Opinión Migración 210326

Frentes Políticos

Mala custodia. La muerte de un migrante mexicano bajo resguardo del ICE colocó a la presidenta Claudia Sheinbaum frente a un expediente que trasciende la diplomacia y toca fibras internas de su proyecto. La exigencia de una indagatoria profunda busca marcar distancia con la versión oficial estadunidense: la presión mexicana deberá mostrar resultados en un terreno donde los gestos simbólicos son lo sustancial. Mientras Roberto Velasco, subsecretario de Relaciones Exteriores, afina la nota diplomática, en Palacio Nacional calibran costos. Firmeza sin ruptura, indignación sin escalada. Respeto a los derechos humanos. (Frentes Políticos, Excélsior, Nacional, p. 9)

ICE: letalidad impune

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo informó que su gobierno envió una segunda carta diplomática, en un tono “mucho más fuerte”, a Estados Unidos por el caso de Royer Pérez Jiménez, mexicano de 19 años que falleció esta semana mientras estaba detenido por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). La mandataria resaltó que su administración pide una investigación profunda y repudia las muertes de connacionales a manos de las autoridades migratorias estadunidenses.

Los decesos de extranjeros bajo custodia del ICE se han multiplicado desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. De los 11 registrados en 2024, se pasó a 31 en 2025, un incremento de 182 por ciento. Sólo en los primeros 74 días de este año, van 13 muertes, por lo que de continuar la tendencia se llegaría a una escalofriante cifra de 65 vidas perdidas en los campos de concentración que el trumpismo ha abierto o ampliado.

La letalidad se ha cebado sobre la comunidad mexicana, pues de una muerte en 2024 se saltó a ocho en el periodo siguiente, y en 2026 ha habido un deceso por mes. El panorama empeora al considerar que estos registros sólo hablan de quienes ya estaban en poder de ICE, no de las personas masacradas en las calles, como el mexicano Silverio Villegas y los estadunidenses Renée Good y Alex Pretti, todos ellos baleados por agentes uniformados y armados de paramilitares.

Más allá de los números, las causas de muerte reportadas por ICE dicen mucho de lo que ocurre en las cacerías humanas desatadas por Trump. “Cayó enfermo tras ser arrestado y murió al día siguiente”, “padecía varios problemas crónicos de salud; murió de un paro cardiaco”, “falleció a causa de un diente infectado”, “su salud estaba afectada por diabetes y colesterol alto”, “tenía un largo historial de severas complicaciones médicas y estaba enfermo cuando fue arrestado; colapsó de manera inesperada”, “insuficiencia cardiaca relacionada con problemas respiratorios, hepáticos y renales crónicos”, “expiró tras meses de hospitalización, debido, entre otras cosas, a complicaciones como neumonía, hipoxia y dificultad para respirar”. Varios casos, incluido el de Royer Pérez, se clasificaron como suicidios después de que se encontrara a los detenidos “inconscientes en sus celdas”. Estas historias, que muchas veces parecen encubrir episodios de brutalidad policial, permiten asomarse a la realidad de la política xenófoba: ICE no está arrestando a “lo peor de lo peor” ni a personas que amenacen a la seguridad pública –mucho menos a la seguridad nacional–. Está arrestando a moribundos.

Por otra parte, el incremento en la letalidad de los operativos y las instalaciones del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas podría deberse a las carencias formativas de sus elementos. Para acelerar las contrataciones de personal y cumplir sus cuotas autoimpuestas de deportaciones, la administración republicana redujo de 20 a seis semanas el periodo de entrenamiento de los reclutas, con la eliminación de lecciones acerca de protocolos para el uso de la fuerza y derechos constitucionales. También es significativo que esta dependencia del Departamento de Seguridad Nacional actualmente contrate 10 veces más agentes de deportación que los enfocados en contrarrestar amenazas a la seguridad nacional.

