El 74 por ciento de los estadounidenses apoya una mayor inversión para seguridad en la frontera Estados Unidos-México por encima del apoyo a Ucrania contra la invasión rusa y a Israel en su conflicto en Gaza.
Aunque no es sorpresa, es en gran medida reflejo del tono del debate migratorio y los señalamientos en torno al tráfico de fentanilo que han sacudido la sociedad estadounidense los últimos años y un aviso de lo que viene durante la campaña presidencial de 2024.
Migración, ecualizada por republicanos con el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, como expresiones de la inseguridad fronteriza, refleja la incomodidad del tema para un país donde la mención del problema basta para provocar un debate en torno a las circunstancias y la conveniencia, o no, de recibir a millones de personas deseosas de residir en el país.
La seriedad del tema de fentanilo se reflejó en su aparición durante las conversaciones de la semana pasada entre los los presidentes Joe Biden, de EU, y Xi Jinping, de China, y en las conversaciones entre ellos y el mandatario de México, Andrés Manuel López Obrador.
El brutal debate sobre migración no deja de ser una terrible ironía para una nación que por décadas se preció de su pasado migrante y se enorgulleció de recibir con brazos abiertos a los desheredados y los perseguidos.
Pero su realidad también fue de que los nuevos migrantes debieron ganarse su sitio con sudor y lágrimas. A veces hasta con sangre.
La creciente preocupación de los estadounidenses respecto a la seguridad en la frontera es resultado de años de reportes que reflejan el estado de la seguridad y la lucha contra los cárteles de la droga, del poderío alcanzado por los grupos narcotraficantes y, paralelamente, del incremento de llegadas de migrantes indocumentados y peticionarios de asilo a la frontera de México con Estados Unidos.
La imagen de millares de personas apiladas literalmente a las puertas del país, y los temores de que con ellos lleguen además posibles colaboradores si no incluso actores del terrorismo, se han convertido en un reclamo político.
La demanda se reflejó hace dos semanas en una petición de Biden para otorgar financiamiento a los ucranianos y los israelíes en sus conflictos. Y para endulzarlo para los republicanos, pidió recursos para reforzar la seguridad fronteriza.
Pero esa es la cuestión la que parece importar más a los estadounidenses, como resultado del incesante golpeteo republicano sobre la inseguridad, el tema y, en alguna medida, también de las percepciones populares sobre el impacto del fentanilo y la entrada de indocumentados.
Puede decirse que es el asunto en que los republicanos basarán sus campañas electorales, sea en ellos mismos o como expresión de la debilidad o incapacidad del presidente Biden para enfrentar y resolver la situación. Y por ende, el demócrata y los suyos tratarán de presentar la cara contraria.
En buena medida, eso tiene la posibilidad de marcar las relaciones bilaterales durante los próximos años. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 29)
Si México fuera el mundo, cada día miles de personas serían asesinadas por narcotraficantes y millones de militares se dedicarían a la construcción de aeropuertos y a la instalación de redes ferroviarias.
En este escenario, el presidente López Obrador prescindiría de la política exterior. No serían necesarios embajadores ni cónsules ni habría escuelas de idiomas. La diplomacia pasaría a ocupar un lugar cercano a los dinosaurios. No habría guerras entre países ni invasiones.
No existiría competencia por el imperio.
Al no existir otras naciones más allá de la mexicana, instituciones como la ONU se convertirían en museos, y mecanismos tipo G20 o la OTAN se convertirían en refinerías.
México no pondría en pausa su relación con España o Perú. El presidente López Obrador no pensaría en los nazis para asustar a los argentinos o en los autogoles para regañar a quienes hayan votado por los conservadores.
AMLO no tendría que redactar cartas a los europarlamentarios ni tampoco se le ocurriría insultarlos. ¿Podríamos pensar que AMLO escribiría lo siguiente?: Los legisladores europeos se suman “como borregos a una estrategia reaccionaria y golpista del grupo corrupto que se opone a la Cuarta Transformación”.
En efecto, no sería necesario porque si México fuera el mundo no existirían los europarlamentarios.
Sin política exterior no sería necesario quedar mal con Japón al cancelar la participación de México en la Expo Osaka 2025. Tampoco sería necesario viajar a la Casa Blanca para agradecerle a Donald Trump el buen trato que propició a mexicanos.
Sin embajadas ni consulados, no sería necesario premiar a gobernadores con títulos diplomáticos. AMLO tampoco enviaría a periodistas como cónsules para lanzar gritos y generar prepotencia frente a empleados.
