Opinión Migración 220225

Deportaciones: camino al fracaso

El director interino del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), Caleb Vitello, fue reasignado a la supervisión de todas las operaciones de campo y policiales de la agencia debido a la molestia del presidente Donald Trump con el bajo ritmo de deportaciones de inmigrantes indocumentados alcanzado hasta ahora. Durante su primer mes en el cargo, el gobierno del magnate deportó a 37 mil 660 personas, mucho menos que el promedio de 57 mil expulsiones mensuales del último año completo de su antecesor en la Casa Blanca, Joe Biden. A este paso, le tomaría más de cuatro décadas deportar a los 20 millones de personas que, según él, residen en Estados Unidos sin contar con los permisos requeridos.

El fracaso del republicano en su obsesión por expulsar a todos los hombres, mujeres y niños que envenenan la sangre de Estados Unidos revela tanto la complejidad de la tarea en sí misma como el voluntarismo extremo que le lleva a ignorar las complicaciones o les requerimientos que se interponen entre él y sus deseos. Asimismo, la destitución de Vitello es característica de la costumbre trumpiana de sacrificar a sus subordinados a fin de encubrir sus propias fallas; el funcionario degradado poco podía hacer ante el hecho de que el ICE tiene en estos momentos 41 mil 100 detenidos con un tope de financiación para albergar a 41 mil 500, una limitación logística señalada desde hace meses pero que, al parecer, Trump consideró irrelevante.

Sin embargo, el problema más profundo con la política del magnate no es su fracaso, sino el daño que ya está haciendo y el que podría hacer si llegara a coronar su objetivo con éxito. No se trata únicamente de consideraciones humanitarias, que tienen sin cuidado a Trump y a sus simpatizantes, sino de cuestiones prácticas que atraviesan la economía, la geopolítica, la legalidad y la subsistencia misma de la institucionalidad democrática. Las deportaciones masivas, que además están acompañadas por el cierre de todas las vías a la migración legal de personas no blancas, impactan a la economía estadunidense de múltiples maneras: desvían al cumplimiento de un delirio xenofóbico recursos que podrían emplearse en educación, salud, ciencia, tecnología o, simplemente, en reducir el colosal déficit público; privan al Estado de los 96 mil 700 millones de dólares que los inmigrantes indocumentados pagan cada año en impuestos federales; privan a sectores como la construcción, la agricultura y los restaurantes de su fuente principal de mano de obra; eliminan a millones de consumidores de los cuales se beneficia todo tipo de empresas, entre otras afectaciones. El repunte de la inflación en el primer mes del año es una clara muestra de la contradicción irresoluble entre la promesa trumpiana de atajar el alza de los precios y la expulsión de quienes permiten a las compañías un incalculable ahorro de costos al aceptar salarios menores a los que deben pagarse a los ciudadanos.

Dado que el número de personas que cruzan de manera irregular la frontera entre México y Estados Unidos ha caído de forma drástica en los meses recientes, la detención y deportación tenderá a centrarse en personas que han vivido durante años e incluso décadas en el país, lo cual significa sustraer de las comunidades a trabajadores que se encuentran altamente capacitados en sus labores, se han integrado en sus comunidades, han formado familias y, en suma, son tan estadunidenses como quienes detentan oficialmente la nacionalidad. En su afán de ir por ellos, el magnate está doblando o de plano ignorando las leyes hasta un extremo que pone a prueba al aparato de impartición de justicia y a la vigencia misma del orden constitucional, ya dañados por la inocultable deriva oligárquica del último medio siglo. Está por verse si Trump consigue cumplir sus promesas fascistoides, pero queda claro que con sólo intentarlo ya ha acelerado la decadencia de la que dice salvar a su país. (Editorial, La Jornada, p. 2)

MÉXICO SA

Trump: propaganda vs. hechos // Deportaciones: menos que Biden // Sheinbaum: no hay pretexto válido

En el enorme costal de amenazas que carga desde los tiempos de su campaña y lleva a todas partes, el siempre vociferante Donald Trump prioriza una de ellas, pues al parecer es la que convenció a buena parte del electorado (entre ellos, latinos que ahora son afectados por su ídolo): aparatosas redadas de inmigrantes indocumentados para encarcelarlos y deportarlos, con el fin, según dice, de limpiar a Estados Unidos de gente indeseable. Sin embargo, transcurrido un mes desde su toma de posesión parece que los resultados no precisamente corresponden al tono e insistencia de su discurso.

