La redada ¿de Garduño?
Dos días antes del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, en Chihuahua volvieron los recuerdos de una tragedia. El Instituto Nacional de Migración, que pese a más de un anuncio de relevo sigue encabezado por Francisco Garduño, decidió hacer una redada en un campamento de migrantes y el operativo terminó en el incendio del lugar, según las autoridades, provocado por los extranjeros a los que buscaban detener. El fantasma del fuego en el que murieron 40 personas en Ciudad Juárez en 2023 asomó la cara. Afortunadamente, no hubo muertes que lamentar y hubo 12 detenidos. La pregunta es cómo es que sobrevive don Francisco en el cargo y si sus formas de operar están alineadas con el plan general del gobierno mexicano para enfrentar la serie de amenazas que implica para nuestro país el inicio, mañana, de la nueva administración en Estados Unidos. ¿O se manda solo? (Bajo Reserva, El Universal, Nacional, p. 2)
QUIENES saben cómo estuvo la reunión del pasado lunes en Palacio Nacional con motivo del regreso a la Presidencia de EU de Donald Trump cuentan que las autoridades federales se están preparando ante una inminente ola de deportaciones.
ACUDIERON representantes de las secretarías de Gobernación, Seguridad, Defensa Nacional Economía, Bienestar, Salud. Trabajo y Relaciones Exteriores, así como del Instituto Nacional de Migración.
LOS SECRETARIOS recibieron la encomienda puntual de atender un estado fronterizo cada uno de ellos para supervisar albergues, mecanismos de protección social y la coordinación con gobernadores, alcaldes, empresarios y ONGs
UNA DE las prioridades es lograr la cooperación entre las autoridades de los tres niveles de gobierno para recibir los deportados y ofrecerles atención legal, social, médica y laboral además de alimentación alojamiento y transporte a sus lugares de origen.
DICEN que el plan está tan detallado que ya tienen listo hasta el menú de los desayunos que ofrecerán a los migrantes que regresen a México. Ya se verá qué tan efectiva resulta su planeación. (F. Bartolomé, Reforma, Opinión, p. 8)
La hora cero se acerca y, con ella, se intensifican los problemas en las fronteras norte y sur del país. Los migrantes están acorralados entre la necesidad de cruzar a Estados Unidos, el asedio de grupos del crimen y una política trumpista amurallada que se vislumbra por demás severa. Las historias dramáticas surgen con mayor velocidad; todos apresuran el paso, pues este lunes todo cambiará. (La Esquina, La Crónica de Hoy, P.p.)
La militarización de la frontera podría escalar a niveles sin precedentes.
La hora de la verdad se acerca para México. Mañana Donald Trump volverá oficialmente a la Casa Blanca, y con él todo un catálogo de amenazas que están quitando el sueño a funcionarios, empresarios, ciudadanos y migrantes mexicanos. El regreso del expresidente republicano marca el inicio de una nueva era de incertidumbre en la relación bilateral, donde las famosas “órdenes ejecutivas” se ciernen como si fueran huracanes a punto de tocar tierra sobre el país.
Los optimistas mexicanos -esos eternos soñadores que siempre ven el vaso medio lleno- insisten en que Trump “no se atreverá” a cumplir sus amenazas. Con una sonrisa nerviosa, repiten como mantra que todo es retórica electoral, que la interdependencia económica es demasiado profunda, que los intereses empresariales son muy poderosos.
Esos mismos optimistas fueron los que en 2018 juraban que Andrés Manuel López Obrador nunca cancelaría el aeropuerto de Texcoco ni se aferraría a construir un Tren Maya destruyendo la selva ni militarizaría al país.
La realidad es que la historia reciente ha enseñado que los políticos populistas tienen una peculiar obsesión por generar la impresión que están cumpliendo sus promesas, aunque sean las más descabelladas. En el caso de Trump es como si el sentido común fuera su enemigo personal.
