Ellos toman nota
El presidente sigue minando la relación bilateral México-Estados Unidos.
A las diferencias en temas de fondo como migración, electricidad, drogas o tráfico de armas, se sumó una visión diferente sobre el conflicto derivado de la invasión de Rusia a Ucrania.
El mandatario mexicano se ha esmerado en tomar distancia de las decisiones que toma la administración Biden, aunque en ocasiones rebasa límites diplomáticos.
Ayer, por ejemplo, criticó al gobierno de EU por respaldar a Ucrania en cuestión de días y abandonar Centroamérica por años.
Es una forma simplona de confundir la gimnasia con la magnesia.
Mientras Ken Salazar y Tony Blinken toman nota, el canciller Ebrad puso medio mundo de distancia. Anda en Arabia Saudita. (La Crónica de Hoy, Nacional, p. 9)
Mientras estábamos ocupados con la inauguración del aeropuerto Felipe Ángeles, su potencialidad y sus carencias, mientras el presidente López Obrador calificaba de clasistas y racistas a quienes criticaron que en los pasillos del nuevo aeropuerto haya vendedores ambulantes de tlayudas, mientras todo eso ocupa espacios y hora de declaraciones gubernamentales, los temas de la agenda real con sentido estratégico siguen acumulándose sin tener una cabal respuesta.
Uno de los más importantes, sobre todo con la crisis que deviene de la guerra de Ucrania, es el energético. El gobierno federal sigue subsidiando las gasolinas a un costo semanal superior a los 5 mil millones de pesos a la semana. La medida permite estabilizar precios en el corto plazo, pero lo cierto es que la recaudación fiscal cae en forma dramática, sobre todo si tomamos en cuenta que el subsidio real es de alrededor de nueve pesos por litro y el mayor beneficio es para aproximadamente 20% de la población.
Más allá de eso, lo cierto es que insistir en la reforma energética propuesta es evidentemente cada día más errado. Tenemos que generar confianza, inversiones privadas, apostar por el gran mercado regional de América del norte: es lo que tendría que haber hecho buena parte de la Europa comunitaria en lugar de establecer acuerdos energéticos con Rusia, que han demostrado ser inservibles y contraproducentes.
Si no comprendemos que estamos en América del Norte, que nuestra economía depende en un grado muy alto de explotar adecuadamente los rendimientos del TMEC, con todo lo que se puede derivar de ello, estamos hipotecando el presente y el futuro. Las presiones sobre el tema en el Congreso y las empresas de Estados Unidos y Europa, ante la situación global que se vive en el mercado energético, son ya inocultables. Pero sigamos vendiendo tlayudas en los pasillos.
Otro tema que tendrá presiones extras es el de la migración. A las actuales de centroamericanos, cubanos, haitianos y migrantes de muchos otros países, además, obviamente de los nuestros, comienzan a sumarse la de ucranianos y rusos. Recordemos que son millones los que han abandonado ambos países, unos por la violencia de la guerra desatada por Rusia contra Ucrania, otros porque quieren abandonar un país, Rusia, que deriva cada día más hacia una dictadura autocrática. Muchos de esos millones preferirán esperar en Europa Central (o en Turquía, el destino preferido por muchos rusos, a pesar del régimen autoritario de Ankara), pero la propia crisis llevará a muchos a tratar de ingresar a la Unión Americana, vía México.
Si la migración es ya uno de los temas más delicados de la relación bilateral, lo será más en el futuro inmediato. Y mientras México siga manteniéndose “neutral” ante la invasión rusa, se nos mirará cada día con mayor desconfianza.
En la declaración de ayer, el presidente López Obrador criticando al Congreso estadunidense (un elefante burocrático, lo calificó) por haber aprobado un apoyo de 13 mil 600 millones de dólares a Ucrania para enfrentar la invasión rusa que sufre ese país, en lugar de impulsar, dijo, a los migrantes mexicanos y latinoamericanos, es una demostración notable de insensatez política, y una demostración de que no se quiere comprender lo que está en juego en la guerra de Ucrania. El presidente Lázaro Cárdenas lo comprendió perfectamente tanto ante la guerra civil española como con la Segunda Guerra Mundial. México mantuvo una cierta y falsa neutralidad en algunos tramos, pero la solidaridad siempre estuvo con los republicanos, primero, y con los aliados antinazis, después, y cuando Estados Unidos entró en la guerra, se comprendió que la misma estaba en nuestras propias fronteras. Hoy la administración López Obrador ve el mundo desde una perspectiva tan estrecha como incomprensible en términos de largo plazo.
La seguridad está también en la agenda de pendientes estratégicos en dos vertientes: la cotidiana y la jurídica. La primera es un hecho evidente, y uno de los más preocupantes debe ser la violencia que, además, se ve aumentada en estos días por la ruptura interna del Cártel Jalisco Nueva Generación. No parece haber solución para ella. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 8)
Una carta al liderazgo del Congreso para demandar que se investigue el incumplimiento mexicano de disposiciones del Tratado comercial México-Estados Unidos-Canadá es una señal del estado de la relación bilateral.