Tampoco sería necesario ponerle un avión a un político irresponsable que se presentó en las boletas electorales pese a que la mayor parte de la población lo rechazó vía plebiscito (caso Evo Morales en Bolivia).
Si México fuera el mundo AMLO no criticaría a la Constitución de Perú por permitir llevar a juicio a presidentes.
Tampoco sería necesaria la OEA, algo que alegraría al presidente mexicano.
Lo mejor de todo, sin política exterior y sin la existencia de países, AMLO y Marcelo Ebrard se hubieran ahorrado el programa de tercer país seguro de facto obsequiado por Ebrard a Donald Trump. De esa manera no hubieran muerto 40 migrantes venezolanos en una estación (cárcel) migrante en Ciudad Juárez.
Sin embargo, no. El mundo no es México aunque desde Palacio Nacional se crea lo contrario.
Ya son cinco años sin la existencia de una estrategia de política exterior.
México es una capilla. (Fausto Pretelin Muñoz de Cote, El Economista, Geo Política, p.44)
Se está terminando noviembre y de nada sirvieron las negociaciones, las peticiones formales, las críticas, pues de todas maneras la visa electrónica para los brasileños sigue siendo una promesa vacía y este fin de año no se habrá recuperado ese mercado, importante sobre todo para el Caribe mexicano.
Jesús Almaguer, presidente de los hoteleros de Cancún, Isla Mujeres y Puerto Morelos, reconoce que las expectativas para el turismo en esa región siguen siendo positivas.
Mara Lezama, mandataria del estado, ha seguido trabajando con el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador en las importantes obras de infraestructura que están por entrar en operación.
El puente sobre la Laguna Nichupté, en Cancún, y las nuevas vialidades vendrán a resolver el caos en que se ha convertido transitar por el principal destino turístico del país.
El aeropuerto de Tulum se percibe como una opción importante para las charteras que próximamente llevarán desde Europa a más turistas interesados en visitar el norte del estado.
Mientras que el Tren Maya puede facilitar el desarrollo de productos turísticos, para visitar nuevas regiones de la Península de Yucatán.
Los dirigentes turísticos del estado ya tuvieron una reunión con Claudia Sheinbaum, candidata presidencial de Morena, y se encontraron con una mujer dispuesta a dialogar y que muestra interés por el turismo, lo que es un avance respecto a la falta de comunicación con el actual gobierno federal.
Quizá la soberbia de Miguel Torruco y su falta de herramientas para actuar eficazmente a favor del turismo, derivó en que hoy sólo reacciona ante los comentarios que quiere escuchar, inscritos en una narrativa hueca en la que afirma que hace, cuando sólo parece que hace.
Luego del Cancún Travel Mart, cuando Lezama le mandó un “saludo” desde el estado turístico número uno, extrañada por no haberlo visto en el evento, Torruco apareció la semana siguiente presumiendo que se había reunido con la canciller Alicia Bárcena, quien fue a visitarlo a su oficina de Mazaryk.
Fuera de que se haya trasladado de la Alameda Central hasta Polanco, las visas electrónicas para los brasileños siguen en proyecto y ya se perdieron esos vuelos charter que se tenían previstos para el invierno desde Sao Paolo a Tulum.
La candidata presidencial de la alianza opositora, Xóchitl Gálvez, tomará las banderas de lo que dicen los especialistas que hace falta para impulsar al turismo: promoción, manejo de crisis, facilitación migratoria, campañas digitales, no hay que inventar el “hilo negro”.
Pero ella no es la favorita en este inicio de la contienda electoral y una pregunta válida es cómo lograr un nuevo diálogo con Morena, más productivo, en caso de que se cumpla la lógica, no haya sorpresas tipo Milei y el partido en el poder gane otra vez.
Quizá haga falta un perfil diferente de líderes del sector privado, a lo mejor el desarrollo de proyectos conjuntos con resultados medibles que acaben con la desconfianza.
En Quintana Roo, López Obrador dejará sus obras insignia de infraestructura turística en manos de militares, lo que es como darle a manejar una lancha a un experto en tractores.
Si seguimos por donde vamos, el costo de oportunidad será cada vez mayor y ése es un error que México no debería permitirse cuando el turismo vive un boom en todo el mundo y el nearshoring ofrece mejorar los ingresos de muchos que tendrán más dinero para viajar. (Carlos Velázquez, Excélsior, Dinero, p. 5)
En 1980, Joe Biden tenía 37 años, y había sido senador desde los 31. Ya llevaba siete años en Washington, y siguió de cerca el mandato de Jimmy Carter, recién enviudado, que hoy casi cumple cien años de edad, siendo el expresidente más longevo en la historia de Estados Unidos. Es poco probable que ahora conversen mucho; aunque Biden es muy deferente con todos sus predecesores salvo Trump, Carter se encuentra ya bajo cuidados paliativos en su domicilio, y dudo que se halle en condiciones de un intercambio sustantivo con el actual ocupante de la Casa Blanca. Pero si la conversación tuviera lugar, puedo imaginar uno de los posibles temas de interés común.