En suma, policías cada vez menos capacitados son enviados a secuestrar cada vez más personas bajo un esquema de cuotas que no contempla si las víctimas cometieron o no alguna falta, sea penal o administrativa, por lo que las muertes a manos de ICE son el resultado previsible de una fórmula diseñada para el desastre. Está a la vista el doble rasero de gran parte de la comunidad internacional, medios de comunicación y presuntos defensores de derechos humanos, pues si lo relatado ocurriera en otros países merecería la más dura condena, pero todo se normaliza cuando Estados Unidos es el perpetrador de violaciones sistemáticas a los derechos humanos. (Editorial, La Jornada, p.2)

Radar de libros / Fronteras de clase

Lea Ypi (Tirana, 1979) ha escrito un alegato radical contra el rumbo que desde hace tiempo ha tomado el debate sobre la inmigración. Específicamente, contra la fuerza que han cobrado dos lugares comunes. Uno es que los inmigrantes representan una amenaza económica: desplazan a la mano de obra local, deprimen los salarios o distraen presupuestos públicos (e.g., vivienda, salud, educación) que el Estado receptor podría dedicar a sus ciudadanos. El otro, que su extranjería encarna un peligro cultural: tienen costumbres diferentes, no se adaptan ni se asimilan, su presencia masiva menoscaba la cohesión nacional, etc. Para Ypi, esa manera de pensar el fenómeno soslaya dos aspectos fundamentales: la clase y el Estado.

Fronteras de clase (Anagrama, 2025) parte del hecho, empíricamente verificable, de que las fronteras nacionales nunca están del todo abiertas ni del todo cerradas. Se organizan, más bien, según normas que las ablandan o las endurecen dependiendo de quién quiere cruzarlas. Quienes tienen dinero, credenciales educativas o alta capacidad de inversión suelen encontrar vías preferenciales para entrar, residir, trabajar o naturalizarse; quienes carecen de esos recursos enfrentan sospechas, esperas, tramitología y exámenes que juzgan su “idoneidad”. La distinción no es neutral; obedece a un sesgo que premia la riqueza y el privilegio, mientras castiga la pobreza y la vulnerabilidad. Así, las políticas migratorias del Estado capitalista establecen criterios de acceso a la ciudadanía basados, directa o implícitamente, en la clase social.

No es que los conflictos redistributivos o identitarios atribuidos a la inmigración sean imaginarios; es que casi siempre están descontextualizados. Se los desprende de la economía política que los produce: la mala asignación de bienes públicos, la débil representación política de los trabajadores, la competencia entre pobres –locales e inmigrantes– en un mercado estructurado por la escasez y la precariedad. Y se olvida, además, que los Estados le exigen a los de “afuera” requisitos que en muchos casos los de “adentro” quizá tampoco aprobarían. Esa exigencia descansa sobre la ficción de una sociedad receptora homogénea, estable y unida por una cultura común, cuando en realidad también está cruzada por múltiples disparidades, disidencias y disputas. Sin ese contexto, la inmigración aparece como culpable de injusticias y ansiedades cuyas verdaderas causas están en otro sitio.

Para Ypi, los extravíos del debate sobre la inmigración están erosionando la promesa emancipatoria de la ciudadanía. Lo que alguna vez fue un ideal de inclusión y solidaridad se está degradando en un mecanismo de exclusión social que reproduce desigualdades y discrimina mediante pruebas de “mérito” que recuerdan antiguas barreras censitarias, más propias de un orden oligárquico que democrático. (Carlos Bravo Regidor, El Heraldo de México, La 2, p. 2)

El Anticristo de Peter Thiel

El pasado 17 de marzo, Peter Thiel se presentó en el Palazzo Taverna, en Roma, para pronunciar una conferencia en torno al Anticristo. Organizada como una ceremonia secreta por la Sociedad Vincenzo Gioberti -cuyo nombre hace honor al sacerdote que quiso resucitar los Estados Pontificios tras la reunificación italiana-, el lugar de la cita se difundió hasta el último momento a un grupo muy selecto de invitados, los cuales firmaron un acuerdo previo para no revelar su sentido. El cofundador de PayPal, y presidente de Palantir -la empresa de análisis de datos, al servicio del gobierno de Trump, que ha contribuido tanto a la expulsión masiva de migrantes como a la guerra de Irán-, en realidad ha venido pronunciando los mismos argumentos, que se han hecho suficientemente públicos, desde hace varios años, pero la puesta en escena resulta tan significativa como su mensaje.

