Vienen Macron y Carney
Desfile de visitantes distinguidos tendrá México en lo que resta de 2025. La presidenta Sheinbaum confirmó que la próxima semana vienen funcionarios del gabinete del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Posteriormente, el primer ministro de Canadá, Mark Carney; y después el presidente de Francia, Emmanuel Macron.
Dice que no son desplazados
Tremenda revelación hizo el fiscal de Chiapas, Jorge Luis Llaven Abarca. Resulta que los chiapanecos que se desplazaron hacia la aldea de Guailá, en Guatemala, no son refugiados, sino familiares de presuntos delincuentes, que incluso cuentan con orden de aprehensión. De eso, ya informó a las autoridades guatemaltecas. (El Heraldo de México, La 2, p. 2)
Kristi Noem Secretaria seguridad nacional de EU La funcionaria participó en el pintado en color negro de una parte del muro fronterizo en Nuevo México, aseguró que con este color aumentará el calor que concentran los barrotes, para impedir que migrantes puedan trepar para cruzar a EU. (Sube y baja, La Crónica de Hoy, La Dos, p. 2)
La migración ha sido una constante en la historia de América Latina, y en las últimas décadas ha cobrado relevancia tanto a nivel social como económico. La región se ha convertido en un importante punto de origen, tránsito y destino para migrantes, lo que ha generado un sinfín de efectos en las economías nacionales. En este contexto, comprender el impacto de la migración en la economía latinoamericana resulta esencial para entender las dinámicas de desarrollo, desigualdad y competitividad que atraviesan estos países.
Uno de los principales efectos de la migración en América Latina es el flujo de remesas, que ha constituido una de las principales fuentes de ingresos para varios países de la región. Según datos del Banco Mundial, en 2020 América Latina y el Caribe recibieron un total de 96,8 mil millones de dólares en remesas, lo que representó el 1,6% del Producto Interno Bruto (PIB) regional. Estos flujos financieros tienen un impacto directo en las economías de los países receptores, especialmente en naciones como México, Guatemala, Honduras, El Salvador y República Dominicana.
Las remesas no solo alivian la pobreza de las familias receptoras, sino que también impulsan el consumo interno, lo que a su vez favorece a las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), esenciales para el crecimiento económico en muchas economías latinoamericanas. A pesar de los efectos positivos, las remesas también reflejan una realidad compleja: una dependencia de los ingresos que provienen principalmente de la migración. Esto genera una vulnerabilidad económica para los países en caso de que los flujos migratorios se vean interrumpidos por políticas migratorias restrictivas o crisis económicas en los países receptores.
Otro aspecto importante de la migración es el flujo de trabajadores que migran dentro y fuera de América Latina en busca de mejores oportunidades laborales. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el 5,2% de la población latinoamericana vivía fuera de su país en 2020, con destinos populares como Estados Unidos, España y otros países de América del Sur.
La migración laboral puede ser una vía para incrementar la competitividad de las economías, ya que los migrantes, al acceder a trabajos en sectores donde la mano de obra escasea, contribuyen al dinamismo de diversas industrias. No obstante, la salida de trabajadores altamente calificados, conocida como fuga de cerebros, también tiene efectos negativos. Las naciones que enfrentan este fenómeno, como Venezuela y Nicaragua, ven cómo se pierde capital humano que podría contribuir al desarrollo de la ciencia, la tecnología y la innovación en el país.
Por otro lado, la llegada de migrantes a países receptores también tiene un impacto positivo en su productividad. Por ejemplo, en países como México, los migrantes provenientes de Centroamérica, a menudo con mano de obra barata, llenan vacíos laborales en sectores como la agricultura y la construcción. Esto permite que los sectores productivos se mantengan operativos, contribuyendo al crecimiento económico.
Además de la migración internacional, la migración interna dentro de los países de América Latina también juega un papel crucial. Millones de personas migran desde zonas rurales a urbanas, buscando empleo, educación y mejores condiciones de vida. Este fenómeno ha sido particularmente notable en países como Colombia, Brasil y México, donde el éxodo rural ha generado grandes flujos hacia las principales ciudades.