La misiva enviada por el diputado republicano Clay Higgins a la demócrata Carolyn Maloney, presidenta del Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes, denuncia acciones del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador para favorecer a empresas estatales mexicanas en perjuicio de intereses estadounidenses.
La carta como tal hará poco. Si acaso, una audiencia legislativa que dé voz a quienes en Estados Unidos consideran que los intereses económicos y políticos de su país se ven afectados, por lo que califican como la práctica nacionalización de la industria energética y su énfasis en el uso de combustóleos y carbón para la generación de energía eléctrica.
Son pleitos de abogados, a ser resueltos por organismos y procedimientos previstos en el propio T-MEC.
Pero, al mismo tiempo, esa carta es una señal de que las cosas no van bien y pueden empeorar.
Porque lo que Higgins y 40 legisladores republicanos más plantean es que el gobierno mexicano no respeta los acuerdos internacionales y 20 mil millones de dólares de inversiones estadounidenses se encuentran en peligro, a ciencia y paciencia del presidente Joe Biden.
Dicho de otra forma, buscan crear presión para que la administración de Biden actúe con represalias contra el gobierno mexicano sobre una variedad de problemas que se reflejan en la idea de cerrar la frontera común, al arribo de migrantes indocumentados y eliminar así vías de llegada a posibles terroristas y drogas.
Y de pasada, golpear a un gobierno que como el de López Obrador tiene pocos aliados en Estados Unidos, al que ni republicanos ni demócratas entienden bien y al que no consideran como un socio confiable.
El hecho, en todo caso, es que mientras la administración de Biden intenta acercarse y convencer al régimen López Obrador, el Congreso estadounidense, una gran cantidad si no la gran mayoría de los organismos no-gubernamentales y centros de análisis, mantienen una actitud crítica, tanto por políticas ambientales y de derechos humanos, como por violencia, narcotráfico y crimen organizado.
Los problemas con Estados Unidos tienen un eco importante en otras regiones del mundo, en especial en países con inversiones en México y se preocupan, a su vez, por las percepciones de respeto a compromisos legales y sus propios intereses tanto como a los posibles cambios en los acuerdos entre EU y México.
Para complicar más las cosas, ocurre cuando nace una nueva “Guerra Fría” que para algunos demanda definiciones, mientras AMLO parece más inclinado a denunciar el bloqueo económico estadounidense contra Cuba que la invasión militar rusa contra Ucrania. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, El Orbe, p. 27)
Todo conflicto armado, especialmente si se trata de una guerra, genera desplazamientos humanos. Ocurrió en América Latina en las dictaduras de Sudamérica y los conflictos de Nicaragua y El Salvador en los ochenta; en los Balcanes en los noventa y en naciones árabes como Irak y Afganistán por la invasión norteamericana en este Siglo, y qué decir de Siria.
Según la Acnur, en tan sólo 25 días la guerra en Ucrania ha generado tres millones y medio de refugiados; cerca del 90% de ese éxodo está formado por mujeres y niños.
Prácticamente toda Europa ha abierto sus puertas a la avalancha de desplazados y puesto en marcha una batería de medidas para recibirlos, particularmente los países vecinos de Ucrania: Polonia, Hungría, Eslovaquia y Rumania; otros más están buscando también trasladarse a Estados Unidos, y para llegar ahí, México es parte de la ruta.
Previo al estallamiento del conflicto, autoridades de migración en California advirtieron un incremento en el número de solicitudes de asilo de ciudadanos rusos y ucranianos que cruzan desde nuestro país, pero la cifra se ha disparado tras el inicio del conflicto bélico.
Bajo esa modalidad, la oficina de aduanas y protección fronteriza ha reportado 6 mil 400 rusos y mil ucranianos entre el 1 de octubre pasado, y finales de enero. Incluso se han instalado campamentos de refugiados en Tijuana.
Una orden de emergencia por la pandemia, emitida durante el mandato de Trump denominado Título 42, faculta a las autoridades fronterizas a rechazar a los migrantes o no permitirles la entrada a suelo estadunidense incluidos solicitantes de asilo tanto adultos como familias, por razones de salud pública. Ello ha generado una presión en albergues y refugios de ciudades fronterizas debido a que cientos de migrantes y familias enteras han quedado varadas en esos puntos.
México tiene un reto enorme en la dinámica migratoria primero con sus nacionales, después con los centroamericanos y caribeños y ahora con los que huyen de la guerra.
Qué importante sería una mesa trilateral para replantear la política migratoria entre los países del TMEC que permita un flujo ordenado de migrantes y al mismo tiempo, recursos especiales etiquetados, bien direccionados y fiscalizados a las ciudades fronterizas en el sur y el norte de nuestro país, que están viviendo una intensa presión por la presencia de cientos de familias migrantes que deben ser atendidas con dignidad, respeto a sus derechos humanos y su ya complejo dolor por la migración forzada. (Claudia Corichi, El Sol de México, Análisis, p. 14)