Una nueva caravana de migrantes pasa por el estado de Puebla con el objetivo de hacer un llamado a todos los sectores de la sociedad para que se detengan los abusos y las agresiones contra las personas que buscan mejores condiciones de vida en un lugar diferente al que nacieron.
La llamada “Caravana de Jesucristo” conformada por más de 500 personas pasó por el estado de Veracruz y luego ingresó al territorio poblano en su camino hacia la frontera norte de México y hacia Estados Unidos.
Las personas provenientes de países centroamericanos, así como de otras nacionalidades, son custodiadas por la policía estatal, la Guardia Nacional, elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional, la Armada de México y por personal del Instituto Nacional de Migración (INM). Ese “cuidado” que realizan las autoridades mexicanas genera diferentes dudas porque más que brindarles apoyo ante posibles agresiones, se establece como un cerco para evitar que los integrantes de la caravana se queden en territorio mexicano.
Niños, mujeres, hombres y adultos mayores que forman parte del contingente son apoyados por integrantes de la sociedad civil y organizaciones religiosas para que puedan descansar, tomar un baño, recibir alimentos y continuar con su trayecto hacia el norte del país.
En los municipios de Cañada Morelos y de Tecamachalco, los pobladores salieron a brindar apoyo a quienes están de paso y a quienes quieren llegar a Estados Unidos con vida y sin el temor de ser víctimas de agresiones.
La mayoría de los llamados sin papeles son originarios de países centroamericanos como El Salvador, Guatemala y Honduras; además, se tiene registrados a originarios de naciones sudamericanas, entre ellas, Ecuador y Venezuela; así como algunas personas provenientes del continente africano, en particular, de Angola.
El llamado que realizan los integrantes de la caravana migrante no puede pasar desapercibido en medio del cambio del gobierno en la República Mexicana y la continuidad de la llamada cuarta transformación.
Los migrantes están buscando mejores condiciones de vida y todo mundo tiene el derecho a intentarlo sin que esté en riesgo su vida ni la de sus seres queridos. (Jaime Zambrano, Milenio Puebla, Online)
La falaz afirmación de Trump en el debate presidencial de la semana pasada acusando a inmigrantes haitianos de estar comiéndose a los gatos y perros de los residentes bancos de Spingfield (Ohio) es uno de los más perversos ejemplos de discurso de odio. Sin embargo, un segundo intento de atentado contra el expresidente ahora le permite presentarse como víctima. ¡Cuidado!, el discurso de odio muchas veces se le revierte a sus difusores y las encuestas muestran un acentuado aumento de los estadounidenses proclives a la idea de ver en la violencia un método válido para lograr objetivos políticos. Solo unas horas antes del incidente Trump había vomitado en su red social un mensaje de discordia: “Odio a Taylor Swift”, escrito íntegramente en letras mayúsculas.
Ahora acusa a la Casa Blanca de incitar los ataques contra él por describirlo como “un peligro contra la democracia”, pero no deja de amenazar con, de no ganar, rechazar nuevamente los resultados de las elecciones presidenciales. También acentúa sus arrebatos de alentar el odio contra los inmigrantes, de calificar a Biden y Harris de corruptos, marxistas y fascistas y de, en caso de volver a la presidencia, meter a la cárcel a muchos de quienes se le oponen. La afirmación sobre las mascotas supuestamente devoradas en Springfield ha sido desacreditada por las autoridades locales en repetidas ocasiones.
Sin embargo, los residentes haitianos en la ciudad han recibido graves amenazas y acoso, mientras Trump redobla su discurso antiinmigrante: “En Springfield 20 mil inmigrantes ilegales haitianos han llegado a un pueblo de 58 mil habitantes, destruyendo su forma de vida.”, dijo durante una conferencia de prensa en su campo de golf en Los Ángeles. Más tarde agregó: “Haremos grandes deportaciones desde Springfield. Vamos a sacar a esta gente. Los llevaremos de vuelta a Venezuela (sic)”.
Todos los países industrializados, y no solo Estados Unidos, enfrentan hoy una retórica agresiva, discriminatoria y vulgar la cual se agrava cada vez con mayor fuerza en las campañas electorales y es exaltada principalmente por el rechazo a los refugiados e inmigrantes. El radicalismo político siempre se ha nutrido de las retóricas intransigentes y el simplismo conceptual. En todo el mundo, políticos de claro tinte autoritario pretenden eliminar a los derechos humanos como la columna vertebral de los sistemas de gobierno, e incluso los señalan como un obstáculo a la voluntad de las mayorías.
Desgraciadamente, en demasiadas ocasiones estas falacias encuentran eco en las urnas. Los ciclos electorales a menudo ven un aumento en el discurso de odio y de un esfuerzo coordinado para convertir a los inmigrantes en chivos expiatorios para obtener ganancias políticas y, también, para distraer a los electores de los problemas verdaderamente apremiantes.
