Se disculpa Garduño

Pasaron 116 días para que el titular del Instituto Nacional de Migración, Francisco Garduño, ofreciera disculpas por el incendio en la estación migratoria de Ciudad Juárez, en el que fallecieron 40 personas. Ayer se difundió que pidió perdón y confesó que debe “recapacitar”, pues recordó que está vinculado a proceso. Nos hacen ver que este mea culpa llega justo cuando Luisa María Alcalde está imponiendo su estilo al frente de la Segob. (El Heraldo de México, La 2, p. 2)
El año pasado, Mari viajó a Georgia. Asistió a una protesta afuera del centro de detención migratoria donde estuvo presa. Y dijo: “Fui yo, la que tú le hiciste esto soy yo. Mírame. Aquí estoy. No me mataste. Aquí estoy”
En 2021, Mari sobrevivió a ese centro. Aún lleva en su cuerpo el saldo de sus días allí. Parálisis facial por el estrés. Más peso del que siempre tuvo. Ropa “como de chico” para que los hombres no la miren. El peso de la espera hasta que las autoridades resuelvan las denuncias contra su agresor. El dolor de sentir que su caso, que ella misma, es “inmensamente invisible”.
Los abusos comenzaron poco después de que Mari llegó a Estados Unidos. De su país, Venezuela, escapó de la violencia política. Pensó que el infierno terminaba después de hacer el viaje hasta la frontera. Creyó que en manos de migración, en el país donde quiere vivir, estaría segura.
No lo estaba. Mari fue a la enfermería para un chequeo. El enfermero la forzó. Se masturbó con la mano de Mari. Y no era la primera vez.
Viviana, otra inmigrante de Venezuela, estuvo también en esa enfermería. El mismo enfermero metió el estetoscopio dentro de su pantalón, a la altura de su vagina. La revisión nada tenía que ver con la parte baja de su cuerpo. Mientras la tocaba, Viviana se quedó callada. Miraba al vacío. Esperaba a que todo terminara. Rezaba.
Dice Viviana que su tiempo en detención “rompió algo dentro de ella”. Otras mujeres vivieron abusos similares, del mismo enfermero. Se quejaron. Él siguió trabajando en el centro de detención en Georgia, con acceso a las detenidas.
Después de meses, las autoridades de migración de Estados Unidos pusieron al enfermero en una licencia administrativa. El caso aún no se ha resuelto. Las mujeres no saben si él enfrentará alguna responsabilidad penal.
Supe por primera vez sobre esta historia en 2021. Una colega, Zeba Warsi, me pidió ayuda. Ella había sido reportera de televisión en su país, India. Ahora se proponía investigar los abusos a migrantes en Estados Unidos. Zeba no habla español y la mayoría de las sobrevivientes no hablan inglés. Le ayudé como intérprete varias veces.
Las mujeres detallaban las crónicas desgarradoras de sus viajes y los abusos en la detención migratoria. Relataban el agrio proceso de sanar, las huellas del encierro. El reto era demostrar que no eran casos aislados.
Meses después, Zeba obtuvo vía transparencia más de 300 quejas de migrantes. Coincidían los detalles, las fechas, los agresores. Los abusadores son guardias, enfermeros y doctores. Podíamos probar un problema sistémico.
Para entonces, ya estaba yo dirigiendo Futuro Investigates y decidimos investigar la historia con Zeba. Mi equipo viajó para entrevistar a tres mujeres. Las llamamos Mari, Viviana y Marlissa para proteger sus identidades. Revisamos las quejas de otras mujeres sobre abusos en centros de detención en Texas, Georgia, Florida.
Confirmamos que los migrantes tienen al menos tres formas para quejarse. Encontramos que unas oficinas refieren el caso a otras y otras. En la mayoría de los casos, el asunto regresa a la misma institución que administra los centros migratorios. Las autoridades acusadas de negligencia se investigan a sí mismas.
Las fuentes nos dijeron que algunos grupos de activistas han logrado que se cierren varias decenas de centros de detención. Con frecuencia, los migrantes que han denunciado terminan transferidos a otros centros, donde reportan otros abusos.
Durante estos meses de reportería y edición, recordé mis viajes en México como corresponsal, contando historias de migrantes. Muchos de ellos me dijeron que llegar a Estados Unidos era el fin del sufrimiento, el cierre de la agonía. No lo es.
