han hecho más en contra de Orbán que su relación con Moscú o la corrupción.

Pero a la causa económica principal, investigadores como Robert Csehi añaden un elemento sugerente. Este politólogo, autor de una extensa monografía sobre los años de Orbán en el gobierno, considera que una de las claves de su éxito ha sido la permanente reconstrucción del “pueblo”, del sujeto de soberanía, frente al cual ha ido redefiniendo también de forma constante la “élite” y otros “enemigos” de ese pueblo. “Cada cuatro años había un nuevo enemigo y una nueva élite que conspiraba contra Hungría y el gobierno”, explica.

Por ese catálogo de adversarios en constante renovación han pasado, entre otros, la antigua clase dirigente húngara, el feminismo, los funcionarios de Bruselas, los refugiados y Volodymir Zelensky. Esta inventiva, según Csehi, se ha secado. El principal tema de campaña de Orbán ha sido la guerra de Ucrania y sus consecuencias, el mismo marco con el que ya concurrió a las elecciones parlamentarias de 2022 y a las europeas de 2024. La capacidad de encontrar nuevos culpables a viejas crisis se ha extinguido, lo que lleva a Csehi a concluir que su discurso “se ha vuelto menos ceativo, ha perdido su novedad”.

Hay, por lo tanto, un discurso agotado que ya no logra tapar una gestión económica deficiente. En ese momento emerge la alternativa. Y como aquí hemos venido a construir esperanza, ¿por qué no pensar en que Trump, Milei y toda la pléyade de autócratas pueden seguir la misma pauta? (Beñat Zaldua, La Jornada, Opinión, p. 10)