Fue Tzvetan Todorov quien señaló al preguntarse ¿Quiénes son los “bárbaros?: “Potencialmente todos, usted y yo. No se trata de individuos monstruosos e identificables de una vez. Somos nosotros en ciertos actos y actitudes que consisten en no reconocer la plena humanidad de los otros, porque son diferentes… La barbarie nos amenaza a todos desde el interior”. Esta óptica permitió a Todorov anticipar la tragedia actual de los inmigrantes cuando sostuvo: “Este miedo a los inmigrantes, al otro, a los bárbaros, será nuestro gran primer conflicto en el siglo XXI”. Las palabras de este distinguido intelectual son cada día más pertinentes. Nos recuerda que se debe Combatir a la irracionalidad con inteligencia, el odio con empatía hacia el otro, la intransigencia con diálogo y el simplismo conceptual con información real y verificable. (Pedro Arturo Aguirre, El Economista, El Foro, p. 46)
El análisis de las elecciones estatales alemanas de Sajonia y Turingia se ha visto plagado de esquemas ligeros y prejuicios añejos. Decir que Sajonia y Turingia son sólo parte del giro a la derecha y del populismo en Europa es tan erróneo como salir con que estamos ante el renacimiento del nazismo hitleriano alemán.
Copiosa votación obtuvo no sólo la ultraderecha (AfD) formada en los últimos 10 años; también un nuevo partido de “izquierda conservadora” (BSW) fundado hace apenas cinco meses. Ni hablar de “desprecio a la democracia”, ya que en ambas elecciones hubo participación sin precedentes, de más del 70 por ciento. Fue pasmante el declive de los tres partidos coaligados del Gobierno federal. En especial los Verdes y liberales (FDP) desaparecieron del terreno, mientras que la otrora gran Socialdemocracia alemana (SPD) con apenas escaños quedó irrelevante. Peor aún le fue a la ex izquierda radical (Linke), sobre todo en Turingia. Lo esencial es que en el oriente de Alemania (la ex República Democrática Alemana) fue duramente golpeado el establishment político, y surgió un espectro nuevo.
Es una parte de Alemania, pero queda duramente impactado todo el país. Se tendría que revisar seriamente si las expresiones políticas representadas por AfD y BSW son puramente coyunturales y se disolverán a medio plazo. Por ahora eso se ve imposible a un año de las siguientes elecciones federales.
Hay mucha tela para cortar, pero se deben meditar al menos tres grandes planos para entender esta evolución en Alemania oriental: la creciente migración ilegal; la persistencia del “Ostproblem” (desavenencia entre las partes de ex Alemania dividida) y la preocupación creciente por la seguridad, la estabilidad y la paz en Europa. Fue la falta de respuestas atinadas y políticas constructivas en estos temas lo que debilitó a los partidos tradicionales en Turingia y Sajonia y hace casi imposible gobernar sin acuerdo o alianza con alguno de los nuevos.
En migración, desde hace años el país vive una profunda contradicción entre su envejecimiento y reducción poblacional y las necesidades de la economía en las más diversas ramas. Pero el real cambio a “país de migrantes” es difícil de asumir en una cultura que en general se distancia de “la otredad”, cuanto más en una población de ámbito cerrado durante la guerra fría. Esto dificulta mucho la capacidad de elaboración de políticas diferenciadas y coordinadas de migración económica y asilo político. Tanto AfD como BSW demandaron una política de migración más estricta.
El delicadísimo “Ostproblem” no es otra cosa que una pendiente “superación del pasado”, pero no de la dictadura socialista, sino del modo en que tuvo lugar la unidad alemana para toda una generación. Para muchos electores germanorientales, la libertad ganada se mezcla con sensación de vacío, desconsideración y desigualdad nacional en el liderazgo del país en casi todos los órdenes, incluidos sueldos y salarios. Alemania se unificó exitosamente, pero desestimando la igualdad y respeto para la parte que “accedió” a Alemania Federal. Desentenderse de esta sensación en Alemania oriental cuesta votos a los partidos tradicionales. AfD y BSW se asumen claramente esta inquietud específica de los germanorientales.
Lo más relevante es el temor sobre la estabilidad, la seguridad y la paz en Europa, en el contexto de las guerras en Ucrania y la Franja de Gaza, las tensiones entre EU y China, etc. Sucede que Gobierno federal y Oposición coinciden esencialmente aquí y tienen crecientes dificultades para versar convincentemente sobre la ampliación de la OTAN anterior a la guerra, la destrucción de infraestructura alemana por dinamiteros ucranianos (Nordstream2), la colocación de misiles de EU en Alemania en 2026, etc. En cambio, para gran disgusto de los partidos tradicionales, AfD y BSW asumieron la inquietud de la población por cesar por fin las guerras y negociar la paz.
Así las cosas, en unos días se repetirán en Brandemburgo las tendencias de Sajonia y Turingia. (Miguel Ángel Padilla, Reforma, Internacional, p. 14)