Él ya demostró durante su primer mandato que no tiene reparo en sacudir el tablero internacional: salió del Acuerdo de París sobre el cambio climático, mantuvo una guerra comercial con China, construyó secciones de su muro fronterizo y negoció con México a punta de amenazas de aranceles, etcétera.
Seguramente más de uno en México -incluyendo el gobierno y los empresarios- ya preparan sus presentaciones de PowerPoint llenas de gráficas sobre comercio bilateral, cadenas de suministro integradas y millones de empleos estadunidenses que dependen de México. Como si a Trump le importaran los datos cuando tiene una narrativa que vender. El expresidente republicano ha encontrado en México el villano perfecto para su historia de “hacer a América grande otra vez”: un país que supuestamente inunda Estados Unidos de drogas, criminales y productos que representan una competencia desleal.
La designación de los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras ha sido un mensaje tan recurrente últimamente, que va por terminar en no sonar tan descabellado para los estadunidenses. Los aranceles comerciales volverán a estar sobre la mesa. La militarización de la frontera podría escalar a niveles sin precedentes convirtiendo al país, como ya lo dijo quien está nominada como secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, en el patio trasero de la migración con el programa “Quédate en México”, que pretende que los migrantes de todas las naciones se queden en el país. El panorama se ensombrece porque esta vez, México no cuenta con los aliados que tenía en Washington durante el primer periodo de Trump: ni una oposición demócrata unificada ni un gabinete republicano dispuesto a moderar los impulsos presidenciales.
Durante la administración de López Obrador se apostó por evitar la confrontación y esperar que las amenazas de Trump se disiparan solas. Ahora, cuando las “temidas órdenes ejecutivas” están a punto de convertirse en realidad, distintos sectores mexicanos hacen constantes llamados a la unidad, sin que se vea claramente cómo el mecanismo de la unión detendrá al estadunidense.
El misterio de cómo gobernará Trump esta vez, se resolverá con las primeras acciones que presente el republicano. Lo que está claro es que su llegada al poder no será un capítulo más en la relación bilateral, sino que puede ser un punto de inflexión para el gobierno mexicano. (Vianey Esquinca, Excélsior, Nacional, p. 12)
Las cartas están echadas. Trump pretende poner en marcha la deportación masiva más grande en la historia de Estados Unidos y sellar la frontera con México. Quiere restablecer el programa Quédate en casa; eliminar el programa CBP One —que permite a los migrantes agendar su cita para ingresar a EU en un puerto de entrada—, y que nuestro país reciba a los migrantes de terceros países.
A los narcotraficantes les llamará terroristas y amenaza con imponer aranceles ilógicos. Su mandato inicia mañana, luego de su juramento en el Capitolio como el presidente número 47 de Estados Unidos.
¿Ésas serán las acciones con las que inicie su segundo mandato en Estados Unidos?, ¿son prioritarias para su gobierno?, ¿el miércoles pondrá en marcha la redada migratoria a gran escala en Chicago, como publicó The Wall Street Journal? Sí, si nos atenemos a sus bravatas de campaña.
Si bloquear la migración se convierte en la principal prioridad de la política exterior de Trump hacia México, la relación con Estados Unidos se distorsionará y tensará.
México y los países en la ruta migratoria podrían enfrentar mayor presión para bloquear a personas migrantes y aceptar más deportados de otros países.
El gobierno de México tendrá que hacer reajustes presupuestales para atender y solventar las necesidades de los mexicanos repatriados, las de los migrantes que llegan en caravanas y las de los solicitantes de asilo que se quedan aquí entre nuestras fronteras con Guatemala y Estados Unidos.
El republicano habló de una acción militar en México como posible respuesta al narcotráfico y sería a través del despliegue de fuerzas especiales en nuestro territorio. Esta bravata pone en riesgo la relación bilateral por la invasión a la soberanía nacional que sugiere y amenaza la protección de los derechos humanos. Y aunque no se materializara, tales declaraciones presagian una relación en la que las amenazas de medidas unilaterales podrían ser el punto de partida para el diálogo en áreas cruciales como seguridad y migración.