La Jornada lo reseñó así: el presidente de Estados Unidos deportó a 37 mil 660 personas durante su primer mes en el cargo, mostraron nuevos datos del Departamento de Seguridad Nacional, un volumen mucho menor que la media mensual de 57 mil expulsiones del último año completo del gobierno de Biden. Un funcionario de alto rango del gobierno de Trump y expertos dijeron que las deportaciones subirán en los próximos meses a medida que el mandatario abra nuevas vías para aumentar las detenciones y expulsiones (Reuters).

Algo más: Trump hizo campaña prometiendo deportar a millones de inmigrantes ilegales en la mayor operación de la historia de Estados Unidos. Sin embargo, las cifras iniciales sugieren que podría tener dificultades para igualar las tasas de deportación más altas durante el último año completo de Biden, cuando un gran número de inmigrantes fueron capturados cruzando ilegalmente, lo que facilitó su deportación.

Pero, con este tipo de amenazas (parece que más en el discurso que en los hechos, según los citados resultados), ¿qué tanto convence Trump a los estadunidenses en su combate a la inmigración? En una de sus encuestas más recientes, el Pew Research Center (PRC), con sede en Washington DC, revela que “desde que regresó a la Casa Blanca, el pasado 20 de enero, el presidente ha centrado muchas de sus acciones ejecutivas en la inmigración, incluyendo mayores esfuerzos para deportar a los inmigrantes que viven sin documentos en Estados Unidos. Alrededor de la mitad de los estadunidenses (47 por ciento) dice que la administración está logrando ‘aproximadamente la cantidad adecuada’ en materia de deportaciones. Sin embargo, casi la misma cantidad (44 por ciento) considera que ‘está haciendo demasiado’ para expulsar a los inmigrantes indocumentados que se encuentran en EU. Un grupo mucho más pequeño (8 por ciento) dice que ‘está haciendo demasiado poco’”.

En su encuesta, el PRC revela que existen amplias diferencias partidistas en las opiniones sobre cuánto está haciendo la administración Trump para deportar a los inmigrantes que viven de manera indocumentada en Estados Unidos: 74 por ciento de los republicanos y los independientes con tendencia republicana dicen que la administración Trump está haciendo lo correcto para deportarlos; 12 por ciento considera que está haciendo muy poco y 13 por ciento que está haciendo demasiado.

En la tienda de enfrente, “73 por ciento de los demócratas y simpatizantes de ese partido consideran que Trump está haciendo demasiado en materia de deportaciones; 21 por ciento que el enfoque es el correcto y sólo 4 por ciento que está haciendo muy poco. Republicanos y demócratas también están profundamente divididos sobre la agenda de inmigración más amplia de Trump. Esta corriente política en general desaprueba las políticas de inmigración de la administración, pero 33 por ciento aprueba aumentar las deportaciones; 30 por ciento el envío de fuerzas militares adicionales a la frontera; 18 por ciento suspender las solicitudes de asilo y 16 por ciento recortar los fondos federales para ciudades y estados si no ayudan a los esfuerzos federales de deportación.

Por otra parte, el PRC indica que los adultos blancos, en general, apoyan más las medidas de Trump en materia de inmigración que los de otros grupos étnicos. Los adultos afroamericanos son los menos propensos a apoyar las medidas de la administración, y la aprobación entre los estadunidenses de origen asiático tiende a ser mayor que entre los hispanos. Sin embargo, existen amplias brechas partidarias dentro de los grupos raciales que, en gran medida, son paralelas a las divisiones partidarias generales.

Las rebanadas del pastel

Que Estados Unidos catalogue a los cárteles de la droga como quiera, dice la presidenta Sheinbaum, pero que ello no sea un pretexto para la intervención en México. Allá, también deben enfrentar a los propios, porque en Estados Unidos ¿quién distribuye? ¿Quién vende la droga? (Carlos Fernández-Vega, La Jornada, Economía, p. 16)

Progreso y migración

A lo largo de los siglos la migración ha conformado comunidades, pueblos e imperios, se ha encargado en configurar las características nacionales de los países y contribuido sensiblemente al progreso humano.

Todos los pueblos desde los principios de la historia se han conformado con migraciones. Tribus, imperios y naciones se han conformado y evolucionado gracias a la influencia y a la retroalimentación de las migraciones.

