El asunto migratorio fue central en las conversaciones durante la Cumbre de las Américas, realizada recientemente en la ciudad de Los Ángeles, California, por la convocatoria del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden.
Los acuerdos sobre el fenómeno migratorio giraron en torno a los problemas estructurales que generan los movimientos migratorios masivos que se viven en los espacios sur-norte del continente americano y acerca de posibles respuestas que podrían dar los distintos países.
En el corazón de los acuerdos sobre cómo administrar la crisis migratoria emergió una visión común: la migración desesperada es producto de economías nacionales que no han logrado avances suficientes en materia de creación de empleos, sobre la necesidad de promover políticas de inversión adecuadas, de estímulos fiscales para el crecimiento y del impulso a las cadenas internacionales de suministro de bienes de valor. Y se acordó promover una respuesta social de empatía y coordinación continental para resolver los problemas sociales que surjan del fenómeno migratorio.
Esta visión común es trascendente porque contradice la versión de Cuba, Venezuela, Nicaragua y sus aliados, notoriamente el Presidente de México, de que la migración es un subproducto de las políticas neoliberales de Estados Unidos que han sido impuestas forzosamente a los países de América Latina, negando los fenómenos propios de represión, violencia y falta de democracia en sus países.
El comunicado final de la Cumbre de las Américas describe la interpretación que fue aceptada sobre las dificultades históricas de crecimiento económico y propone la coordinación regional, para lograr la inserción de todas las Américas en la economía global. Los países asistentes a la Cumbre firmaron la declaración, incluyendo Argentina, Chile, Perú y México (por el canciller Ebrard).
Es de destacar que ninguno de los asistentes defendió la posición de “bolivarianismo” en la cumbre, a pesar de haber convertido el tema de su asistencia en el objeto de un intento de boicot a la Cumbre. Únicamente sirvió de pretexto para que los presidentes de México, Honduras y Bolivia no asistieran al evento. Paralelamente, datos estadísticos oficiales confirman que la mayoría de las personas migrantes que cruzan la frontera norte hacia Estados Unidos son de nacionalidad mexicana. Se tiene la impresión en México de que los migrantes son mayoritariamente de otros países, tanto de América Latina, del Caribe, África, Oriente Medio y de Asia. Ciertamente, hay migrantes de todas esas zonas que atraviesan el territorio nacional. Pero la verdad es que la mayoría de los migrantes son mexicanos, huyendo de la grave crisis económica que el gobierno de AMLO ha sido indispuesto e incapaz de abatir, sumando a poblaciones enteras desplazadas que huyen de la violencia del narcotráfico.
Los datos del gobierno de Estados Unidos muestran que 2022 es el tercer año consecutivo en que las deportaciones de mexicanos superan, con creces, a las de personas de las nacionalidades del Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador) y, por supuesto, al resto de las nacionalidades presentes de la frontera con Estados Unidos. Al inicio de 2020 se rompió la relativa estabilidad que se había mantenido en el flujo de mexicanos hacia Estados Unidos durante más de 12 años. En aquella época se registraban alrededor de 20 mil pases indocumentado mensualmente. Hoy rebasa los 100 mil mensuales.
La realidad rebasó a la ideología en la Cumbre de las Américas. La narrativa del bolivarianismo de culpar a otros por sus problemas quedó sepultada frente a la necesidad que tienen todos los gobiernos de la región por asumir sus problemas económicos y sociales internos y encontrar soluciones a la crisis migratoria de forma mancomunada y en coordinación. (Ricardo Pascoe Pierce, Excélsior, Comunidad, p. 27)
En marcha los trabajos orientados a definir fecha y temas a abordar en el anunciado aunque aún indefinido encuentro de Andrés Manuel López Obrador con Joe Biden en la Casa Blanca, el nerviosismo e innegable temor en Palacio y en Relaciones Exteriores ante la previsible ocurrencia de “actos de protesta” de legisladores o empresarios en contra del tabasqueño y sus cuestionadas políticas tienden a escalar de manera exponencial.
Más, luego de confirmarse que, al menos, una veintena de congresistas estadunidenses, demócratas y republicanos, “cierra filas” ahora con miras a aprovechar la reunión en Washington para denunciar, sí, como han hecho ya en no pocas ocasiones, la reiterada falta de respeto a la prensa y los periodistas, pero, también, para denunciar y exigir que se esclarezcan imputaciones de opositores y militantes de Morena incluso —del “claridoso” Porfirio Muñoz Ledo, especialmente— sobre la existencia de supuestos acuerdos entre el gobierno de la 4T y el crimen organizado, los cárteles de la droga en particular que, valga recordar, se asegura, provocan más de 100,000 muertes cada año en la Unión Americana.