Y ya lo dijo la presidenta Claudia Sheinbaum: cooperación, colaboración, “pero nunca nos subordinamos”.
En la medida en que la administración Trump priorice acciones militares que aparenten ser duras contra el crimen o en la frontera, quedará poco espacio para la cooperación en las áreas que realmente son relevantes para fortalecer el Estado de derecho, proteger a la población y reducir la migración forzada.
La amenaza de Trump de imponer aranceles elevados a México y la generalización entre los republicanos de propuestas de ataques militares unilaterales por parte de Estados Unidos están marcando la pauta de un enfoque coercitivo hacia la región, que da prioridad a la fuerza militar para acabar con el narcotráfico.
Según un análisis de WOLA —organización líder en investigación e incidencia que promueve los derechos humanos en las Américas—, las propuestas militares de Trump pueden producir “grandes resultados en la teatralidad de la guerra contra las drogas: estadísticas de erradicación de cultivos, incautaciones de drogas, arrestos de capos generando muchas imágenes que podrá utilizar para crear un espejismo de éxito en el control de drogas. Pero tales operaciones son incapaces de disminuir realmente el suministro de drogas o frenar el alcance y poder de las redes de narcotráfico y el crimen organizado”.
Y, peor aún, el control militarizado de las drogas provocará consecuencias devastadoras, principalmente un aumento de la violencia y más derramamiento de sangre, comunidades destruidas, sin ofrecer ningún beneficio en lo que más importa para los estadunidenses: reducir el número de muertes por sobredosis de drogas y fentanilo.
El escenario en la relación bilateral se esboza complicado. Ya vimos a Trump en su primer mandato, ya conocemos su discurso y sus formas de presionar al gobierno de México y parafraseando a la Presidenta en su discurso de los 100 días, diríamos: “¿Cuál sorpresa?”, por eso luchó durante todos estos años. Para eso lo eligieron, “para dar continuidad” a su proyecto de devolverle la grandeza a EU, iniciado en 2017. Es Trump 2.0 (Fabiola Guarneros Saavedra, Excélsior, Nacional, p. 2)
La coyuntura determinada por el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha generado que durante estos días se escuchen todo tipo de gritos y sombrerazos, de émulos del legendario Juan Escutia o a poco menos que merolicos que pretenden ahorrarse el complejo camino para obtener una visa y, así, dirigirse sin problemas a un mall en Texas.
Si no existiera la claridad de que muchas de esas personas exclaman sus peroratas con toda la seriedad y gravedad que exige este momento, no cabe duda que sus planteamientos serían diálogos, parlamentos y ocurrencias de una obra teatral escrita con un pésimo sentido del humor. Sin embargo, la mayor paradoja es que la retórica de sus discursos, por más disparatada o tragicómica que sea, está muy en sintonía con el estilo que ha caracterizado al mundillo político durante las dos últimas décadas, cada vez más elemental, simplón, burdo y sandio –hay tanto por preguntarse con respecto a quienes formulan y reciben el discurso, sin duda–.
No deja de resultar interesante observar todo tipo de reacciones desde el primer día en el que se dio a conocer el triunfo de Trump en las elecciones estadunidenses. Y, por supuesto, una de las líneas de análisis son las respuestas que ha configurado el gobierno mexicano ante las diversas declaraciones del nuevo presidente electo con respecto a temas que son medulares para nuestro país: la migración, el combate al crimen organizado y el T-MEC.
Así, en un simple ejercicio de observación, cualquiera podría darse cuenta que los dos primeros temas se han constituido como parte de los mayores dolores de cabeza de la llamada Cuarta Transformación. Por ello, se comprende el impulso mediático que ha emprendido el oficialismo para hacer frente a aquello que no se puede negar: los “abrazos y no balazos” trajeron tan malos resultados en la administración obradorista que hoy, cualquier logro mínimo, resultado del trabajo que deberían realizar con precisión y trasparencia, parece que debe ser aplaudido y valorado como un resultado sin precedentes.
