Cuando la cadena de televisión Univisión anunció la dos town halls con los candidatos presidenciales, ambos aceptaron, pero con condiciones. El republicano Donald Trump, pidió hacerlo en Miami, frente a una audiencia compuesta por cubano-estadounidenses.
La demócrata Kamala Harris solicitó que su reunión se hiciera en Las Vegas, con asistentes mexico-estadounidenses. La formulación no es un accidente: cubano-estadounidenses son vistos como partidarios republicanos; los mexico-estadounidenses son tradicionalmente favorables a los demócratas.
Miami es una ciudad formalmente en manos de cubanos influenciados aún por el anticastrismo de sus padres, que ejercen una desmedida influencia en la política de EU hacia Cuba, y en los últimos años, con respaldo de centroamericanos, colombianos y venezolanos que salieron de sus países empujados por la violencia política como por necesidad económica.
Los mexico-americanos han sido una audiencia demócrata, pero en los últimos años, a medida que el grupo ha crecido en números y sus descendientes llegan a la mayoría de edad, asumen posiciones políticas distintas. Las Vegas, corazón del estado de Nevada, ha provocado dudas entre demócratas y esperanzas a republicanos.
Cierto que las definiciones no son absolutas, pero los porcentajes son ejemplo de la división política entre latinos. Por origen nacional, pero muestran en buena parte que como bloque de votantes, los latinos tienen diferencias políticas, religiosas, sociales, y que las nuevas generaciones se parecen cada vez más a la población general.
Para hacerlos un grupo más apetitoso, sin embargo, son una minoría con un impacto social, demográfico, económico y político creciente.
Ahora, según la Universidad de California, los latinos presentan un producto bruto de 3.7 millones de millones de dólares, mucho más que cualquiera de los países de donde proceden y casi 15 por ciento del PIB estadounidense. De acuerdo con el Centro Pew de Investigación, en 2023 había unos 63.7 millones de hispanos, de los cuales 36.2 millones están hoy en posibilidad de votar.
Su crecimiento ha sido de alrededor de un millón de votantes anuales, pero la inmigración ya no es el motor principal de ese incremento. La mayoría, hoy, son nacidos en EU.
“Los orígenes de los hispanos en EU han comenzado a cambiar a medida que cambian los patrones de inmigración desde América Latina. Cabe destacar que el número de inmigrantes mexicanos que viven en Estados Unidos ha disminuido, mientras que el número de inmigrantes que se identifican como dominicanos, venezolanos, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños o de otro origen hispano ha aumentado”, indicó el reporte.
De acuerdo con los datos del Pew, para 2021, “las 5 poblaciones hispanas más grandes en Estados Unidos por grupo de origen fueron los mexicanos (37.2 millones), los puertorriqueños (5.8), los salvadoreños (2.5), los dominicanos (2.4) y los cubanos (2.4). Los otros 3 grupos de origen con poblaciones de más de un millón fueron los guatemaltecos (1.8 millones), colombianos (1.4) y hondureños (1.1)”.
Se cree que habrá más de 17 millones de votantes hispanos y aunque ciertamente no son todos los que pudieran ser, su impacto se ve multiplicado por su presencia en estados bisagra como Arizona o Nevada, de los que se cree dependerá el resultado de la elección.
El bloque latino será en 20 años la segunda minoría de EU. La primera, los blancos anglosajones. De los 56 latinos que se encuentran en la Cámara baja, 38 son demócratas, incluso 22 de origen mexicano, y 18 republicanos, de los que cuatro con ascendencia mexicana. De los cinco senadores latinos, tres tienen raíces en México. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 36)
NUEVA YORK. Ahora que las encuestas indican que Kamala Harris tiene al menos un 50% de probabilidad de ganar la elección presidencial de noviembre en los Estados Unidos, las preguntas por su agenda de política económica han pasado a primer plano. Por supuesto, mucho dependerá también de los resultados de la elección legislativa. Si los demócratas obtienen la Casa Blanca y las dos cámaras del Congreso, podrán aprobar políticas fiscales con mayoría simple (usando el “proceso de reconciliación presupuestaria”). De lo contrario, es evidente que el gobierno de Harris estará más restringido.