Este tipo de migración contribuye a la expansión urbana y al dinamismo de las economías locales, aunque también presenta grandes desafíos. El aumento de la población en las ciudades genera presión sobre los servicios públicos, la infraestructura y la vivienda, lo que puede derivar en problemas de pobreza urbana y desigualdad. Las economías de las ciudades deben encontrar formas de adaptar su infraestructura y servicios para aprovechar el potencial de los migrantes internos, creando empleos formales y oportunidades para la integración de estos trabajadores en sectores productivos.
El impacto de la migración en la economía latinoamericana no puede entenderse sin abordar las políticas públicas que afectan a los migrantes. En muchos casos, los migrantes enfrentan barreras significativas para acceder a servicios de salud, educación y empleo, lo que limita su capacidad para contribuir de manera efectiva a las economías locales. Las políticas migratorias deben centrarse en la inclusión social y económica de los migrantes, facilitando su integración y reduciendo las desigualdades que enfrentan.
Al mismo tiempo, los gobiernos deben gestionar de manera efectiva los flujos migratorios para evitar los efectos negativos de la migración irregular, que a menudo está vinculada a la explotación laboral y el crimen organizado. La cooperación regional en la gestión de la migración y la creación de un marco normativo común pueden ser claves para maximizar los beneficios de la migración en la economía.
La migración en América Latina tiene un impacto profundo en las economías de la región, tanto en términos de los beneficios inmediatos que generan las remesas y la mano de obra, como en los desafíos estructurales que presentan para los países de origen y destino. Es fundamental que los países latinoamericanos implementen políticas migratorias inclusivas y sostenibles que permitan aprovechar el potencial de la migración para promover el desarrollo económico, reducir las desigualdades y fomentar la integración social. La migración, bien gestionada, puede convertirse en un motor clave para la competitividad económica y la mejora de las condiciones de vida en toda la región. (Claudia Ivett Romero-Delgado, El Economista, Política y Sociedad, p. 42)
En la frontera con Estados Unidos, el muro volverá a cambiar de rostro. No será más alto ni más largo, pero sí más oscuro. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, anunció que todo el muro será pintado de negro. La explicación es directa: bajo el sol, el acero ennegrecido se calentará aún más, y eso lo hará más difícil de escalar. La pintura, dijo, también reducirá la corrosión. Una muralla ardiente como estrategia de seguridad.
La decisión se inserta en un plan de 46.5 mil millones de dólares para reforzar la frontera: terminar tramos inconclusos, instalar sensores y cámaras, añadir personal. Pero el detalle que captó la atención fue la pintura. A un costo de alrededor de 1.2 millones de dólares por milla, la operación puede superar fácilmente los cientos de millones. Una inversión enorme para que el acero absorba calor.
No es una ocurrencia improvisada. En 2020, Donald Trump ya había defendido la idea: pintar el muro de negro lo haría, según él, más intimidante y más difícil de trepar. Entonces se calculaba que el gasto rondaría entre 500 millones y 3 mil millones de dólares, dependiendo del tipo de recubrimiento. El proyecto se detuvo por caro e incierto. Hoy, con Trump de regreso en la Casa Blanca, se reactiva con la misma convicción: el calor como disuasivo.
La frontera estadounidense siempre ha sido laboratorio de símbolos. Desde la Secure Fence Act de 2006, que multiplicó los kilómetros de valla, hasta el fallido SBInet, que prometía un “muro virtual” con sensores y radares, cada intento revela la misma tensión: seguridad convertida en espectáculo político. El muro, más que barrera, es narrativa. Ahora, ennegrecido, busca proyectar dureza y control.
Pero la pregunta de fondo no es si la pintura funcionará, sino qué significa. ¿Acaso un muro más caliente disuadirá a quien huye de la violencia, de la pobreza extrema o de la persecución? Los migrantes ya cruzan ríos, desiertos y alambradas; ya enfrentan patrullas, extorsiones y mafias. Lo harán ahora con guantes más resistentes o por rutas más mortales. El muro negro no resuelve: desplaza.
Las críticas son inevitables: se trata de un gasto desproporcionado frente a un beneficio incierto, de una estrategia que inflige dolor de manera indirecta y de un recurso que, lejos de detener la movilidad, la empuja hacia caminos más riesgosos. Cada nueva capa de acero no disminuye la migración, la encarece y la vuelve más letal.