Así, no es extraño que cada vez se hace más evidente la urgencia del gobierno federal por consolidar y darle más fuerza propagandística a un discurso que es como una jugada en “tres bandas”, una oportunidad que se resume en el famoso “como anillo al dedo” para que sus resultados generen un beneficio en todos los sentidos. Por un lado, ante la posibilidad de que los grupos del narcotráfico sean llamados “terroristas” por Trump –con las consecuencias en aspectos económicos y en la política de seguridad–, la respuesta es una diatriba articulada bajo un patrioterismo casi adolescente en el que ya se veían ondear las banderas norteamericanas en los verdes campos de nuestro país.
Fueron curiosas las “lecciones” que los corifeos del oficialismo trataron de insertar en la discusión pública para diferenciar los conceptos y alcances entre el terrorismo frente al crimen organizado. Y justo este es el mecanismo que tienen bien estudiado y a la mano: generar discusiones absurdas, conclusiones disparatadas que alejan la mirada a lo que impone la realidad, todos los días, en el país.
Se encienden banales fogatas discursivas, cuya humareda envuelve y asfixia lo medular, aquello que, bajo una discusión acerca de la soberanía nacional, se pretende acomodar en el último pasillo del silencio. Porque bajo esta mirada, que alimenta con mucha efectividad al maniqueísmo que ha caracterizado a éste y al anterior sexenio, no cabe la posibilidad de hablar acerca de los magros resultados del gobierno de López Obrador en cuestiones de seguridad y combate al crimen organizado.
Tampoco de la corrupción de autoridades que hacen caso omiso de la violencia que padecen los inmigrantes –sin importar su lugar de procedencia– cuando pretenden llegar a la frontera del país vecino en el norte de nuestra geografía. Mucho menos se podría hacer énfasis en la necesidad de miles de mexicanas y mexicanos que dejaron sus casas buscando dignas oportunidades de trabajo y seguridad en el país vecino: lo importante, en la lógica del fracaso, es que envían miles de dólares al mes a sus familias y, con ello, hay cierta economía que no deja de permanecer activa. ¿Sería necesario referirse, en esa soberana discusión, acerca de la violencia, los asesinatos, que se observan diariamente en los noticieros del país o que ocurren a tan sólo unos metros de la calle por la que se transita, a pesar de la militarización de la seguridad? Cada quien podría responder desde su personal experiencia de vida en un país que gusta más de retóricas vacías que de resultados evidentes, de la perversión de las estadísticas que de una paz que se ha alejado de nuestros rumbos.
Y, sin embargo, tenemos trabajo por delante, pues en toda tormenta del desasosiego hay quienes navegan en busca de un buen puerto. (Carlos Carranza, Excélsior, Nacional, p. 9)
Mañana tomará posesión Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Fue electo cumpliendo todos los requisitos que impone la ley de su país y obtuvo una mayoría absoluta no sólo en el colegio electoral, sino también del voto popular. Nadie en su país le disputa la legitimidad de su triunfo (aunque obviamente no a todos les gusta), por lo que los mexicanos debemos respetar la decisión de su electorado, entender la racionalidad del resultado y actuar para tener la mejor relación bilateral posible.
Es indispensable que los mexicanos identifiquemos y aceptemos la naturaleza vital de la relación bilateral y nos aboquemos a asegurar que se preserven nuestros intereses. Lo anterior no implica que Trump vaya a ser un presidente convencional o que lo que venga será fácil o libre de consecuencias.
Todo el mundo ha observado la forma en que el próximo presidente se comporta, la agresividad de su agenda y la popularidad que le acompaña. En contraste con su primer cuatrienio, Trump llega envalentonado, con claridad de propósito, experiencia respecto a lo que pretende lograr y, más importante, con un claro mandato popular, justo en los asuntos que competen a México: migración, drogas y crimen organizado, además de China. Cualquier expectativa de que moderará su agenda o su estilo es irrealista e irresponsable.
