Se dice que todos somos migrantes o descendemos de migrantes. Es cierto, sin embargo, no es lo mismo emigrar como opción de una vida con mayor certeza, que verse obligado a hacerlo para sobrevivir. Unos buscan trabajo; otros, refugio. Todos quieren un mejor futuro.
Desde hace muchos años, de muchas partes del mundo nos llegan noticias de las tragedias que ocurren como consecuencia de la desesperada emigración masiva de personas y familias que dejan todo en su país, en la búsqueda de nuevas oportunidades. Sirios se refugian en Turquía, Jordania y Líbano, países árabes reciben a miles de personas del golfo Pérsico que buscan empleo, oleadas de africanos ven a Europa como la tierra prometida y naufragan en el intento de llegar, mientras que en Etiopía mueren bajo el sol quienes se atrevieron a emprender su larga caminata.
Abandonan patria, amigos y familia huyendo de la violencia, de la pobreza, del desempleo y de los desastres naturales que les cancelan el futuro. Nos calan las tragedias humanitarias que los afligen y, sin embargo, para muchas personas y autoridades este problema se ha normalizado y convertido en parte del paisaje social.
Recientemente conocimos de la crisis migratoria en el Canal de la Mancha, donde murieron 27 indocumentados y en nuestra propia casa, hace apenas unos cuantos días, fueron 56 los emigrantes que fallecieron en Chiapas.
Ahogado el niño se tapa el pozo. Británicos proponen a franceses instalar patrullas marítimas conjuntas para evitar que las embarcaciones de los solicitantes de asilo salgan de las costas francesas. Mientras que, en nuestro país, después del desastre causado por criminales en el tráiler desbocado, iniciarán una investigación que ya veremos en qué concluye.
Los antecedentes nos mueven al pesimismo, pues, según datos disponibles, en lo que va de 2021 se detuvo un total de 479 personas por su presunta participación en el tráfico de migrantes, pero entre 2017 y junio de este año, sólo 33 fueron sentenciadas.
El sur de México es el lugar de mayor conflicto por la creciente movilidad de personas indocumentadas, cuyo perfil se ha modificado en los años recientes, pasando de población joven y masculina a caravanas conformadas por niños, lactantes, adolescentes, mujeres y adultos mayores. Centroamericanos, caribeños y africanos en éxodo y en condiciones de extrema vulnerabilidad, caminan en busca del sueño americano.
Es la ciudad de Tapachula, en la frontera chiapaneca con Guatemala, el epicentro y primer destino de extranjeros en tránsito, principalmente provenientes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Haití. El elevado número de personas en movilidad que por ahí transitan o se detienen temporalmente ha colapsado la región, ante la impotencia de sus pobladores y autoridades que han sido rebasadas.
Estos viajeros forzados y exhaustos se enfrentan durante su trayecto a manifestaciones de racismo, prácticas xenofóbicas, secuestros del crimen organizado, abusos de ciertas autoridades y de los pícaros que, en muchos casos, organizan las marchas; padecen criminalización, falta de atención médica, hambre y violación de sus derechos humanos.
He conversado con jóvenes inmigrantes, casi niños, y admiro que, con gran carácter, corren los riesgos que entraña ir en busca de un sueño. Pero la mayoría de los integrantes de estas serpientes humanas que se aglomeran en carreteras y caminos de extravío no se embarcan en una aventura humana, pues es cuestión de sobrevivencia y llevan a cuestas —literalmente— al abuelo o a hijos pequeños.
Por otra parte, es importante recordar que la marcha de nuestros paisanos hacia el norte no cesa y se ha triplicado en los últimos tres años, llegando a más de 600 mil los detenidos en la frontera en lo que va de 2021. Es una tragedia que esta fuga de connacionales suceda, por más que algunos celebren los importantísimos montos de las remesas que, leales, siguen enviado a sus familias y que se han convertido en un motor de la economía nacional, pues están por encima de exportaciones petroleras y agroalimentarias, rebasando también ingresos por turismo e inversión extranjera. Cifras del Banco de México indican que entre enero y octubre pasado nuestros paisanos han enviado más de 42 mil millones de dólares.
