Opinión Migración 191019

Migración, mar y muerte

La migración por vía marítima, aunque usual en aguas como las del mar Mediterráneo y el Caribe (usada por cubanos en ruta hacia Miami, que hasta ha dado origen al término ‘balsero’ para referirse al migrante que acude a esta práctica), ha hecho su aparición en nuestro país como recurso desesperado ante el cerco establecido por la Guardia Nacional en la frontera con Guatemala.

En su afán de encontrar una mejor vida y hacer realidad o tener por lo menos un poquito de eso que se ha dado en llamar “el sueño americano”, migrantes de diversas nacionalidades (que incluso ahora van allá de las tradicionales centroamericanas y caribeñas, para diversificarse ahora hacia un ramal africano), han optado por elegir la ruta marítima en su intento por librar los controles fronterizos al sur de México y llegar después por tierra a Estados Unidos, lo que la convierte en una travesía de mayor riesgo, al enfrentar las impredecibles corrientes del océano Pacífico y su caprichoso oleaje en embarcaciones no hechas para la navegación en mar abierto. Estas nuevas y desesperadas rutas vienen a sumarse a otras igual o más peligrosas que la navegable, como el intento de cruzar por el desierto de Sonora hacia Arizona, enfrentando todas las adversidades derivadas de las terribles inclemencias climáticas; o la de llegar al norte trepados en ese ferrocarril de carga apodado La Bestia, en el que son ya cientos los que han perdido la vida arrollados al intentar abordarlo o al caer a las vías vencidos por el sueño o el cansancio. Eso sin contar las muertes ocasionadas por la delincuencia —que encontraba en los migrantes un blanco fácil— o las provocadas por traficantes y polleros sin escrúpulos que los abandonaban a su suerte en algún punto del desierto o encerrados en el interior de vehículos sin agua o ventilación. (Editorial, El Universal, Opinión, p. 14)