Tras de que el republicano Marco Rubio, senador, acusara directamente a López Obrador de “entregar México a los cárteles” y que diversos mandos militares estimaran en 30 a 40% el porcentaje del territorio controlado por aquéllos o, hace apenas unos días, de que el Departamento de Estado, que lidera Antony Blinken, emitiera un llamado a sus ciudadanos a no visitar el país, incluyendo en la referida alarma a prácticamente 30 de las 32 entidades estatales como destinos de alto riesgo, insistamos, las alarmas escalaron a su máximo nivel… ¡y ahí se mantienen!
Esta misma semana presumiblemente, autoridades de ambos países deberán confirmar si, como se anunció inicialmente, la polémica reunión de los mandatarios se concreta finalmente el próximo julio o si, como especulan fuentes del más alto nivel gubernamental, se pospone para el último tercio del año para cuando, se prevé, un buen número de las acciones y obras ofrecidas por el gobierno mexicano en beneficio de la relación bilateral —en materia de cambio climático, desarrollo de energías limpias y, entre otras, formalización de reasumidas garantías a la inversión externa en materia energética, en particular— estarán ya en marcha…
ASTERISCOS
* Ahora sí que en medio del más estricto silencio del gobierno de la 4T, que en opinión de algunos “algo oculta…”.
Argentina sigue indagando sobre el Boeing 747 venezolano-iraní estacionado en Ezeiza y su tripulación, de la que ya la Casa Blanca vinculó al menos a uno con actos terroristas y que, valga aclarar, aterrizó al menos tres veces en México en los últimos meses…
* Media docena de alcaldes capitalinos de oposición —Lía Limón, Margarita Saldaña, Santiago Taboada, Mauricio Tabe, Alfa González y, claro, Sandra Cuevas— urgieron al cuestionado Martí Batres y al gobierno de la regenta eco Claudia Sheinbaum a respetar su autonomía de gestión y a dejarles trabajar en el cumplimiento de las tareas a su cargo. Ufff…
Veámonos el miércoles, con otro asunto De naturaleza política. (Enrique Aranda, Excélsior, Nacional, p. 20)
Cuando el presidente argentino, Alberto Fernández, invitó a su colega estadounidense Joe Biden a la próxima reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en diciembre en Buenos Aires, marcó tal vez sin querer un punto en un debate que comienza a tomar forma.
¿Qué pasaría si Estados Unidos reclamara su lugar como país latinoamericano y de habla española?
Parece absurdo, pero la verdad, y al margen de la apoplejía que sufrirían algunos tradicionalistas latinoamericanos, habría que considerar unos cuantos detalles.
De entrada, en Estados Unidos hay unos 65 millones de personas de origen latino y de ellas por lo menos 55 millones son de habla española. En otras palabras, son el segundo país hispano del mundo, sólo después de México, y con más hispanohablantes que Colombia, España y Argentina.
De esos 60 y algo millones, la inmensa mayoría tienen padres, abuelos o bisabuelos de origen latinoamericano, mexicano mayormente, pero también puertorriqueño, cubano y dominicano o centroamericano, con algunos descendientes directos en las generaciones más recientes o más lejos en el pasado.
El crecimiento demográfico de los hispanos en EU es cada vez más resultado de nacimientos, a razón de un millón anual desde el año 2000, que de la llegada de migrantes. Y eso pone en cuestión muchas ideas y concepciones políticas.
Los latinos son ahora el segundo bloque racial, aunque no político, de Estados Unidos después de los anglosajones.
Valdría la pena preguntarse sobre la relación que una tercera generación de latinos nacidos en Estados Unidos tendría con su patria ancestral. Los ejemplos existentes hablan de unos vínculos de amor-odio-indiferencia-orgullo.
Los irlandeses celebran el día de San Patricio, cuando usan prendas verdes y proclaman su origen. Pero son sobre todo estadounidenses. Los italianos adoran su comida, o al menos su versión de comida italiana, y recorrer la vieja tierra, pero también son sobre todo estadounidenses.
¿Será ese el destino de los descendientes de mexicanos, centroamericanos o cubanos?
Es posible. Pero los gobiernos de los países que expulsaron a los ancestros de ese cada vez más prominente grupo de población estadounidense harían bien en prepararse a buscar mejores relaciones con ellos. No sólo con los migrantes, sino con sus hijos, sus nietos o sus bisnietos.
Como parte creciente de la sociedad en EU, los latinos estadounidenses tienen un impacto cada vez mayor en su política, su economía y su cultura, con especial énfasis en la última por su resonancia en y su interacción con América Latina.
Así, la pregunta puede ser cuánto tiempo tardará para que el grupo latino de Estados Unidos se constituya en un grupo social que al margen de sus diferencias políticas reclame no sólo sus derechos en su país sino un lugar entre las naciones latinoamericanas. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 37)
Todo el peso del aparato de propaganda estadounidense se ha volcado contra México para denunciar violencia de cárteles e inseguridad que pone en riesgo a los turistas americanos. Sin embargo, Estados Unidos sigue sin entender y México continúa sin enfatizarlo, que la demanda de droga de los adictos estadounidenses es la responsable de la delincuencia en México.