La inmigración ilegal de mexicanos que no encuentran opciones de vida en su propia patria se incrementa, siendo un problema del tamaño de una catedral. Sin embargo, líderes políticos voltean la vista hacia otro lado y prefieren competir en quien parece más indignado porque se aplazó el proceso de revocación de mandato. Los recursos para este ejercicio, si deciden liberarlos, harían más bien si son reorientados a los municipios colapsados, a la Comisión de Ayuda a Refugiados, al Instituto Nacional de Migración, al IMSS, a la Secretaría de Salud y a las iglesias que, de manera ejemplar, coadyuvan a mitigar la pena de los indocumentados.
Mientras tanto, los gobiernos de Estados Unidos y de México anuncian que promueven inversiones para generar empleos en el sur, qué bien, porque es el camino correcto, pero mientras se hacen realidad, se aplicará el programa Sembrando Vida, que para el reto que es colosal, será una aspirina. (Juan Carlos Gómez Aranda, Excélsior, Nacional, p. 13)
RESQUICIOS
Un grupo de legisladores demócratas de EU cuestionó severamente la continuación del programa “Quédate en México” al señalarlo como violatorio de los derechos humanos de los migrantes. Como dicen, que conste en actas. (Javier Solórzano Zinser, La Razón, La Dos, p. 2)
Para el politólogo Bill Schneider, los legisladores estadounidenses son esencialmente empresarios individuales que ven primero por sus propios intereses políticos (en especial las posibilidades de reelección) y luego por los de su partido, aun cuando estén en el gobierno.
Esa propensión se hizo evidente las últimas semanas, cuando el senador demócrata Joe Manchin, del conservador estado de Virginia Occidental, rompió con su partido y literalmente canceló la posibilidad de aprobación de lo que habría sido un proyecto clave del gobierno de Biden: la propuesta de “Reconstruir Mejor” (Build Back Better).
En alguna medida, la situación puede ser vista como una señal de la percibida debilidad política del Presidente, que llegó al poder en medio de una brutal polarización entre republicanos y demócratas agravada, además, por denuncias de fraude electoral lanzadas por el derrotado Donald Trump (esas acusaciones llevaron al intento de asonada del 6 de enero pasado).
En ese marco, Manchin expresó su oposición a lo que consideró como innecesario el incremento de la deuda pública estadounidense a través de inversiones de largo plazo que, en su opinión, afectarían la capacidad del país para enfrentar problemas como la competencia geopolítica de otras potencias como China y Rusia.
Entre los programas incluidos en la propuesta de Biden estaba de hecho una reforma migratoria, subsidios a la educación infantil, apoyos de salud y económicos a familias pobres, así como inversiones en infraestructura y en energía limpia. La inversión del gobierno federal, a 10 años, habría sido por 1.75 millones de millones de dólares.
Manchin aprovechó, sobre todo, el factor político. Los demócratas no pueden perder un solo voto en el Senado, donde están en paridad 50-50 con los republicanos y dominan gracias al voto de calidad que la ley otorga a la Vicepresidencia, en este caso Kamala Harris.
En segundo lugar, y no es poco, las facultades que la Constitución estadounidense otorga a los legisladores en general y los senadores en particular. Un senador puede prácticamente detener propuestas presidenciales, a través de maniobras de procedimiento.
Lo normal resulta en la realización de negociaciones y cabildeo por parte del Presidente. Esta vez fueron inútiles.
Algunos dicen que fue la propuesta de energía limpia y la decisión de tratar de marginar la producción de carbón, lo que puso a Manchin en contra. Después de todo, Virginia Occidental es un estado productor de carbón y muchos de los votantes del senador demócrata son mineros o tienen, como el propio legislador, intereses económicos directos o indirectos en esa industria.