Convertido al catolicismo gracias a la influencia de René Girard, Thiel lleva años tratando de unir su visión tecnocrática y aceleracionista con los dictados de la Iglesia: una mezcla a primera vista imposible. Nacido en Alemania y emigrado de niño a Estados Unidos, Thiel estudió en Stanford, donde, mientras chocaba con el ambiente feminista e inclusivo de esos años, se convirtió en uno de los alumnos predilectos de Girard. Célebre por su teoría mimética -la idea de que los individuos solo deseamos lo que desean otros-, para entonces el filósofo francés había tenido una conversión hacia un catolicismo y un conservadurismo radicales.

Desencantado ante lo que identificaba como limitaciones a la libertad de expresión y al crecimiento tecnológico, Thiel encontró en la teoría mimética la clave no solo para invertir y hacerse rico -Facebook, en donde invirtió antes que nadie, parecería la mejor expresión de las ideas de Girard-, sino para tratar de cambiar la forma de pensar en Silicon Valley. Cada paso que ha dado desde entonces, de la fundación de PayPal -al lado de Elon Musk-, como una forma de escapar de la supervisión del Estado, a apadrinar el ascenso político de J.D. Vance, ha tenido esta meta: subvertir la ideología dominante entre las élites tecnológicas y acercarlas cada vez más a su particular versión del aceleracionismo libertario-conservador (como él mismo se define).

Esta ha sido su cruzada y, en muchos sentidos, parece estar triunfando. Porque, si podemos desdeñar sus abstrusas peroratas teológicas, lo cierto es que, primero como asesor de Trump durante su primer mandato, y ahora como ideólogo en la sombra de J.D. Vance -su antiguo empleado, en cuya conversión al catolicismo tuvo gran peso- y otros altos cargos de su gobierno, ha contribuido a que los grandes líderes tecnológicos estadounidenses -de Musk a Bezos y de Zuckerberg a Altman- hayan terminado por alinearse con Trump y en particular con su visión del mundo.

En su conferencia de Roma, de seguro Thiel repitió lo que antes dijo en San Francisco: que el gran enemigo de nuestro tiempo es lo Woke: esa confusa etiqueta en la que cabrían tanto el feminismo como el ecologismo, las políticas inclusivas y lo políticamente correcto. Justo aquello que Trump y Vance se han dedicado a destruir desde que llegaron al poder. En lo que parece una boutade, Thiel ha llegado a decir que el Anticristo es Greta Thunberg. Quizá no le importa tanto la joven activista sueca como lo que representa: una fuerza antagónica, tan radical como la suya -y, en ese sentido, perversamente mimética-, que niega todo lo que él afirma.

En el reciente Apocalipsis y democracia (2026), Jordi Ibáñez Fanés da cuenta de la obsesión de Thiel por la llamada “ventana de Overton”: el rango de ideas que son aceptables por una sociedad. A la sombra de Trump y Vance, ha logrado que esta se amplíe para que, hoy, la salvaje cacería de migrantes o la intervención en Venezuela o Irán resulten paladeables a los estadounidenses. Igual que Trump, Thiel está en guerra: frente al Anticristo representado por la Ilustración y su fe en la igualdad, es mejor el Apocalipsis: el fin de esta época democrática y decadente y la llegada de un kathekon -otro término que toma de la doctrina judeocristiana-: la única figura capaz de retrasarlo y que él identifica con la alianza entre los oligarcas de Silicon Valley y la Iglesia de Roma. (Jorge Volpi, Reforma, Opinión, p. 9)

CARTONES

 

EL KU KLUX KLA-ICE

EL KU KLUX KLA-ICE

(El Fisgón, La Jornada, Política, p. 5)

 

ICE

ICE

(Jerge, La Jornada, Política, p. 13)