Opinión Migración 210321

Ciudad Juárez: depósito migrante

Desde hace poco más de una semana, Ciudad Juárez se ha convertido en el depósito de cientos de familias migrantes centroamericanas retornadas a México bajo el Título 42. Con la pandemia como excusa, regresan migrantes de forma expedita, violando su debido proceso y el derecho que tienen a solicitar asilo o a que su caso sea analizado por alguna corte de inmigración. Migrantes que ingresan a Estados Unidos por diferentes puntos de la frontera, incluso aquellos que cruzaron por Tamaulipas y se encontraban en albergues migratorios en McAllen, Texas, son retornados cada día por la frontera juarense.

Para muestra un botón. El pasado jueves, alrededor de las dos de la tarde, llegaron cinco autobuses por el Puente Internacional Paso del Norte con cerca de 150 migrantes, en su mayoría familias con niños pequeños. En fila, guiados por los agentes estadounidenses, fueron entregados a las autoridades migratorias del Estado de Chihuahua. Los testimonios son desgarradores: Angélica, de Nicaragua, rompió en un llanto inconsolable al enterarse que estaba en territorio mexicano pues, al igual que muchos otros, le dijeron que la llevarían a otro albergue en el norte de Estados Unidos. Norma, de 25 años, relata haber estado con sus hijos de tres y seis años durante tres días en la “hielera” (centros de detención migratoria conocidos así por las bajas temperaturas a las que someten a los migrantes).

A José y su familia, de Guatemala, los despertaron a las 3 am y los subieron a un avión sin decirles a dónde los llevaban. Mencionó, entre sollozos, que no podía creer que los hubieran regresado a México, preocupado por los 8 mil dólares que pidió prestados para pagar al pollero y que no podrá devolver si lo regresan a su país. Una vez en México, las autoridades migratorias del Estado de Chihuahua les dieron alimento y canalizaron a aquellos que querían volver a sus países con la Organización Internacional para las Migraciones. Asimismo, cerca de 70 personas que no tenían dónde pernoctar fueron llevadas al albergue Pan de Vida, dirigido por Ismael, quien los integró a los 200 migrantes que ya se encontraban en el lugar.

“Si no nos mata el hambre, nos mata la mara”, señaló uno de ellos. Engañados por traficantes y con la esperanza de que el cambio de gobierno en Estados Unidos les permita el ingreso, realizan el viacrucis migratorio pagando entre 8 y 12 mil dólares, huyendo de la violencia homicida, de las amenazas de muerte y de las dificultades económicas agravadas por la crisis sanitaria y los recientes huracanes Eta y Iota que devastaron la región en 2020.

“Nos dieron gato por liebre”. Una de las promesas del gobierno de Biden ha sido justamente la terminación del programa Permanece en México, violatorio de los derechos humanos y principios internacionales que obligaba a los solicitantes de asilo en Estados Unidos a seguir sus procesos del lado mexicano. Sin embargo, de continuar el regreso de centroamericanos bajo el Título 42, la situación se puede agravar y resultar incluso peor que el programa de su antecesor. Estos migrantes no cuentan con registro alguno de haber estado en territorio estadounidense. Una pulsera de papel plastificado con su nombre y un código de barras, además de la devastadora experiencia, es lo único que guardan. Tampoco hay certeza de cuántos han regresado ya que muchos han sido abandonados en cruces y horas atípicas, sin previo aviso a las autoridades mexicanas. Es fundamental saber si estas prácticas y regreso por Ciudad Juárez son una decisión unilateral del gobierno estadounidense o se realizan en acuerdo con el gobierno mexicano y bajo qué condiciones.