Durante su breve campaña presidencial en 2019, las propuestas económicas de Harris estuvieron bien hacia la izquierda del Partido Demócrata. Entre otras cosas, apoyaba la atención médica universal financiada por el Estado, la despenalización del cruce ilegal de fronteras, un new deal verde de 10 billones de dólares para hacer frente al cambio climático y la prohibición del fracking.
Ahora, se presenta con una plataforma más centrista que incluye apoyo a la Ley de Atención Médica Accesible (Obamacare), aunque con algunos cambios, por ejemplo, un precio máximo para la insulina y más autoridad gubernamental para negociar precios de medicamentos para los programas Medicare y Medicaid. También se muestra favorable al reciente acuerdo bipartidario para controlar la inmigración ilegal (que luego los republicanos sabotearon a instancias de su contrincante Donald Trump por razones electorales), acepta el fracking y apoya el programa más limitado (1 billón de dólares) de gasto en descarbonización incluido en la Ley de Reducción de la Inflación. (De hecho, no ha hablado mucho de cambio climático en sus discursos).
Aunque sobre muchas de sus otras propuestas todavía no hay precisiones, parece que las políticas económicas de Harris serían continuación de las del presidente Joe Biden: repatriación de fábricas y creación de una “economía de oportunidades” con crecimiento más inclusivo; intervención estatal donde sea necesario, en particular una política industrial para dar apoyo a los sectores económicos y tecnologías del futuro, y control regulatorio del poder de las grandes empresas oligopólicas.
En lo referido a la política fiscal, Harris propone que el costo del cuidado infantil no supere el 7% del ingreso familiar (para lo cual sería necesario un subsidio), reactivar la asignación por hijo y otorgar un crédito fiscal de 25,000 dólares para la compra de la primera vivienda. Dado que estas medidas pueden aumentar la demanda y los precios, también tiene planes para incrementar la oferta de vivienda asequible. Propone crear algunos nuevos créditos fiscales para pequeñas empresas y ampliar las rebajas impositivas de Trump para los hogares que ganen menos de 400,000 dólares al año.
Para financiar estas políticas propone aumentar del 21% al 28% el impuesto de sociedades, cobrar más impuestos a los ultrarricos (que hoy pagan una tasa marginal máxima del 39%) y explorar la posibilidad de gravar las plusvalías no realizadas. Por último, no tiene planes de reformar programas de prestaciones como el seguro social y Medicare. En síntesis, el Comité por un Presupuesto Federal Responsable calcula que las propuestas de Harris costarían 3.5 billones de dólares a lo largo de un decenio, mientras que el costo de las de Trump sería 7.5 billones, a menos que se introduzcan otros gravámenes (por ejemplo, aranceles).
En cuanto a las políticas de Harris en el área del comercio internacional, se parecerían bastante a las de Biden, aunque no ha dicho mucho sobre China en la campaña. Se mantendría la reducción de riesgos (pero no un desacople) en sectores estratégicos (por ejemplo, metales críticos, tierras raras, tecnología verde y alta tecnología), además de las sanciones y restricciones a la exportación de semiconductores y otros insumos relacionados con la inteligencia artificial.
La estrategia de la administración Biden frente a China, de imponer fuertes protecciones en sectores acotados, se ha descrito como “ponerle un vallado alto a un jardín pequeño”; lo más probable es que Harris agrande el jardín. Esto implica mantener los aranceles actuales (por ejemplo, el del 100% sobre los vehículos eléctricos fabricados en China), reforzar las restricciones a la Inversión Extranjera Directa desde y hacia China y adoptar muchas de las propuestas del comité especial para China de la Cámara de Representantes.
Pero a diferencia de Trump, Harris no impondría aranceles a países amigos y aliados ni un arancel universal a todos los productos chinos. Su objetivo en relación con China sería una competencia estratégica administrada, en vez de contención total o desacople. Alentará a los aliados de la OTAN a gastar al menos un 2% de su PIB en defensa (algo que, de hecho, ya están haciendo 23 de los 32) y seguirá una política favorable a las alianzas, a pactos de seguridad multilaterales como el Quad y el AUKUS y a las relaciones bilaterales con socios importantes como la India y Filipinas. Mantendrá a Estados Unidos en el Acuerdo de París sobre el clima y procurará reforzar la reducción de emisiones y acelerar la transición verde.