La migración no es ciertamente un fenómeno nuevo. Desde la época bíblica, en las regiones del Valle de Ur, cuando emigraron las tribus originales de Israel, las migraciones han formado parte inevitable de la experiencia humana. Las europeas, registradas a partir del siglo XVI, estuvieron marcadas por la búsqueda de mayores libertades y mejores condiciones de vida, y poco tienen que ver con la profundidad de la problemática que hoy en día atestiguamos.

La migración es una constante repetición del poder humano frente al reto y la sobrevivencia. Ha llegado incluso hasta el grado de formar nacionalidades propias, propiciando la creación de comunidades y pueblos enteramente nuevos y distintos de los que los fundaron, como de hecho ha sucedido en la conformación de Estados Unidos, de Australia y también de Nueva Zelanda, países siempre en evolución que se han hecho a básicamente con las migraciones.

Hay diferencias que surgen cuando comunidades enteras son expulsadas de sus pueblos y forzadas a emigrar por razones religiosas o políticas, obligándolos a refugiarse en tierras hostiles donde tienen que vivir aislados de las comunidades locales. Como es el caso de casi medio millón de rohinyás que fueron expulsados de Myanmar por razones religiosas.

Bangladesh los acogió hace siete años bajo condiciones muy acotadas y sus libertades restringidas. Duele pensar que a los niños rohinyá les depara un futuro bastante lóbrego por su condición de apátridas.

Ejemplos hay muchos. Como los desplazados que huyen de los conflictos, de la guerra, como la que se libra entre árabes y judíos, genéticamente parecidos, pero polarizados por el antagonismo de sus convicciones religiosas. Pueblos que a menudo experimentan un trauma, no tienen activos y quedan en el limbo, terminando en destinos donde no hay oportunidades de trabajo. De acuerdo con Acnur, en 2024 los desplazados por la fuerza de las guerras constituyeron 1.5% de la población mundial, cifra que se duplicó a la de hace una década.

Cada pueblo que emigra se lleva su historia, sus tradiciones y costumbres y adopta las del lugar a donde llega, ensanchando su visión para conformar una riqueza de modelos y valores socioculturales que trascienden estilos, modos y prácticas cotidianas. Las culturas se mezclan aportando nuevos modelos culturales que mucho aportan al progreso de la humanidad.

Hoy en día el fenómeno de la migración está generando situaciones inesperadas que requieren solución inmediata por parte de los gobiernos. En efecto, su reglamentación es inevitablemente un asunto que está ocupando los principios que han venido normando el comportamiento de las naciones. Los hechos hoy se transforman en conflictos internacionales que requieren, como lo vemos en estos días, reuniones multinacionales para buscar soluciones urgentes.

En efecto, al ser un fenómeno que desborda los límites de las fronteras formales, la migración obliga soluciones antes inexistentes, transformándose en problemas que abarcan prácticamente todas las facetas de la sociedad. Los problemas humanos que la emigración masiva genera sobrepasan las jurisdicciones locales, obligando a delinear nuevas leyes para normar la vida y la convivencia cotidiana.

La gravedad que alcanzan los problemas bilaterales migratorios entre Estados Unidos y México no es sencilla. Contrasta incluso en que la inmigración es una condición necesaria para proporcionar el bienestar y el desarrollo del país receptor.

Desde su inicio, los acuerdos laborales entre México y Canadá son un modelo de éxito que bien podrían replicarse en Estados Unidos para lograr el equilibrio regulado entre la demanda laboral estacional y la disponibilidad de mano de obra mexicana.

Hoy en día, cerrarse a la migración es aislarse del mundo. Construir muros es reflejo de soberbia y de cortedad de miras. Tampoco es válido ni honesto cerrar fronteras a la migración, con el pretexto de que las mafias se han apoderado de estos movimientos. La migración es el fenómeno del siglo XXI y llegó para quedarse. Las negociaciones de buena fe son la única vía para evitar los dramas que ocasionan.

El equilibrio a que aspiran los pueblos puede llevarnos a ver a la migración como el instrumento más valioso para lograr la paz y el entendimiento mundial. (Julio Faesler, Excélsior, Nacional, p. 11)

El bravucón del barrio

En el último medio siglo, en un proceso lento, pero constante, los tres países norteamericanos hemos integrado una región con un intenso intercambio de mercancías y servicios, un gran flujo migratorio y un creciente sincretismo cultural, como parte de una respuesta “natural” a la conformación de la Unión Europea y el resurgimiento de las potencias asiáticas, China e India. La globalización, que implicó la dispersión de las cadenas productivas por el mundo y el reposicionamiento del capital frente al trabajo por la abundancia de obra de mano barata, encontró sus límites en la necesidad de consolidar bloques regionales por razones geoestratégicas y hegemonías cuestionadas.