Esta respuesta del gobierno estadounidense ante la llegada de un mayor número de migrantes y de menores no acompañados debe ser analizada junto con la presencia de cientos de centroamericanos en el Puente de Reynosa intentando cruzar la frontera, con el préstamo de vacunas AstraZeneca por parte de Estados Unidos, el relanzamiento de la Guardia Nacional en la frontera sur de México y la creciente polarización ocasionada por el rechazo republicano a las políticas migratorias propuestas por Biden. (Eunice Rendón, Reforma, Opinión, p. 10)

Cadeneros de Centroamérica

“Para completar el mes fui cadenero por las noches un tiempito; de esos que trabajan afuera de los antros. La orden que me dieron fue tajante: ‘No dejes entrar a nadie que se parezca a ti’, así que solo le daba chance a güeritos y de nariz afilada con cara de comercial de la tele. No me pareció muy correcto ni muy digno para mi persona, pero eso permitió que mi hijo estudiara la prepa”. La cita es de la novela Milena, el fémur más bello del mundo, que escribí hace siete años, pero la he traído en la cabeza durante unos días, desde que vi imágenes de contingentes de la Guardia Nacional desplazándose a la frontera sur para impedir el ingreso de ilegales de Centroamérica. Entiendo que hay razones geopolíticas y muchas variables en juego, pero no he podido escapar al símil: cadeneros que evitan el paso de otros que se les parecen tanto, para no molestar a los güeritos que viven más arriba. Una tarea penosa pero necesaria, en este caso no para pagar la prepa del hijo, pero sí para conseguir vacunas.

No se trata de satanizar a los cadeneros; en última instancia están haciendo su trabajo. Pero sí habría que señalar que el hecho de que exista tan ingrata tarea es en sí mismo un testimonio de las profundas desigualdades de raza y clase social que existen, sea que hablemos de países o de centros de diversión nocturna.

Las autoridades han negado que la decisión de intentar sellar la frontera sur sea en respuesta de una petición del vecino del norte. Pero esa declaración parecería ser, más bien, una expresión de pudor; coincide puntualmente con el anuncio por parte de Estados Unidos de que “prestaría” 2.5 millones de dosis de vacunas AstraZeneca, luego de hacerse los remisos durante varias semanas.

La graciosa concesión, y por demás está decir que Estados Unidos no tiene amigos sino intereses, se da en momentos en que Biden experimenta el primer contratiempo serio de su administración, justo por motivos migratorios. Después de un arranque idílico del nuevo Presidente con la opinión pública, gracias al dinamismo mostrado para acelerar la vacunación y un paquete de rescate económico de dimensiones históricas, sus adversarios políticos encontraron en el tema de ilegales un flanco débil y lo están explotando activamente. Han puesto al Presidente contra la pared. Y es que las medidas humanitarias de su Gobierno en esta materia, con las cuales intentaba contrarrestar la política autoritaria e intolerante de Trump, se han vuelto en su contra. Las promesas de legalización a los residentes sin papeles o atender las peticiones de asilo en propio suelo estadounidense (y no en México, como venía sucediendo) provocaron un repunte inmediato y notorio de inmigrantes.

Para desgracia de esta bienintencionada disposición de Biden, la crisis económica generada por la pandemia y sus brutales efectos sociales en México y en Centroamérica, han acelerado desmesuradamente los flujos migratorios. A mayor penuria y disminución de oportunidades locales, obviamente, mayor desesperación por buscar “el sueño americano”. Eso, y la percepción de que por fin se han abierto ventanas de oportunidad legales tras la salida de Trump, han generado una presión sobre la frontera que a su vez se ha traducido en una presión política terrible sobre Biden, propinándole sus primeras abolladuras.

Los republicanos se relamen anticipadamente de lo que eso puede significar en los comicios intermedios programados para el año que entra. Como resultado Biden comienza a experimentar una creciente presión desde adentro de su partido, al grado de sentirse obligado a decir que el aumento de oleadas de migrantes no tiene relación con sus decisiones. Sin embargo, también hizo un exhorto a mexicanos y centroamericanos: “No vengan (…) No dejen su ciudad o comunidad”, pidió en una entrevista con ABC News. Pero más allá de sus palabras, las cifras ofrecen un arsenal de municiones a Trump y los conservadores para enardecer a la opinión pública.