Sin embargo, lo mismo que Biden, Harris no buscará unirse al sucesor del Acuerdo Transpacífico (a pesar de que muchos estrategas creen que el giro en dirección a Asia necesita un soporte económico). Sin abandonar la política estadounidense de tipo de cambio flotante, tal vez use más la amenaza de catalogar a algunos países como manipuladores de divisas. Del mismo modo, no dejará de usar el dólar estadounidense como instrumento de seguridad nacional (a través de sanciones primarias y secundarias). Pero es de suponer que también será lo bastante prudente para seguir políticas tendientes a preservar el lugar del dólar como principal moneda de reserva global.
De modo que las políticas de Harris en fiscalidad, comercio internacional, clima, inmigración, moneda y relación con China serían bastante diferentes a las de su oponente. La agenda de Trump tiene más probabilidad de causar inflación, reducir el crecimiento económico (a través de aranceles, depreciación de la moneda y restricciones a la inmigración) e inflar el presupuesto. Pero los mercados no han trasladado a sus cotizaciones el daño que haría Trump a ellos mismos y a la economía. Puede que la perspectiva de un gobierno dividido le ponga límites, o que sus asesores más moderados o la disciplina del mercado diluyan sus propuestas más radicales. Aun así, en la boleta para la Presidencia, las diferencias entre los dos candidatos están muy claras. (Nouriel Roubini, El Economista, Finanzas Globales, p. 42)
Permítaseme hacer mi aportación a la lista de metáforas zoológicas de Estados Unidos. El águila anida en su escudo, el bisonte es su mamífero nacional, el oso fue elegido por el presidente Teodoro Roosevelt como referente —al que luego Jeffrey Davidow contrapunteó con un puercoespín mexicano—y el elefante por Pierre Elliott Trudeau para explicar el desafío de la vecindad. A mí se me figura que en estos tiempos el león simbolizaría a la nación estadunidense y, ya entrado en gastos, diría que a México podría representarlo un mapache transformado en tejón. Me explico.
Estados Unidos sigue siendo el rey de la selva. Es la superpotencia mundial, pues. Coexiste con un país más débil que, sin embargo, le es cada vez más necesario. Un coatí que si bien parece inofensivo ha desarrollado garras y dientes para defenderse de un felino mucho más grande, pero que no puede hacerlo porque tiene las patas y el hocico amarrados con mecates de corrupción.
Y es que, por una parte, la indefensión de los mexicanos frente a los estadunidenses ha disminuido en los últimos años. Tenemos ahora instrumentos para que nuestros gobernantes, si actúan con dignidad e inteligencia, negocien desde una posición de fuerza, pues la integración económica entre ambos países es cada día mayor y la importancia de nuestro apoyo en migración y narcotráfico se ha potenciado. El problema es que, por otro lado, no hemos podido acabar con la impunidad que nos corroe. De poco servirán nuestras nuevas cartas de negociación mientras seamos incapaces de detener y enjuiciar aquí a los García Lunas. Si el Estado de derecho está allá y no acá, allá se decidirá nuestra suerte.
La relación bilateral ha sido espinosa con republicanos y demócratas en la Casa Blanca. Pero cuando llegó Donald Trump las cosas se pusieron más difíciles: un bully se montó en la fiera y la azuzó. El primero en lidiar con él fue Enrique Peña Nieto; su secretario de Hacienda, Luis Videgaray tuvo la estúpida idea de llevarlo a Los Pinos como candidato, y Peña Nieto y México fueran humillados. El magnate que gusta de amedrentar a sus interlocutores le tomó la medida a quien sería su homólogo y las vejaciones continuaron. Nuestro gobierno se hincó una y otra vez.