Las voces de estas mujeres deben conocerse también en México, deben saberse en Guatemala, Honduras, El Salvador, Cuba, Brasil y en cada sitio desde donde salen migrantes rumbo a la frontera estadounidense. Debe saberse porque las mujeres que fueron víctimas, ahora son sobrevivientes y han tenido voluntad suficiente para denunciar y para contarlo, para advertir a otras de lo que enfrentan.
Desde mi lugar como periodista y como líder de mi equipo, vale la pena exhibir que el excepcionalismo estadounidense, esa tierra del sueño americano, puede ser también un infierno, como el viaje, como el sitio de donde se huyó. (Peniley Ramírez, Reforma, Opinión, p. 8)
Es la misma hazaña -y a veces, la misma tragedia- contada desde dos puntos de vista. La escritora chilena Isabel Allende lo hace a través de su novela El viento conoce mi nombre, y el poeta salvadoreño Javier Zamora, con Solito, sus memorias. Y ambos cuentan el trauma y el heroísmo de los niños que cruzan solos la frontera de México hacia Estados Unidos.
Las historias de Allende y Zamora se hilan; es como si los dos hubieran coordinado por años su escritura hasta la fecha de publicación. Pero una es ficción, la otra es realidad, y las dos duelen hasta el alma.
Allende cuenta cómo Anita, una niña salvadoreña de siete años y ciega, cruza junto con su madre hacia Estados Unidos. Pero lo hacen en la era de Trump y son separadas al poco tiempo, sin aviso ni posibilidad de despedirse. Anita, como Allende, se refugia en el “reino misterioso de la imaginación”, armando cuentos en su cabeza que, sin duda, le ayudan a sobrevivir su orfandad en un país que se oye y se siente distinto al que dejó.
“¿Qué razón podría haber para que una familia mande a un niño solo a tratar de cruzar la frontera si no es la desesperación?”, me dijo Allende en una reciente entrevista en Nueva York. “Porque el ideal es quedarse donde uno se siente cómodo, donde uno conoce el idioma, donde no es recibido con hostilidad”.
Todo inmigrante tiene algo que lo expulsa de su país y una razón que lo atrae a otro. Pero, esta vez, Estados Unidos está poniendo enormes resistencias para aceptar a más extranjeros. Le pregunté a Allende si Estados Unidos, donde ella vive, se está convirtiendo en un país cada vez más extremista. “Sí, más duro en todo sentido, no solo más antiinmigrante. Cada vez está más polarizado. Y no hay diálogo… Yo creo que la democracia está corriendo un riesgo tremendo en este país”.
El viento conoce mi nombre es ficción, pero se lee como un gran reportaje. Y Allende lo ve todo y tiene una voz que, a sus ochenta, ya no esconde nada. Allende es una de las pocas personas que conozco que, cuando la veo, me hace más preguntas que yo a ella.
Solito son los recuerdos del trayecto que hizo Zamora a los nueve años de edad desde La Herradura, El Salvador, hasta Estados Unidos. Sus padres se habían adelantado y él, esperando a crecer para aguantar la travesía, lo hace solo. Por mar y tierra. Hay una escena de horror, perdidos en un océano oscuro. El coyote que lo llevaría al norte lo suelta a medio camino y Zamora logra, con la ayuda de otros migrantes, cruzar la frontera. Pero es detenido por la migra dos veces y regresado a México. Es imposible olvidar que todo esto se le hace a un niño de solo nueve años de edad que está en busca de sus padres con el teléfono memorizado.
Más de medio millón de niños han cruzado solos la frontera y han sido entregados a sus familiares desde el 2014 a febrero del 2023, según el Migration Policy Institute. Solo el año pasado, más de 127 mil niños entraron sin parientes desde México. Y cada una de esas historias es tan dramática y traumática como la de Zamora.
“Todo lo que me pasó esos 49 días nunca lo he olvidado y ha sido muy difícil de procesar”, me dijo Zamora en una entrevista. “Este libro me tomó muchos años… y también muchos años con mi terapista para encontrarme a mí mismo y reencontrar a las personas que me ayudaron a llegar a este país”. ¿Puedes perdonar a tus padres por lo que te pasó? “Esos sentimientos se convirtieron en resentimiento… poquito a poquito los he ido perdonando”.