Lo que está en juego no es un color, es una visión. Pintar el muro de negro revela la decisión de seguir atrapados en la lógica del cerco: invertir miles de millones en ennegrecer el acero en lugar de invertir en cooperación regional, en vías legales y ordenadas, en atender las causas que obligan a la gente a marcharse. Es un gesto hostil disfrazado de técnica.
El negro no es casual. Es el color de lo impenetrable, de lo definitivo. Aplicado al muro, funciona como manifiesto político: la frontera no es concebida como espacio de tránsito ni de encuentro, sino como un territorio vedado. Una muralla incandescente que busca transmitir fortaleza, cuando en realidad expone debilidad.
En el fondo, el “black wall” no es innovación ni estrategia. Es un símbolo que confirma la inercia: la persistencia de un enfoque que reduce un fenómeno humano complejo al grosor de una lámina de acero. El sol lo calentará, sí, pero lo que se consume no es la piel de quien intente treparlo, sino la oportunidad de pensar una política migratoria a la altura de su tiempo.
Antes del fin
Pienso en La caverna de Saramago, donde los muros no protegen: reducen el horizonte hasta que las personas olvidan que existe un afuera. El “black wall” parece construido desde la misma lógica: una frontera ennegrecida que, en vez de abrir perspectivas, encoge la imaginación política. El calor del acero busca alejar cuerpos, pero lo que en realidad revela es un encierro mental.
Al final, todo muro es también interior: refleja miedos, obsesiones y límites de quienes lo levantan. Y como en la obra de Saramago, lo que se pierde no es solo el tránsito de quienes quedan afuera, sino la posibilidad de quienes están adentro de reconocerse en el otro. Pintar de negro un muro no oscurece el paso de los migrantes; oscurece la capacidad de un país de mirar hacia adelante. (Nadine Cortés, El Financiero, Opinión, p. 28)
El presunto proyecto Portero, anunciado por la DEA como un plan binacional para golpear a las redes criminales que controlan el trasiego de drogas y armas, encendió una polémica inmediata. El gobierno mexicano respondió que no existe tal acuerdo y aclaró que lo único que hubo fue un taller de capacitación en Texas. La presidenta Sheinbaum precisó además que cualquier acuerdo en seguridad debe formalizarse con el gobierno de Estados Unidos y no con agencias específicas, y adelantó que está prácticamente listo un nuevo convenio bilateral basado en soberanía, confianza mutua y coordinación sin subordinación.
Este nuevo diferendo no es un asunto menor. Vuelve a poner sobre la mesa la tensión histórica entre la necesidad de cooperar con Estados Unidos y la obligación de preservar la soberanía nacional. El debate no radica en si conviene o no trabajar con nuestro vecino en la lucha contra el crimen organizado. La verdadera cuestión es cómo hacerlo sin improvisaciones, sin anuncios unilaterales y sin menoscabo de nuestro orden constitucional. México no rechaza la cooperación, pero exige que se realice bajo reglas claras, con respeto mutuo y con control democrático.
La Constitución es categórica al señalar que la conducción de la política exterior corresponde al Ejecutivo y que, tratándose de convenios internacionales, el Senado debe participar. Ningún entendimiento con agencias extranjeras puede colocarse fuera de esos cauces. Cuando se intenta actuar al margen de la ruta institucional, el resultado no es cooperación genuina sino tensiones y desconfianza.
La experiencia reciente lo demuestra. La operación Rápido y Furioso permitió la entrada clandestina de miles de armas que terminaron en manos del crimen y costaron vidas. La Iniciativa Mérida ofreció recursos y capacitación, pero bajo un diseño desigual que redujo a México a simple receptor de instrucciones. Ambos casos dejaron la misma enseñanza: sin legalidad, sin transparencia y sin verdadera corresponsabilidad, la cooperación se convierte en un riesgo mayor que la amenaza que pretende enfrentar.
El desafío ahora es concretar la construcción de un nuevo marco de colaboración que combine agilidad operativa con respeto irrestricto a la soberanía, que trascienda coyunturas y gobiernos, respete la Constitución, fortalezca nuestras instituciones y establezca mecanismos de confianza. México puede cooperar de manera eficaz y, al mismo tiempo, reafirmar su dignidad. Se trata de trabajar junto con Estados Unidos como iguales y no como tutelados, y de asumir que la seguridad regional sólo puede sostenerse con obligaciones recíprocas. Frenar el flujo de drogas hacia el norte exige también detener el tráfico de armas y dinero hacia el sur.