La inesperada vulnerabilidad de Biden arroja un importante recurso de negociación al Gobierno mexicano, que no había iniciado con el pie derecho las relaciones con la nueva administración demócrata. La Casa Blanca necesita que su vecino del sur no abra las compuertas a los flujos migratorios procedentes de Centroamérica. La tarea de cadenero en la frontera sur súbitamente se ha convertido en una carta mágica que eventualmente puede ser negociada en otros ámbitos más desventajosos de la agenda bilateral (cambio climático, seguridad pública y drogas, relaciones comerciales, aspectos laborales y un abundante etcétera).

En este punto, en realidad, los intereses de México estarían alineados con Biden (e insisto en este punto, no en otros). Si la presión doméstica sube de tono, el nuevo Presidente se sentirá tentado a ceder en su ambiciosa propuesta a favor de los ilegales, que supone la ciudadanización de millones de paisanos y la reunificación de miles de familias. Quiera o no, el Gobierno de López Obrador tiene un margen de maniobra en esta coyuntura, pues dependiendo de lo que haga en su frontera sur, puede aumentar la presión sobre Biden o, por el contrario, contribuir a aligerarla.

Hay una dimensión ética, desde luego, en esto de intentar sellar el paso de centroamericanos. Pero también hay una responsabilidad con los muchos mexicanos que trabajan en condiciones precarias y han sido, en palabras del propio AMLO, los verdaderos héroes de la crisis provocada por la pandemia gracias a las remesas. Ahora Biden intenta hacer algo decisivo para la seguridad jurídica y el bienestar de millones de ellos y lo que haga México puede ser un factor que ayude a lograrlo. Duras realidades.

Lo dicho, fungir de cadenero no es una tarea admirable pero, como dice el personaje de Milena, ayuda a pagar las cuentas. En nuestro caso, al menos, ya nos consiguió vacunas. (Jorge Zepeda Patterson, Sin Embargo, Online)

Rayuela

Qué empuje el de los migrantes al ejercer su derecho de fuga (Redacción, La Jornada, Cp.)

Los que se van… Una mirada a lo lejos

A los muchachos no se les puede detener. Son como el agua. Son libres y buscan su cauce. No importan los diques. No importan las represas. No importan los canales artificiales. Ellos que son agua buscan la salida y siguen la corriente… y ya no hay forma de regreso… qué le vamos a hacer”.

Estas fueron, más o menos, las palabras del abuelo cuando Memo decidió que se quería ir a trabajar a Estados Unidos; lo había pensado mucho tiempo; ya no se le veía a gusto por ahí. Se reunía con sus amigos de la esquina cada tarde, luego del trabajo en el campo, y llegaba pensativo. Algo se traía.

Al final se armó de valor y habló con el abuelo para decirle que se iba a trabajar “al otro lado”, que quería ver si podía mejorar su situación. Que le habían dicho que allá siempre hay trabajo y que era cosa de ponerse “buzo” y que nada más “es cosa de adaptarse”… y de “aguantar”.

Ella, la madre, le insistió con cariño en que lo pensara bien. Que qué iba a hacer por allá “a navegar” en quién sabe dónde y con quién. Le aseguraba que no es lo mismo que estar en casa en donde está la familia y aunque sea frijoles y tortillas, pero no faltará… Todo eso. Y nada. La respuesta era el silencio respetuoso: La decisión estaba tomada. Se iba “de mojado” a Estados Unidos.

¿Qué era irse a “otro país”? ¿Qué era arriesgarse en tierra ajena? ¿Qué era que a lo mejor ya no volvía? Yo apenas con un palmo de años no comprendía qué significaba que se fuera, si todos los días temprano y hasta muy noche se iba a trabajar. Si cada mañana salía y regresaba, aunque fuera con cara de preocupación. Era mi medio hermano, el mayor de nosotros, y yo lo iba a extrañar.

Así que un día cogió sus cosas. El abuelo quiso darle unos centavos, pero no los recibió. Dijo que con lo que llevaba le alcanzaba, pero que si necesitaba le mandaría a avisar. No llevaba mucha ropa. Le dijeron que llevara nada más lo necesario. Pero sí una chamarra gruesa porque a lo mejor les agarraba el frío en el camino.