Se ignora si pudo haber otros factores, pero lo cierto es que el golpe a Biden fue duro, tanto que hay especulaciones sobre su debilidad política y el futuro de su Presidencia. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 25)
Las imágenes de niñas y niños saltando los torniquetes del Metro, como forma de protesta, dieron la vuelta al mundo en 2019. Dos años después, el pueblo de Chile llevó su rebeldía a las urnas y dio el triunfo a Gabriel Boric, exlíder estudiantil de 35 años, quien será el presidente más joven de Chile.
Los retos de Boric son enormes. Chile vive una transformación radical que inició con la revuelta en las calles y que cobrará pronto la forma de una nueva Constitución que reemplazará a la heredada de la dictadura.
Boric derrotó a José Antonio Kast, un ultraderechista que considera tibios incluso a los herederos de Pinochet, y que enaltece a figuras como Trump y Bolsonaro.
“La esperanza le ganó al miedo”, celebró el presidente electo, quien, como todos los candidatos progresistas, enfrentó una campaña sucia de la ultraderecha.
Candidato del Frente Amplio, una fuerza nueva que se fortaleció en su crítica a la manera de hacer política de los partidos tradicionales, Boric forma parte de una generación que protagonizó un épico movimiento estudiantil que, con el correr del tiempo, desembocaría en la convocatoria a una Asamblea Constituyente con representación igualitaria de mujeres y hombres, así como una representación especial de los mapuches.
Por décadas, la derecha ha puesto a Chile como el ejemplo de las virtudes del libre mercado y en ese país fue pionero en la aplicación de las recetas de los organismos financieros internacionales.
El triunfo de Boric tiene lecturas múltiples. Es un homenaje a las 40 mil víctimas de la dictadura de Pinochet. Es la derrota del “modelo chileno”, que la derecha latinoamericana pretende vender como su gran éxito y que para las mayorías ha significado pobreza y exclusión. Apenas el 1.0 por ciento de los hogares de mayores ingresos concentra una cuarta parte de la riqueza del país, en tanto que 50 por ciento de las familias más pobres tiene únicamente el 2.1 por ciento.
El cuadro latinoamericano ofrece hoy un panorama que algunos han denominado nueva ola progresista. En el escenario que se inclina a la izquierda hay que destacar a Pedro Castillo, que en Perú enfrenta intentonas de destitución y recibirá el respaldo democrático del gobierno de México.
Otra excelente noticia en estos días fue la holgada victoria electoral de Xiomara Castro, en Honduras, la pequeña nación centroamericana hasta ahora dominada por la narcopolítica. Los efectos de fenómenos naturales sumados al saqueo permanente de sus elites corruptas, han vuelto a Honduras un expulsor de migrantes, como lo constatan las cifras de solicitantes de asilo en México. La primera presidenta de Honduras puede ser una aliada muy importante para atender el fenómeno migratorio desde sus raíces.
Los vientos que soplan en Brasil anticipan buenas nuevas para la izquierda latinoamericana. Dos sondeos recientes, de encuestadoras serias, dan al ex presidente Lula una ventaja de casi 30 puntos sobre Jair Bolsonaro, el fascista que busca la reelección.
Los triunfos de fuerzas progresistas se convierten así en una esperanza para la integración regional, para la defensa y promoción de intereses comunes frente a las potencias mundiales.
En cada país, como está ocurriendo, se traza un camino propio para desmontar el neoliberalismo, esa pesada losa impuesta a nuestros pueblos durante décadas, que sólo trajo desigualdad, depredación del ambiente y más pobreza, exhibida desde hace dos años por los efectos de la pandemia.