Luego arribó López Obrador y entre él y Ebrard adoptaron la doctrina Videgaray. Trump amagó con tumbar el TLC, les exigió detener migrantes y se doblaron. En el llamado segundo piso de la 4T, sin embargo, no han aparecido letreros de “Agáchense todos”: la presidenta Claudia Sheinbaum no parece asustada como Peña y AMLO. Lo celebro, pero hago votos para que conserve la firmeza en el deplorable caso de que Donald Trump regrese por sus fueros. Con Kamala Harris es posible establecer por las buenas, o al menos con cierta racionalidad, una relación respetuosa de socios y amigos; con Trump, solo enseñando los dientes. Ojalá les quede claro a CS y De la Fuente, porque su predecesor lo hizo al revés: consintió al golpeador y golpeó al consentidor. Y ojalá CS rompa el pacto de impunidad que AMLO mantuvo y castigue a los corruptos con la ley y no con saliva.
He aquí la fuente de la vulnerabilidad de México: la corrupción. Es el talón de Aquiles que nos dificulta negociar de pie con Estados Unidos. Desamarrado, el tejón puede hacer que el león lo respete. (Agustín Basave, Milenio, Política, p. 14)
Migración. Aunque el propio Biden, poco antes de llegar a la Casa Blanca, reconoció públicamente que buena parte de los inmigrantes “también son Americanos”, Estados Unidos suma ya un cuarto de siglo de fracasos en el reconocimiento de la racionalidad económica detrás de la regularización sus inmigrantes –son el principal suministro de mano de obra ante el declive demográfico. La enorme ola de odio y racismo que promueven los nacionalistas extremos es el verdadero muro y será difícil de derrumbar.
Si bien parece casi natural que la inmensa mayoría de los “indocumentados” que tienen décadas de vivir en el país terminarán por formalizar su estatus legal, al menos en el corto plazo su utilización como chivos expiatorios y distractores no se disipará. (César Romero, Milenio, Online)
A mediados de la semana pasada, la cotización del dólar en México superó los 20 pesos. Este movimiento, que ha estado influenciado por múltiples factores internos y externos en los últimos meses, parece estar ahora vinculado a la posibilidad de que el ex presidente Donald Trump gane de nueva cuenta las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
Según las apuestas electorales en ese país, la probabilidad de triunfo de Donald Trump ha cambiado drásticamente desde principios de este mes, alcanzando al cierre de la semana pasada un 58.1%, frente al 40.9% de Kamala Harris. Esta situación ha comenzado a inquietar a los mercados financieros globales, favoreciendo la apreciación del dólar y debilitando otras monedas, especialmente el peso mexicano. Esto se debe no sólo a la fuerte interrelación entre ambos países, sino también a que México ha sido uno de los principales destinatarios de las amenazas del ex presidente, después de China.
Existen varios temas pendientes entre Donald Trump y México, destacando la migración, el narcotráfico y la relación comercial entre ambos países, misma que cobra mayor relevancia en vísperas de la revisión del T-MEC.
En cuanto a la migración, Trump ha prometido eliminar todas las políticas de fronteras abiertas implementadas por la Administración del presidente Joe Biden y restablecer sus propias políticas anteriores. Ha mencionado la intención de llevar a cabo una masiva operación de deportación en Estados Unidos, inicialmente hablando de 11 millones de personas, utilizando todos los recursos federales y estatales disponibles. Además, planea restaurar su política de Tolerancia Cero de 2018 y reactivar la política de “permanecer en México” hasta que se resuelvan las solicitudes de asilo en Estados Unidos. También buscará terminar con el derecho a la ciudadanía por nacimiento que afecta a los hijos de migrantes indocumentados, suspender el programa de refugiados y prohibir con mayor rigor y a mayor escala la entrada de personas provenientes de países “infestados de terrorismo”.
Respecto al narcotráfico, Donald Trump ha indicado que buscaría clasificar a los cárteles de drogas como organizaciones terroristas, lo que podría justificar acciones militares estadounidenses en territorio mexicano. Ha señalado que daría un plazo limitado a México para mejorar la vigilancia en su frontera; si no lo hace, tomaría acciones decisivas como una invasión militar o el bombardeo de laboratorios clandestinos. En ocasiones ha mencionado la posibilidad de bloquear puertos mexicanos del Pacífico o cerrar fronteras y usar los aranceles como medidas para obligar al gobierno mexicano a colaborar.