Ese día se levantó temprano. Todos nos levantamos para despedirlo. Estuvimos en el gran patio de la casa, debajo del laurel. Hacía frío. El cielo cuajadito de estrellas. Madre lloró. Mis hermanos sollozaban y se hacían a un lado. El abuelo se aguantó las ganas de llorar y con el pretexto de la gripa se sonaba y se sonaba la nariz. Memo también estaba con ganas de irse, pero también de no irse.

Se le notaba porque alargaba la despedida. Las recomendaciones para cada uno de nosotros… Y de “cuiden esto” y “no vayan a descuidar lo otro”, “acuérdate que le debo a tal-tanto…” y así. Hasta que se fue. Con su caja de cartón atada con un mecate. Una chamarra tipo cotorina a cuadros rojos y blancos, botas de campo, sombrero y muy erguido salió con paso firme. No volteó más. Se fue…

¿Cómo hizo para cruzar? ¿Qué aventuras tuvo que vivir? ¿Qué peligros tuvo que enfrentar? Mucho tiempo después lo supe porque nos mandaba cartas de tiempo en tiempo. Estaba en California. En ellas nos relataba cómo vivía, lo que hacía, lo que comía. Y preguntaba mucho. En cada sobre mandaba un billete verde. No sé de cuánto. Abuelo lo guardaba: “para cuando regrese”. Como fue.

Y con el tiempo supe que muchos-muchos jóvenes se fueron así, como Memo. De todo el país. Dejaron sus casas. Dejan sus casas. El hogar. Se fueron porque querían vivir mejor. Querían salir de la pobreza y soñaban con una vida más plena y con el todo cumplido para la familia.

El campo estaba desahuciado. No había trabajo. No había oportunidades. El gobierno a vuelta y vuelta con los famosos apoyos que nunca llegaban y cuando llegaban era porque ya se tenía hipotecada la cosecha con ellos mismos y los créditos los daban mediante una “cuota”. Y los intermediarios voraces.

Porque la mayoría de los que se van para ir a trabajar “allá” lo hacen por necesidad –pocas veces por gusto–. Nadie deja el hogar “porque sí”. Nadie quiere ir a ver qué significa “amar a Dios en tierra ajena”.

Algunos regresan de tiempo en tiempo, como los golondrinos. Vienen el fin de año para encontrar el calor de la tierra, para ver a la familia, para estar con la mujer –cuando son casados- para dejarla embarazada y para salir de regreso apenas despunta el año nuevo.

En Michoacán hay pueblos a los que se les decía “de viudas”, porque la mayoría de los hombres en edad de trabajo se iban todo el año y en el pueblo a lo largo del ciclo sólo quedaban mujeres y ancianos: Tocumbo, Santa Inés, Tlazazalca…

Luego, ya se van también mujeres. Y cargan con los niños. Hoy, en muchos casos, la emigración es familiar. Es salir juntos para vivir juntos la aventura y la consolidación que se espera. Aunque haya riesgos. Aunque haya abusos en el camino. Aunque haya peligro con malhechores que viven de ellos para “cruzarlos” o para perderlos en el camino.

Aunque haya atropellos de la Border patrol estadounidense y de sus autoridades. Aunque los maltraten y el racismo aún persista y los afrente y los agobie,

Así ha sido desde 1964 cuando se dio por terminado el “Programa Bracero”, aquel impulsado por los estadounidenses en 1942 porque les urgía mano de obra mexicana-barata, luego de su crisis económica por la Segunda Guerra Mundial. Y les prometió el cielo y las estrellas. No era tan así, pero se supone que vivían sin el “¡Jesús, en la boca!” por la posible expulsión.

Es que vino la reacción y los líderes sindicales estadounidenses repudiaron a los trabajadores mexicanos que llegaban y los acusaron de que por su culpa los trabajadores gringos no ganaban lo suficiente y que no era necesaria la mano de obra mexicana, que ellos podían solos con el trabajo, porque era de ellos. César Chávez fue el insistente defensor del trabajador estadounidense.