En adición a lo que la persona del presidente quiera y piense impulsar, es crucial comprender los cambios que ha venido experimentando la sociedad norteamericana, las circunstancias por las que atraviesa esa nación y que yacen en el corazón del abrumador resultado electoral. Parece evidente que el Trump 2.0 viene acompañado de un amplio mandato popular, producto de una serie de crisis inherentes a su sociedad pero que le favorecieron como candidato. Trump no creó esas crisis, pero éstas explican el resultado de su elección y son éstas las que dominarán la agenda del gobierno que está por ser inaugurado.
Estas crisis se pueden denominar de muchas maneras, pero incluyen diversos elementos que afectaron a amplios segmentos del electorado. Algunas de estas crisis son genéricas, otras específicas, pero todas se sumaron en la elección de noviembre pasado. Entre los principales factores está la crisis de las adicciones, especialmente la de fentanilo, cuya letalidad llevó a cientos de miles de muertes; luego está la polarización política, que muchos conciben como una crisis de valores y/o de creencias, pero que, en su esencia, constituye una disputa hasta de lenguaje (corrección política) que ha dividido al país entre estados “rojos” (republicanos) y “azules” (demócratas); muy cercano a lo anterior está la crisis del discurso de los progresistas, cuyo actuar en materia de género, aborto y transición de sexos provocó un profundo abismo en el corazón de la sociedad.
La desigualdad económica que muchos atribuyen a los tratados comerciales que EU ha firmado con otras naciones (especialmente México) y a los que, en conjunto con la migración, atribuyen pérdidas de empleos sobre todo del medio oeste. Y, finalmente, una crisis de gobernanza en el sentido de que una parte importante del electorado no se siente representada por sus gobernantes y/o legisladores.
Ninguno de estos asuntos es nuevo ni todos son especialmente estadounidenses en contenido, pero la suma de ellos llevó al punto en que un candidato disruptivo pudo beneficiarse, incluso sin que así lo haya entendido antes o ahora.
La combinación de estas circunstancias y la personalidad del nuevo presidente han creado un contexto propicio para una gran transformación política y cultural dentro de la sociedad norteamericana que algunos autores* desde hace años equiparan a lo que aconteció con Andrew Jackson al inicio del siglo XIX, Lincoln a la mitad de ese siglo, Roosevelt a principios del siglo XX y Reagan en los ochenta. En esta lectura, la sociedad norteamericana está experimentando una revolución cultural de largo aliento que tendrá consecuencias no sólo para su país, sino para el mundo. O sea, se trata de una sociedad en evolución.
En teoría, México tiene dos opciones frente al nuevo gobierno estadounidense. Una es la de pretender que nada ha cambiado y aferrarse a lo existente suponiendo (o confiando) que, como nación soberana, tiene todas las opciones del mundo. Este camino nos llevaría al ocaso porque no sólo pondríamos en riesgo la viabilidad del principal motor de crecimiento de nuestra economía, sino que incluso atraeríamos la ira de los estadounidenses, con lo que eso pueda implicar.
La alternativa sería la de abogar activamente por los asuntos que son de interés vital para México, atender el fondo de los problemas que los norteamericanos (correctamente) atribuyen a México como causa de problemas que les afectan y colaborar con ellos en la solución de los problemas que son de carácter bilateral o en los que, aun siendo suyos, tienen obvios y profundos vínculos con México.
Hace muchos años, un gobernador me comentó que, al tomar posesión, tuvo que decidir entre combatir a los narcos o sumarse a ellos, pero que “no podía hacerse pendejo”. Lo mismo para el país hoy: la noción de que México puede mantenerse al margen de lo que ocurre en esa nación y que con esa actitud evitaremos ser víctimas de su actuar es no sólo infantil, sino por demás irresponsable. (Luis Rubio, Reforma, Opinión, p. 9)

(Reforma, Opinión, p. 9)

(Luy, El Universal, Opinión, p. 15)

(Jerge, La Jornada, Política, p. 9)