La verdadera soberanía no se preserva con críticas mediáticas ni con nacionalismos huecos. Se ejerce diseñando reglas claras que permitan colaborar con aliados sin claudicar principios. Esa es la lección que deja la polémica del proyecto Portero. La cooperación es posible y necesaria, pero sólo será legítima y duradera si se construye sobre el respeto mutuo y el imperio de la ley. Y para lograrlo, es indispensable confiar en que nuestro gobierno tiene la capacidad de conducir esa relación con firmeza, dignidad y responsabilidad. (Jorge Nader Kuri, El Universal, Opinión, p. 14-15)
Las remesas son mucho más que dinero que cruza fronteras. Son el sustento que mantiene de pie a millones de hogares, el vínculo que une a familias separadas por la migración y un motor clave para la economía. México es hoy el segundo receptor de remesas más grande del mundo. En 2024 llegaron más de 63 mil millones de dólares, una cifra récord que representa cerca del 4% del PIB.
Detrás de estos envíos hay millones de historias. La mayoría proviene de mexicanos de primera generación en Estados Unidos, de entre 25 y 45 años, que trabajan en sectores como la construcción, el campo y los servicios. Sus familias en México, muchas de ellas parcialmente bancarizadas, destinan estos recursos a cubrir necesidades básicas: alimentación, pago de servicios, educación, salud e incluso ahorro.
Pero el negocio de las remesas está viviendo una transformación profunda. La digitalización ha revolucionado el modelo, dejando atrás las ventanillas tradicionales y dando paso a esquemas digitales donde el dinero se transfiere directamente entre aplicaciones móviles (app-to-app) y depósitos directos. Han llegado nuevos jugadores, especialmente fintechs, que ofrecen modelos digitales y de bajo costo, presionando a los canales tradicionales a innovar. A esto se suma el avance de transferencias vía SPEI, que impulsan una desintermediación que reduce pasos y costos. Incluso las criptomonedas comienzan a perfilarse como una alternativa emergente, con promesas de rapidez y menores comisiones.
Esta transformación también exige reforzar la confianza. La velocidad y facilidad de las operaciones digitales plantean retos de seguridad y cumplimiento, por lo que será clave que bancos, fintechs y autoridades trabajen juntos en estándares comunes que protejan al usuario y fortalezcan la transparencia del sistema.
Mantener esa confianza es esencial, porque las remesas no son solo un apoyo económico: hoy representan una de las principales puertas de entrada al sistema financiero para millones de mexicanas y mexicanos.
Más allá de la subsistencia, las remesas se han convertido en una herramienta de inclusión y empoderamiento financiero. Para muchas personas, recibir dinero del extranjero implica abrir por primera vez una cuenta, aprender a ahorrar y, en algunos casos, acceder a créditos y seguros. Así, una simple transferencia puede convertirse en el inicio de una relación financiera que transforma vidas y conecta a quienes por años permanecieron fuera del radar bancario.
Esta transformación apenas comienza. El ecosistema de remesas avanza hacia un modelo cada vez más digital y menos dependiente del efectivo, con servicios financieros integrados que se adaptan a las necesidades de cada cliente. Las comisiones seguirán disminuyendo y el verdadero valor estará en los productos asociados, como cuentas de ahorro, seguros de vida y de salud, créditos personales o para vivienda, programas de lealtad, e incluso herramientas de inversión.
El impacto social y económico de esta evolución será profundo. Mayor formalización y trazabilidad fortalecerán al sistema, mientras que la inclusión financiera permitirá a millones de familias construir patrimonio y transformar sus comunidades.
La industria de remesas entra a una nueva era: más digital, más regulada y con un enfoque claro en el empoderamiento financiero. El gran desafío será encontrar el equilibrio entre innovación, inclusión y cumplimiento normativo, para que este flujo histórico de recursos no solo mantenga hogares, sino que también construya futuros. (Carlos López-Moctezuma, El Heraldo de México, Online)
El Tren Maya se descarriló por un error en la vía, según quienes lo operan. Curioso que exactamente igual está México. Descarrilado por un error en la vía. Afirman que esto nunca debió suceder: lo mismo pensamos nosotros.