Desde la gran crisis financiera del 2008, que muchos analistas equipararon a la de 1929 por su magnitud y efectos en el orden mundial, los gobiernos de los Estados Unidos replantearon su papel en lo interno y en lo externo y cambiaron profundamente sus estrategias para recuperar el protagonismo perdido con dos estrategias claramente diferenciadas en dos ejes aglutinantes opuestos: Obama y Trump.

En lo interno, la necesidad de impulsar un cambio profundo provino del aumento de las desigualdades sociales y regionales, el estancamiento económico, la transformación industrial y tecnológica, el envejecimiento de las élites políticas y el desequilibrio entre las fuerzas partidistas tradicionales y los candidatos anti sistémicos. El debate se expresó en visiones contrapuestas en materia de salud, protección social, impuestos, reindustrialización, política energética y tamaño del gobierno.

En lo externo, los flujos financieros y comerciales negativos para los Estados Unidos frente a una China con tasas de crecimientos de dos dígitos, el reagrupamiento geopolítico, la renovada presencia de Rusia, la vulnerabilidad ante la delincuencia organizada y el terrorismo globalizado, la creciente migración, el desgaste de los organismos internacionales multilaterales y los aliados europeos poco “cooperativos”, los gobiernos de distinta extracción partidista siguieron líneas de acción similares, con estilos diferentes.

En ese sentido, los demócratas optaron por la zanahoria y el garrote y los republicanos por el garrote y la zanahoria. El número de deportados a México fue significativo en el gobierno de Obama y, según algunas cifras, superior al que hubo durante la primera presidencia de Trump. La diferencia es el discurso menos directo e incendiario de los demócratas y las prerrogativas para su electorado hispano, por el programa de Consideración de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), que tiene un peso muy importante en los estados del sur. El presidente Trump, en un claro populismo punitivo, utiliza la construcción del muro fronterizo y la criminalización de los migrantes como una narrativa de su estrategia MAGA (Making America Great Again), que le ha redituado electoralmente y lo llevo a su segundo mandato constitucional.

Desde el siglo XIX, “nuestro barrio”, Norteamérica, tiene un bravucón, que se asume como el faro democrático que ilumina el continente y con un destino manifiesto para llevar la libertad allende sus fronteras, incluso para concretarlo, en su camino al Pacífico, se anexó territorio mexicano. La asimetría de poder nacional entre Canadá, Estados Unidos y México es de tal magnitud, que ha sido uno de los obstáculos para la integración regional, en la que se avanzó cuando el discurso estadounidense fue más terso, menos hostil hacia sus vecinos.

Trump, que es un animal político, conoce su posición geoestratégica y utiliza el poder nacional a su disposición para mantener un ambiente de amenaza constante para recuperar el protagonismo perdido y reconstruir su hegemonía en el mundo. Un elemento fundamental, desde su perspectiva, es proteger a su población de la epidemia de salud provocada por el fentanilo, cuyos principales culpables son los cárteles de la droga mexicanos y la mejor estrategia es pegarles donde duele, que es el bolsillo. En este contexto, se inscribe la declaración que califica de terroristas a estos grupos delincuenciales, cuyo propósito primordial es controlar el flujo financiero y sancionar actividades de riesgo y sospechosas.

Lo evidente es que el bravucón del barrio está vociferando, como nunca en la historia reciente, y esto genera, justificadamente, intranquilidad entre los gobiernos vecinos, que deben responder con firmeza, pero con la prudencia (cabeza fría) suficiente para que la cooperación regional sea viable en el mediano y largo plazos. Norteamérica vive una época de equilibrios precarios en un ambiente global hostil y competencia abierta por la hegemonía en Europa y América Latina.

Institucionalmente, con independencia de los protagonismos personales, no se detecta mayor interés en mancillar la soberanía entre los países socios del TMEC, aunque si hay una estrategia para el reacomodo de las cadenas productivas, que será lo esencial en las negociaciones próximas. El bienestar de Norteamérica depende de una enorme cooperación y coordinación entre gobiernos y su sustento es el respeto recíproco. Los papeles de bravucón o de víctima poco contribuyen a una buena relación entre naciones soberanas. (Carlos Matute González, La Crónica de Hoy, Columnistas, p. 4)