Las elecciones de Chile y las futuras de Brasil nos dejan claro que tiene razón la vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández, quien frente al triunfo de Boric dijo: “El pueblo siempre vuelve y encuentra los caminos para hacerlo. Puede ser un partido, puede ser un dirigente hoy y otro mañana, pero el pueblo siempre vuelve”. (Dolores Padierna, El Financiero, Opinión, p. 22)
El médico le pidió a su bella paciente: “Permítame verle esa partecita oculta que a ustedes las mujeres las mete en tantos problemas”. “¡Doctor!” -protestó la chica con enojo. Precisó el facultativo: “Le estoy pidiendo que me enseñe la lengua”…Yo también fui conscripto. En aquellos años -el que vivimos ahora está a punto de convertirse en uno de aquellos años- en Coahuila se celebraba cada 26 de marzo una ceremonia cívica, la más importante del calendario oficial, tanto que siempre asistía a ella el presidente de la República. Ese día se conmemoraba la firma del Plan de Guadalupe, por el cual don Venustiano Carranza desconoció a Victoriano Huerta, a quien de por sí conocía poco. En la hacienda donde se firmó ese Plan recogí de labios de uno de los firmantes una anécdota que no sé si es histórica o verídica. Un militar de nombre Hipólito Valdés iba a estampar su firma en el documento cuando alguien le musitó al oído unas palabras a don Venustiano, y éste le ordenó al dicho mílite que no rubricara el Plan. Ese tal Hipólito era el del corrido de Rosita Alvírez, aquel que echó mano a la cintura y una pistola sacó, y a la pobre de Rosita nomás tres tiros le dio. En el patriótico papel no podía ir la firma de un asesino. ¿Cierto el relato? No lo sé, pero en todo caso, como dicen los ingeniosos italianos: “Se non é vero é ben trovato”, si no es cierto está bien narrado. Mas no es eso de lo que trata mi deshilvanada narración. La ceremonia del Plan de Guadalupe consistía en una serie de aburridísimos discursos cuya única compensación era la comida -barbacoa siempre- que se servía al final del protocolario acto. En la ocasión en que me tocó asistir como conscripto, los oradores enaltecieron a los veteranos de la Revolución Constitucionalista. Eran unos héroes, afirmaron todos. Terminada la ceremonia los políticos locales se precipitaron como búfalos hacia las mesas donde se serviría el condumio, y en menos tiempo del que tardo en decir “¡Uta!” todas las sillas quedaron ocupadas. Cuando los viejos veteranos, tardos en el andar, llegaron al sitio de la comida, ya no quedaba un solo lugar en las mesas. Un anciano revolucionario que vestía raído uniforme y lucía en el pecho sus medallas fue hacia mí y me preguntó en tono humilde: “Perdone, joven. ¿Dónde nos sentamos los héroes?”. Ahora la 4T llama héroes a los paisanos que vienen “del otro lado” a pasar la Navidad con su familia. Pero esos héroes son esperados aquí por una perversa fauna de malos policías y burócratas que los extorsionan, los hacen objeto de toda suerte de maltratos y convierten el anhelado viaje a su lugar de origen en un verdadero calvario. ¡Vaya forma de tratar a los héroes! De no ser por esos mexicanos, mujeres y hombres, que se parten el lomo trabajando en Estados Unidos para enviar un poco de dinero a los suyos y para poder traerles regalos en estos días, ya habría habido en este país un grave estallido de irritación social. Y así se los agradecemos: expoliándolos y humillándolos cuando vienen a su patria, en vez de protegerlos y ayudarlos a llegar con bien a su destino. Dice el actual dueño del país que ya se acabó la corrupción. Mentira, vil mentira, una más de las que cada mañana nos endilga. Aparte de las medicinas, dos artículos de primera necesidad están desapareciendo en México: la ley y la verdad… Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, reprendió acremente a la cocinera porque hizo un platillo a base de lengua de res. Le dijo con enojo: “No voy a comer algo que estuvo en la boca de un animal”. Adujo en su defensa la cocinera: “Hoy en la mañana le di a la señora huevos, y no protestó, aunque pasaron por otro lugar peor”… FIN. (Catón, Reforma, Opinión, p. 11)