Claro, el hecho de que no hubo ningún daño humano resulta sumamente afortunado, lo que no nos parece tan afortunado es que si atendemos la explicación dada para justificar el “desperfecto”, éste fue culpa de las vías. No de quien las tendió, no de quien las fabricó, no de quien colocó el balastro, no; nadie tiene la culpa de una salida del vagón de las vías que “no debe suceder”.
Al escuchar otra excusa más para explicar lo que NO FUNCIONA en México nos cayó la sensación de que quizás uno de nuestros principales escollos que nos impide progresar es el hecho de que nunca se reconoce nada que esté mal, o haya salido mal. Denuncia que llega a surgir de la sociedad, denuncia que se desdeña o ignora: hecho aberrante que se presente, hecho que se niega, y a quienes se les imputa reciben el apoyo incondicional por parte de la Pirámide del Poder.
En este nuestro México nada anda mal, es más, presumen que vamos “requetebién”. Esta es una de las causas centrales del porqué en México no se solucionan los problemas: nos dan paliativos, mas nos restringen la cura.
Que el Producto Interno Bruto del País crezca una fracción de un solo dígito no parece preocupar a los responsables; el que no se estén creando nuevos empleos al ritmo que se requiere les va y les viene.
No entendemos -por ejemplo- la indignación que genera en los poderosos el que la DEA norteamericana revele que hay un programa conjunto para imponer la paz y el orden en la frontera norte. ¿Esa renuncia a la colaboración con el Gobierno vecino quiere acaso decir que México no quiere orden ni quiere colaborar, o se rehúsa a emprender labores conjuntas con el vecino?
Es algo de lo que cualquier Gobierno se sentiría orgulloso, pues acarrea el distintivo de que México está proactivo en la lucha por acabar con la delincuencia y la violencia: el que nos digan que NO, que lo dicho por la DEA no tiene sustento, que no hay operación conjunta, francamente nos desconcierta.
¿Entonces México no colabora, no le interesa combatir la delincuencia, no pugna por instaurar la paz y el orden en comunidades que los han perdido?
No entendemos y quizás por esta falta de encontrarle sentido a las cosas que nos suceden, o nos dicen, es que la materia gris se nos ha convertido en engrudo. A nuestra procesadora le ha entrado el virus del sinsentido reventando el código madre que, entre otras cosas, establece: combatir el mal es bueno, tolerar el mal o fomentar la impunidad es malo.
¿Quién en su sano juicio se empecina en NEGAR que se colabora para combatir el mal? Entenderlo implica la escritura de un nuevo código en el cual se da por bueno lo malo y por malo lo bueno. Nos declaramos incapaces de sufrir tal reprogramación tan radical.
El solo tratar de entender esta cuarta dimensión rebasa nuestra capacidad de procesamiento, pues entre otras cosas implica que estamos intentando establecer comunicación con otro ente cuya programación resulta incompatible con la convencional. Lo que nosotros (y una buena parte de la población) consideramos bueno, para “ellos” es malo, y viceversa.
Obvio, siendo esto así, impide llegar a un entendimiento claro que permita la sinergia y la colaboración para lograr engrandecer nuestra economía y elevar el nivel de vida de los ciudadanos. Se supone que estas metas las comparten todos los gobiernos democráticos y progresistas, lo cual motiva a preguntar: ¿cuál es la meta entonces de este Gobierno?
Uno que NO pretende en los hechos combatir la corrupción en sus filas: que no aspira a ofrecer a la ciudadanía mejores bienes y servicios, que no le interesa mejorar el medio ambiente, que lejos de promover la seguridad fomenta la impunidad, que pone por encima del bienestar de los ciudadanos los intereses partidarios o gremiales, que arropa y defiende a los cuestionados, que avanza por el camino del autoritarismo a una velocidad vertiginosa y que responde a diferentes intereses que los de los ciudadanos.
Y que, incluso quizás, le importan más las opiniones de UN solo ciudadano que las de toda la población. Algo no cuadra, ni con el sentido común ni con la razón, cuando esta gente que nos gobierna rechaza los aplausos e invita al repudio. (Manuel J. Jáuregui, Reforma, Opinión, p. 10)

(Rictus, El Financiero, Nacional, p. 34)

(Jerge, La Jornada, Política, p. 11)

(Fisgón, La Jornada, Política, p. 5)

(Alarcón, El Heraldo de México, La Dos, p. 2)