Carter le recordaría a Biden que son pocos los presidentes en funciones que no se reeligen, pero en tiempos recientes ha aumentado el número: el propio Carter, en 1980, George H.W. Bush en 1992, Donald Trump en 2020. Aguas, aún olvidando al primer fracasado del siglo veinte: Herbert Hoover en 1932, por su pasividad ante la Gran Depresión. Se podría incluir a Harry Truman, en 1952, que no se presentó a lo que hubiera sido su segunda elección, y Lyndon Johnson, que tampoco lo hizo en 1968. El cacahuatero de Georgia hubiera enseguida compartido con Biden su explicación de los tres factores que condujeron a su derrota frente a Ronald Reagan: la inflación de finales de los años setenta, la crisis de los rehenes en Irán, y en menor medida, el éxodo cubano de Mariel, durante el verano del año electoral. Biden seguramente respondería que aquel episodio se mantenía en su memoria, junto con el de otros balseros cubanos, en agosto de 1994, sobre el cual conversó en varias ocasiones con Bill Clinton. Sabía perfectamente bien que escenas como esas, en octubre -el mes de las sorpresas electorales, en Estados Unidos- de 2024, podría destruir sus posibilidades de repetir en la presidencia. Estaba dispuesto a evitarlo a toda costa.
De allí, si los partidarios de López Obrador no lo han entendido, el comportamiento lisonjero de Biden con su homólogo mexicano, tanto ahora en San Francisco, como antes en México. Entiende, que como buen gobernante autoritario y tropical, López Obrador es fácil de halagar, incluso recurriendo al truco más viejo de la diplomacia: evocar el encanto que el mexicano ejerció con Jill, su esposa. “No hay mejor socio que usted”; “agradecemos la contención de los migrantes”; “se que es difícil para México”: la reelección bien vale unas cuantas mentiritas. El mandatario estadounidense se muestra dispuesto a perdonarle todo a López Obrador, desde el incumplimiento del TMEC en materia de maíz y energía, hasta su simpatía por Hamas, pasando por su romance con Cuba y las embestidas contra la democracia mexicana. Hasta puede pasar por alto la relativa debilidad del esfuerzo de México contra el fentanilo: Washington insiste en ello cada vez que puede, pero no se muere en la raya.
No obstante, tal vez Biden le formularía una pregunta compleja a Carter, tomando en cuenta que el sucesor de Gerald Ford se reunió en varias ocasiones con Fidel Castro después de su presidencia. ¿Castro auspició el éxodo de Mariel, con plena conciencia de las consecuencias electorales que podía arrojar para Carter? ¿O alentó la salida de más de cien mil cubanos hacia Miami exclusivamente por motivos internos, sin preocuparse ni un segundo si podía contribuir a la elección de Ronald Reagan? En el fondo ¿Fidel prefería a Reagan, el enemigo acérrimo de la URSS y de Cuba, que a Carter, que dio varios pasos hacia la normalización entre Washington y La Habana? Imposible saber qué hubiera respondido Carter … pero podemos suponer que la pregunta de Biden no partía de simple curiosidad intelectual. El exsenador y vicepresidente comprende que su vecino mexicano puede abrir y cerrar el grifo de los flujos migratorios como se le da su regalada gana, al igual que Fidel, y ahora Raúl.
Biden entonces solo podrá interrogar a los analistas, sicólogos y siquiatras de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, y quizás a uno que otro mexicano al que le tenga confianza. ¿A quién prefiere López Obrador? ¿Al demócrata, al que lo ha tratado bien, al que aterrizó en Santa Lucía y lo trepó a su limosina que probablemente requirió de alineación, balanceo y ajuste de maquina después del recorrido por los arrabales del norte de la ciudad? ¿Al que le cayó bien a Jill? ¿Al que lo trató con deferencia y fue hasta zalamero con el? O ¿al republicano, que lo amenazó con aranceles, que humilló a su canciller, que ofendió a sus co-nacionales, que contempló la posibilidad de revocar el TLCAN y bombardear los laboratorios de fentanilo en Sinaloa? ¿Qué contestarán la CIA, INR, NSA, la embajada y el hipotético mexicano? Go you to know. (Jorge Castañeda, El Universal, Opinión, p. A16).