En términos oficiales, en EU se reconoce un rango de adictos de 10% de la población, algo así como 32 millones de personas, suficientes para propiciar la multiplicación de la oferta. Pero datos no oficiales ni contabilizados estarían señalando la posibilidad de que la demanda de drogas en Estados Unidos alcance a la mitad de la población.
Al pánico despertado por el Departamento de Estado y el embajador Ken Salazar en modo John Gavin se agrega el último reporte -peor: los últimos reportes anuales- de la DEA que revela que los nueve cárteles mexicanos tienen el control del contrabando de droga proveniente del sur del río Bravo, de la distribución en todo el territorio estadounidense y de la venta al menudeo en las calles de más de 3 mil ciudades estadounidenses y que nadie los combate o les impide desarrollar un negocio que solo pudo ser instalado con la complicidad de las autoridades americanas.
El mapa de la DEA donde identifican las zonas de distribución al menudeo de drogas señala que 85% de los estados de Estados Unidos es territorio del narcotráfico dominado por los cárteles mexicanos y que el modelo de respeto a los derechos humanos y al derecho ciudadano de consumir lo que le venga en gana ha ido aumentando la demanda de droga. La cifra es oficial: en el último año han fallecido más de 120 mil estadounidenses por sobredosis de fentanilo, pero dando a entender que el consumo es mucho mayor.
De ahí que Estados Unidos debe ver primero a su interior para explicar el narcotráfico en México.
Zona Zero
La violencia delictiva tiene dos variables: la disputa entre grandes bandas por el control de narcoterritorios y la multiplicación de organizaciones pequeñas delictivas sin vinculación al narco que han aprovechado el vacío en el ejercicio de la fuerza institucional del Estado contra la inseguridad para tomar el control de agresiones contra ciudadanos. Lo que abandona el Estado por razones de estrategia es ocupado por la delincuencia. (Carlos Ramírez, 24 Horas, Estados, p. 14)
Fría mensajera de la muerte cayó ésta. Vino en forma de tempestad, soplo devastador, nefasto cuchicheo del destino… El único sobreviviente: un huérfano, sin nombre. Había nacido unos días atrás, en tierra de nadie, mientras sus padres huían en busca de una oportunidad. Cuando vio la luz, sus pupilas fueron entonces espejos del infinito. Quien lo acogió en sus brazos, mirando embelesado, parafraseó al clásico: “Dígalo vuestro albedrío, pues apenas su voz oigo”; y el oficial de migración asentó en el acta: Albedrío, y preguntó: ¿refugiado? –mi albedrío en su voluntad– le contestaron.
Esta es la historia que acapara la actualidad social, al comprobarse una y otra vez la hipocresía y lo cínico de los gobiernos ante el drama terrible de quienes se aventuran a una mejor suerte. No todo es tan simple como una cuestión de causas y efectos; la situación es tan compleja que desborda nuestra capacidad de análisis y nos sitúa frente a la única realidad palpable: los miles de personas que deambulan perdidas en busca de una oportunidad de vida digna.
Sin pudor, algunos poderosos están convencidos de que los cientos de miles de refugiados que colman los puertos, las estaciones, los caminos y las plazas, lo hacen por propia voluntad, cuando la realidad hace evidente que ese libre albedrío está más bien sometido a la voluntad arbitraria y ruin de sus anfitriones. Para algunos, quienes abandonan sus hogares y transportan en brazos a sus hijos desfallecidos, lo hacen por capricho; y por si eso fuera poco, esos fantoches de la democracia, además, establecen categorías según el origen: blanco y fenotipo occidental: refugiados; el resto, son simples emigrantes y van detenidos (presos), en el mejor de los casos, a las estaciones migratorias o son abandonados a su suerte.
Para mayor burla, el derecho de asilo y protección a los refugiados, recogido en el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es letra muerta: campos de concentración fuertemente vigilados por el ejército, es la manera peculiar de entender un derecho de asilo que los Estados se han comprometido a respetar. Lo es también el principio de “no devolución”, por el cual “se prohíbe situar al refugiado, ya sea por expulsión o devolución, en las fronteras de territorios donde su vida o su libertad corran peligro”.
¿Qué no habíamos establecido como un principio fundamental el derecho a desplazarse libremente y elegir lugar de residencia? Vista la situación actual, no cabe mayor sarcasmo y descaro. Lo que se persigue no es sólo a personas indefensas, sino a la idea misma de libertad que a buen resguardo.
Más allá de la hipócrita retórica constitucional, no podemos olvidar que el poder decidir libremente el curso de nuestras vidas, constituye un derecho humano inalienable, sin importar origen o situación coyuntural.
¿Por qué se protege la libre circulación global de capitales, y no la libre circulación de las personas?
Tendríamos que hacer nuestro el sentimiento de Ricardo Flores Magón: “Mi patria el mundo entero”; y añadir, “mi albedrío en mi voluntad”. (Diego Latorre López, El Heraldo de México, Editorial, p. 18)