De todos modos allá están. Según cifras 2020 del gobierno estadounidense, de una población de casi 57 millones de latinos en EU, más del 63% es de origen mexicano, es decir, más de 36 millones de personas nacidas en este lado. “Puro mexicano…”

Esto incluye a los inmigrantes mexicanos que residen en EU y a los estadounidenses que, en el censo, se identifican de origen mexicano. Están dispersos en todo el territorio estadounidense. Documentados o no. Trabajadores, muy trabajadores todos ellos, y contribuyen al fortalecimiento de la economía de aquel país, aunque su representación legislativa sea mínima y los apoyos sociales se les regateen y se les administren las leyes a cuenta gotas, o se les persiga y se les deporte.

Y son ellos mismos los que contribuyen día a día en el fortalecimiento de la economía mexicana. Y con esos recursos se hacen obras y se solucionan formas de vida en comunidades a las que el apoyo del gobierno sigue sin llegar y el mismo gobierno, tanto federal como estatales o municipales, se atienen a la llegada de esos recursos.

Hace unos días, el presidente López Obrador dijo eufórico que en 2020 se rompió récord de remesas enviadas “por nuestros hermanos” mexicanos en Estados Unidos. Según informe del Banco de México, las remesas recibidas entre enero y noviembre de 2020 sumaron 36 mil 945 millones de dólares, diez por ciento más que en el mismo lapso del año anterior. Y bombos y platillos.

Quizá hubiera sido mejor que se quedaran aquí; a construir su vida aquí; sin rezagos; sin olvidos; sin quebrantos cotidianos; sin necesidad de algunos convertirse a la delincuencia para ser parte de una forma de rebelión social-criminal también; ilegal-también.

¿No hubiera sido mejor que se quedaran aquí, en tierra propia con trabajo bien remunerado, con su gente, con su familia, con sus padres-esposas-esposos-hijoshermanos-amigos-cuates?

¿No hubiera sido mejor generar empleos, trabajo, desarrollos agrícolas e industriales y de servicios con beneficio para los que están aquí y quieren estar aquí para hacer crecer al país, para fortalecerlo, para hacerlo único? ¿No sería mejor decir: “Tengo estos proyectos de desarrollo”, en lugar de pedir-implorar por un “nuevo Plan Bracero” para los mexicanos que se van?

Memo ya no regresó. De pronto dejó de mandar cartas. De pronto no se supo nada de él. De pronto se le buscó por cielo, mar y tierra. No se supo de él. Si vino a México alguna vez. Aún alcanzó a platicar con el abuelo quien le entregó lo que había juntado y que era de él. Después se perdió. Como aquella madrugada cuando se fue de Oaxaca, con su caja cargada de recuerdos… y de olvidos. (Redacción, El Sol de México, Hojas de Papel Volando, p. 34)

Bajo Reserva//NY, nuevo frente electoral

Hablando de Estados Unidos, en donde ya se alistan los afiliados al partido oficial para la promoción electoral, es en Nueva York. Simpatizantes de Morena en la cosmopolita ciudad comenzaron a llamar a la población mexicana a iniciar la campaña a favor del partido en el gobierno. Convocaron ya a los connacionales a que a partir de este domingo se inscriban para comenzar a armar el padrón de militantes y simpatizantes de Morena en Nueva York y Nueva Jersey y armar la campaña. ¿En qué consistirá la estrategia de convencimiento? Quizá es pronto para saberlo, pero algunos líderes migrantes ya han expresado preocupación sobre la posibilidad del uso del padrón de connacionales en manos de las autoridades mexicanas. (Bajo Reserva, El Universal, p. 2)

Las vacunas y la providencia

La gestión de las vacunas contra covid muestra un paso lento, zigzagueante y aleatorio cuando el país llega oficialmente a las 200,000 muertes. El plan de vacunación se mueve por un camino que parece guiado por la esperanza casi teologal de que alguna figura divina otorgue el bien prometido, como ahora el “préstamo” de 2.7 millones de dosis de EU a México. Pero esa manera de llevar la inmunización también revela la opacidad en el manejo del gasto de las instituciones encargadas de comprarlas y atender la emergencia sanitaria.