Sobre la relación comercial entre Estados Unidos y el resto del mundo, Trump considera el uso de aranceles con un doble propósito: uno, como un mecanismo para reducir déficits comerciales e impulsar empresas locales; y, el segundo, como la forma de presionar para lograr algunos objetivos. Inicialmente propuso aranceles del 10% sobre importaciones globales, aumentando posteriormente esta cifra al 20% e incluso al 50% en días recientes.
En particular, ha expresado su preocupación por el elevado déficit comercial con México -que pasó de 123 mil millones de dólares anuales a finales de 2016, justo antes del inicio de la gestión de Donald Trump, a 170 mil millones cuando finalizó su mandato y a 252 mil millones en agosto del presente año-, aunque es probable que utilice los aranceles como presión para lograr objetivos relacionados con migración o control del narcotráfico, tal como lo ha señalado en algunas ocasiones.
Si este escenario se materializa, es evidente que el tipo de cambio será la variable más afectada por el estado de ánimo del posible presidente estadounidense. No se deben descartar diferentes escenarios económicos; sin embargo, parece que nuestra economía está preparada para enfrentar los choques que puedan surgir. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos. (Rodolfo Navarrete Vargas, Reforma, Negocios, p. 5)
Nuestra fábula tiene lugar en la ciudad de Hamtramck, en el estado de Michigan, en Estados Unidos. Esta ciudad es conocida como Little Warsaw, Pequeña Varsovia, por la cantidad de emigrantes polacos que recalaron ahí en el siglo XX.
Ya voy adelantando que se trata de una falsa fábula porque lo que voy a contar no es un relato ficticio, sucedió de verdad, según nos ilustra Alejo Schapire en su ensayo El secuestro de Occidente (Libros del Zorzal, 2024).
En los últimos años Hamtramck ha sido una comunidad amigable con el colectivo LGBT, tanto que en su alcaldía durante junio, el mes del orgullo, solían ondear sus banderas, igual que lo hacen en todas las alcaldías de la zona.
Hoy Hamtramck tiene 28 mil habitantes, que ya no son mayoritariamente de raigambre polaca, porque en las últimas décadas ha llegado un numeroso grupo de inmigrantes musulmanes de Yemen, Pakistán y Bangladés.
Cuando empezaron a llegar estos inmigrantes los ciudadanos de Hamtramck, coordinados con la alcaldía, decidieron facilitarles la llegada a ese país donde todo era extraño para ellos, llenaron las calles de carteles indicativos en árabe, abrieron mezquitas, restaurantes y tiendas con productos de sus comunidades.
Años más tarde, en las elecciones de 2022, salió elegido Amer Ghalib, el primer alcalde musulmán de la ciudad, que se blindó con un equipo de funcionarios musulmanes.
En junio del año 2023, en pleno mes del orgullo, el alcalde prohibió las banderas del colectivo LGBT+ en su alcaldía y en todos los edificios municipales. Catrina Stackpoole, trabajadora social jubilada y ex miembro del consejo de la alcaldía, declaró en The Washington Post (16 de septiembre de 2023): “Les dimos la bienvenida, creamos organizaciones sin fines de lucro para ayudarlos a que se alimentaran, vistieran, les buscamos una vivienda. Hicimos todo lo posible para que su transición aquí fuera más fácil, ¿y así es como nos lo pagan, apuñalándonos por la espalda?”
Y así termina esta fábula que no es falsa en realidad, sino etiológica, porque alude a las causas de las cosas; cuenta un hecho histórico con su castigo divino. (Jordi Soler, Milenio, Cultura, p. 40)
¿Tiene usted un tío Pancho que vive en Lubbock, Texas? Una prima Brenda que vive en Galveston. Un amigo del alma, Arnulfo, que vive en Tucson, otro, Jimmy, que vive en Phoenix, más y más primas y primos políticos que viven regados en Arizona; los amigos sindicalistas de Chicago. Seguro también tiene conocidos en California o Nueva York, pero esos estados se inclinan claramente por la candidata demócrata, Kamala Harris. Hágale usted un favor a México y un favor al mundo, movilizando a sus parientes, amigos, clientes y contactos en los estados claves de la Unión Americana para que voten por Kamala Harris y eviten que los Estados Unidos, ese país que se autodescribe como un “faro de esperanza” (a beacon of hope), se precipite como una manada de lemmings por la senda del fascismo y el autoritarismo bajo la presidencia de Donald Trump.