El trauma de cruzar solo la frontera como un niño, y la dificilísima adaptación posterior, empuja la trama en los dos libros. Y lo fascinante es su extraordinaria similitud con lo que actualmente se está viviendo en la frontera entre México y Estados Unidos.
Hace poco estuve en un campamento de refugiados en Matamoros, México, donde miles de inmigrantes esperaban cruzar hacia Brownsville, Texas. Contrario a otros viajes que había hecho, esta vez me encontré con muchas familias y con muchos niños. Y fue inevitable pensar en las historias de Anita y Javier.
Mi trabajo es perseguir noticias. Pero gracias a los libros de Allende y Zamora, me pude meter en la cabeza de esos niños que jugaban y gritaban en Matamoros, sin que ellos supieran la hazaña que estaban a punto de realizar. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)
Sucedió hace 158 años, se llamó Guerra de Secesión y cubrió de luto a EU, pero el gobernador de Texas no se ha enterado… ¿O sí?. (La Jornada, Contraportada)
El Departamento de Justicia de Estados Unidos advirtió al estado de Texas que presentará una acción legal contra la colocación de barreras flotantes en el río Bravo, dispuesta por el gobernador Greg Abbott como parte de su feroz persecución contra los migrantes indocumentados. En una carta remitida el jueves la fiscalía advierte al mandatario republicano que las acciones del estado de Texas violan la ley federal, plantean preocupaciones humanitarias, presentan riesgos graves para la seguridad pública y el medio ambiente, y pueden interferir con la capacidad del gobierno federal para llevar a cabo sus deberes oficiales.
El conflicto en torno a estas boyas surge en la misma semana en que la comunidad internacional fue conmocionada al enterarse de que las autoridades texanas ordenan a los agentes de la policía fronteriza empujar de vuelta al río a toda persona sorprendida en el intento de cruzarlo, incluidos niños pequeños y bebés que son amamantados por sus madres. Dicha conducta puede calificarse como un homicidio en grado de tentativa, pues quienes son arrojados al agua no sólo son puestos en riesgo de ahogarse, sino, como ya ha ocurrido, de sufrir lesiones provocadas por la alambrada de púas instalada en la ribera.
Además de recurrir a actos flagrantemente criminales como los descritos, la guerra declarada por Abbott a los migrantes es ilegal en sí misma, puesto que usurpa al gobierno federal su función exclusiva de administrar y controlar las fronteras nacionales. En el caso específico de las barreras flotantes, se viola también una norma que prohíbe obstruir la capacidad navegable de las aguas del país, así como construir cualquier estructura en dichas aguas sin autorización del Cuerpo de Ingenieros del ejército. Por ello, el Departamento de Justicia debe proceder con todas las facultades a su alcance para llamar al orden a un personaje que usa el combate a la migración irregular y la defensa de una mal entendida seguridad nacional como pretextos para acometer una cacería humana que recuerda algunos de los episodios más oscuros de la historia.
Más allá de las medidas jurídicas conducentes, está claro que la única manera eficaz de frenar este viaje hacia el abismo de la xenofobia y la exaltación del odio consiste en que los ciudadanos estadunidenses den la espalda a políticos como Abbott, su colega de Florida Ron DeSantis o, el ex presidente Donald Trump. Estos individuos sin escrúpulos aplican tácticas fascistas para dar golpes de efecto a sus rivales y satisfacer las ansias de mano dura de un sector de la sociedad que, si bien es lamentablemente numeroso, se encuentra en franca contraposición a los derechos humanos elementales y a los valores centrales de la civilización, por lo que deben ser rechazados con firmeza a través de todos los canales legales e institucionales. (Editorial, La Jornada, p.2)
Hijo de tigre
El Parlamento británico aprobó una controvertida ley contra la migración, que restringe drásticamente el derecho al asilo, la cual fue criticada por la ONU, que advirtió que va en contra del derecho internacional de personas refugiadas.
El conservador Rishi Sunak, impuso la prioridad de luchar contra la inmigración irregular y prometió detener la llegada de indocumentados por el Canal de la Mancha. Quienes lleguen sin papeles al territorio británico ya no podrán pedir asilo, según la ley.
¡Ufff! Con razón las leyes mendelianas de la herencia nunca se equivocan, ahí están muy marcadas en las decisiones últimas que han tomado algunos republicanos, ¿verdad, Gregory Abbott? (Eva Makivar, El Sol de México, República, p.2)

(Solís, Excélsior, Global, p.20)