La campaña tiene un ritmo crítico, aunque el nuevo embarque la reactive. Pero el reparto de excedentes estadunidenses no deja de tener algo de providencial, aunque se origine en una petición de ayuda de López Obrador ante el retraso de su llegada a México. Y lo tiene porque nos libra de un daño inminente, pero por coyunturas ajenas al plan, como la protección de las fronteras socioeconómicas de América del Norte, ya sea de los contagios de virus o de la presión de la migración. Las contraprestaciones no son claras, como ocurre con los acontecimientos inesperados.

La reserva de la negociación da lugar a especular sobre algún truque de vacunas por reforzar el compromiso de contener la migración, pero más importante que esto es observar que el salvamento confirma que la opacidad ha sido la constante del proceso. La falta de acceso a la información sobre contratos con laboratorios y del ejercicio del gasto imprimen un sello un tanto providencial a la vacunación, todo lo contrario a la posibilidad de planearlo. Si llega la tercera ola “que nos agarre vacunados”, diría el Presidente, o confesados, se podría agregar.

El costo de no planificar es alto en vidas, pues sin información sólo queda caminar a ciegas o esperar que la inmunidad de rebaño llegue por el contagio de la epidemia.

México ha denunciado en la ONU el “acaparamiento” de vacunas de los países más desarrollados, pero el gobierno no ha rendido cuentas sobre la aplicación de los recursos y los obstáculos internos para la inmunización. Tuvo varios meses para planear, negociar y concretar las compras desde que decretó acciones extraordinarias para enfrentar la emergencia sanitaria en marzo de 2020, que incluía la autorización de adquisiciones directas sin licitación pública. Sin embargo, no se ha informado en qué se gastaron unos 73,000 millones de pesos que se transfirieron al Insabi desde el Fondo de la Salud para el Bienestar y que servirían para obtenerlas. Además de que clasificó como confidenciales, por cinco años, los contratos con las farmacéuticas, aunque laboratorios como Pfizer publicaron listas de países y México no aparecía en ellas. La falta de transparencia impide saber los recursos erogados, los métodos de contratación y la cantidad de dosis pactadas, que a la luz de los hechos nunca llegaron.

México y todo el continente está abocado a conseguir recursos para enfrentar la pandemia y evitar el descalabro económico. La emergencia justifica que el dinero debe usarse de manera rápida y efectiva, pero en los hechos se ha traducido en incertidumbre sobre los lotes y montos de vacunas y ausencia de rendición de cuentas de los gastos en la pandemia. La opacidad puede esconder sólo promesas de venta y contratos que nunca se cerrarán o, bien, recursos presupuestales que tampoco se canalizaron para adquirirlas.

En el Congreso se ha pedido un programa de auditorías emergentes de los gastos del presupuesto de 2020. Las experiencias en desastres en México y otros países demuestran que en una emergencia no es fácil asegurar que el dinero llegue a donde debe llegar. Cuando hay fraude o corrupción se pierde dinero indispensable para superar la crisis. Por ello la urgencia del acceso a la información para conocer, por ejemplo, el incumplimiento de los laboratorios por servicios contratados, si era el mejor precio y con la empresa idónea. En medio de la opacidad, la inmunización ha acabado por depender de la diplomacia o de préstamos. Cada tanto se celebra la llegada de aviones con embarques de la cooperación con gobiernos como Argentina, China o India para repartirlas, pero sin esclarecer que pasó con las farmacéuticas privadas ante posibles irregularidades por su manejo discrecional. Nada sería más dañino que encontrar corrupción en una emergencia que ha dejado a México como uno de los países con mayor exceso de muertes. (José Buendía Hegewisch, Excélsior, Nacional, p.14)