En marzo de 1997, en México hicimos algo bien, el Congreso hizo algo correcto: reformó el artículo 32 de la Constitución para permitir que los ciudadanos mexicanos que radicaran fuera del país pudieran adquirir una segunda nacionalidad sin perder la mexicana. De esta manera podrían adquirir derechos políticos e influir en las comunidades de las que formaban parte en el país en el que residían.
Esta reforma trascendental estaba obviamente pensada principalmente para las comunidades de mexicanos en los Estados Unidos, muchos de ellos reacios a perder la ciudadanía mexicana, como mi tío Pancho “Speedy” González que vivió 50 años en Estados Unidos y se negó a tramitar la ciudadanía estadounidense para no perder el pasaporte mexicano. Muy respetables los sentimientos nacionalistas del tío Pancho pero había que votar y elegir legisladores locales y federales que pudieran proteger derechos e intereses de las comunidades de origen migrante o influir en políticas que pudieran afectar a México. Votar y ser votado como Jesús “Chuy” García, originario de Durango y hoy legislador en la Cámara de Representantes federal por el cuarto distrito electoral de Chicago.
Donald Trump no es un tigre de papel, cuyo lenguaje sea apenas retórica electoral. Sólo recuérdese la frialdad del entonces presidente observando el 6 de enero de 2021, desde la televisión del comedor del Casa Blanca, cómo una turba tomaba violentamente el Capitolio, sede del Congreso e intentaba encontrar al Vicepresidente, Mike Pence, para “colgarlo” si certificaba el triunfo electoral del presidente Biden. Como se ha comentado ampliamente, Trump no tendría en esta ocasión el incentivo de contenerse para asegurar la reelección y todos los “adultos en el cuarto” que lo acompañaron en su primera presidencia y que permanecieron en su equipo con el objetivo de evitar locuras mayores, lo han abandonado y denunciado. Sólo lo acompañan fanáticos y radicales como su actual candidato a la vicepresidencia, J.D. Vance.
Trump ha prometido doce millones de deportaciones de migrantes a los que describe como “invasores”. Esto dijo en Aurora, Colorado: “En el mundo entero se nos conoce como una nación ocupada…y aquí en Colorado, les hago una promesa, el 5 de noviembre del 2024 será celebrado como el Día de la Liberación de EU. Rescataré a Aurora y a toda ciudad que haya sido invadida y conquistada y meteré a la cárcel a esos delincuentes sedientos de sangre o los sacaré a patadas de nuestro país…Para hacer expedita la salida de esta pandilla salvaje invocaré la Ley de los Enemigos Extranjeros de 1798 para ubicar y desmantelar toda red migrante criminal que opera en el Suelo Americano”.
Y al referirse a las raíces migrantes de la actual Vicepresidenta remató: “Nadie que haya infligido la violencia y terror con la que Kamala Harris ha afectado a esta comunidad podrá convertirse en la Presidenta de los Estados Unidos”.
Aunque Kamala Harris tiene una ligera ventaja nacional, dado que la elección se decide indirectamente por el voto de los estados hasta reunir 270 votos electorales, todo indica que la elección se decidirá por un voto absurdamente pequeño en los siete estados que ninguno de los dos candidatos tiene seguros: Georgia, Michigan, Arizona, Nevada, Carolina del Norte, Pensilvania y Wisconsin. Los rusos intervienen masivamente por el lado de la propaganda, siempre a favor de Trump. ¿Por qué no intervenimos nosotros, desde la ciudadanía, moviendo las redes familiares, de amistad y amable compadrazgo para evitar la mayor tragedia del siglo 21: que un fascista confeso, desequilibrado mental y violador de mujeres llegue a la Casa Blanca? Se vale. (Cecilia Soto, Excélsior, Nacional, p. 12)
Dentro de dos semanas, Estados Unidos elegirá a su próximo presidente. También estarán en juego el Senado y la Cámara de Representantes.
¿Quién ganará?
¿Qué dicen las encuestas?
