Tanto en México, como en los Estados Unidos, Europa y gran parte del mundo, nos negamos a ver lo que viene, mejor dicho, lo que va a seguir durante mucho tiempo: las grandes migraciones que ningún muro podrá parar. Nuestro secretario de Relaciones Exteriores bien puede presumir de nuestro papel de polizonte y vanagloriarse de haber reducido en un 56% el flujo migratorio hacía los EU, Donald Trump bien puede reclamar que es insuficiente, la realidad es la realidad.
Ciertamente, Estados Unidos no conoce la depresión de la natalidad que hace que en países como España el número de las defunciones supera el de los nacimientos, pero el movimiento migratorio de los pueblos “jóvenes y exuberantes” es irresistible. Marcelo Ebrard dijo hace poco que la tercera parte del flujo migratorio interceptado por nuestras autoridades está compuesta por mexicanos, y las dos terceras partes por centroamericanos.
En el siglo XX y en el siglo XXI, los 20, 40, 80, 120 millones de mexicanos emprendieron una reconquista. Nuestro crecimiento demográfico se va frenando, pero detrás de nosotros vienen los centroamericanos y demás venezolanos, colombianos, ecuatorianos, peruanos, que llegan también a la “vieja Europa”.
Toda la historia de la humanidad, desde que el Homo sapiens salió de África hace 150,000 años, está hecha de migraciones. Con el peligro de la reacción de rechazo a la cual asistimos, no solamente en los Estados Unidos y en Europa, sino en todas partes, empezando por nuestro México. (Jean Meyer, El Universal, Opinión, p. 12)
Algo que puede sonar, a oídos mexicanos, distante y, tristemente, intrascendente, pero que resulta mucho más relevante y cercano de lo que podríamos imaginamos para la actualidad de nuestro país. El Nobel de la Paz de este año no sólo es para Ahmed, sino para Etiopía y para Eritrea, y para el Cuerno de África en su conjunto, una de las regiones más volátiles y quizá también más golpeadas por los efectos adversos de la globalización, en lo político, lo económico, lo social, lo climático y lo ideológico.
Así lo admite el mismo Comité Nomego cuando dice que el premio reconoce de igual forma a todos los involucrados en la paz y la reconciliación en las regiones del este y del noreste de África. Una de las zonas del mundo que más migrantes ha generado en el último cuarto de siglo. Durante la década que estamos cerrando, decenas de miles de personas buscaron por todos los medios alejarse de un conflicto que les hundía en ciclos imparables de violencia y pobreza; en el caso eritreo, la conscripción obligatoria, para hombres y mujeres, en un estado autocrático y militarizado, hacía del migrar la vía única para sobrevivir. El Premio Nobel de la Paz del 2019 corona esfuerzos aún por concretar que lleven a parar una sangría humana que ya ha durado demasiado. Quizá, entre sus múltiples consecuencias a futuro, esté también la solución a conflictos tan longevos, sangrientos y generadores de migrantes y refugiados como los de Somalia y Sudán del Sun Mientras eso sucedería necesidad de africanos, del Cuerno de África y más allá, de buscar nuevas vidas y futuros allende sus países y lugares de origen es real y justificada, y debiese ser apoyada y acompañada. (Diego Gómez Pickering, Reforma, Opinión, p. 7)
De Noruega a Nueva Zelanda, de Charlotte a Pittsburgh pasando por el reciente suceso de El Paso, Texas; en todos estos casos hay un patrón similar: han sido masacres perpetradas por homicidas solitarios que decían sentir o tener una motivación de odio en contra de las víctimas, aunque ni siquiera conocieran o supieran de qué personas se trataba, de si eran en lo individual buenos ciudadanos, gente normal e inocente que llevaba una vida sin contratiempo alguno. Todo como producto de una manipulación previa, en la que se anidó la reticencia y el coraje, como parte de un proceso en donde ganó el estereotipo que indirectamente medios, redes sociales, líderes políticos, y en casos extremos, grupos supremacistas, han fomentado irresponsablemente en la sociedad.
Pero el error no está en el derecho, sino en el hecho, en los actos de irresponsabilidad de ciertos actores, que promueven directa o indirectamente y sin medir consecuencias, el odio de unos contra otros, sin reparar que en muchos casos son ciudadanos de un mismo país, que comparten en principio los mismos valores e intereses, como nación.
En las que son consideradas sociedades abiertas, el ciudadano sea de donde sea, es respetado porque forma parte de un acuerdo llamado ley, del cual se desprenden derechos fundamentales que aplican por igual a todos. A cambio, le piden al mismo ciudadano que respete los valores con los que se conforma toda la sociedad política en la que se está integrando. Es un buen acuerdo, para que todo migrante pueda tener opciones y mejores oportunidades de vida en otro lugar, siempre y cuando se adapte al nuevo sistema, y no a la inversa.
En años recientes, este modelo ha cambiado y se ha vuelto más rígido, por decir lo menos. En las aspiraciones de todo migrante no documentado, comparto el sueño de Martin Luther King, con un futuro en donde las niñas y niños sean observados por el contenido de su carácter y no por el color de su piel, estatus migratorio o el estereotipo con el que nos quieran etiquetar. (Jorge Islas, El Universal, Opinión, p. 13)
El pasado 8 de mayo el INE aprobó los “Lineamientos que establecen las características generales que debe cumplir el Sistema de Voto Electrónico por Internet para las y los Mexicanos Residentes en el Extranjero” (INE/CG243/2019). Sin detenerme a analizar las múltiples y válidas razones que existen para que los mexicanos residentes en el extranjero puedan ejercer su derecho al voto en los procesos electivos que se realizan en México, me referiré sólo a dos aspectos que dan un sello particular a este caso y le imponen serios desafíos.
En primer lugar, nuestra población migrante aporta sustanciales beneficios económicos, no sólo a los países en que reside y trabaja, sino también a México. La derrama de recursos que provienen de mexicanos residentes en el extranjero, principalmente en EU, es muy caudalosa.
Con base en las cifras más recientes del Banco de México, nuestro país recibió, en los primeros ocho meses de este año, 23 mil 899 millones de dólares de sus ciudadanos residentes en el extranjero. Constituye la segunda fuente de divisas de México, después de las exportaciones automotrices. Esas remesas tienen un impacto benéfico en la economía popular, particularmente en la rural, y de paso comprueban el estrecho arraigo que mantienen con sus comunidades de origen. (Rodolfo Torres Velázquez, La Crónica de Hoy, Opinión, p. 3)
Otra derivación es el modo de combatir el mal. Abrazos, no balazos. Lo que nunca ha ocurrido en la historia humana ocurrirá en México. La pauta legal que castiga el crimen desde el Código de Hammurabi hasta las constituciones vigentes en todo el mundo se detiene en la Cuarta Transformación. Vivimos una Nueva Era que algún día borrará la injusticia social, raíz del mal. Entonces no habrá criminales. Entonces seremos felices. Mientras tanto reina la impunidad.
A partir de esa premisa se entiende que el ejército, la institución más querida y respetada de los mexicanos, esté siendo desvirtuado en sus labores esenciales, tentado por una tajada de poder (y, no nos engañemos, de dinero) y dedicado a la valiente tarea de defender el suelo patrio de esos peligrosos “masiosares”, esos extraños enemigos que son los migrantes centroamericanos. A partir de esa premisa se entiende que la fuerza pública se doblegue no solo ante el crimen organizado sino ante el crimen desorganizado, el que ocurre en las calles y las plazas del país, donde los delincuentes comunes han entendido que tienen carta blanca. (Enrique Krauze, Reforma, Opinión, p. 8)