Para el partido demócrata, el mejor escenario en este momento sugiere un triunfo apretado de Kamala Harris y la posibilidad de retomar, también por un margen estrecho, el control de la cámara baja. Será muy difícil que los demócratas mantengan la mayoría en el Senado.
Para los republicanos, el escenario más favorable supondría un cambio de rumbo radical para Estados Unidos. Donald Trump está en buena posición para ganar la presidencia de nuevo. Los republicanos probablemente retomarán el mando del Senado y, con suerte, podrían evitar la derrota en la cámara de representantes. De ser así, tendrían la trifecta en el poder ejecutivo y legislativo, además del control de la suprema corte del país.
En otras palabras, es enteramente posible que el partido republicano de Donald Trump se haga de carro completo.
La pieza central es la presidencia.
En este momento, la contienda presencial está dentro del margen de error. Ningún sondeo le da a Harris o Trump una ventaja clara en los siete estados fundamentales que decidirán el resultado dentro de dos semanas.
Pero la dinámica de la contienda favorece a Trump.
Después de un principio prometedor, la campaña de Harris parece haber dejado de crecer. Harris ha hecho todo lo que ha podido, incluido presentarse en una entrevista complicada en Fox News, organización afín a su rival. Pero lo cierto es que la vicepresidenta de Estados Unidos enfrenta un escenario complicado.
Este fin de semana, el analista Nate Silver explicaba en su boletín que Harris tiene que contender con las secuelas de la inflación (que ha disminuido, pero sigue irritando) y el descontento con la situación económica, descontento injustificado de acuerdo con la realidad estadística de la economía estadounidense, pero al parecer no con la percepción de los votantes. También tiene que lidiar con una agenda migratoria que no le favorece, con la impopularidad de Joe Biden y una lista considerable de factores en contra.
A eso hay que sumar una variable oculta y dolorosa… pero indudable: el peso del racismo y la misoginia en la decisión final de los votantes.
Históricamente, las mujeres y la gente de color que han buscado cargos de elección popular en Estados Unidos han enfrentado hándicaps reales. Es más difícil ganar una elección siendo mujer o persona de color. Harris es ambas. Su candidatura les pide a votantes de toda índole que superen dos prejuicios al mismo tiempo. No está claro que el país esté a la altura del parteaguas.
Donald Trump, en cambio, parece haber consolidado una base de apoyo de alrededor de 46% del electorado. Supera a Harris entre los hombres y sobre todo los hombres jóvenes. La población sin educación universitaria lo respalda con claridad. Parece que Trump podrá jalar un número pequeño pero suficiente de votantes negros y latinos como para inclinar la balanza en sitios específicos.
Para Trump, la clave está en animar a votantes que no están acostumbrados a sufragar, votantes con poca propensión a participar. Si lo logra, ganará la elección.
Los demócratas pueden encontrar consuelo en esa misma cifra. Es verdad que Donald Trump no parece poder crecer más allá del 46% de aprobación. Por eso, para Harris, la clave está en convocar no solo a los demócratas sino también a aquellos que, después de escuchar a Donald Trump por casi una década, están cansados ya de la polarización que el candidato republicano ha provocado.
Con eso en mente, los demócratas tienen una ventaja, que no es menor: cuentan con una maquinaria de organización local más sofisticada y efectiva que lo que ha logrado construir Trump. En una elección que se decidirá por el más mínimo margen, esa operación diseñada para entusiasmar a la base demócrata y convencer a los indecisos, podría darle el triunfo a Harris.
Lo cierto, sin embargo, es que a dos semanas son los republicanos los que parecen tener mejores posibilidades de volver al poder y consolidar un proyecto que sería indudablemente radical en muchas áreas, incluida la migración, la agenda comercial y la imposición de valores conservadores en la agenda social interna. (León Krauze, El Universal, Nación, p. A8)
Desacato

(Chavo Del Toro, El Economista, El Foro, p. 54)
El Cierre de Rutilio

(Rocha, La Jornada, Política, p. 7)
Enredado

(Rictus, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 44)
Arrinconado

(Obi, Reforma, Opinión, p. 10)
En la recta final

(Llera, Excélsior, Nacional, p. 12)